Nuestro plan de este año es pasar el mes de julio en la península de Halkidikí, la zona norte del Egeo próxima a Salónica. Un área que, según nos dicen, está mucho menos masificada de barcos durante el verano. Para llegar allí tenemos que bordear nuevamente el monte Athos, este año de este a oeste.
El parte meteorológico de la mañana no anuncia apenas vientos durante el día. Sólo se levantarán a última hora de la tarde y continuarán de flojos a moderados por la noche.
No es lo habitual, pero en este caso preferimos disfrutar de un día de fondeo en una playa cerca del puerto y posponer la salida hasta después de la puesta de sol. Esta noche la luna estará casi llena y confiamos en una travesía rápida y cómoda, con viento de través y el monte Athos acercándose majestuoso por la proa.
Pero, como ocurre a menudo, nada es como tenía que ser. Para empezar, el viento moderado de popa que esperábamos tras la puesta de sol no llega. No nos queda otra que navegar a motor hasta bien entrada la noche. Sólo cuando nos acercamos al monte Athos podemos sacar velas.
Tenemos viento, pero no se parece mucho al que estaba previsto. Sube por encima de los veinte nudos y se hace cambiante y racheado, típico de tormenta. El cielo se cubre rápidamente y empieza a llover. La ola se vuelve incómoda y difícil de negociar.
Hacemos guardias por turnos. Preferimos afrontar a palo seco la lluvia y los relámpagos. Probablemente todo se haya complicado por el efecto meteorológico del cabo, que ya descubrimos en nuestro primer cruce el año pasado.
Éxito rotundo: varios días en puerto esperando un buen viento y acabamos cruzando de mala manera, a motor, de noche y bajo la lluvia. La tormenta se ha extendido a toda la península de Halkidiki. Vamos cambiando nuestro rumbo en función de dónde vemos menos relámpagos.
Cosas del Egeo. Parecemos nuevos.
El monte Athos es un monte sagrado, pero para nosotros es más bien un sitio maldito que tiende a darnos sorpresas desagradables. En gran medida por nuestra culpa. Quizá un mejor análisis nos habría llevado a salir a motor por la mañana y nos hubría permitido doblar el cabo de día, antes de la tormenta.
Nos habríamos ahorrado esta mala travesía que, a cambio, nos permite ver la montaña de una forma completamente distinta, iluminada por la luz fantasmal de los relámpagos. En la noche, las paredes de roca parecen mucho más cerca, pobladas de lucecitas de las pequeñas cabañas y cuevas donde viven los monjes ermitaños. Un espectáculo único difícil de olvidar.
Una vez superado el cabo, ponemos rumbo norte hacia Ouranópolis (en griego “la ciudad del cielo”) donde ya recalamos el año pasado. El único destino factible en el que la tormenta parece remitir.
Fondeamos finalmente al norte de la ciudad, sobre las nueve de la mañana, en el mismo lugar de hace un año, tras una noche de agotamiento y poco sueño que no esperábamos y que nos recuerda que las travesías nocturnas son, a menudo, incómodas; que los cabos míticos del Egeo no se deben subestimar; y que los partes meteorológicos hay que cogerlos siempre con pinzas.
Afortunadamente Ouranópolis, la ciudad de entrada a los monasterios del monte Athos, nos ofrece un excelente fondeo para pasar un par de días. Una playa con poca gente, sin motos de agua ni motoras arrastrando “donuts acuáticos”. Una población relativamente grande, con mucho tráfico de ferries, pero silenciosa y tranquila por la noche. Un pequeño paraíso que nos invita a quedarnos varios días, a menos que la meteorología cambie.
Nos alegramos de estar aquí, en las puertas del cielo.
Lunes, 6 de julio de 2026



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