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jueves, 12 de agosto de 2021

Etapa 16: Argostoli - Preveza. Apolo 13 (1995)



Houston, ¡tenemos un problema!

Apolo 13 es la película que mejor refleja lo que nos pasa en este momento. Tres astronautas camino de la luna en una misión casi rutinaria. Una explosión en un tanque de oxígeno del módulo de mando que les deja sin combustible y sin energía. La misión deja de ser viable. No hay posibilidad de alunizar, y todo el esfuerzo se centra en regresar sanos y salvos a la tierra, usando el módulo lunar como improvisado bote salvavidas. Frustración. Miedo. Un drama de los años 70 con final feliz (dentro de lo que cabe) y que ha dejado una frase para la posteridad: “Houston, we have a problem” (por cierto, en realidad fue “Ok, Houston, we've had a problem here”).

Bueno, lo nuestro igual no es tan dramático, pero casi. En una revisión rutinaria encuentro agua mezclada con el aceite de nuestro saildrive. El saildrive viene a ser como la transmisión en los coches, el dispositivo en el que se inserta la hélice del Sargantana y que incluye los mecanismos de transmisión con el motor. No sabemos desde cuándo puede estar así, probablemente desde hace varios días. 

Para nosotros es una avería complicada, sobre todo por dónde y cuándo la detectamos. Es justo antes de la semana que vamos a pasar en Cefalonia y Zakynthos con JaviCani y Patricia. Y estamos al sur de Cefalonia. De golpe nos damos cuenta de que las islas griegas del Jónico son un lugar apartado y remoto. No hay un astillero o un puerto con instalaciones adecuadas donde llevar a reparar el barco en 80 millas a la redonda. Un problema.

La avería consiste en que los mecanismos de enganche con la hélice (retenes) están dejando pasar (por la razón que sea) agua de mar al interior del saildrive, que está lubricado con aceite. El aceite se emulsiona con el agua y se convierte en una especie de mayonesa que pierde su función lubricante. Tenemos propulsión, pero los engranajes no están protegidos. Continuar usando el motor en estas condiciones puede provocar la corrosión galvánica de los engranajes, o, incluso, un grip de la transmisión, una avería muy grave (y muy cara de reparar) que nos podría dejar sin capacidad de gobierno del barco, limitados a lo que podamos hacer a vela.

La varilla del aceite del "saildrive" muestra la emulsión 

Y eso cambia completamente la etapa, y todo el viaje. Lo que iba a ser una agradable visita a calas y puertos de dos de las islas más bonitas del Jónico se convierte en una etapa de soledad y, sobre todo, de incertidumbre. Como en el Apolo 13. Houston, tenemos un problema. Volvemos a tirar de nuestra red de amigos, nuestro Houston. Pedimos ayuda y consejo, y es lo que recibimos. A todos, gracias.

Son cuatro días de espera. El Sargantana ya no es el barco fiable que necesitamos. Tratamos de cambiar el aceite desde dentro pero no sirve de gran cosa. Es un parche. No podemos ir a Zakynthos y, después, hacer 1500 millas hasta Cartagena en estas condiciones.

Operación de extracción con una bomba del aceite contaminado, para luego reponerlo. Esto sólo permite sacar un 60% del aceite total; para cambiarlo entero hay que hacerlo desde debajo del barco, con él fuera del agua

Hay que tomar decisiones. No queda más remedio que sacar el barco del agua cuanto antes (que es caro y complejo) para reemplazar el lubricante contaminado y reparar las juntas (retenes) dañadas.

Houston, tenemos un problema. Por un momento nos hace sentir desvalidos y vulnerables. Y eso convierte esta etapa especial en cuatro días sombríos, preocupados, de buscar en internet casos similares, de preguntar a Houston. De ponernos en el caso peor, un fallo de motor durante una travesía, que el saildrive se haya dañado irreversiblemente. De fantasmas. De miedo.

