Translate

martes, 28 de abril de 2026

2026/10/ Kalymnos. Esperando a Godot

Volvemos hacia el oeste desde Kos (con una parada en Pserimós) y con destino final Kalymnos.

Kalymnos no es una isla nueva para nosotros. Hemos fondeado ya un par de veces en los últimos años, pero no hemos visitado nunca Pothia, su puerto principal. Este es un momento perfecto.

Kalymnos es una isla de contrastes, de altos y bajos. Una isla de escaladores extremos, pero que tradicionalmente ha vivido de descender a lo más profundo para pescar esponjas. Una isla relativamente grande, pero con sólo dos valles, flanqueados por montañas muy altas.

Junto a su flanco oeste se alza el islote de Telendos, meca de la escalada extrema desde los años ochenta, con paredes extraplomadas de roca caliza de alta calidad. El impacto económico de ese turismo deportivo en la isla es evidente y le da un ambiente distinto, no limitado al usual “playa y barcos”.

En el sur, el puerto de Pothia es desmesuradamente amplio comparado con el resto de islas del Egeo. Lleno de barcos de pesca, ferries que van y vienen, e incluso de barcos deportivos locales. Y, sí, también algunos dinosaurios turísticos como en Kos.

Pothia sorprende por la profusión de estatuas. Toda la ciudad está salpicada de figuras de bronce que rinden homenaje a diestro y siniestro: pescadores de esponjas, prebostes locales, personajes mitológicos… hay de todo. Las calles hierven de actividad y el tráfico, tanto de coches como de peatones, llega por momentos a resultar agobiante, sobre todo porque sus urbanistas —si es que los hubo— no parecían demasiado entusiastas de las aceras.

Elegimos Kalymnos como refugio para nuestro nuevo episodio “Esperando a Godot” de esta temporada.

“Esperando a Godot", de Samuel Beckett, es una obra cumbre del teatro del absurdo, en la que dos personajes, Vladimir y Estragón, esperan infructuosamente junto a un árbol la llegada de un tal Godot. La trama se centra en sus conversaciones triviales, discusiones y juegos repetitivos para pasar el tiempo, mientras lidian con la monotonía, la soledad y la incertidumbre existencial.

Esperar a Godot es la esencia de la navegación por el Egeo. Aprender a gestionar esa espera es todo un arte, que al principio choca, sobre todo cuando eres nuevo en estas aguas. En la obra de teatro en realidad nadie sabe quién o qué es Godot. O sí lo saben, pero no lo explican. En el Egeo lo que esperas es el viento, claro. Lo adivinas, pero no sabes realmente cuándo llega, ni cuánto dura y, sobre todo, si encontrarás dónde refugiarte.

El caso es que llegamos a Kalymnos pronto, para evitar tener problemas de sitio. El puerto tiene un muelle larguísimo en su dársena exterior, que usan sobre todo los yates de paso. Encontramos sólo otros tres barcos cuando atracamos, mucho espacio libre.

Claramente un puerto acostumbrado a lidiar con numerosos barcos. A nuestra llegada aparece el “gorrilla” habitual que nos pide propina por la ayuda para atracar. Ipso facto entra en escena el encargado del puerto que te pregunta los días de estancia y si quieres agua y luz. Con pago en cash, of course, y sin reciboEso sí, a precio “griego”. Salen más baratos seis días en Kalymnos “todo incluido” que uno en la Marina de Kos extras aparte. Igual nos toca ser Vladimir y Estragón por una semanita, pero al menos no nos arruinaremos.

Monotonía sí tenemos, para qué nos vamos a engañar. Seis días se hacen largos, echas de menos subir las velas y volver a navegar. El viento es duro, como esperábamos, pero entra por la popa y no resulta demasiado incómodo. Tan duro que el puerto cierra dos días por mal tiempo y toda la flota, ferries incluidos, quedan bloqueados en el puerto.

Soledad, más bien poca. Gradualmente el muelle se va llenando de barcos que también tienen cita con Godot, sobre todo barcos de alquiler que vienen de Kos. Algunos llegan muy justitos, con urgencias, peleando absurdamente contra el viento y la ola, mojados como pollos y cara de “si lo sé, no vengo”. Para el día grande del festejo, en el muelle no cabe un alfiler y el encargado del puerto nos pide a los antiguos que nos juntemos un poco para hacer sitio a los rezagados.

Incertidumbre existencial no tenemos. En el Sargantana siempre hay algo que hacer y en esta isla hay mucho que visitar. Es el fin de semana del uno de mayo y la ciudad bulle con las primeras remesas de turistas.

