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domingo, 26 de abril de 2026

2026/9/ Kos. La guarida de los dinosaurios

Por fin tenemos la oportunidad de visitar el puerto de Kos. De hecho, nunca habíamos recalado aquí. Otros años habíamos esquivado esta isla como se esquiva a un conocido incómodo al que avistas en la multitud.

No es manía, hay razones.

La ciudad de Kos está en la cara oriental de la isla, prácticamente dentro de una bahía turca. Bastante a trasmano. Además, las guías náuticas advierten de la dificultad de encontrar amarre en el puerto municipal, que suele estar colapsado en temporada alta. A poca distancia hay una marina privada, la base de la mayoría de los barcos de alquiler de esta zona, que tiene buenas críticas, pero unos precios prohibitivos.

Pero, sobre todo, el puerto de Kos es la base de esas gigantescas (y grotescas) imitaciones de La Perla Negra, en las que capitanes Sparrow de opereta pasean a las multitudes de turistas por las islas cercanas, sobre todo Kalymnos y Pserimós. Kos es uno de los destinos favoritos del turismo etílico de ciudadanos del norte de Europa, y las reseñas describen el puerto como “muy animado”. Mucho miedo da eso.

Este año es temporada baja y decidimos que es un buen momento para conocer la guarida de los dinosaurios. Confiamos en que no habrá chunda-chunda, o será llevadero, y que podremos encontrar plaza libre. Necesitamos repostar gasoil, agua y, sobre todo, gas, y no tenemos alternativas en esta zona.

Nuestra travesía hacia Kos vuelve al patrón habitual de “planifico una ruta y hago otra completamente diferente”. Salimos de Alimiá a primera hora de la mañana con previsión de vientos flojos de proa, es decir, de motorada aburrida. Nos planteamos hacer una escala en Nísyros (o quizás fondear en la isla de Giali) y esperar a mañana para tratar de velear el resto del camino hacia Kos aprovechando el pronóstico favorable. Pero nos encontramos con la sorpresa de un viento muy asequible que nos podría llevar en rumbo directo hasta Kos cruzando aguas turcas.

Dicho y hecho. A estas alturas ya conocemos los entresijos del “paso inocente” y ponemos proa a Kos para ahorrarnos unas horas tediosas de motor.

Más allá de la fauna que lo habita, Mandraki es una maravilla. Una dársena enorme que se encajona en la ciudad. Sí, los dinosaurios están aquí, alineados en el muelle, pero en esta época hay sitio para los veleros pequeños como nosotros. Amarramos junto a un velero holandés (el Nok) que ni siquiera hace ademán de ayudarnos con el amarre, una de esas tripulaciones desagradables y antipáticas que también se encuentran por Grecia. Afortunadamente son minoría, pero no cabe sino desearles amarres difíciles y problemáticos en el futuro, sean cuales sean.

Mal de ojo lo llaman las gitanas de Sevilla.

Nos quedamos dos noches aquí y aprovechamos una ciudad que nos ofrece todo lo que necesitamos. Aprovisionamos el barco, pero también disfrutamos de un entorno agradable para callejear y visitar sus vestigios arqueológicos.

Muchos turistas, más de los que cabría esperar en abril, sobre todo ingleses y alemanes, parecen desafiar sin demasiados problemas las temperaturas no muy veraniegas y desfilan cada día frente a nuestra popa, camino de su cita con los dinosaurios y sus capitanes vestidos de Jack Sparrow.

Les vemos pasar por la mañana, con ojos febriles que anticipan su inminente incursión pirata. Nos convertimos en parte del atrezo de la aventura: muchos de ellos nos saludan y se hacen selfis en nuestra popa.

Les vemos pasar por la tarde, volviendo hacia sus autobuses, toalla del hotel (mojada) al hombro. Algunos bastante perjudicados (es evidente que en las tripas de los dinosaurios no sólo venden cocacolas). Todos anticipando el bufé libre del hotel y, con toda seguridad, un karaoke. Gran final para una jornada histórica. Nota: a la vuelta ya no se hacen selfis.