Nuestra recalada para los próximos días es Argostoli, capital de Cefalonia. Hemos dejado el fondeo de Xi a toda prisa para llegar pronto y tener sitio en el puerto. Aunque hoy es domingo y, a diferencia del resto de días que pasamos allí, sitio es lo que sobra.

Lo primero que capta la atención desde el barco, a la entrada de la bahía de Argostoli, es un faro de forma muy peculiar (el "fanari" de Agioi Theodoroi) y una construcción que parece un restaurante, y que más adelante descubriremos enmarca los famosos “Sumideros de Argostoli”.

Edificio del faro de Argostoli, visto desde tierra

Restaurante en los "Sumideros de Argostoli", visto desde tierra

Ya llegando, unas inmensas construcciones en el puerto de ferries hacen entender que allí atracan también cruceros. Y de los grandes.  

Argostoli está al fondo de la bahía. Enseguida llama la atención su brillante paseo de palmeras con adoquinado en negro sobre blanco, que hace las veces de paseo y de muelle municipal. 

Vista del paseo-muelle de Argostoli, con su característico pavimento en forma de ondas

Allí se mezclan los barcos de recreo y los de alquiler, los turistas, los paseantes, los coches, las barcas de pescadores y las tortugas, las grandes tortugas marinas que acuden a las sobras que les echan de comer los pescadores, quienes las usan de reclamo para atraer potenciales compradores a su exigua oferta.


La vida se organiza alrededor del paseo y de los grandes mercados de fruta y verdura al aire libre que se extienden al final del paseo, antes del puente, entremezclados con la gasolinera, los talleres y las tiendas de pescado, en un caos llamativo de polvo, bullicio, colorido y calor.


Al caer la tarde y la noche, los turistas colonizan los bares del paseo y las calles del interior, llenas de tiendas y restaurantes. Parece imposible que una ciudad tan pequeña albergue tantísima gente como se desparrama por las terrazas de las callejuelas y, sobre todo, de la gran plaza.

La parada obligatoria nos permite tomarnos la ciudad de Argostoli con calma y pasear, pasear mucho. 

El paseo de Argostoli, increíblemente tranquilo en domingo

Paseamos el puente de Bosset, hoy peatonal, que fue construido en el sigo XIX durante la época de dominación inglesa y parece tener el récord de ser el puente de piedra sobre el mar más largo de Europa (casi 900 metros).


El puente, diseñado por el ingeniero De Bosset, construido en madera en 1812 y revestido en piedra a lo largo de los siguientes casi 30 años. Vista desde su extremo norte, con la ciudad de Argostoli al fondo

Hacia el centro del puente, un obelisco recuerda la dominación inglesa de la isla


Paseamos sus calles de iglesias, cuyo número nos sorprende, como ha venido sorprendiéndonos durante todo el viaje la abundancia de iglesias y capillas en todas las ciudades, pueblos y rincones apenas habitados. 

Iglesia Panagia, en el paseo de Argostoli frente al puente

Iglesia de San Nicolás (Agios Nikolaos)

Iglesia en la confluencia de Minos y Asklipiou

Paseamos hasta Katavothres, los “Sumideros de Argostoli, esos agujeros por donde la isla “se traga” el agua de la bahía para expulsarla al otro lado, después de catorce días de viaje por sus recovecos cársticos. Una maravilla geológica convertida en las terrazas de un restaurante y afeada por papeles, botellas y todo tipo de basura que la gente arroja a los agujeros y que, pienso, el restaurante debería estar obligado a recoger a cambio de la concesión.

Un cuidado cartel explica el fenómeno de los sumideros 

El único vestigio de los molinos de grano construidos por Mr. Stevens en 1835 para aprovechar el movimiento del agua, absorbida por los agujeros, es una pala que gira en vacío para los turistas. Los molinos originales fueron destruidos en el terremoto de 1953. Tenían el sugerente nombre de "molinos de mar".

no
Los "agujeros" se han urbanizado para albergar mesas y sillas de la terraza del restaurante

Los sumideros están en un estado de conservación cuestionable, con cantidades de basura acumulada

Paseamos hasta el "fanari", el faro de San Teodoro, donde hacemos fotos bonitas de la bahía entre sus columnas y fotos tristes de un edificio que refleja  la desidia, el abandono y la falta de educación ambiental que ya es un clásico de este viaje. 

