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miércoles, 27 de mayo de 2026

2026/16/ Lesbos. El abrazo

Lesbos. La isla de los árboles de piedra. La que vigila de reojo a una Turquía demasiado cercana. La del nombre maldito. La isla dual, capaz de albergar simultáneamente once millones de olivos y un paisaje lunar. La cuna del ouzo y de la poetisa más famosa de la antigüedad.

Este año del espejo llegamos desde el sur. Entramos al Ormos Kallonis (el golfo de Kalloni) serpeando por el canal de acceso entre las balizas verdes y rojas. Toda la isla se pliega como en un gran abrazo alrededor del golfo, una extensión de agua casi cerrada de 110 kilómetros cuadrados que alberga en su interior uno de los ecosistemas más importantes de Europa para las aves, con más de 300 especies entre permanentes y migratorias. Además, su alta salinidad y poca profundidad son el hábitat perfecto para una sardina pequeña y sabrosa, de fama nacional, cuya fiesta se celebra en verano en Skala Kallonis.

Fondeamos a la entrada del golfo, frente al pueblito de Apothikes, en el mismo lugar del año pasado, pero esta vez sin el Ophelia. Y veleamos el “ormos”, con viento sur hacia arriba y con viento norte hacia abajo, sin detenernos más que una noche frente al puerto de Kalloni, echado a perder por las horribles músicas discotequeras que atruenan la noche y se cargan la tranquilidad de las salinas y sus aves, a las que la Red Natura 2000 no parece proteger.

Josefin y Stefan del Cala Mara, amigos del Ophelia y a quienes no hemos visto desde Leros, vienen a saludarnos a nuestro fondeo. Siguen su plan de pasar un par de días en las salinas fotografiando flamencos y limícolas, unas fotos preciosas, envidiables, que reflejan sus almas de artistas.

Les vemos pasar de regreso por el canal desde nuestro refugio de Apothikes, donde seguiremos un par de días más de paseos por tierra e indolencia a bordo. 

Sólo nos movemos a otro fondeo en el oeste de la isla para preparar nuestro siguiente salto a Lemnos. La última noche la pasaremos abrazados por la oscuridad y las estrellas en una bahía fabulosa al sur de Sigri y de sus árboles mágicos.

Fondeo en Apothikes
Apothikes desde nuestro fondeo
Apothikes desde el pueblo con Sargantana al fondo
Anochecer en el fondeo de Apothikes
Veleando hacia el norte del golfo
Stella Kallonis al atardecer
Canal balizado de acceso al Ormos Kallonis
Bordeamos el cabo más occidental de la isla para llegar a nuestro último fondeo en Ormos Lafri
Etapa de Chios al sur de Lesbos el 27 de mayo
Etapas del 28 y 29 de mayo entre Apothikes y Skala Kallonis
Etapa del 31 de mayo de Apothikes al fondeo en Ormos Lafri


Domingo, 31 de mayo de 2026


Nuestro recorrido de esta temporada hasta hoy



sábado, 16 de mayo de 2026

2026/15/ Chios. La travesía del desierto

La travesía hacia Chios nos decepciona. Esperábamos velear los anunciados vientos del sur, pero encontramos apenas una ventolina que nos obliga a poner motor todo el recorrido. Frustrante para una travesía relativamente larga como esta. Muchas millas aburridas, muchas horas de motor, mucho combustible. Y para colmo, bastante mar de fondo salido de la nada y un súbito chubasco que nos complica el último tramo. Un día para olvidar.

En realidad es la tónica de esta temporada. Utilizamos habitualmente una aplicación de pago (Windy) y contrastamos los pronósticos con la web del servicio meteorológico griego. Estamos muy pendientes de las actualizaciones que llegan cada pocas horas. Da igual, la mayoría de las veces las predicciones están acertando poco… o nada. Nos hemos encontrado con súbitos cambios de pronóstico “a posteriori”, chubascos duros en días supuestamente plácidos, o calma chicha cuando se anunciaban vientos favorables con mucha antelación.

Supongo que “es lo que hay”, que los modelos meteorológicos son lo que son, más o menos fiables en épocas estables (verano o invierno) y una escopeta de feria en primavera.