Tenemos un temporal a la vista y Kos no nos convence como refugio. Demasiados días contemplando el desfile jurásico. Y en el puerto no funcionan las tomas de electricidad, que vienen muy bien para estancias largas. Preferimos recalar en Kalymnos, a menos de veinte millas de distancia, con una parada previa en Pserimós.

Salimos del puerto con algo más de ola y de viento que lo esperado, camino de Pserimós (por una o dos noches) y de Kalymnos. Como a veces nos pasa, elegimos un momento complicado. Dos de los dinosaurios deciden salir al mismo tiempo. Se monta una pequeña tangana en la dársena por un quítame allá esas pajas sobre quién debe pasar primero. El Sargantana intenta colarse arrimándose mucho a los barcos de guerra amarrados a estribor, pero el dinosaurio mayor, el Byron, un cabrón con pintas, nos llama al orden con una bocina que retumba como un trueno.

El Sargantana se achanta. Tampoco es cuestión de salir en el Diario de Kos en la primera visita. Eso sí, estoy seguro de que tropecientos instagrammers habrán recogido el incidente con pelos y señales, antes de ir a por su primer gin-tonic del día. Ya somos famosos.

Kos es la isla del Dodecaneso habitada desde más antiguo. Fue el escenario de la lucha final entre Poseidón y el titán Poliviotis, al que el dios sepultó bajo un pedazo que desgajó de Kos con su tridente y que hoy es la isla de Nísyros. Y en Kos nació y vivió Hipócrates en el s.V a.C.

La ciudad es como un museo al aire libre, con un batiburrillo de vestigios helenísticos, romanos, bizantinos, medievales u otomanos entre grandiosos edificios de primeros del siglo pasado. En 1933, un terremoto prácticamente la arrasó y los italianos, que entonces ocupaban el Dodecaneso, aprovecharon para excavar profusamente y sacar a la luz cientos de restos arqueológicos, a la vez que reconstruyeron la ciudad. Hoy está salpicada de estos restos. Aquí y allá encuentras vallados, a modo de parques en medio de la ciudad, con nombres tan descriptivos como “sitio arqueológico del oeste”, “odeón romano”, “el altar de Dionisio” o “la Casa Romana”.

En 2017, el último de los muchos terremotos que afectaron severamente a Kos dañó varios edificios y estatuas. No fue hasta 2020 cuando, con el impulso del ministerio de cultura, se empezó a recuperar la mayoría de ellos

Lo primero que se ve al llegar al puerto es el castillo que llaman “de Neratzia”, la gran fortaleza de doble muralla que los Caballeros de San Juan construyeron entre los siglos XIV y XVI en una isla entonces poblada de limoneros y naranjos (neratzia es naranja amarga en griego). Los amarres más privilegiados del puerto están a los pies de sus murallas.

A espaldas del castillo conservan con mimo, vallado y señalizado, el “árbol de Hipócrates”, un gran plátano de sombra que es imposible que sea el mismo bajo el que el médico más famoso de la antigüedad impartiera sus clases, pero a los kosianos les gusta creer que fue así. 

Un poco más lejos, un recinto vallado de acceso libre encierra el ágora del s.IX a.C. El antiguo mercado era el corazón del centro económico de la isla, con talleres, tiendas y altares. Constaba de tres pasillos cubiertos que formaban un gran patio interior en el centro. Se construyeron también varios edificios y templos cerca del puerto. 

El entorno, poblado de palmeras, tiene hoy un aspecto abandonado. La vegetación crece entre las piedras, de los antiguos carteles explicativos sólo quedan las peanas y está rodeado de edificios que afean la vista, pero merece la pena pasear por él.

En el otro extremo del recinto, casi oculta por los árboles, se levanta una deliciosa iglesia bizantina.

Está cayendo el sol cuando llegamos al borde del mar y, en el camino de regreso, nos sorprende la marcha militar que acompaña a un protocolario arriado de bandera frente al palacio del gobierno, que los locales jalean con vítores y grandes enseñas griegas.

