Casi siempre que venimos por la zona sureste del Egeo hacemos un alto en Patmos. Una isla de turismo de masas, parada obligada de cruceros. Una chora espléndida, un monasterio-fortaleza en la cima de una montaña, rodeado de casas blancas. Un puerto (Skala) lleno de tiendas y restaurantes, amplio y con excelente refugio para casi todos los vientos. Una leyenda, la de Juan Evangelista, que vivió aquí en una cueva (muy visitada por los turistas) donde recibió las visiones celestiales que le llevaron a dictar el Libro del Apocalipsis
Lamentablemente, para nosotros Patmos se ha convertido casi en una mera escala de aprovisionamiento. Una lavandería automática, buenos supermercados e incluso una gasolinera, todo a pocos metros del puerto. No muy legendario, la verdad.
Hemos quedado en Skala con César, navegante solitario que patronea el Viriato Dos. Un gallego que tiene el coraje para cruzar cada año el Mediterráneo desde Denia a Grecia, casi siempre en solitario. Eso es amor a la navegación y lo demás son tonterías. Conocemos de primera mano lo duras y largas que se hacen esas travesías maratonianas.
César nos espera en el muelle para ayudarnos con el amarre (por cierto, no uno de nuestros atraques más brillantes de los últimos años). Con él compartimos horas de cena y de charla, de historias y de aventuras pasadas y futuras. Y también aventuras presentes, porque al volver al barco descubrimos con sorpresa que el muelle está en pie de guerra.
El viento flojo ha refrescado durante nuestra cena y entra al puerto por el suroeste, la única dirección de la que no está bien protegido. Varios barcos han perdido el fondeo, sus anclas han garreado y el viento les empotra contra el muelle y contra los barcos contiguos. Algunos se sostienen a duras penas, con el motor arrancado y empujando para separar la popa de la pared, confiando en que el chubasco termine pronto. Otros tratan desesperadamente de salir de sus amarres para volver a fondear sus anclas en la oscuridad. Una escena casi al nivel de las visiones apocalípticas de Juan.
Afortunadamente el Sargantana se mantiene en su sitio sin problemas. Lucía no escatima en largar cadena de más cuando fondeamos, anticipando problemas como el de esta noche. Nuestros vecinos cercanos no se mueven y hay suficiente espacio entre los barcos. So far so good.
Sin embargo el barco de César es uno de los damnificados. Su vecino por estribor, un velero holandés muy grande, probablemente 10 toneladas más pesado que el Viriato, le ha empujado lateralmente hasta hacerle perder el fondeo y le empotra contra el barco contiguo.
Nos lleva un buen rato liberarle. El holandés tiene mucho más barco que experiencia marinera. Pone cara de cordero degollado y de no saber qué hacer, ni siquiera ha arrancado el motor. Entre unos cuantos patrones vecinos nos las apañamos para separarle un poco del Viriato, lo suficiente para que César pueda intentar una maniobra evasiva. Es una opción un tanto arriesgada, pero que afortunadamente sale bien y escapa sin daños. Le ayudo a encontrar un amarre al otro lado de la dársena y todavía nos da tiempo a tomarnos unas mastixas para bajar la cena y comentar tranquilamente la escena apocalíptica.
Al día siguiente dejamos Skala y retomamos nuestro camino tranquilo hacia el norte. Se prevén vientos flojos y cambiantes durante unos días y preferimos buscar fondeos en etapas cortas, primero en el norte de Patmos y luego en Samos e Ikaria, aprovechando en lo posible la météo favorable.
Martes, 12 de mayo de 2026



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