La travesía hacia Chios nos decepciona. Esperábamos velear los anunciados vientos del sur, pero encontramos apenas una ventolina que nos obliga a poner motor todo el recorrido. Frustrante para una travesía relativamente larga como esta. Muchas millas aburridas, muchas horas de motor, mucho combustible. Y para colmo, bastante mar de fondo salido de la nada y un súbito chubasco que nos complica el último tramo. Un día para olvidar.
En realidad es la tónica de esta temporada. Utilizamos habitualmente una aplicación de pago (Windy) y contrastamos los pronósticos con la web del servicio meteorológico griego. Estamos muy pendientes de las actualizaciones que llegan cada pocas horas. Da igual, la mayoría de las veces las predicciones están acertando poco… o nada. Nos hemos encontrado con súbitos cambios de pronóstico “a posteriori”, chubascos duros en días supuestamente plácidos, o calma chicha cuando se anunciaban vientos favorables con mucha antelación.
Supongo que “es lo que hay”, que los modelos meteorológicos son lo que son, más o menos fiables en épocas estables (verano o invierno) y una escopeta de feria en primavera.
Hace unos pocos años, cuando empezábamos a navegar, el parte habitual era algo parecido a esto: “Cielos despejados, con nubes por la tarde, con algún riesgo de chubasco, vientos fuerza 3 a 4 con rachas de 5, entre Ibiza y la península”. Lo actualizaba el Instituto Meteorológico Nacional y tenía una validez de 24 horas. Lo escuchábamos por el VHF. Absolutamente “preciso y exacto”. Y nosotros, tan contentos.
Ahora, nos enseñan en una app en tiempo real el viento o la lluvia previstos en cada punto del planeta. Y la altura de la ola. Los modelos meteorológicos como el ECWMF o el ICON se actualizan cada cuatro horas.¿Estamos más contentos?
Pues, la verdad, no. Quizá lo estaríamos si acertaran siempre. Pero no es así y la sensación de incertidumbre es la misma que en la época pre-internet.
El problema radica en que los que navegamos nos hemos convertido en “parte-adictos”. Planificamos todos nuestros movimientos con muchísima antelación, basándonos en unas previsiones superdetalladas que, a la postre, resultan ser demasiado cambiantes y poco fiables.
El caso es que, como decía, llegamos a la isla de Chios a media tarde, después de una travesía que se nos hace larga, a motor desde Icaria, con un chubasco final inesperado y muy incómodo que nos obliga a quitar las velas un poco “a las bravas”. Por supuesto despotricando contra Windy.
Afortunadamente tenemos un buen refugio en el puerto de Mesta. Un gran muelle comercial construido para el acceso de ferries y ro-ros, en un fiordo muy bien protegido de los vientos del sur. Allí llegan barcos grandes que cargan trailers y camiones cisterna hacia Psará e incluso hacia El Pireo.
Mesta es una ciudad medieval, muy turística, a unos cuatro kilómetros. En el puerto, pocas cosas interesantes. Apenas un puñado de casas de pescadores y restaurantes. Nos quedamos sólo dos noches, hasta que vuelven los nortes.
Para nuestra sorpresa, la costa este de Chios es un calco de la cara norte de Ikaria: un desierto absoluto. Aquí tampoco hay nadie.
Cierto, el AIS nos muestra la caravana de cargueros que se mueve norte-sur entre Chios y Psará, pero navegan lejos, indistinguibles a simple vista. Cerca de la costa no se ve prácticamente ningún barco, más allá de alguna la lancha de pesca y los ferries que van a Psará.
Desde Mesta nos movemos a Lithi, un pequeño puerto de pescadores unas millas más al norte. Necesitamos refugio porque, tras los sures, llega un episodio de vientos del norte. El puerto está desierto, excepto por un par de barcas locales y una motora griega que, aparentemente, pasa aquí el invierno. Pasamos seis días completamente solos en el muelle, con agua y suministros. Gratis. Una delicia.