Estamos amarrados en la zona de los grandes yates. Hemos preferido atracar aquí al ancla antes que en el muelle de veleros, donde, al ser domingo, no tendríamos ayuda para coger las líneas. El lunes aparecerá el "harbour master" y nos permitirá amablemente quedarnos una noche más en este lugar

A la mañana siguiente aprovechamos las primeras horas del día para caminar un par de kilómetros hasta la marina y el supermercado vecino a comprar gas y provisiones, incluidas las cervezas Nissos Organic sin gluten, tan difíciles de encontrar.

Al acabar los recados nos lanzaremos a seguir pateando la ciudad, empezando por la plaza Eleftherias, que ya habíamos visto la tarde anterior. Es apabullante. En ella conviven una torre medieval, una mezquita otomana, una iglesia cristiana, una antigua puerta de la muralla, un mercado municipal y el museo arqueológico de la época italiana.

Torre defensiva de la época de los Caballeros
Mezquita Defterdar del s.XVIII. Fue dañada y restaurada en varias ocasiones, la última tras el terremoto de 2017, que tiró el minarete e inutilizó el edificio
Iglesia de Agia Paraskeví
Puerta de los impuestos, construida por los Caballeros de San Juan, que daba acceso al mercado medieval. Los comerciantes tenían que pagar aquí las tasas para poder vender en el mercado. Fue tambien muy dañada por el terremoto de 2017. En la restauración de 2020 eliminaron una enorme buganvilla que la cubría 
Mercado municipal

Caminamos hacia el oeste en busca del odeón romano, un pequeño teatro para 750 espectadores. Los romanos, a diferencia de los griegos, dominaban las técnicas del arco y la bóveda, necesarios para soportar el tremendo peso de las bancadas de mármol. Por eso podían construir este tipo de anfiteatros en explanadas en medio de las ciudades. Los griegos en cambio tenían que aprovechar los graderíos naturales de las colinas para excavar sus teatros.

Lo que más nos sorprende, por su singularidad, es la rehabilitación que hicieran los italianos de una casa romana, que la ciudad llama exactamente así, Casa Romana. Una reconstrucción fidedigna, con muros levantados sobre los restos existentes, con techados y columnas, fuentes y patios, con mosaicos y frescos, preservados e integrados con buen gusto en la restauración. Se trata de una villa romana del siglo II que fue levantada sobre las ruinas de una antigua casa griega del período helenístico. Paseando por ella llegas a entender mejor que en ningún otro sitio cómo vivían los romanos (los ricos, a juzgar por el tamaño de la mansión).

Peristilo principal, que albergaba los jardines y alrededor del cual se abrían las estancias más importantes, como el comedor 
Pequeño peristilo. Había tres en total
Mosaico en una de las 36 estancias
Restos de los frescos que decoraban las paredes

De regreso al barco aún nos queda tiempo para atisbar los restos del sitio arqueológico del oeste y de tomar un fredo expreso en uno de los cafés abiertos del puerto.

Ninfeo (edificio de baños) y gimnasio en el sitio arqueológico oeste
Etapa de Alimiá a Kos el 26 de abril


Viernes, 27 de abril de 2026


Nuestro recorrido de esta temporada hasta hoy






En NoForeignLand puedes leer sobre Mandraki, el puerto de Kos y también seguir a Sargantana

jueves, 23 de abril de 2026

2026/8/ Tilos, Chalki, Alimiá. Solos en el sur

Hace ya años que no visitamos el sur del Dodecaneso. Era nuestra primera temporada en el Egeo y decidimos empezar por Creta, una decisión que, vista años después, se antoja un poco extraña, quizás poco reflexionada. Algo así como empezar a visitar España por Huelva. Que sí, que por algún sitio hay que empezar. Que da igual.

Pero no da igual. El sur del Egeo está al final del tobogán del Meltemi. Venir aquí supone comenzar el juego del ratón y el gato con el viento demasiado pronto en la temporada.