Hace unos pocos años, cuando empezábamos a navegar, el parte habitual era algo parecido a esto: “Cielos despejados, con nubes por la tarde, con algún riesgo de chubasco, vientos fuerza 3 a 4 con rachas de 5, entre Ibiza y la península”. Lo actualizaba el Instituto Meteorológico Nacional y tenía una validez de 24 horas. Lo escuchábamos por el VHF. Absolutamente “preciso y exacto”. Y nosotros, tan contentos.

Ahora, nos enseñan en una app en tiempo real el viento o la lluvia previstos en cada punto del planeta. Y la altura de la ola. Los modelos meteorológicos como el ECWMF o el ICON se actualizan cada cuatro horas.¿Estamos más contentos?

Pues, la verdad, no. Quizá lo estaríamos si acertaran siempre. Pero no es así y la sensación de incertidumbre es la misma que en la época pre-internet.

El problema radica en que los que navegamos nos hemos convertido en “parte-adictos”. Planificamos todos nuestros movimientos con muchísima antelación, basándonos en unas previsiones superdetalladas que, a la postre, resultan ser demasiado cambiantes y poco fiables.

El caso es que, como decía, llegamos a la isla de Chios a media tarde, después de una travesía que se nos hace larga, a motor desde Icaria, con un chubasco final inesperado y muy incómodo que nos obliga a quitar las velas un poco “a las bravas”. Por supuesto despotricando contra Windy.

Afortunadamente tenemos un buen refugio en el puerto de Mesta. Un gran muelle comercial construido para el acceso de ferries y ro-ros, en un fiordo muy bien protegido de los vientos del sur. Allí llegan barcos grandes que cargan trailers y camiones cisterna hacia Psará e incluso hacia  El Pireo.

Mesta es una ciudad medieval, muy turística, a unos cuatro kilómetros. En el puerto, pocas cosas interesantes. Apenas un puñado de casas de pescadores y restaurantes. Nos quedamos sólo dos noches, hasta que vuelven los nortes.

Para nuestra sorpresa, la costa este de Chios es un calco de la cara norte de Ikaria: un desierto absoluto. Aquí tampoco hay nadie.

Cierto, el AIS nos muestra la caravana de cargueros que se mueve norte-sur entre Chios y Psará, pero navegan lejos, indistinguibles a simple vista. Cerca de la costa no se ve prácticamente ningún barco, más allá de alguna la lancha de pesca y los ferries que van a Psará.

Desde Mesta nos movemos a Lithi, un pequeño puerto de pescadores unas millas más al norte. Necesitamos refugio porque, tras los sures, llega un episodio de vientos del norte. El puerto está desierto, excepto por un par de barcas locales y una motora griega que, aparentemente, pasa aquí el invierno. Pasamos seis días completamente solos en el muelle, con agua y suministros. Gratis. Una delicia.

Lithi es un puerto muy cómodo, con unos pocos restaurantes a medio gas que claramente viven de la recaudación del verano. Tiene turismo. Hay un hotel junto a la playa y algunos apartamentos, la mayoría cerrados todavía. Muy poca actividad de pesca. Un sitio tranquilo y un poco solitario en el que nos quedaríamos más tiempo y por supuesto volveremos en próximas temporadas

Cuando los vientos ceden, salimos hacia el norte de la isla. Recalamos en el puerto de Marmaro, la mejor base de partida para el siguiente salto hacia Lesbos. Algunos veleros por esta zona, pero sin agobios. Estamos ya en los últimos días de mayo y las temperaturas son casi veraniegas. Toda una sorpresa encontrar esta calma en una isla como Chios.

Sargantana fondeado en la bahía del puerto de Mesta
Primero de los tres enormes muelles para los ferries y grandes barcos
Uno de los barcos de pesca que llegan al caer la noche a descargar
Detalle del puerto de pescadores, con una de las tabernas al fondo
Solemos dejar el dinghy entre las lanchas cuando bajamos a tierra

Lo más interesante de nuestra estancia en Chíos esta temporada ha sido la visita a Mestá.