Lithi es un puerto muy cómodo, con unos pocos restaurantes a medio gas que claramente viven de la recaudación del verano. Tiene turismo. Hay un hotel junto a la playa y algunos apartamentos, la mayoría cerrados todavía. Muy poca actividad de pesca. Un sitio tranquilo y un poco solitario en el que nos quedaríamos más tiempo y por supuesto volveremos en próximas temporadas
Cuando los vientos ceden, salimos hacia el norte de la isla. Recalamos en el puerto de Marmaro, la mejor base de partida para el siguiente salto hacia Lesbos. Algunos veleros por esta zona, pero sin agobios. Estamos ya en los últimos días de mayo y las temperaturas son casi veraniegas. Toda una sorpresa encontrar esta calma en una isla como Chios.
Lo más interesante de nuestra estancia en Chíos esta temporada ha sido la visita a Mestá.
Mestá es el mejor conservado de los pueblos medievales de la Mastichochoria, la región de los "pueblos de la masticha". Se trata de antiguos poblados bizantinos que agruparon los caseríos dispersos para protegerse y que los genoveses que ocuparon la isla en el siglo XIV rediseñaron a modo de fortalezas para defenderse de las incursiones piratas. Y, sobre todo, para proteger su bien más preciado, la masticha, una resina obtenida de una variedad de lentisco que únicamente crece en Chios
Visto desde arriba, Mestá tiene forma pentagonal. Las casas perimetrales están construidas pegadas las unas a las otras, sin ventanas hacia el exterior, todas de la misma altura, formando una a modo de muralla que define y cierra los cinco lados del recinto.
Antiguamente solo había una puerta. Hoy el pueblo conserva su fisonomía, aunque es posible entrar desde más de un punto. En el interior las calles son un auténtico laberinto, pensado para despistar a los atacantes que pudieran llegar a entrar. Algunas calles están cubiertas por bóvedas que en griego llaman “tholoi” y que servían tanto para proporcionar sombra a los callejones como para construir encima y expandir el espacio habitable a las casas.
Dentro del recinto hay varias iglesias y quedan restos de alguna torre defensiva. Todo el conjunto rezuma historia. Las azoteas, planas y todas prácticamente a la misma altura, recuerdan que fueron construidas así para que, en caso de una brecha en la entrada, los habitantes pudieran desplazarse rápidamente por los tejados de una punta a otra del pueblo y huir, contraatacar o refugiarse en la gran torre central de comunicaciones.
Las calles son estrechas y agobiantes. El único espacio abierto es una plaza que se construyó con posterioridad a la época bizantina como zona de expansión para los moradores del kastro, confinados en viviendas pequeñas, sin balcones ni patios. Hoy en día sirve como lugar de encuentro, con bares y pequeñas tabernas que acogen tertulias de locales y visitantes. A la plaza la llaman cariñosamente “to livadi”, el prado.
Encontramos el pueblo prácticamente desierto. Las casas tradicionales han sido en su mayoría reconvertidas en alojamientos turisticos, pero los veraneantes aún no han llegado. Hay apenas un par de tienditas abiertas y algunas cuadrillas dispersas rehabilitando casas viejas. Tomamos un café en la plaza, mezclados con los obreros.
La masticha ha marcado la forma de vida y la economía de la isla desde tiempo inmemorial. Codiciada por contrabandistas y piratas, los genoveses aseguraron con sus fortalezas la explotación y el comercio del “oro blanco”. Tras caer en manos del imperio otomano, a pesar de las horribles masacres de Chíos de 1822, los pueblos de la Mastichochoriá lograron cierta protección y amnistías parciales debido al enorme interés del sultán por mantener el flujo tributario de la resina.
La mastica está declarada patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO. A partir de ella se elaboran todo tipo de productos alimentarios, cosméticos y farmacéuticos, desde goma de mascar hasta aguas medicinales. El más famoso es el licor de masticha, una bebida dulce de entre 26º y 30º, con denominación de origen, que en Sargantana nunca falta para compartir unos chupitos con los amigos.
En Lithi amarramos a proa de una motora que pasa allí el invierno. No aparece ningún otro barco de recreo en los días que estamos aquí
Amarre en Marmaro junto a la motora que ya estaba ahí la temporada, cuando pasamos una semana atracados enfrente esperando las piezas para reparar el molinete
Volvemos a pasear por el pequeño pueblo cuyos rincones tuvimos ocasión de conocer el año pasado. Las calles parecen más limpias y arregladas, hay más bares abiertos y más genteMartes, 26 de mayo de 2026






























