Hace cinco años nos costó un Congo saltar desde Creta a Rodos, y después tuvimos que aprovechar las pequeñas ventanas de calma para conseguir escapar hacia el norte. No nos quedó más remedio que renunciar a recorrer muchas islas de esta zona. Este año, el del espejo, volvemos al sur del Dodecaneso con la esperanza de no tener que salir a uña de caballo y de visitar lugares que entonces tuvimos que dejar atrás.

El primero es la isla de Tilos, a la que llegamos desde Astipalea disfrutando por fin de un día completo de navegación a vela. Los vientos del suroeste de ayer han rolado al norte y nos entran por la aleta. Navegamos. Casi se nos había olvidado la sensación de movernos sin el zumbido sordo del motor en los oídos, trimando velas y negociando roles. Navegar a vela hace la travesía menos previsible y los cruces con los cargueros dejan de ser una rutina que se resuelve con un par de clics en un botón del piloto automático. Un placer cada vez menos frecuente.

Llegamos a la costa este de Tilos a media tarde. Sólo tenemos una cala con buena previsión de fondeo para esta noche, el Ormos Megalo (gran golfo), que hace honor a su nombre. Una ensenada con una larguísima playa de arena entre paredes rocosas que promete un buen abrigo, aunque la comunidad de navegantes reporta cambios súbitos de viento y swells impredecibles. Swells que no aparecen en un Ormos Megalo completamente desierto, sin barcos fondeados ni gente retozando en la playa.

Recalamos también en Chalki y Alimiá, dos islas minúsculas al sur de Tilos, cerca de Rodos.

Alimiá está prácticamente deshabitada; es un destino habitual de barcos turísticos veraniegos, pero sólo encontramos un velero holandés fondeado.

Chalki, sin embargo, parece tener algo de vida. Casas vistosas pintadas de colores, con un aire a Simi pero en tonos pastel. Un sitio para pasar al menos una noche, pero no es fácil atracar aquí: el pantalán de pago para barcos transeúntes no está aún operativo y el capitán del puerto nos despacha de inmediato cuando intentamos abarloarnos en el único sitio aceptable del muelle, porque, cómo no, es el lugar donde pasa la noche el ferry que conecta Chalki con la vecina Rodos. Al menos nos da tiempo a una visita rápida a un supermercado antes irnos a fondear.

Mañana pondremos ya decididamente proa hacia el norte. Seguimos disfrutando de una pretemporada solitaria y relativamente benigna para estar en el mes de abril.

Veleando por fin
Ormos Megalos en Tilos, donde el viento partido por la montaña entra caprichoso
Chalki
El sitio del ferry
Alimiá. En la parte norte de la bahía hay una iglesia y un monasterio
Fondeamos frente a los barracones alemanes de la II Guerra Mundial, en la parte sur de la bahía
Etapa del día 23, de Astypalaia a Tilos
Etapas de Tilos (Pótamo) a Chalki el día 24 y de Chalki a Alimiá el 25



Miércoles, 25 de abril de 2026


Nuestro recorrido de esta temporada hasta hoy



lunes, 20 de abril de 2026

2026/7/ Astipalea. La mariposa del Dodecaneso

Astipalea es una isla con forma de mariposa, o de labrys, el hacha de doble filo de los griegos. Está en el Dodecaneso, al sureste del Egeo, muy separada del resto de las islas de la zona. Como un apestado al que nadie quiere.

Y sin embargo Astipalea es espectacular. En su chora las casas son muy blancas y se desploman hacia el mar por laderas empinadas, como en Santorini. De hecho, a Astypalea la llaman “la nueva Santorini”. Quizá exageran. Tiene playas extraordinarias y aeropuerto, los dos elementos clave para atraer el turismo, pero quizás le falta algo de glamour.

Pasamos tres noches en la isla, dos de ellas en la cala de Livadia y otra en su puerto minúsculo, invadido por barcos de pesca, en el que a duras penas cabe un puñado de veleros transeúntes. Visitamos la chora y el kastro. La temporada está por comenzar y hay poca actividad turística.

