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domingo, 23 de abril de 2023

Milos. La isla de los enamorados

Milos, la isla donde apareció la Venus más famosa del mundo, bien podría ser también la isla de la belleza, con sus acantilados imposibles y sus costas blancas. Y, sin embargo, aquí prefieren llamarla la isla del amor. Cuenta la leyenda que, si te tumbas en una de las rocas blancas del paisaje lunar de Saranika, vas a enamorarte de alguien nacido en Milos.

Por si acaso no hemos ido a Saranika. Aunque, en honor a la verdad, no hemos ido porque el viento en esta isla nos ha obligado a ajustar nuestro recorrido a su capricho. Y, así, no hemos podido ver sus “syrmatas” más que de refilón, el día que llegábamos al puerto.
Y en el puerto hemos pasado tres días de mar embravecido, con las olas saltando por encima del muelle y del pantalán. Y no hemos logrado ir a la famosa playa de Papafrangas, en el norte de la isla. Y, aunque hemos navegado por Sikia, en el oeste, tampoco hemos podido fondear tranquilos, coger el dinghy y entrar en la llamativa cueva cuyo techo se hundió dejando al aire la pequeña playa del fondo. Pero, a cambio, sí nos ha permitido pasar tres días en su costa sur en fondeos solitarios; divertirnos con el dinghy serpeando entre las cuevas inverosímiles de la fabulosa Kleftiko; y disfrutar de la quietud de la playa de Fyriplaka, con sus espectaculares acantilados de colores.

Milos es la isla de las parejas. O, al menos, eso es lo que dice su eslogan turístico. Justo aquí conocemos a Wendy y Paul, una pareja de enamorados que, como nosotros, llevan veinte años juntos; que acaban de descubrir la experiencia de navegar (todavía alquilando); y que, aunque ellos aún no lo sepan, están a punto de comprarse un barco, de salir en él en todos sus ratos libres y de esperar ansiosamente el momento de dejar el trabajo para echarse a la mar de verdad. Como nosotros. Porque ellos también han cogido este virus que se contagia a través del viento y del agua salada.

Un viento que nos lleva, casi por igual, a los fondeos más increíbles y a puertos incómodos. Un agua que se hace molesta en este muelle de Milos, impidiendo que puedas bajar del barco sin mojarte los pies. Un virus que te anula la capacidad de crítica, que hace que nada de eso importe y que disfrutes de cada día a bordo como si fuera el primero. O el último.


Entre el teatro romano y las catacumbas, con el mar Egeo de fondo, conservan una réplica exacta de la Afrodita de Milos. Porque tras tantos expolios y desmanes no saben ya localizar el lugar donde un campesino la encontró en 1820, aunque el estado, entonces turco, acabara perdiendo la disputa por su posesión con Francia... La estatua se cree que adornaba el gimnasio de la ciudad antigua

Klyma desde el mar. Las "syrmatas" datan de principio del siglo pasado. Son construcciones en las que los pescadores guardaban sus barcas y podían dormir en la parte de arriba. Hoy en día siguen en uso, aunque muchas se han reconvertido a casitas de vacaciones. Cuentan que las pintaron de colores en protesta por el mandato del dictador que, en los años 30, ordenó que todas las casas de la isla fueran blancas y azules. Pero la razón más prosaica es que los colores les facilitaban a los pescadores reconocer su casa al volver de faenar, al caer la noche.

El cabo norte de la isla, a la salida de la ensenada que fuera la antigua caldera del volcán.

Sikia, en el oeste, con la entrada a la famosa cueva

Recorriendo Kleftiko en dinghy

Formaciones rocosas en Kleftiko, al suroeste de la isla

Acantilados de colores en Fyriplaka, en la costa sur





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