Astipalea es una isla con forma de mariposa, o de labrys, el hacha de doble filo de los griegos. Está en el Dodecaneso, al sureste del Egeo, muy separada del resto de las islas de la zona. Como un apestado al que nadie quiere.
Y sin embargo Astipalea es espectacular. En su chora las casas son muy blancas y se desploman hacia el mar por laderas empinadas, como en Santorini. De hecho, a Astypalea la llaman “la nueva Santorini”. Quizá exageran. Tiene playas extraordinarias y aeropuerto, los dos elementos clave para atraer el turismo, pero quizás le falta algo de glamour.
Pasamos tres noches en la isla, dos de ellas en la cala de Livadia y otra en su puerto minúsculo, invadido por barcos de pesca, en el que a duras penas cabe un puñado de veleros transeúntes. Visitamos la chora y el kastro. La temporada está por comenzar y hay poca actividad turística.
Poco que destacar de esta recalada. Una isla agradable sin más. No tan agradable su policía portuaria, puntillosa y pejiguera, que revisa con detalle toda la documentación del barco, decide que no le gusta el formato y la redacción de nuestra póliza de seguro y nos da una tabarra absurda e incómoda. Afortunadamente un problema que podemos solucionar con un par de llamadas a nuestro agente de seguros, pero que nos crea una cierta sensación de “en cuanto podamos nos vamos de aquí”.
Necesitamos algo de viento favorable que nos permita velear hacia el sureste, camino de Tilos. No tarda en llegar y levamos anclas sin demora.
Astipalea, Astypalea, Astipalia, Astypalaia… Los nombres griegos y la dificultad de escribirlos en nuestro alfabeto. La eterna duda de si usar las trasliteraciones reglamentarias (que hasta una ISO han sacado, aunque se les hayan "olvidado" las tildes) o la forma en español fonéticamente más parecida. Un lío, vamos. Reconozco que a lo largo de este blog hemos usado de todo…
A a mí me gusta Astypalaia, que proviene de los vocablos “ásty” (ciudad) y “palaiá" (antigua). Es hacer honor a una ciudad vieja, viejísima, que apenas ha cambiado de nombre a lo largo de los siglos, a pesar de haber pasado tantas veces de mano en mano, de imperio en imperio, de señor en señor.
Como muchas islas del Dodecaneso, no se unió a Grecia hasta mediados del siglo pasado, que, si lo piensas, es hace nada. Antes estuvo en manos de italianos, turcos y venecianos. Y fue bizantina y antes romana. Y mucho antes poblada por gentes cuya genealogía se pierde hasta el neolítico.
Los bizantinos construyeron su castillo para proteger a la población de la piratería, pero fueron los venecianos en el siglo XV los que le dieron la forma que hoy tiene. La familia Querini, que había obtenido el feudo de la isla en 1207 y la perdió y recuperó varias veces de turcos y bizantinos.
Desde 1540 formó parte del imperio otomano. Los turcos le permitieron un estatus de ciudad libre, lo que en la práctica significaba que las tropas de Constantinopla llegaban sólo una vez al año a cobrar impuestos y el resto del tiempo la dejaban a su suerte. La isla aprendió a convivir con los piratas y eso modeló la forma de vida de sus habitantes, haciendo de su "kastro" un castillo único en el Dodecaneso.
No se parece al parapeto militar de anchos muros y torres defensivas de otros castillos, a los que los pobladores corrían a refugiarse en caso de ataque de los piratas. En Astypalaia los habitantes vivían en el interior del kastro. Las casas, de tres plantas, se construyeron pegadas entre sí formando un anillo continuo, a modo de muralla, que constituía la estructura defensiva del kastro. Con ventanas muy pequeñas que servían de troneras, sin balcones, con chimeneas muy delgadas para que el humo no delatase la presencia de habitantes. Solamente una torre en el extremo sur y los bastiones de anclaje de las casas a la colina tenían carácter militar.
El castillo era el único asentamiento de la isla. Fuera de él había sólo establos. En el interior del recinto de 16.000 metros cuadrados vivían entre 2.500 y 4.000 personas, de dos a tres familias por edificio. Había talleres de artesanos, carpinteros y herreros, un café que servía de centro de reunión social, cisternas que abastecían de agua a las casas y, en las cercanías de la torre, un sistema de evacuación de aguas residuales.
En los siglos XVIII y XIX se erigieron sendas iglesias, que hoy se conservan, reconstruidas y encaladas, con sus cúpulas pintadas de azul (en viejas fotos se ven blancas). En la explanada frente a Agios Giorgios, la más antigua, al sur, cerca de la torre, se celebraban las fiestas y festivales de la ciudad. Bajo la otra iglesia, Panagia toi Kastrou, al oeste, se abre la única entrada de acceso al castillo.
A principios del siglo XX, cuando la piratería dejó de ser un problema y la gente se sintió cada vez más segura, se empezaron a ampliar las ventanas y a añadir balcones de madera. También comenzó el movimiento de la población hacia el exterior del recinto. Los establos se convirtieron en viviendas y poco a poco el kastro fue despoblándose en favor de la chora. El devastador terremoto de 1956, de intensidad 7,5 y epicentro al norte de Amorgós, provocó un tsunami con olas de 20 metros. Golpearon con violencia la costa de Astypalaia y destruyeron la mayoría de las casas de la colina, que cayeron unas sobre otras como un dominó. Los supervivientes abandonaron definitivamente el castillo. Desde entonces está deshabitado.
En 1999 se intentó un programa de recuperación que no pudo ser llevado a cabo, entre otras cosas por falta de claridad sobre la propiedad de las casas en ruina, el mal estado de los cimientos o la dificultad para frenar la erosión de la piedra.
El ascenso al kastro es un tanto penoso, por cuestas empinadísimas y escaleras. El recinto muestra señales de las obras de mantenimiento llevadas a cabo con fondos de la Unión Europea, aunque no veamos ningún trabajador. Estamos solos, rodeados del amarillo de las flores silvestres que invaden las ruinas y con unas vistas impresionantes sobre el azul del Egeo. El castillo domina los dos puertos naturales de esta zona de la isla, la bahía de Livadi y el actual muelle de la ciudad.
La subida la hacemos desde el puerto, por la ladera noreste. Las casas de la chora son aquí más humildes que a la bajada, por la ladera suroeste, donde se hacen más evidentes las reformas y los arreglos de cara al turismo.
En el deambular por la chora nos topamos sin buscarlo con unas curiosas capillas, dos hileras en u de cúpulas blancas y puertas de madera, adosadas, con árboles y aceras pintadas, capitaneadas por Agios Ioannis. Deliciosas.
En nuestra bajada llegamos hasta los molinos. Siete molinos circulares, de tejado giratorio orientable al viento, que se han convertido en el signo distintivo de Astypalaia. Separan la chora del resto de la ciudad; igual que la lengua de arena separa las alas de la mariposa que, sin ella, serían dos islas perfectas; igual que Astypalaia separa las Cícladas del Dodecaneso.
Hilera de capillas en la chora, con su parte trasera frente a las puertas de otra ristra de capillas también adosadas
Letrero en la ciudad de astymove, una app de compartición de coches eléctricos y de localización y llamada de la línea de autobús, también eléctrico, perteneciente a la inciativa que hace tres años lanzaron el gobierno y Volkswagen para hacer de Astypalaia una "isla verde"
Miércoles, 22 de abril de 2026





















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