Poco que destacar de esta recalada. Una isla agradable sin más. No tan agradable su policía portuaria, puntillosa y pejiguera, que revisa con detalle toda la documentación del barco, decide que no le gusta el formato y la redacción de nuestra póliza de seguro y nos da una tabarra absurda e incómoda. Afortunadamente un problema que podemos solucionar con un par de llamadas a nuestro agente de seguros, pero que nos crea una cierta sensación de “en cuanto podamos nos vamos de aquí”.

Necesitamos algo de viento favorable que nos permita velear hacia el sureste, camino de Tilos. No tarda en llegar y levamos anclas sin demora.

Vista de la chora desde Livadi
El puerto desde la chora. Sargantana es el de enmedio

Astipalea, Astypalea, Astipalia, Astypalaia… Los nombres griegos y la dificultad de escribirlos en nuestro alfabeto. La eterna duda de si usar las trasliteraciones reglamentarias (que hasta una ISO han sacado, aunque se les hayan "olvidado" las tildes) o la forma en español fonéticamente más parecida. Un lío, vamos. Reconozco que a lo largo de este blog hemos usado de todo…

A a mí me gusta Astypalaia, que proviene de los vocablos “ásty” (ciudad) y “palaiá" (antigua). Es hacer honor a una ciudad vieja, viejísima, que apenas ha cambiado de nombre a lo largo de los siglos, a pesar de haber pasado tantas veces de mano en mano, de imperio en imperio, de señor en señor.

Como muchas islas del Dodecaneso, no se unió a Grecia hasta mediados del siglo pasado, que, si lo piensas, es hace nada. Antes estuvo en manos de italianos, turcos y venecianos. Y fue bizantina y antes romana. Y mucho antes poblada por gentes cuya genealogía se pierde hasta el neolítico.

Los bizantinos construyeron su castillo para proteger a la población de la piratería, pero fueron los venecianos en el siglo XV los que le dieron la forma que hoy tiene. La familia Querini, que había obtenido el feudo de la isla en 1207 y la perdió y recuperó varias veces de turcos y bizantinos.

Desde 1540 formó parte del imperio otomano. Los turcos le permitieron un estatus de ciudad libre, lo que en la práctica significaba que las tropas de Constantinopla llegaban sólo una vez al año a cobrar impuestos y el resto del tiempo la dejaban a su suerte. La isla aprendió a convivir con los piratas y eso modeló la forma de vida de sus habitantes, haciendo de su "kastro" un castillo único en el Dodecaneso.

No se parece al parapeto militar de anchos muros y torres defensivas de otros castillos, a los que los pobladores corrían a refugiarse en caso de ataque de los piratas. En Astypalaia los habitantes vivían en el interior del kastro. Las casas, de tres plantas, se construyeron pegadas entre sí formando un anillo continuo, a modo de muralla, que constituía la estructura defensiva del kastro. Con ventanas muy pequeñas que servían de troneras, sin balcones, con chimeneas muy delgadas para que el humo no delatase la presencia de habitantes. Solamente una torre en el extremo sur y los bastiones de anclaje de las casas a la colina tenían carácter militar.

El castillo era el único asentamiento de la isla. Fuera de él había sólo establos. En el interior del recinto de 16.000 metros cuadrados vivían entre 2.500 y 4.000 personas, de dos a tres familias por edificio. Había talleres de artesanos, carpinteros y herreros, un café que servía de centro de reunión social, cisternas que abastecían de agua a las casas y, en las cercanías de la torre, un sistema de evacuación de aguas residuales.

En los siglos XVIII y XIX se erigieron sendas iglesias, que hoy se conservan, reconstruidas y encaladas, con sus cúpulas pintadas de azul (en viejas fotos se ven blancas). En la explanada frente a Agios Giorgios, la más antigua, al sur, cerca de la torre, se celebraban las fiestas y festivales de la ciudad. Bajo la otra iglesia, Panagia toi Kastrou, al oeste, se abre la única entrada de acceso al castillo.