Mestá es el mejor conservado de los pueblos medievales de la Mastichochoria, la región de los "pueblos de la masticha". Se trata de antiguos poblados bizantinos que agruparon los caseríos dispersos para protegerse y que los genoveses que ocuparon la isla en el siglo XIV rediseñaron a modo de fortalezas para defenderse de las incursiones piratas. Y, sobre todo, para proteger su bien más preciado, la masticha, una resina obtenida de una variedad de lentisco que únicamente crece en Chios

Visto desde arriba, Mestá tiene forma pentagonal. Las casas perimetrales están construidas pegadas las unas a las otras, sin ventanas hacia el exterior, todas de la misma altura, formando una a modo de muralla que define y cierra los cinco lados del recinto.

Antiguamente solo había una puerta. Hoy el pueblo conserva su fisonomía, aunque es posible entrar desde más de un punto. En el interior las calles son un auténtico laberinto, pensado para despistar a los atacantes que pudieran llegar a entrar. Algunas calles están cubiertas por bóvedas que en griego llaman “tholoi” y que servían tanto para proporcionar sombra a los callejones como para construir encima y expandir el espacio habitable a las casas. 

Dentro del recinto hay varias iglesias y quedan restos de alguna torre defensiva. Todo el conjunto rezuma historia. Las azoteas, planas y todas prácticamente a la misma altura, recuerdan que fueron construidas así para que, en caso de una brecha en la entrada, los habitantes pudieran desplazarse rápidamente por los tejados de una punta a otra del pueblo y huir, contraatacar o refugiarse en la gran torre central de comunicaciones.

Las calles son estrechas y agobiantes. El único espacio abierto es una plaza que se construyó con posterioridad a la época bizantina como zona de expansión para los moradores del kastro, confinados en viviendas pequeñas, sin balcones ni patios. Hoy en día sirve como lugar de encuentro, con bares y pequeñas tabernas que acogen tertulias de locales y visitantes. A la plaza la llaman cariñosamente “to livadi”, el prado.

Encontramos el pueblo prácticamente desierto. Las casas tradicionales han sido en su mayoría reconvertidas en alojamientos turisticos, pero los veraneantes aún no han llegado. Hay apenas un par de tienditas abiertas y algunas cuadrillas dispersas rehabilitando casas viejas. Tomamos un café en la plaza,  mezclados con los obreros.

La masticha ha marcado la forma de vida y la economía de la isla desde tiempo inmemorial. Codiciada por contrabandistas y piratas, los genoveses aseguraron con sus fortalezas la explotación y el comercio del “oro blanco”. Tras caer en manos del imperio otomano, los pueblos de la Mastichochoriá lograron cierta protección y amnistías parciales debido al enorme interés del sultán por mantener el flujo tributario de la resina.

La mastica está declarada patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO. A partir de ella se elaboran todo tipo de productos alimentarios, cosméticos y farmacéuticos, desde goma de mascar hasta aguas medicinales. El más famoso es el licor de masticha, una bebida dulce de entre 26º y 30º, con denominación de origen, que en Sargantana nunca falta para compartir unos chupitos con los amigos.

Nuestro recorrido de ida y vuelta, caminando,
 hasta Mestá
Calle con tholoi
Iglesia de los Arcángeles
Torre defensiva
Cartel en la plaza
Etapa de Icaria al puerto de Mesta, en la isla de Chios, el 16 de mayo
En Lithi amarramos a proa de una motora que pasa allí el invierno. No aparece ningún otro barco de recreo en los días que estamos aquí
Playa de Lithi
Etapa del puerto de Mesta a Lithi, el 18 de mayo
Amarre en Marmaro junto a la motora que ya estaba ahí la temporada, cuando pasamos una semana atracados enfrente esperando las piezas para reparar el molinete
Volvemos a pasear por el pequeño pueblo cuyos rincones  tuvimos ocasión de conocer el año pasado. Las calles parecen más limpias y arregladas, hay más bares abiertos y más gente
El museo naval sigue cerrado
El molino que da paso a la playa tambien aparenta haber sido restaurado o, como mínimo, pintado
En esta ocasión nos vamos caminando a conocer el barrio de enfrente, Rachi. La iglesia de la Santa Cruz llama la atención por lo cuidada que está, tanto la propia iglesia como el entorno
Etapa de Lithi a Mármaro, el el 23 de mayo



Martes, 26 de mayo de 2026


Nuestro recorrido de esta temporada hasta hoy



jueves, 14 de mayo de 2026

2026/14/ Icaria. La cara oculta

Icaria tiene dos caras, como el espejo. Es una isla bipolar.

