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sábado, 10 de junio de 2023

Poros. Welcome to the jungle

Poros es el puerto más famoso del Sarónico y uno de los más importantes de Grecia. Una gran ensenada natural en la que cabrían cientos de barcos y que difícilmente podría tener mayor protección. Se abre entre la isla de Poros y la costa del Peloponeso, con sólo dos entradas muy estrechas que no dejan pasar ningún oleaje exterior y la convierten casi en una laguna.

Llegamos a Poros en una travesía larga y tranquila desde Kilada, recorriendo lugares por los que ya hemos navegado estas últimas semanas, como el paso de la isla de Speltzes, el Golfo de Ydra y el norte de la isla de Dokos. Viento más bien poco, sólo a ratos, y más motor del que nos gustaría. Bastantes barcos a nuestro alrededor durante todo el camino, veleros y motoras, ésta es una zona de mucho tráfico.

Vista de la llegada a Poros por el este, con su característica torre del reloj destacando en lo alto

Entramos a la bahía a media tarde. Mala hora para encontrar amarre y, después de la experiencia de Ermioni, no estamos muy por la labor de volver a pasar la noche en un muelle previsiblemente ruidoso y lleno de flotillas. Preferimos buscar un fondeo tranquilo, o quizá una boya de pago, como nos recomienda un conocido.

La llegada a Poros por su entrada sur no puede ser más caótica. Un canal estrecho y poco profundo, enmarcado por un muelle larguísimo a estribor (hacia la isla) y una fila de balizas que delimitan la zona de aguas someras a babor (hacia el continente). En el muelle atraca una fila de veleros, popa a tierra. Por el otro lado del canal, más allá de las balizas, fondea una multitud de barcos, se supone que de poco calado.

Entrada en Poros con la hilera de barcos atracados en el larguísimo muelle

Campo de boyas detrás de las balizas que marcan el canal de Poros

Por el canal cruzan continuamente veleros y yates, pescadores y barquitas a motor. Y para rematar, ferries levantando ola incluso al pasar a marcha lenta. Un totum revolutum que impresiona y divierte, sobre todo cuando las maniobras de atraque de los veleros provoca atascos. En agosto esto debe ser como El Rastro en domingo por la mañana.

Una de las decenas de lanchas-taxi que unen las dos orillas de la bahía, Poros y Galata

Visto lo visto decidimos hacer caso a nuestro colega. Encontramos una libre en una zona tranquila de boyas de pago y dejamos pendiente la decisión de qué hacer mañana, porque necesitamos pasar por el supermercado y repostar agua.

Vista de Poros desde nuestro amarre en el campo de boyas del oeste

La duda nos la resuelve un simpático porense que decide embestirnos con su barca el día siguiente, a eso de las siete de la mañana. Afortunadamente, el tipo nos da el topetazo con relativa suavidad y con las defensas puestas, pero el despertar sobresaltado no nos lo quita nadie.

Cordial pero firmemente nos explica en inglés macarrónico que estamos en su boya de amarre y nos pregunta “amablemente” cuándo nos vamos. Asumíamos que alguien vendría a cobrarnos los cinco euros de rigor, no que acabarían desalojándonos a empujones como okupas involuntarios.

Obviamente, el desahucio implica buscar sitio en el muelle, al menos por una noche. A primera hora de la mañana quedan huecos libres y no será problema. De hecho nos permite elegir el lugar que a priori parece el más tranquilo: justo en la puerta de la iglesia local. La única zona del muelle no invadida por bares de copas y terrazas de restaurantes.

Poros no tiene demasiado que visitar. Una capilla en lo alto de la colina, al final de las calles empinadas, con la famosa torre del reloj que parece marcar el tiempo en el pueblo. Una sola calle comercial que concentra el tráfico de coches y personas a lo largo del muelle. Mucha gente. Turistas que pasean de acá para allá curioseando la fila de barcos amarrados. Y, para completar la estampa, una multitud de marineros de la armada griega vestidos de domingo, con su curioso traje a medio camino entre pijama, kimono japonés y marinero de anuncio de colonia.

Poros desde el paseo del muelle

Subimos las empinadas calles y escaleras hasta la torre del reloj

Vista desde la colina de la torre del reloj


La iglesia en la parte alta, al lado de la torre


Marineros de la escuela en su día libre

Poco más que contar de esta visita. Sólo la incidencia mecánica de la etapa (que parece que este año se está convirtiendo casi en lo habitual).

Salimos de Poros el lunes por la mañana, camino de Epidauros. Un día soleado pero revuelto. Una motora de unos locales se ha colocado muy pegada a nosotros por babor. Al salir del amarre, el viento cruzado nos empuja contra sus defensas.

Lucía está en la proa recuperando cadena y no me puede ayudar. Dejo el timón con marcha adelante mientras me veo obligado a ir a babor, porque nuestro aro salvavidas se ha enganchado con algún saliente de la motora y se va al agua.

