Por fin tenemos la oportunidad de visitar el puerto de Kos. De hecho, nunca habíamos recalado aquí. Otros años habíamos esquivado esta isla como se esquiva a un conocido incómodo al que avistas en la multitud.
No es manía, hay razones.
La ciudad de Kos está en la cara oriental de la isla, prácticamente dentro de una bahía turca. Bastante a trasmano. Además, las guías náuticas advierten de la dificultad de encontrar amarre en el puerto municipal, que suele estar colapsado en temporada alta. A poca distancia hay una marina privada, la base de la mayoría de los barcos de alquiler de esta zona, que tiene buenas críticas, pero unos precios prohibitivos.
Pero, sobre todo, el puerto de Kos es la base de esas gigantescas (y grotescas) imitaciones de La Perla Negra, en las que capitanes Sparrow de opereta pasean a las multitudes de turistas por las islas cercanas, sobre todo Kalymnos y Pserimós. Kos es uno de los destinos favoritos del turismo etílico de ciudadanos del norte de Europa, y las reseñas describen el puerto como “muy animado”. Mucho miedo da eso.
Este año es temporada baja y decidimos que es un buen momento para conocer la guarida de los dinosaurios. Confiamos en que no habrá chunda-chunda, o será llevadero, y que podremos encontrar plaza libre. Necesitamos repostar gasoil, agua y, sobre todo, gas, y no tenemos alternativas en esta zona.
Nuestra travesía hacia Kos vuelve al patrón habitual de “planifico una ruta y hago otra completamente diferente”. Salimos de Alimiá a primera hora de la mañana con previsión de vientos flojos de proa, es decir, de motorada aburrida. Nos planteamos hacer una escala en Nísyros (o quizás fondear en la isla de Giali) y esperar a mañana para tratar de velear el resto del camino hacia Kos aprovechando el pronóstico favorable. Pero nos encontramos con la sorpresa de un viento muy asequible que nos podría llevar en rumbo directo hasta Kos cruzando aguas turcas.
Dicho y hecho. A estas alturas ya conocemos los entresijos del “paso inocente” y ponemos proa a Kos para ahorrarnos unas horas tediosas de motor.
Más allá de la fauna que lo habita, Mandraki es una maravilla. Una dársena enorme que se encajona en la ciudad. Sí, los dinosaurios están aquí, alineados en el muelle, pero en esta época hay sitio para los veleros pequeños como nosotros. Amarramos junto a un velero holandés (el Nok) que ni siquiera hace ademán de ayudarnos con el amarre, una de esas tripulaciones desagradables y antipáticas que también se encuentran por Grecia. Afortunadamente son minoría, pero no cabe sino desearles amarres difíciles y problemáticos en el futuro, sean cuales sean.
Mal de ojo lo llaman las gitanas de Sevilla.
Nos quedamos dos noches aquí y aprovechamos una ciudad que nos ofrece todo lo que necesitamos. Aprovisionamos el barco, pero también disfrutamos de un entorno agradable para callejear y visitar sus vestigios arqueológicos.
Muchos turistas, más de los que cabría esperar en abril, sobre todo ingleses y alemanes, parecen desafiar sin demasiados problemas las temperaturas no muy veraniegas y desfilan cada día frente a nuestra popa, camino de su cita con los dinosaurios y sus capitanes vestidos de Jack Sparrow.
Les vemos pasar por la mañana, con ojos febriles que anticipan su inminente incursión pirata. Nos convertimos en parte del atrezo de la aventura: muchos de ellos nos saludan y se hacen selfis en nuestra popa.
Les vemos pasar por la tarde, volviendo hacia sus autobuses, toalla del hotel (mojada) al hombro. Algunos bastante perjudicados (es evidente que en las tripas de los dinosaurios no sólo venden cocacolas). Todos anticipando el bufé libre del hotel y, con toda seguridad, un karaoke. Gran final para una jornada histórica. Nota: a la vuelta ya no se hacen selfis.
Tenemos un temporal a la vista y Kos no nos convence como refugio. Demasiados días contemplando el desfile jurásico. Y en el puerto no funcionan las tomas de electricidad, que vienen muy bien para estancias largas. Preferimos recalar en Kalymnos, a menos de veinte millas de distancia, con una parada previa en Pserimós.
Salimos del puerto con algo más de ola y de viento que lo esperado, camino de Pserimós (por una o dos noches) y de Kalymnos. Como a veces nos pasa, elegimos un momento complicado. Dos de los dinosaurios deciden salir al mismo tiempo. Se monta una pequeña tangana en la dársena por un quítame allá esas pajas sobre quién debe pasar primero. El Sargantana intenta colarse arrimándose mucho a los barcos de guerra amarrados a estribor, pero el dinosaurio mayor, el Byron, un cabrón con pintas, nos llama al orden con una bocina que retumba como un trueno.
El Sargantana se achanta. Tampoco es cuestión de salir en el Diario de Kos en la primera visita. Eso sí, estoy seguro de que tropecientos instagrammers habrán recogido el incidente con pelos y señales, antes de ir a por su primer gin-tonic del día. Ya somos famosos.
Kos es la isla del Dodecaneso habitada desde más antiguo. Fue el escenario de la lucha final entre Poseidón y el titán Polyvotis, al que el dios sepultó bajo un pedazo que desgajó de Kos con su tridente y que hoy es la isla de Nísyros. Y en Kos nació y vivió Hipócrates en el s.V a.C.
