Diez de julio. Faltan pocos minutos para las nueve de la mañana, hora griega, las ocho en Pamplona. En Estafeta no se mueve nadie, se respira inquietud y ansiedad, todo el mundo se prepara para cuando abran los corrales.
Tampoco hay movimiento en el muelle de Vourvourou, ni en el pasaje del islote de Diaporos. Las lanchas de alquiler se alinean en el muelle, inmóviles, igual que los toros de la ganadería de Alvaro Nuñez, que hoy aguardan el inicio del cuarto encierro de la feria.
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El chaval no tiene miedo, o eso piensa él. Su padre dice que sólo se tiene miedo de lo que no se conoce y en su casa se ha hablado de encierros mucho antes que de biberones. Pero su padre lleva demasiados años corriendo como para recordar lo que duele el estómago la primera vez. Hoy va a correr él, su padre no puede. Sabe que lleva años esperando el relevo, que su familia no ha faltado nunca a la cita desde que el mundo es mundo.
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Nikos no sabe lo que son los Sanfermines. Vive en una ciudad pequeña de la Grecia continental y nunca ha salido del país, ni siquiera en el viaje de novios. Este año pasa las vacaciones en Vourvourou, junto al islote de Diáporos, en la península de Halkidikí. Eleni se empeñó. Él no lo tenía tan claro, la niña es demasiado pequeña. Vourvourou está lejos, hay demasiados turistas y todo es demasiado caro, pero llevan años sin poder darse un capricho.
A las nueve y media de la mañana Nikos consigue, por fin, su lancha. Eleni está enfadada. Fue idea suya alquilar la barca, quiere subir a Instagram un selfie con la niña en la Blue Lagoon y necesita llegar pronto, antes de que se llene de gente. Pero la cola ya era interminable a las nueve, y la entrega de las barcas va lenta, demasiado lenta.
El encargado pone cara de fastidio cuando Nikos le confiesa que nunca ha manejado una lancha, pero el anuncio decía “no se necesita licencia”. Otro pardillo. Maldita sea, con tantas lanchas por despachar, tener que perder el tiempo con novatos. En menos de dos minutos ya le ha dado todas las instrucciones. “La palanca adelante y atrás. El volante, como el de un coche. Cuidado, los barcos no tienen freno. El ancla está en proa. Fondea sólo con profundidad menor de tres metros. Navegar es muy fácil, aquí tienes un mapa de las islas y los canales. En esta cruz está la Blue Lagoon, no tiene pérdida. Cuidado con la salida del canal, es estrecha y hay muchos bajos. Sobre todo aléjate de las motos, van muy deprisa y hacen maniobras bruscas. Con los veleros no hay problema, son grandes pero lentos y pesados, y van siempre en linea recta. Si tienes problemas nos llamas a este número. La hora de devolución es las seis en punto de la tarde. Si llegas tarde tendrás que pagar un suplemento."
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El chaval llega pronto a la calle Estafeta, poco antes de las siete y media. A esa hora el vallado está ya lleno de espectadores y una multitud de corredores se agolpa contra el cordón policial, esperando a que los municipales abran por fin el paso.
Recorre lentamente la calle buscando un lugar donde iniciar la carrera. Se ajusta bien los cordones de las zapatillas, su padre siempre repite que eso es lo más importante. También, que el mejor tramo es el de Telefónica y la bajada del callejón. Y el más peligroso, cuesta abajo. Entrar en la plaza deslumbrado tras el agobio, la oscuridad y las estrecheces del callejón. Dar un grito de triunfo al pisar el albero y ver de nuevo el sol. Dejarse caer después por el Iruña para compartir un café con churros con el resto de la cuadrilla.
“En la televisión los encierros son una mierda” le repite una vez más a su mujer, sentado en el sofá, con el mando a distancia en la mano. Ella le ignora, resignada. Desde que lleva la escayola está insoportable.
Habla todo el rato en un monólogo interminable de caras conocidas, de improperios a los guiris y a los chavales que se visten como mamarrachos. Despotrica. Grita a los estúpidos que se agarran al lomo del toro, a los torpes que obstruyen el paso de los verdaderos corredores. Jalea las carreras de sus amigos.
Pero de golpe, calla. Le ve. Al principio de la bajada al callejón. Traga saliva, tiene un nudo en la garganta. No puede ser.
No corre mal, es de familia. Pero al instante reconoce en él las torpezas del inexperto. Le gustaría decir algo, pero no puede. Un toro cárdeno lidera la manada, delante de los cabestros. Durante un segundo el chaval está justo delante. No puede seguir su ritmo. “Por la derecha no, idiota, por la derecha no hay salida”.
Por la derecha llega el cabestro blanco, desbocado, como un tren. El chaval cierra los ojos.
Pasan los tres en paralelo, costado con costado, corriendo enloquecidos cuesta abajo por el callejón. Al llegar al albero se separan. “Dos minutos y veinte segundos. Un encierro rápido y peligroso”, rompe el silencio el comentarista.
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No se lo ha dicho a Eleni, pero Nikos sí tiene miedo. Le asusta pensar en las decenas de metros de agua debajo de la barca. Ni Eleni ni él saben nadar. Le insiste para que se pongan los chalecos. Eleni se enfada todavía más, los chalecos son naranjas y horribles, no dan bien en las fotos.
La moto les adelanta. Demasiado cerca. Demasiado rápido. Nikos se asusta y maniobra instintivamente hacia el velero. Casi choca con su costado, pero logra enderezar el rumbo. Afortunadamente hay espacio. La moto, su lanchita y el velero pasan por los bajos en paralelo. La Blue Lagoon les espera.
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A las diez de la mañana el Sargantana sale por fin de la bahía de Diáporos, rumbo sur. Disfrutando finalmente de la soledad, después de dos noches tranquilas y tres días de agobio en el guirigay de las barcas de turistas y de las motos de agua.
Hoy mismo, en la salida del canal, una lanchita nos ha pasado demasiado cerca. Una de tantas en la estampida de cada mañana, apurando los bajos del canal para llegar los primeros a la Blue Lagoon. Una parejita. Ella, con un bebé en brazos. Van en paralelo con una moto negra y se nos acercan demasiado por la aleta de babor. "Estos capullos de las lanchitas van como locos. Al menos llevan los chalecos puestos."
Diez minutos después navegamos, por fin, a vela. Sin prisas, en un descuartelar. Lucía me pregunta si me apetece un café con leche. Hoy no hemos podido ver el encierro en directo, habrá que verlo en diferido.
Viernes, 10 de julio de 2026