A principios del siglo XX, cuando la piratería dejó de ser un problema y la gente se sintió cada vez más segura, se empezaron a ampliar las ventanas y a añadir balcones de madera. También comenzó el movimiento de la población hacia el exterior del recinto. Los establos se convirtieron en viviendas y poco a poco el kastro fue despoblándose en favor de la chora. El devastador terremoto de 1956, de intensidad 7,5 y epicentro al norte de Amorgós, provocó un tsunami con olas de 20 metros. Golpearon con violencia la costa de Astypalaia y destruyeron la mayoría de las casas de la colina, que cayeron unas sobre otras como un dominó. Los supervivientes abandonaron definitivamente el castillo. Desde entonces está deshabitado.

En 1999 se intentó un programa de recuperación que no pudo ser llevado a cabo, entre otras cosas por falta de claridad sobre la propiedad de las casas en ruina, el mal estado de los cimientos o la dificultad para frenar la erosión de la piedra.

El ascenso al kastro es un tanto penoso, por cuestas empinadísimas y escaleras. El recinto muestra señales de las obras de mantenimiento llevadas a cabo con fondos de la Unión Europea, aunque no veamos ningún trabajador. Estamos solos, rodeados del amarillo de las flores silvestres que invaden las ruinas y con unas vistas impresionantes sobre el azul del Egeo. El castillo domina los dos puertos naturales de esta zona de la isla, la bahía de Livadi y el actual muelle de la ciudad.

La subida la hacemos desde el puerto, por la ladera noreste. Las casas de la chora son aquí más humildes que a la bajada, por la ladera suroeste, donde se hacen más evidentes las reformas y los arreglos de cara al turismo.

En el deambular por la chora nos topamos sin buscarlo con unas curiosas capillas, dos hileras en u de cúpulas blancas y puertas de madera, adosadas, con árboles y aceras pintadas, capitaneadas por Agios Ioannis. Deliciosas.

En nuestra bajada llegamos hasta los molinos. Siete molinos circulares, de tejado giratorio orientable al viento, que se han convertido en el signo distintivo de Astypalaia. Separan la chora del resto de la ciudad; igual que la lengua de arena separa las alas de la mariposa que, sin ella, serían dos islas perfectas; igual que Astypalaia separa las Cícladas del Dodecaneso.

Subida a la chora desde el puerto
Arranque de la subida al kastro
Ultimo tramo
Base del castillo en el extremo norte
Única entrada al castillo en el lado oeste, bajo la iglesia Panagia tou Kastrou
Vista interior de la zona de acceso y la iglesia Panagia tou Kastrou
Casas en el lado oeste
"Muralla" en el lado norte
Iglesia Agios Giorgios con la torre al fondo
Las dos iglesias dentro del recinto, Agios Giorgios en primer plano y Panagia tou Kastrou al fondo
La torre sur, llamada “saraï”
Vista desde la torre, con la iglesia Panagia Portaittissa abajo, ya fuera del recinto del castillo.
Rincón de la chora al oeste del castillo
Hilera de capillas en la chora, con su parte trasera frente a las puertas de otra ristra de capillas también adosadas
Bajando de la chora, los molinos con la ciudad al fondo
Vista de la chora y los molinos desde el supermercado Kritikos donde reponemos la despensa
Letrero en la ciudad de astymove, una app de compartición de coches eléctricos y de localización y llamada de la línea de autobús, también eléctrico, perteneciente a la inciativa que hace tres años lanzaron el gobierno y Volkswagen para hacer de Astypalaia una "isla verde"
Etapa de Ios a Astypalaia el 20 de abril
El 21 damos la vuelta al cabo para atracar en el puerto. En la foto se ve bien el kastro en lo alto con la chora cayendo por ambas laderas de la colina
Etapa del día 22, de ida y vuelta a Astypalaia, explorando la isla y posibles fondeos que no nos convencen para hoy


Miércoles, 22 de abril de 2026


Nuestro recorrido de esta temporada hasta hoy






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