Vistas de la bahía desde el faro de Argostoli, levantado en 1863, destruido por el terremoto de 1953 y reconstruido en 1960 fiel a su diseño original de 20 columnas dóricas en un edificio de 8 metros de alto.  

El  faro de Argostoli está vandalizado, sucio y descuidado, a pesar de que sigue en funcionamiento


Para llegar al los sumideros y al faro hay que recorrer un sendero entre pinares al borde de la carretera, en las afueras de Argostoli. El paseo nos descubre dos o tres pequeñas playitas de agua increíblemente transparente, aprovechadas por un turismo local que recuerda al turismo español de los años 60 y 70 


Cuatro días amarrados al puerto de Argostoli. Conocemos allí a unos nuevos amigos, Jordi y Cristina, del Yemayá, que nos prestan la bomba con la que tratamos se cambiar el aceite.

Llegan Javi, Cani y Patricia. No podemos movernos y eso aborta muchos planes y la posibilidad real de unas vacaciones conjuntas. Adiós Zakynthos. Una pena.

Así que nos convertimos de nuevo en terrícolas. Visitamos en coche la isla y descubrimos sus secretos. Que Myrthos es una playa espectacular en la distancia, pero incómoda, llena de gente, con el agua bastante turbia y colapsada por coches mal aparcados.

Playa de Myrthos, desde el mirador

No es una exageración. Al dejar la playa nos encontramos en un bloqueo absoluto de la carreterita estrecha que baja hasta casi la misma arena, con coches aparcados a ambos lados y solo un estrecho carril que los que subían y bajaban luchaban por conquistar, hasta producir un embotellamiento sin solución. Luis se bajó del coche y, desde lo alto de la cuesta, con su sombrero y su pantalón de guarda forestal, dando órdenes en inglés y sin encontrar ninguna resistencia, sacó hacia arriba uno a uno a los vehículos que intentaban bajar, hasta desbloquear la parte alta para los que subían.

Descubrimos que Fiskardo, a las tres de la tarde de un día de agosto, es como un campo de batalla en la que hordas de turistas se alejan en sus ferries dejando un rastro de mesas llenas de platos y vasos sucios en las tavernas.

Los barcos que no caben en el muelle de Fiscardo fondean con cabo a tierra

Pero también descubrimos que Cefalonia, como Ítaca, es una isla bella, aunque quizá algo deslucida por tanto turismo de agosto.

Los turistas hacen cola para fotografiarse en el cartelón de Argostoli (excepto en domingo)


Finalmente dejamos Argostoli un miércoles a mediodía. Ha entrado por fin un poco de viento sur y en esta situación queremos aprovecharlo para velear, y usar el motor lo menos posible. Navegamos hacia el norte, otra vez camino de Preveza, en busca de un travelift y un mecánico. Muy a nuestro pesar nos despedimos de Javi, Cani y Patricia en la playa de Xi. Este año no llegaremos a Zakynthos como los astronautas del Apolo 13 no llegaron a la Luna. 

Aprovechamos el ligero viento sur para recorrer la costa oeste, desierta, descarnada, sin un alma, sin cobertura, en rumbo norte. Son casi 80 millas y navegamos día y noche, aprovechando al máximo el viento vespertino y arrancando el motor sólo en la encalmada de la noche, muy, muy despacio, mimando al Sargantana.

Lucía y yo hablamos poco. Tengo una sensación de mal sueño, de desaliento, de preocupación por todo lo que puede pasar y que, felizmente, no pasa.