Una cara, la sur, es gris y agreste, llena de paredes vertiginosas por las que el meltemi se despeña como en una montaña rusa. Pocos fondeos; la mayoría de los barcos buscan refugio en el puerto de Agios Kyrikos, la capital.

Pero tiene otra cara, la norte, menos conocida. Amable y verde, amistosa y húmeda. Con playas casi caribeñas, pueblos de tejados rojos rodeados de árboles. El meltemi aquí es noble. Sopla, sí, cuando le toca, pero en este lado el viento parece refrenarse y tomarse un momento de calma.

La conocemos de haberla recorrido en coche. A pesar de que Icaria es nuestra isla favorita del Egeo, la que más nos fascina, la que nos transmite una energía especial, nunca la hemos navegado por el norte.

Es la cara oculta, donde no parece ir nadie, y cuesta entender la razón. Quizá sea porque el sur de la isla es el paso natural entre el Dodecaneso y las Cícladas. Quizá porque hacia el norte el Egeo da vértigo, vacío de islas, apenas Chios trazando una línea difusa sobre un horizonte lejano. O quizá por el morbo que provoca el sur, el mar de Icaria, donde la leyenda asegura que se ahogó Ícaro cuando volaba demasiado alto, insensatamente, con las alas que le había fabricado su padre Dédalo. Una invención temprana y fallida del parapente que claramente trae mal fario.

Sea cual sea la razón, este año, el año del espejo, es el momento para descubrirla. Ayudan los vientos flojos, poco usuales, que nos permiten algo inaudito: navegar de nuevo con nuestro gennaker, que descansaba en el fondo del tambucho desde hace tres temporadas, como el arpa del salón en el ángulo oscuro. No sé si el dueño del arpa había pensado en Wallapop, pero la verdad es que nosotros para el gennaker sí, por falta de uso y por lo que ocupa en un barco donde el espacio no abunda. Supongo que lo conservaremos.

Anclamos en la cala Armenistís en compañía de un velero francés, el Virgule, el único barco que hemos avistado en toda la jornada. No podía ser sino un perro verde.

El Virgule, que se anuncia en el AIS como “Virgule Solo Sailor”



14 de mayo. Etapa de Leros al fondeo en Limnionas, en el sur Samos.
Dejamos Leros a motor. A medida que nos acercamos a Samos se va imponiendo la tremenda silueta del monte Kerkis, que forma el extremo oeste de la isla. Es un antiguo volcán de 1.433 metros, la segunda montaña más alta del Egeo oriental
Fondeamos a los pies del monte Kerkis, en la playa de Limnionas, famosa por sus aguas claras y calmadas. En el lecho marino afloran manantiales subterráneos de agua dulce muy fría que provienen de las filtraciones a través de la montaña. El agua así depurada hace que toda la bahía sea extremadamente limpia, fresca y cristalina.
15 de mayo. Etapa de Samos al norte de Ikaria
Poco después de dejar el fondeo de Limnionas podemos sacar el gennaker
Llegamos a Icaria por su extremo nororiental, en donde se yergue la ya conocida torre de Drakano, a cuyos pies por la cara sur hicimos un fondeo casi mágico hace dos años
Nos acercamos a la playa de Iero, justo antes del aeropuerto, a explorar un fondeo que figura en Navily, entre pendientes verdes y rocas. Muy bonito, pero poco práctico
Pasamos a la altura del aeropuerto. La pista de despegue llega literalmente hasta el mar
Recorremos la costa, verde y montañosa, que se abre aquí y allá en bonitas playas
Fondeamos frente a la playa de Livadia y el pueblo de Armenistís
El atardecer sobre Armenistís es tranquilo. Nada que ver con la bravura del mar el año pasado cuando comimos aquí, en nuestro periplo en coche por la isla


Viernes, 15 de mayo de 2026


Nuestro recorrido de esta temporada hasta hoy






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