Visitamos la chora, a tres kilómetros del puerto, y el kastro, que dieron en construir doscientos escalones por encima de ella. Uno se pregunta si los piratas tendrían alguna posibilidad de asaltarlo. Para cuando llegaran a la base de la muralla, de altura más que respetable, los pobres debían estar reventados y a punto de amotinarse. Probablemente contaban más muertos por apoplejía que por las flechas de los sitiados.

También visitamos el museo arqueológico municipal. Nosotros solos. Parece que en el muelle había más interés en visitar los muchos bares de copas de Pothia. Los vigilantes nos miran con cara de sorpresa, de “menos mal que hace tres días pasamos la mopa”.

Un museo pequeñito y con interés relativo. Excepto por una estatua, la joya arqueológica de la isla, la “dama de Kalymnos”. Una escultura en bronce de una mujer, a tamaño natural. Sin ojos, con unas cuencas vacías inquietantes. Una figura que provoca fascinación. A la que te quedas mirando sin saber si, en realidad, es ella la que te mira a ti.

Lucía trata de hacer una foto de nosotros dos con la estatua, pero el vigilante interviene de inmediato:

- Photos ok, but no selfies!!

Da la sensación de que es la estatua la que está hasta el moño de turistas con sus selfies y que cada mañana les recuerda a los vigilantes con voz grave (las estatuas de bronce siempre tienen la voz muy grave):

- Nada de selfies, que seré ciega, pero no tonta. No soporto a estos instagrammers.

En Kalymnos nuestra “semana Godot” llega a su fin. En la obra original de Beckett, tras días de espera en los que el enigmático Godot no aparece, los dos vagabundos deciden irse para buscar refugio o intentar suicidarse, pero se quedan completamente inmóviles en el escenario mientras cae el telón.

Nosotros decidimos cambiar el final. Suicidarnos nos da mucha pereza y lo descartamos. Lo de quedarnos totalmente inmóviles, también: un barco parado no hace más que echar caracolillo. La dama ya la hemos visto, así que mejor levar anclas e irnos hacia Leros. 

Cae el telón.

Llegada al puerto de Kalymnos, que se abre al final de un valle encajado en un paisaje lunar
El puerto desde la terminal de los ferries
Nuestra dársena, con aliviaderos más que necesarios para la ola que se forma dentro del puerto
Muelle principal de los pescadores, frente al edificio del ayuntamiento
Iglesia de la Transfiguración del Salvador, en la plaza central de Pothia 
Trajes de buzo en el Sponges Warehouse, un almacén que combina la venta de esponjas con un pequeño museo que narra la historia de la pesca de esponjas en Kalymnos, una actividad que ha marcado su identidad y ha sido la base de su economía hasta la llegada del turismo
“Scandalopetra”, piedra de 8 a 14 kilos que los pescadores de esponjas sumergían para mantenerse unidos al barco: pasaban un cabito por la muñeca y por el cabo que ataba la piedra a la embarcación.
Los pescadores de esponjas salían en barcos tras la Pascua por largas temporadas. La introduccion del traje y la escafandra a finales del s.XIX, unido al desconocimiento del efecto de las burbujas de nitrógeno en la sangre por ascensos rápidos, hizo aún más peligroso el trabajo de los pescadores. Las tripulaciones volvían diezmadas o con tullidos de por vida
Barco actual de pesca de esponjas con el peligroso método del "narguile": una larga manguera que bombea aire al buceador
La ciudad quiso rendir homenaje a sus pescadores de esponjas con una estatua de Antonis Kampourakis, un icónico pescador retirado en 2019 que hasta sus 72 años siguió bajando a profundidades de 30 metros y siempre en apnea, rechazando cualquier sistema de aportación de aire. Se pueden encontrar videos suyos en internet
Monumento al marinero de Kalymnos
Estatua a Nike, la diosa alada de la victoria, del escultor Michañis Kokkinos y su hija Irene
Esperando el autobús para la chora frente a otra escultura de los Kokkinos
Vista del castillo desde la chora. Pothia ha crecido tanto por el valle, hacia el interior, que no se distingue dónde termina una y empieza la otra. Todo el trayecto es entre edificios
Inicio de la escalera al kastro atravesando un patio de una casa y la huerta de otra


En la entrada hay restos de una caseta de recepción y carteles indicativos del sitio, claramente abandonados desde hace un tiempo. Las señales se refieren al “Castrorum Circumnavigatio”, una iniciativa arqueológica del Ministerio de Culturma para la documentación, estudio y conservación de fortalezas en el Egeo
Dentro del recinto hay hasta diez iglesias de corte bizantino que se documentaron y restauraron en el ámbito de la inicitiva arqueológica
En edificios reconstruidos instalaron un complejo de recepción de visitantes, con oficinas, aseos, un centro de interpretación del kastro… todo abandonado y echándose a perder 


