Lucía tiene que irse a Madrid unos días para consultar con nuestro odontólogo un problema que arrastra desde una caída aparatosa cuando caminábamos por la carretera de Mestá (Chios). El Sargantana y yo nos quedaremos aquí, en Myrina, atracados frente al ayuntamiento.
Después de tantos años de navegación “a duo”, ésta será una experiencia nueva: navegante solitario por unos días. Cierto, no es el peor sitio: un puerto cómodo, seguro y barato en una ciudad en la que el aburrimiento está prohibido por las ordenanzas municipales.
Esta entrada de blog se titula “El álbum de mis fotos desenfocadas” porque nunca he sabido hacer fotografías. Los encuadres y los enfoques no son lo mío. Casi todas (o todas) las imágenes de este blog son de Lucía. Es ella la que las piensa, las toma, las edita en el blog y después las comenta. Un trabajo ímprobo. De hecho, las pocas que hago yo son por encargo y casi siempre a regañadientes.
Como decía, estoy solo aquí en Myrina. Hago de tripas corazón y en este capítulo trato de incluir las cinco fotos que me gustaría haber tomado en estos días. Probablemente estén algo desenfocadas y a los encuadres les falte perspectiva, pero qué le vamos a hacer. “Lo que natura non dat, Salamanca non presta".
Primera foto: La tienda de Arístides en el Ágora
Acaba de ponerse el sol. El Ágora, la calle principal de la ciudad, se despereza y es invadida por una multitud de gente, turistas y locales. Familias que empujan carritos, pandillas de chavales de vacaciones, de todo hay.
El Ágora no es una calle más. Peatonal, estrecha, está protegida del sol por una especie de emparrado que le da un aire de guarida, de callejón mágico de novela de Harry Potter. Sube y baja, gira a izquierda y derecha alternativamente, como un laberinto. Aquí se entremezclan las tiendas de souvenirs, heladerías de franquicia y bares de cocktails con tiendas “de las de toda la vida”. Ferreterías, carnicerías, barberías. También tavernas, en las que los pescadores toman café por las mañanas y donde, después de cenar, músicos locales tocan sirtaki y hasapiko para quien quiera escucharles o bailar su música.
Donde el Ágora termina y se abre al muelle, a mano derecha, si te fijas bien, encontrarás la licorería de Arístides. Un local con glamour más bien escaso, aspecto desastrado y un cartel de edad indefinida que anuncia (en griego, por supuesto) vinos y licores locales. Cierra muy tarde, entrada la noche.
Tengo que admitir que nunca habría entrado en esa tienda si no me la hubieran recomendado, estoy demasiado acostumbrado a los supermercados modernos, ordenados y relucientes. Al entrar en el local de Aris, con sus estanterías de madera en las que se apilan sin mucho orden libros y botellas, tienes dudas de si estás en una biblioteca, una licorería clandestina o una tienda de varitas mágicas del callejón Diagon.
Compro vino y tsípuro caseros. Magníficos, nada que ver con las marcas comerciales del supermercado.
Aris es un tipo simpático con gafas de pasta y aspecto de intelectual que, a pesar de hablar un inglés perfecto, tiene paciencia para conversar conmigo en griego. No todos lo hacen.
Hablamos un rato de Lemnos, de barcos y de vinos. Le cuento que cada temporada buscamos un lugar especial para pasar la semana santa ortodoxa. Sonríe. Me dice que todos los años, por Pascua, organiza una fiesta en su tienda y que el año que viene Lucía y yo estamos invitados.
No podemos faltar.
Segunda foto: El navegante solitario fondea en Myrina
A pocos metros del Sargantana fondea un barco con bandera española. Lo observo mientras cambia de posición y se coloca junto a la entrada del puerto de pescadores. Es un velero pequeño, clásico, muy bonito.
Me han hablado de él.
Su patrón es un navegante solitario. Sus movimientos tienen la elegancia y la tranquilidad de quien ha navegado mucho y sabe perfectamente lo que hace. Elige cuidadosamente dónde echar el ancla. Sé que fondea habitualmente ahí, el lugar perfecto de la bahía. A la entrada del puerto de pescadores, fuera de las boyas que marcan la zona reservada a la playa, lejos de las cadenas de los veleros apopados al muelle.
El barco del navegante solitario arrastra un chinchorro. Una barca muy pequeña, azul, creo que de madera. En esa chalupa difícilmente caben dos personas, pero al navegante solitario probablemente no le importa, raramente trae invitados a bordo.
Sé que frecuenta este puerto, que los pescadores locales le aceptan como lo que es, uno de ellos. Alguien que pertenece al Egeo y que entiende a su gente como nadie.
Hoy he quedado a cenar con nuestros amigos del Muskat, Mayte y Neils, que también pasan gran parte de su temporada en Lemnos. Al gual que el navegante solitario, el Muskat viene a la bahía sólo lo imprescindible, para repostar y hacer compras. Cenamos en el restaurante atendidos por Paris, un chaval que en invierno estudia hostelería en Atenas, pero que trabaja sin descanso durante todo el verano para cumplir su sueño: tener su propia taverna, aquí, en su isla. No es el único camarero, pero sí el más simpático, nuestro preferido.
Después de cenar acompaño a Mayte y Nils hasta el lugar donde amarraron su neumática. Al llegar, vemos al navegante solitario dejando el muelle, camino de su barco. Les cuento en dos palabras lo poco que sé de él y de su historia.
Nils le mira mientras se aleja remando en su chinchorro y musita: “This guy really knows how to be alone”.
Tercera foto: Panagiotis en su kaïke
Hoy me han presentado a Panagiotis, el pescador.