La ciudad es como un museo al aire libre, con un batiburrillo de vestigios helenísticos, romanos, bizantinos, medievales u otomanos entre grandiosos edificios de primeros del siglo pasado. En 1933, un terremoto prácticamente la arrasó y los italianos, que entonces ocupaban el Dodecaneso, aprovecharon para excavar profusamente y sacar a la luz cientos de restos arqueológicos, a la vez que reconstruyeron la ciudad. Hoy está salpicada de estos restos. Aquí y allá encuentras vallados, a modo de parques en medio de la ciudad, con nombres tan descriptivos como “sitio arqueológico del oeste”, “odeón romano”, “el altar de Dionisio” o “la Casa Romana”.
En 2017, el último de los muchos terremotos que afectaron severamente a Kos dañó varios edificios y estatuas. No fue hasta 2020 cuando, con el impulso del ministerio de cultura, se empezó a recuperar la mayoría de ellos
Lo primero que se ve al llegar al puerto es el castillo que llaman “de Neratzia”, la gran fortaleza de doble muralla que los Caballeros de San Juan construyeron entre los siglos XIV y XVI en una isla entonces poblada de limoneros y naranjos (neratzia es naranja amarga en griego). Los amarres más privilegiados del puerto están a los pies de sus murallas.
A espaldas del castillo conservan con mimo, vallado y señalizado, el “árbol de Hipócrates”, un gran plátano de sombra que es imposible que sea el mismo bajo el que el médico más famoso de la antigüedad impartiera sus clases, pero a los kosianos les gusta creer que fue así.
Un poco más lejos, un recinto vallado de acceso libre encierra el ágora del s.IX a.C. El antiguo mercado era el corazón del centro económico de la isla, con talleres, tiendas y altares. Constaba de tres pasillos cubiertos que formaban un gran patio interior en el centro. Se construyeron también varios edificios y templos cerca del puerto.
El entorno, poblado de palmeras, tiene hoy un aspecto abandonado. La vegetación crece entre las piedras, de los antiguos carteles explicativos sólo quedan las peanas y está rodeado de edificios que afean la vista. Pero merece la pena pasear por él.
En el otro extremo del recinto, casi oculta por los árboles, se levanta una deliciosa iglesia bizantina.
Está cayendo el sol cuando llegamos al borde del mar y, en el camino de regreso, nos sorprende la marcha militar que acompaña a un protocolario arriado de bandera frente al palacio del gobierno. Un grupo de ciudadanos rompe en aplausos y ondea grandes enseñas griegas frente al batallón. Más tarde leeré que en este mismo lugar se celebró con un desfile militar el 7 de marzo de 1948 el día que Kos se zafó de las garras nazis y se unió de vuelta a Grecia.
Estamos amarrados en la zona de los grandes yates. Hemos preferido atracar aquí al ancla antes que en el muelle de veleros, donde, al ser domingo, no tendríamos ayuda para coger las líneas. El lunes aparecerá el "harbour master" y nos permitirá amablemente quedarnos una noche más en este lugarA la mañana siguiente aprovechamos las primeras horas del día para caminar un par de kilómetros hasta la marina y el supermercado vecino a comprar gas y provisiones, incluidas las cervezas Nissos Organic sin gluten tan difíciles de encontrar.
Al acabar los recados nos lanzaremos a seguir pateando la ciudad, empezando por la plaza Eleftherias, que ya habíamos visto la tarde anterior. Es apabullante. En ella conviven una torre medieval, una mezquita otomana, una iglesia cristiana, una antigua puerta de la muralla, un mercado municipal y el museo arqueológico de la época italiana.
Mezquita Defterdar del s.XVIII. Fue dañada y restaurada en varias ocasiones, la última tras el terremoto de 2017, que tiró el minarete e inutilizó el edificio
Puerta de los impuestos, construida por los Caballeros de San Juan, que daba acceso al mercado medieval. Los comerciantes tenían que pagar aquí las tasas para poder vender en el mercado. Fue tambien muy dañada por el terremoto de 2017. En la restauración de 2020 eliminaron una enorme buganvilla que la cubría Caminamos hacia el oeste en busca del odeón romano, un pequeño teatro para 750 espectadores. Los romanos, a diferencia de los griegos, dominaban las técnicas del arco y la bóveda, necesarios para soportar el tremendo peso de las bancadas de mármol. Por eso podían construir este tipo de anfiteatros en explanadas en medio de las ciudades. Los griegos en cambio tenían que aprovechar los graderíos naturales de las colinas para excavar sus teatros.
Lo que más nos sorprende, por su singularidad, es la rehabilitación que hicieran los italianos de una casa romana, que la ciudad llama exactamente así, Casa Romana. Una reconstrucción fidedigna, con muros levantados sobre los restos existentes, con techados y columnas, fuentes y patios, con mosaicos y frescos, preservados e integrados con buen gusto en la restauración. Se trata de una villa romana del siglo II que fue levantada sobre las ruinas de una antigua casa griega del período helenístico. Paseando por ella llegas a entender mejor que en ningún otro sitio cómo vivían los romanos (los ricos, a juzgar por el tamaño de la mansión).
Peristilo principal, que albergaba los jardines y alrededor del cual se abrían las estancias más importantes, como el comedor De regreso al barco aún nos queda tiempo para atisbar los restos del sitio arqueológico del oeste y de tomar un fredo expreso en uno de los cafés abiertos del puerto.
Viernes, 27 de abril de 2026





















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