En mi guardia sigo leyendo a Gómez-Jurado hasta que casi amanece sobre el canal de Preveza. Lucía duerme arrebujada en cubierta, después de la suya. Huele a tierra y a pino mientras las luces de la ciudad se acercan poco a poco.

Atracamos en el puerto que tan bien conocemos poco después de amanecer. Sin contratiempos. El Sargantana está algo maltrecho pero ahí sigue y nos ha dado un viaje tranquilo hasta nuestro refugio en el muelle municipal de Preveza, donde esperamos encontrar un travelift y un mecánico que le vuelvan a convertir en el barco que nos devuelva a casa sanos y salvos. Como el Apolo 13.

Houston, over and out.







sábado, 7 de agosto de 2021

Etapa 15: Ítaca - Cefalonia. En el estanque dorado (1981)



Dejamos atrás Vathi. Un lugar lleno de barcos, de gente, de amigos, de ruido, de tiendas (y de calor, no lo olvidemos), y cruzamos a Cefalonia, la gran isla al sur de Ítaca, donde, por alguna razón desconocida, nos hemos encontrado pocos barcos y poca gente. Mucha más tranquilidad de lo esperado y también algo menos de calor, que ya está bien, para variar.

Han sido, quizá, demasiados días en Ítaca, obligados por los vientos térmicos, que han soplado muy duro durante casi todo el día. Algunas noches fondeados en la bahía. Otras, en puerto, con la ventaja de tener agua y electricidad, pero algo incómodas por la cantidad de barcos y de gente. 

A estas alturas del viaje nos sentimos un poco atrapados. Echamos de menos navegar, sacudirnos la pereza. Necesitamos tranquilidad, y en esta nueva etapa decidimos recorrer la costa de Cefalonia despacio, sin prisas. Hacemos muy pocas millas cada día. Fondeamos cuatro noches seguidas en lugares bonitos, pero casi desiertos y un poco desolados, tratando de encontrar buenos refugios que nos protejan del térmico de cada tarde, en noches sin luna ni compañía.



Anclamos frente a las playas de Skala y Spartia, en el extremo norte del golfo Livadhi y en la playa de Xi. Siempre fondeos silenciosos y solitarios, con el único sonido del viento noroeste ululando en cada anochecida y el crujir de la cadena del ancla sujetando el barco en los borneos.

No bajamos a tierra. No lo necesitamos. La costa este y sur de Cefalonia es muy tendida y echamos el fondeo muy alejados de la orilla. Es tiempo de recuperar lectura, de volver a una cierta tranquilidad. Etapas tranquilas, sin mucho más horizonte que llegar, dentro de unos días a Argostoli, donde tendremos invitados. Etapas de transición, como en las grandes vueltas ciclistas, donde nadie quiere correr, ni competir. En el estanque dorado, como Katherine Hepburn y Henry Fonda, dejando pasar el tiempo.


Playa de Scala, en la costa este de Cefalonia

De Ítaca bajamos a Cefalonia por el este y llegamos a fondear a la playa de Scala, en una protuberancia de la costa que es, prácticamente, una playa continua. Tiene la particularidad de que, con esa forma, está protegida del viento oeste dominante. El baño y el fondeo fueron magníficos; la sucesión de playitas, una delicia (sobre todo las más inaccesibles, sin sombrillas ni chiringuitos ni gente); el agua,  tremendamente transparente. El fondo es de arena salpicada de roca y posidonia y cae con muy poca inclinación. Hay que acercarse con mucho cuidado, pues hay rocas no marcadas en la carta. 

Aguas transparentes y calma absoluta frente a la playa de Scala.

Al día siguiente salimos en dirección oeste. Hay que dar mucho respeto al cabo, al menos 1,8 millas, pues las rocas se extienden hacia el mar. Antes de que se abra el golfo de Argostoli, la costa dibuja un saliente protegido del viento NW que nos parece adecuado para pasar la noche. Fondeamos frente a Spartia. La playa se extiende a los pies de un acantilado blanco vertical que corta la respiración. Pienso en cómo las playas observadas desde el mar, no tienen nada que ver con cómo se perciben desde la sombrilla. A Spartia, desde tierra, la falta de perspectiva probablemente la convierte en una playa vulgar. Sin  embargo, desde el barco, a mí me subyugó y el fondeo de esa noche me pareció encantador, a pesar del puntito de mar de fondo que se hizo notar a partir de que paró por completo el viento. 