Desde la fortaleza se llega a divisar el mar al otro extremo del valle, hacia Panormo
Vista hacia Pothia
El camino de regreso lo hacemos caminando por este pueblo con exceso de coches y sin aceras
Nuestro recorrido desde que bajamos del autobús en la chora 
Visita al museo arqueológico. En el piso superior exhiben la reconstrucción, con restos arqueológicos originales, de un santuario inspirado en el de la basílica paleocristiana mas importante de la isla, el Cristo de Jerusalén, del s.V
Dama de Kalymnos, una estatua helenística de bronce de tamaño natural que sacó del fondo del mar un pescador local en 1995. Fue enviada a Atenas para su restauración y devuelta a Kalymnos para ser exhibida en el museo. Es una pieza hueca, fundida en bronce utilizando la antigua técnica griega de cera perdida, que permite obtener el impresionante nivel de detalle de su superficie. A lo largo de los siglos, las antiguas estatuas de bronce se solían fundir para fabricar armas y monedas. Las piezas rescatadas del mar como esta son excepcionalmente raras, lo que la convierte en uno de los tesoros arqueológicos más preciados de Grecia, a pesar de que no se conservan los ojos. Típicamente serían de calcita con una incrustación de piedras semipreciosas para simular el iris, como los del auriga de Delfos
Etapa de Kos a Pserimós el 28 de abril y de Paerimós a Pothia (Kalymnos) el 29. Antes de ir a puerto intentamos coger in boya en Vlychadia, pero hace demasiado viento


Martes, 5 de mayo de 2026


Nuestro recorrido de esta temporada hasta hoy






En NoForeignLand puedes leer sobre Pothia, el puerto de Kalymnos, y también seguir a Sargantana

domingo, 26 de abril de 2026

2026/9/ Kos. La guarida de los dinosaurios

Por fin tenemos la oportunidad de visitar el puerto de Kos. De hecho, nunca habíamos recalado aquí. Otros años habíamos esquivado esta isla como se esquiva a un conocido incómodo al que avistas en la multitud.

No es manía, hay razones.

La ciudad de Kos está en la cara oriental de la isla, prácticamente dentro de una bahía turca. Bastante a trasmano. Además, las guías náuticas advierten de la dificultad de encontrar amarre en el puerto municipal, que suele estar colapsado en temporada alta. A poca distancia hay una marina privada, la base de la mayoría de los barcos de alquiler de esta zona, que tiene buenas críticas, pero unos precios prohibitivos.

Pero, sobre todo, el puerto de Kos es la base de esas gigantescas (y grotescas) imitaciones de La Perla Negra, en las que capitanes Sparrow de opereta pasean a las multitudes de turistas por las islas cercanas, sobre todo Kalymnos y Pserimós. Kos es uno de los destinos favoritos del turismo etílico de ciudadanos del norte de Europa, y las reseñas describen el puerto como “muy animado”. Mucho miedo da eso.

Este año es temporada baja y decidimos que es un buen momento para conocer la guarida de los dinosaurios. Confiamos en que no habrá chunda-chunda, o será llevadero, y que podremos encontrar plaza libre. Necesitamos repostar gasoil, agua y, sobre todo, gas, y no tenemos alternativas en esta zona.

Nuestra travesía hacia Kos vuelve al patrón habitual de “planifico una ruta y hago otra completamente diferente”. Salimos de Alimiá a primera hora de la mañana con previsión de vientos flojos de proa, es decir, de motorada aburrida. Nos planteamos hacer una escala en Nísyros (o quizás fondear en la isla de Giali) y esperar a mañana para tratar de velear el resto del camino hacia Kos aprovechando el pronóstico favorable. Pero nos encontramos con la sorpresa de un viento muy asequible que nos podría llevar en rumbo directo hasta Kos cruzando aguas turcas.

Dicho y hecho. A estas alturas ya conocemos los entresijos del “paso inocente” y ponemos proa a Kos para ahorrarnos unas horas tediosas de motor.

Más allá de la fauna que lo habita, Mandraki es una maravilla. Una dársena enorme que se encajona en la ciudad. Sí, los dinosaurios están aquí, alineados en el muelle, pero en esta época hay sitio para los veleros pequeños como nosotros. Amarramos junto a un velero holandés (el Nok) que ni siquiera hace ademán de ayudarnos con el amarre, una de esas tripulaciones desagradables y antipáticas que también se encuentran por Grecia. Afortunadamente son minoría, pero no cabe sino desearles amarres difíciles y problemáticos en el futuro, sean cuales sean.