El kaïke en el que Panagiotis pesca con su hermano Dimitris no es el único, pero el suyo ocupa el lugar de honor en el minúsculo muelle.
Nada más conocerle me queda claro que es el rey de los pescadores de Myrina. Un tipo grande y risueño al que todos aquí conocen por su apodo. Me dicen que, si mandas una carta a Lemnos dirigida a “Panagiotis, el del pendiente", no hace falta dirección: llegará puntual y se la entregarán en el puerto, en mano.
Fue marinero en un mercante, como casi todos. Conoce bien el Egeo y conoce bien su isla. Antes de las ocho de la mañana vende sus capturas desde la borda de su kaïke y, cuando ha colocado su carga, se reúne para pasar la mañana en tertulia con los otros pescadores en una de las tavernas de la plaza. Tengo el privilegio de que me permitan sentarme con ellos a tomar café y escuchar sus historias. Compruebo que, si bien mi griego es todavía balbuceante, me sirve para que me acepten como a uno más.
Aunque sólo sea por instantes como este, merece la pena el esfuerzo de aprenderlo.
Cuarta foto: Elías Venizes en el museo de Myrina
En la primera planta del Museo Arqueológico de Myrina, una maravilla que hay que visitar obligatoriamente si se viene a esta isla, hay un panel gigante en la pared con una cita de uno de los grandes escritores griegos de la generación de los 30.
Está en griego con traducción al inglés. Me emociona tanto que decido que tengo que encontrar ese libro. Quiero que sea la primera novela que leo en griego. Memorizo el título: Αιολικλή Γη (Tierra Eólica) y el nombre del autor Ηλίας Βενέζης (Elías Venizes). En el museo no está permitido sacar fotografías.
Ya en el barco busco la cita en internet y soy incapaz de localizarla. No me importa demasiado porque encuentro otras muchas citas extraordinarias de Venizes, un escritor con una vida fascinante.
Una de ellas dice así:
"Το Αιγαίο δενείναι μονάχα φως και θάλασσα. Μπαίνει μες στην καρδιά των ανθρώπων,γίνεται πρώτα ένας χτύπος,ύστερα άλλος,ώσπου γίνεται όλοι οι χτύποι της καρδιάς. Μπαίνει μες στις φλέβες και γίνεται αίμα. Καίει το αίμα. Μπαίνει μες στη μνήμη,κι από τότε τίποτα πια δεν μπόρει να το σβήσει ως την ώρα του θανάτου. Το Αιγαίο σε φωνάζει πάντα και σε καλεί."
“El Egeo no es sólo luz y mar. Entra en el corazón de las personas. Primero en un latido, después en otros, hasta que se convierte en todos tus latidos. Entra en tus venas y se convierte en sangre. Quema la sangre. Entra en tu memoria y desde ese momento nada lo puede borrar hasta la hora de tu muerte. El Egeo siempre te llama y te invita.”
Si no has navegado nunca por estas aguas quizá no entiendas nada. ¿Exceso de lirismo?¿Sensiblería? Puede ser. Pero si lo has hecho, si conoces este mar, si notas que el Egeo ya corre por tus venas, es difícil que leas estas líneas y no te emociones.
Quinta foto: Los visitantes del amanecer
Son las cinco de la mañana y el muelle de Myrina está dormido. No del todo, porque a esta hora han decidido salir del puerto mis vecinos por babor, un barco antiguo y achacoso con una tripulación poco usual: tres tipos americanos jubilados, dos de ellos greco-americanos.
Llegan el domingo por la tarde, con una maniobra de atraque algo torpe que les lleva a fondear el ancla fuera de sitio y a cruzar su cadena con la mía. No me hacen demasiado caso cuando se lo advierto, quizá no se sienten con ánimos de repetir la maniobra con medio puerto pendiente de ellos. La consecuencia es que tendré que estar muy atento cuando zarpen porque podrían enredar su cadena con la mía y deshacer mi fondeo. Una molestia relativamente pequeña si Lucía estuviese a bordo, pero un problemón para mí estando sólo.
A pesar de la llegada no demasiado amistosa, hacemos buenas migas. Para romper el hielo utilizan una fórmula que seguramente es frecuente. Cuando les pregunto dónde viven en USA, me contestan que en la zona de Boston, “lejos de la gente de Trump”. Toda una declaración de intenciones. En los dos días que compartimos muelle tenemos conversaciones interminables sobre a dónde va Grecia y a dónde USA; sobre emigrar y volver a casa; sobre navegar y sobre barcos.
No me hace muy feliz que hayan decidido partir a las cinco de la mañana. Eso implica tener que despertarme muy pronto para anticipar un posible problema con el ancla. La única ventaja es que puedo avisar a nuestros amigos Theo y Angelika, del Sea Angel, que esperan fondeados un hueco en el muelle, para que se preparen y ocupen su lugar sin que otro barco se les adelante.
Nada relevante en la maniobra. Mis vecinos americanos salen sin novedad. El Sea Angel ocupa su plaza también sin novedad. Estoy deseando volverme a la piltra.
¿Qué tiene esta historia de relevante?
Los ciervos.
A esta hora de la madrugada, cuando las sombras se retiran, los veo. Viven en la montaña que corona el castillo y, al amanecer, cuando el puerto no es de nadie, cuando los humanos duermen, toman el muelle y lo recorren sin miedo, como si quisieran pasar lista a la hilera de barcos atracados.
Los ciervos son la última foto de este álbum, la única que no está desenfocada. Pero no es mía, la toma Theo al terminar su maniobra de atraque y me la envía para que pueda estar seguro de que esa visión mágica no es una alucinación provocada por el madrugón o el tsípuro casero de Aris.
Miércoles, 17 de junio de 2026


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