La playa de Spartia vista desde el mar.


Al día siguiente, de camino a Livadhi, paramos en el puerto de Lixouri a hacer compra. Lixouri está a la entrada del golfo, enfrente de la bahía de la capital de la isla, Argostoli. Un servicio de ferries recorre cada media hora las pocas millas que separan ambas ciudades, cruzando personas y coches por poco más de tres euros. Este servicio de ferries hace de Lixouri un puerto realmente feo, ruidoso e incómodo, con solo unas pocas plazas de amarre para veleros de paso, la mayoría vacías. Un puerto sin carácter y un pueblo sin ningún encanto. Nos abastecemos de lo más perentorio y nos vamos rumbo N, al fondo del golfo.

Puerto de Lixouri

El golfo de Livadhi nos decepciona. La comunidad de Navily ha dejado tan buenos comentarios mencionando la tranquilidad del lugar, el avistamiento de tortugas y de focas monje, las bondades de la taberna en la playa noroeste,... que en nuestros planes es uno de los fondeos imprescindibles de Cefalonia. Pronto entendemos que dista mucho de ello. Es un golfo de agua verdosa y turbia, con una carretera que bordea la costa, playitas de dudosa calidad y una cantera en explotación que genera una nube de polvo muy molesta. La famosa taberna está a distancia impracticable y las tortugas brillan por su ausencia. De las focas, ni hablamos. Echo de menos algo parecido a las antiguas guías verdes Michelín, donde alguien con bastante criterio asignaba estrellas a las ciudades, a los edificios, a los parajes naturales, a los museos,... y sabías de antemano qué cosas "justifican el viaje" y cuáles visitar "sólo si tienes tiempo". 

Fondo del golfo de Livadhi, con la cantera visible 

Después de una noche de calma absoluta, nos movemos de nuevo al sur, hasta la entrada del golfo. La playa de Xi es un regalo para los sentidos. Fondeamos en el extremo este, que es virgen salvo por unas villas que han construido (demasiado) cerca de la costa. La arena es fina y rojiza, y contrasta enormemente con las lomas de arcilla blanca que hacen las veces de pequeño acantilado. Una docena de nidos de tortuga están marcados y vallados con cinta roja. Más tarde, en Argostoli, descubriré que es obra de los chicos de “Wildlife Sense”, una asociación para la defensa de las tortugas marinas de Cefalonia. Estos voluntarios, de diferentes nacionalidades, pasan su verano ojeando nidos, marcándolos, inventariando ejemplares. Se turnan cada dos horas para intentar presenciar la eclosión de los huevos y contabilizar el número de pequeñas crías que llega al mar. Nos cuentan que las tortuguitas que salen de día están más expuestas a los depredadores, pero las que salen de noche tienen más posibilidades de despistarse por las luces. En el tríptico de la asociación piden a los turistas que no enciendan luces, ni fogatas, que no claven su sombrilla, que no hagan ruido ni molesten a las tortugas que puedan avistar. Es maravilloso cómo les brillan los ojos y con qué entusiasmo y pasión hablan de su trabajo, de los más de 150 nidos que llevan avistados y protegidos este verano y cómo, según sus cálculos, la población de tortuga marina está creciendo en la isla.