Mal de ojo lo llaman las gitanas de Sevilla.

Nos quedamos dos noches aquí y aprovechamos una ciudad que nos ofrece todo lo que necesitamos. Aprovisionamos el barco, pero también disfrutamos de un entorno agradable para callejear y visitar sus vestigios arqueológicos.

Muchos turistas, más de los que cabría esperar en abril, sobre todo ingleses y alemanes, parecen desafiar sin demasiados problemas las temperaturas no muy veraniegas y desfilan cada día frente a nuestra popa, camino de su cita con los dinosaurios y sus capitanes vestidos de Jack Sparrow.

Les vemos pasar por la mañana, con ojos febriles que anticipan su inminente incursión pirata. Nos convertimos en parte del atrezo de la aventura: muchos de ellos nos saludan y se hacen selfis en nuestra popa.

Les vemos pasar por la tarde, volviendo hacia sus autobuses, toalla del hotel (mojada) al hombro. Algunos bastante perjudicados (es evidente que en las tripas de los dinosaurios no sólo venden cocacolas). Todos anticipando el bufé libre del hotel y, con toda seguridad, un karaoke. Gran final para una jornada histórica. Nota: a la vuelta ya no se hacen selfis.

Tenemos un temporal a la vista y Kos no nos convence como refugio. Demasiados días contemplando el desfile jurásico. Y en el puerto no funcionan las tomas de electricidad, que vienen muy bien para estancias largas. Preferimos recalar en Kalymnos, a menos de veinte millas de distancia, con una parada previa en Pserimós.

Salimos del puerto con algo más de ola y de viento que lo esperado, camino de Pserimós (por una o dos noches) y de Kalymnos. Como a veces nos pasa, elegimos un momento complicado. Dos de los dinosaurios deciden salir al mismo tiempo. Se monta una pequeña tangana en la dársena por un quítame allá esas pajas sobre quién debe pasar primero. El Sargantana intenta colarse arrimándose mucho a los barcos de guerra amarrados a estribor, pero el dinosaurio mayor, el Byron, un cabrón con pintas, nos llama al orden con una bocina que retumba como un trueno.

El Sargantana se achanta. Tampoco es cuestión de salir en el Diario de Kos en la primera visita. Eso sí, estoy seguro de que tropecientos instagrammers habrán recogido el incidente con pelos y señales, antes de ir a por su primer gin-tonic del día. Ya somos famosos.

Kos es la isla del Dodecaneso habitada desde más antiguo. Fue el escenario de la lucha final entre Poseidón y el titán Polyvotis, al que el dios sepultó bajo un pedazo que desgajó de Kos con su tridente y que hoy es la isla de Nísyros. Y en Kos nació y vivió Hipócrates en el s.V a.C.

La ciudad es como un museo al aire libre, con un batiburrillo de vestigios helenísticos, romanos, bizantinos, medievales u otomanos entre grandiosos edificios de primeros del siglo pasado. En 1933, un terremoto prácticamente la arrasó y los italianos, que entonces ocupaban el Dodecaneso, aprovecharon para excavar profusamente y sacar a la luz cientos de restos arqueológicos, a la vez que reconstruyeron la ciudad. Hoy está salpicada de estos restos. Aquí y allá encuentras vallados, a modo de parques en medio de la ciudad, con nombres tan descriptivos como “sitio arqueológico del oeste”, “odeón romano”, “el altar de Dionisio” o “la Casa Romana”.

En 2017, el último de los muchos terremotos que afectaron severamente a Kos dañó varios edificios y estatuas. No fue hasta 2020 cuando, con el impulso del ministerio de cultura, se empezó a recuperar la mayoría de ellos

Lo primero que se ve al llegar al puerto es el castillo que llaman “de Neratzia”, la gran fortaleza de doble muralla que los Caballeros de San Juan construyeron entre los siglos XIV y XVI en una isla entonces poblada de limoneros y naranjos (neratzia es naranja amarga en griego). Los amarres más privilegiados del puerto están a los pies de sus murallas.

A espaldas del castillo conservan con mimo, vallado y señalizado, el “árbol de Hipócrates”, un gran plátano de sombra que es imposible que sea el mismo bajo el que el médico más famoso de la antigüedad impartiera sus clases, pero a los kosianos les gusta creer que fue así. 