Playa de Xi, llamada así por la forma de la bahía, que recuerda a la letra griega (se pronuncia “khi”, con la hache aspirada)









martes, 3 de agosto de 2021

Etapa 14: Kálamos - Ítaca. Volver (2006)


Y, por fin, llegamos a Ítaca, otro de nuestros highlights de este viaje. Quizá por mi libro infantil sobre los viajes de Ulises, que me sirvió de inspiración para escribir sobre nuestra travesía a las Eólicas. O, quizá, por el "Viatge a Ìtaca" de Lluís Llach, tantas veces escuchado en esa época remota en la que todavía tenía algún sentido escuchar música de Lluís Llach. O, quizá, porque Ítaca es el sitio universal para volver.

Ítaca es el mito eterno de Ulises (Odysseus) y de sus viajes, cantados por Homero. Todo en la isla es obsesivamente Odysseus. Está en los museos y las estatuas, pero también en las camisetas de los turistas y en los nombres de los bares. Está en las ruinas de un pretendido palacio que, quizá, sólo fue soñado por Homero. Está en todas partes, como Penélope, tejiendo y destejiendo, esperando su regreso. Ítaca es el lugar de origen, el centro de todo, el sitio de donde salió la memoria.

Busto de Ulises en Stavros

Recorremos las 15 millas entre Kálamos e Ítaca en un suspiro, por una vez con buen viento y a vela. Kálamos, más allá del espectáculo de George, nos ha dejado un cierto regusto de incomodidad. Demasiado hacinamiento en el puerto y demasiado calor. Más calor que nunca (y mira que nos hemos quejado de temperaturas altas todo este viaje). A estas alturas, la ola de calor en Grecia está dejando muertos, principalmente en el Peloponeso, e incendios, muchos incendios. Y no tiene visos de remitir.



Queremos pasar una noche en Vathi (la capital de Ítaca) antes de navegar hasta Sami (en la isla de Cefalonia) para devolver a Eva y Juan Pedro a la comodidad de un hotel y su viaje de vuelta. Así que nos decidimos a fondear en la amplia bahía y bajar a tierra para una última cena juntos.
Bahia de Vathi, segunda por la derecha 

En el camino a Vathi nos da tiempo a hacer una parada en una de las fantásticas playas de su costa Este. Poca gente (todavía no ha llegado el aluvión de agosto) y playas sin acceso por tierra, donde se puede fondear y nadar sin aglomeraciones.

Playa de Gidaki, Ítaca

Acabamos entrando en la bahía de Vathi a media tarde. Con un calor tremendo y con el fuerte viento térmico del NW que sopla cada tarde. Esa ha sido la constante de los seis días que hemos pasado en la isla: mañanas muy tranquilas, pero calurosas, y viento térmico que sube hasta los veinte nudos por la tarde (incluso algún día hasta los 30-40).

Casas en la bahía de Vathi

La entrada a Vathi por mar es magnífica. Una bahía amplia y totalmente resguardada, que da la sensación de una gran laguna. Rodeada de casas bajas de dos alturas y pintadas de colores pastel, muy armoniosos, como en un cuadro naïf. Bulliciosa, con barcos atracados en los muelles o fondeados por todos partes, y con turistas paseando por el borde de la bahía durante todo el día. Eso sí, el agua es verdosa y algo turbia. No anima a bañarse, y es un problema con los treinta y cinco o cuarenta grados de cada tarde.

Puerto de Vathi y café al borde del agua, sobre los barcos 

El Sargantana fondea en Ítaca con una sensación extraña de fin de trayecto. Al menos, de fin del trayecto de ida. Falta mucho por ver y por hacer en Grecia, por supuesto. Falta un viaje de vuelta con muchos lugares nuevos que visitar, nuevas costas, muchas millas. Pero Ítaca invita al descanso, a decir, como Ulises, "ya he llegado", a olvidar los vientos y las olas que se han quedado ahí afuera. A quedarse.

Museo náutico y de folklore de Vathi

Y quizá por eso nos quedamos unos días. Recorremos Vathi a pie, rodeados de turistas. Ya estamos en agosto y, como temíamos, la temporada alta nos quita poco a poco la cierta paz que hemos visto en otros puertos de recalada. A pesar del COVID, las tavernas están llenas, hay que reservar. 

Calle de Vathi

Una de las muchas terrazas al borde del agua en Vathi

Y también dedicamos un día a recorrer la isla en coche. El interior es arisco y duro. Verde en las laderas de las montañas casi verticales, pero lunar en las cumbres. Hay pocas carreteras y muy estrechas, es casi inevitable pararse en la mayoría de los cruces. Curvas de 180 grados muy empinadas, como de etapa de alta montaña, en las que es imperativo poner primera. Barrancos vertiginosos y vistas impresionantes. Recorremos tranquilamente los cuatro o cinco pueblos de la isla. En total, en Ítaca viven unas 3.000 personas, más de la mitad en la capital. No hablamos casi con nadie.

Carretera bordeando la costa norte de la jsla

Restos arqueológicos de la acrópolis de Alalkomeneis, entre olivares

Puerto de Frikes, en el norte de Ítaca

En Stavros encontramos algo muy curioso: un pequeño museo callejero con un mural describiendo los viajes de Ulises. Según el mural, Ulises visitó varios puntos de la costa de nuestro levante: Cabo San Antonio (Circe), Cabo de Gata (Hades) y Cabo de Palos (Kalipso). Muy curioso, y supongo que cuestionable. No veo yo a Cartagena o Cabo de Palos como la isla Ogygya Kalipso, pero si ellos lo dicen….

Mural de los viajes de Ulises en Stavros


Iglesia de Stavros

Y en Vathi tenemos también tiempo de socializar. Conocemos a Vicky y Rafael, que hacen un recorrido parecido al nuestro con su bonito Wauquiez. Ellos van también en dirección Argostoli y Zakinthos.

Un placer cenar juntos en una taverna fantástica por sus sardinas. Hablamos sobre la vida y sobre navegar, y descubrimos, como siempre, lo mucho que une a la gente de mar aunque acabemos de conocernos. Hablamos sobre volver a casa. Ellos han decidido ya invernar su Nicole en Grecia y regresar a España en avión. Estas aguas también les han embrujado y se plantean repetir el año que viene por esta zona y el Adriático. Nosotros todavía no. Demasiado pronto. Volvemos a casa con nuestro Sargantana, al menos este año.
Sargantana fotografiado desde el Nicole, en la bahía de Vathi

Buscando información sobre la isla hace unos días, cayó en mis manos un artículo de Javier Reverte de 2003, en el que decía, básicamente, que en Ítaca no hay nada para el turista y que sólo habiendo leído la Odisea le encuentras un sentido a estar aquí. Sea por lo que sea, a mí Ítaca me hechiza. Es de una belleza brutal, que te sobrecoge cuando llegas por mar y que te sigue intimidando en tierra. Es un lugar al que quieres regresar. De hecho, Ítaca parece ejercer una atracción sobre nosotros que nos hace volver una y otra vez a lo largo de los seis días que pasamos en la isla.

Nuestro primer día de fondeo en la bahía de Vathi acaba en una noche complicada, por el calor excesivo y un local a orillas del agua que atrona la bahía con música disco griega hasta las cinco de la mañana. 

El segundo día, después de dejar a nuestros amigos a mediodía en Sami (Cefalonia), constatamos que el viento NW de todas las tardes no nos va a permitir subir hacia el norte por el canal estrecho que separa Cefalonia de Ítaca. Abandonamos por hoy la idea del norte y regresamos a Ítaca, a un fondeo de ensueño en la cala contigua a la playa de Filiatros cerca de Vathi. Un agua increíblemente transparente y una costa de acantilados blancos sobre playitas de guijarros. 