Un poco más lejos, un recinto vallado de acceso libre encierra el ágora del s.IX a.C. El antiguo mercado era el corazón del centro económico de la isla, con talleres, tiendas y altares. Constaba de tres pasillos cubiertos que formaban un gran patio interior en el centro. Se construyeron también varios edificios y templos cerca del puerto. 

El entorno, poblado de palmeras, tiene hoy un aspecto abandonado. La vegetación crece entre las piedras, de los antiguos carteles explicativos sólo quedan las peanas y está rodeado de edificios que afean la vista. Pero merece la pena pasear por él.

En el otro extremo del recinto, casi oculta por los árboles, se levanta una deliciosa iglesia bizantina.

Está cayendo el sol cuando llegamos al borde del mar y, en el camino de regreso, nos sorprende la marcha militar que acompaña a un protocolario arriado de bandera en el palacio del gobernador. Un grupo de ciudadanos rompe en aplausos y ondea grandes enseñas griegas frente al batallón. Más tarde leeré que en este mismo lugar se celebró con un desfile militar el día en que Kos se zafó de las garras nazis al acabar la guerra. Como el resto del Dodecaneso volvió Grecia el 7 de marzo de 1948.

Palacio del Gobernador, del arquitecto italiano Fausto Di Fiorestano
Estamos amarrados en la zona de los grandes yates. Hemos preferido atracar aquí al ancla antes que en el muelle de veleros, donde, al ser domingo, no tendríamos ayuda para coger las líneas. El lunes aparecerá el "harbour master" y nos permitirá amablemente quedarnos una noche más en este lugar

A la mañana siguiente aprovechamos las primeras horas del día para caminar un par de kilómetros hasta la marina y el supermercado vecino a comprar gas y provisiones, incluidas las cervezas Nissos Organic sin gluten tan difíciles de encontrar.

Al acabar los recados nos lanzaremos a seguir pateando la ciudad, empezando por la plaza Eleftherias, que ya habíamos visto la tarde anterior. Es apabullante. En ella conviven una torre medieval, una mezquita otomana, una iglesia cristiana, una antigua puerta de la muralla, un mercado municipal y el museo arqueológico de la época italiana.

Torre defensiva de la época de los Caballeros
Mezquita Defterdar del s.XVIII. Fue dañada y restaurada en varias ocasiones, la última tras el terremoto de 2017, que tiró el minarete e inutilizó el edificio
Iglesia de Agia Paraskeví
Puerta de los impuestos, construida por los Caballeros de San Juan, que daba acceso al mercado medieval. Los comerciantes tenían que pagar aquí las tasas para poder vender en el mercado. Fue tambien muy dañada por el terremoto de 2017. En la restauración de 2020 eliminaron una enorme buganvilla que la cubría 
Mercado municipal

Caminamos hacia el oeste en busca del odeón romano, un pequeño teatro para 750 espectadores. Los romanos, a diferencia de los griegos, dominaban las técnicas del arco y la bóveda, necesarios para soportar el tremendo peso de las bancadas de mármol. Por eso podían construir este tipo de anfiteatros en explanadas en medio de las ciudades. Los griegos en cambio tenían que aprovechar los graderíos naturales de las colinas para excavar sus teatros.

Lo que más nos sorprende, por su singularidad, es la rehabilitación que hicieran los italianos de una casa romana, que la ciudad llama exactamente así, Casa Romana. Una reconstrucción fidedigna, con muros levantados sobre los restos existentes, con techados y columnas, fuentes y patios, con mosaicos y frescos, preservados e integrados con buen gusto en la restauración. Se trata de una villa romana del siglo II que fue levantada sobre las ruinas de una antigua casa griega del período helenístico. Paseando por ella llegas a entender mejor que en ningún otro sitio cómo vivían los romanos (los ricos, a juzgar por el tamaño de la mansión).

Peristilo principal, que albergaba los jardines y alrededor del cual se abrían las estancias más importantes, como el comedor 
Pequeño peristilo. Había tres en total
Mosaico en una de las 36 estancias
Restos de los frescos que decoraban las paredes

De regreso al barco aún nos queda tiempo para atisbar los restos del sitio arqueológico del oeste y para tomar un freddo expresso en uno de los cafés abiertos (y vacíos) del puerto.

Ninfeo (edificio de baños) y gimnasio en el sitio arqueológico oeste
Un café en el puerto
Etapa de Alimiá a Kos el 26 de abril


Viernes, 27 de abril de 2026


Nuestro recorrido de esta temporada hasta hoy






En NoForeignLand puedes leer sobre Mandraki, el puerto de Kos y también seguir a Sargantana