Cala de la playa de Filiatros, Ítaca

Al día siguiente es sábado, final de julio. La bahía, tan tranquila por la noche, recibe unos cuantos barcos. Por la tarde recogemos fondeo e iniciamos el camino al norte. Echamos el ancla en Ormos Exo Aetou, el golfo que forma al este la lengua estrecha de tierra que separa el norte y el sur de Ítaca, dándole su peculiar forma de ocho. Es amplio y tranquilo, pero más urbano. La carretera que bordea la isla pasa por allí y hay algunas edificaciones y una pequeña playita en la que paran los coches. El agua es transparente y deja ver el fondo de arena y posidonia. Solo dos barcos pasamos la noche, eso sí, bastante agitada por el viento que se acelera en la costa.

Ormos Exo Aetou 

El domingo, en lugar de seguir hacia el norte, volvemos a Vathi, a la comodidad del puerto, donde no se oye la música de la otra orilla.Ya nos hemos acostumbrado al pequeño jaleo que supone atracar con ancla. El ritual de preguntar a los de al lado cuándo se van, si han llegado después de ti y piensas que su cadena puede estar sobre la tuya. O que tu vecino espere a que tú salgas, si es al revés. La ligera ansiedad cuando desatracas y vas cobrando poco a poco, anticipando el momento en que se trabe el molinete y veas asomar la cadena ajena. O ese punto de suspense, durante la maniobra del otro, donde dejas lo que estabas haciendo y esperas desde tu barco, temiendo el sonido sordo y rasposo que indica que te ha levantado tu fondeo. Estar en puerto nos facilita hacer colada en la lavandería de la esquina, comprar en el súper, lavar el barco, rellenar depósitos. Hace más calor y hay más jaleo de vecinos y transeúntes que en el fondeo, pero a eso también nos hemos acostumbrado y le encontramos su atractivo.


Amarres en el puerto de Vathi, en el pantalán suroeste.

El lunes nos divertimos viajando por la isla en coche y, al caer la tarde, nos visita la tripu del Nicole. Nos da sólo para una cerveza. Al día siguiente nos vamos al norte. O eso creemos.

Playa de Polis, desde Stavros

El martes intentamos salir pronto. Recorremos la costa este hacia el norte, con idea de pasar la noche al final de la isla. Pasamos de largo los puertos de Kioni y Frikas, que ayer veíamos desde tierra. Echamos el ancla en la bahía de Marmagkas

Es una cala muy apropiada para bañarse y comer, aunque lo mismo ha pensado otra docena de barcos.Tras un baño y una cerveza, nos disponemos a preparar la comida  cuando, en cuestión de minutos, el viento pasa de 0 a 30 nudos. Garreamos. Todos los barcos salimos huyendo a refugiarnos en los puertos cercanos o conocidos. Nosotros decidimos volver a Vathi. El trayecto no es largo, pero se hace eterno, con un viento que no deja de cobrar fuerza: 30-32 nudos sostenidos, a ratos por encima de 40, llegamos a ver rachas de 45.

En Vathi fondeamos cerca del Nicole. A la noche disfrutamos de la compañía de nuestros colegas sevillanos, primero con una buena cena y luego frente a una copa de “metaxa”, en su barco.

Bahía de Marmagkas

El miércoles, esta vez sí, decimos adiós a Ítaca por este año.

Ha transcurrido la mitad del tiempo que planeamos dedicar a esta travesía. La ansiedad, la anticipación, el entusiasmo por lo nuevo y desconocido, se han atenuado. Nuestra capacidad de sorpresa y de admiración están, quizá, un tanto colmadas. Llevamos muchos días en el mar. Y estamos, sobre todo yo, y sobre todo desde Lefkas, un poco saturados de calor, de exceso de barcos y de gente; de la absurda competición que se establece cada día por llegar al siguiente fondeo, siempre a motor porque no hay viento por las mañanas; de la pelea diaria por los últimos amarres en el puerto o las últimas mesas en las tabernas, apretujados tanto los unos como las otras. Estar a la mitad del viaje y tener sensación de cansancio te hace ponerte en modo "volver". Pero no. Este no es un viaje de ida y vuelta, es un recorrido circular por un pedacito de la carta náutica. Y aún nos queda la otra mitad…

Bahía de Vathi vista desde la parte alta de la ciudad