Mal asunto. Salimos del amarre de mala manera, casi empotrados en el vecino. Por alguna razón, el ancla no nos sostiene tirando de la proa hacia el centro, contra el viento.

A trompicones llegamos al canal y nos quedamos atravesados. Lucía tiene su propia pelea con el molinete donde parece que se ha atascado el cabo y me pide dar atrás.

Todo está pasando demasiado rápido. No soy consciente de que nuestra amarra de babor está en el agua después de la lucha por zafarnos de la motora. Al dar atrás, las leyes de Murphy se cumplen inexorablemente. El cabo se enreda en la hélice y el motor se para.

Estamos sin motor en el medio del canal. No podemos maniobrar. Nuestro vecino griego está en la proa con cara de circunstancias, jurando en arameo y temiendo por su fondeo. Las tripulaciones de los barcos contiguos toman posiciones en proa para disfrutar del espectáculo inesperado y gratuito.

En varias ocasiones hemos pillado un cabo en la hélice. A veces por mala suerte y otras por pura impericia. Siempre hemos acabado teniendo que llamar a un buzo, que llega con su botella de aire comprimido, se sumerge tranquilamente, te libera, cobra y se va. Con suerte, puedes seguir navegando sin más problema, salvo que en ocasiones el cabo puede haber estropeado el eje o los retenes del saildrive. Y en ese caso la avería es importante, hay que sacar el barco del agua. No quiero ni pensarlo.

Pero conseguir un buzo en Poros un domingo por la mañana puede llevar horas, así que toca intentar la heroica. Me tiro al agua con mis gafas de snorkel y bajo a mirar el estropicio, Afortunadamente el agua aquí no está demasiado turbia. El cabo se ha enrollado como un ovillo en el eje de la hélice.

No me paro a pensar, me muevo por puro instinto. Consigo encontrar el extremo del cabo en la maraña de vueltas y voy desenredando, nudo a nudo. hasta que se me acaba el aire. Subo a respirar y vuelvo a bajar varias veces para seguir liberando el cabo.

El extremo está muy pillado entre el eje y la hélice. No hay manera de sacarlo a tirones, casi lo doy por imposible. Pero en un último intento, un poco a la desesperada, consigo que ceda por fin un tanto y acabe soltándose. Eso sí, de recuerdo me queda el brazo izquierdo dolorido para unas semanas. Creo que empiezo a estar demasiado mayor para este tipo de movidas.

Subo al barco. Arrancamos motor y el Sargantana por fin se mueve y puede maniobrar. Somos capaces de recuperar nuestra ancla y salir del canal sin levantarle el fondeo a ningún vecino. Buscamos un lugar para detenernos y chequear el saildrive. Todo parece funcionar bien. El aceite de la transmisión está limpio, los retenes no se han roto.

Esta vez las balas han pasado muy cerca.






En NoForeignLand puedes leer sobre Poros y también seguir a Sargantana

sábado, 25 de marzo de 2023

Leros. La llegada

Ha sido todo un invierno de preparativos, especialmente los últimos dos meses. Nada que ver con otros años.

Muchas horas de estudiar las mejores rutas para recorrer el galimatías de las Cícladas de la forma más lógica. Muchas horas calculando y cuadrando fechas, buscando y comprando billetes de avión y los mil repuestos que necesita el barco. Muchas horas planificando milimétricamente las actividades necesarias para dejarlo operativo, con sus prelaciones y sus dependencias, con estimaciones de duración y del día en el que ejecutarlas. Cualquiera diría que Lucía y yo hemos sido project managers y hemos trabajado en informática…

El tiempo pasa rápido. Y, de repente, un día de marzo en el que los griegos celebran su independencia de los turcos, te das cuenta de que el proyecto 2023 ya ha empezado. Ese día en que por fin llegamos a Leros en un vuelo desde Atenas que se hace muy corto (en esta época de la vida ya casi todo se te hace demasiado corto). Un 25 de marzo azul, tranquilo y luminoso, un día de primavera temprana.




El varadero tiene un aspecto muy distinto al que dejamos. El descampado árido y pedregoso de agosto, batido por el meltemi día y noche, se ha convertido en un bosque mágico y espeso de barcos, la mayoría veleros. Todos muy juntitos, con poco más que un pasillo angosto para que el tractor pueda maniobrar para meter y sacar barcos del agua. Los campos de los alrededores están ahora verdes, húmedos y llenos de flores. Y, sobre todo, no hay viento, es muy pronto para el meltemi. Artemis parece otro.

Foto de la cuenta Facebook del Artemis Leros Boatyard en 2019

Y allí, perdido en ese bosque, lo encontramos. Sepultado en tercera fila de una jungla de quillas, timones y soportes metálicos, como un cachorrito curioso que se aleja demasiado de casa y se pierde en la espesura. Con la cubierta inexplicablemente limpia (parece que aquí no llueve tanto barro como en Cartagena) y sin desperfectos apreciables. Un alivio. Dentro del barco nos embarga la extraña felicidad del regreso después de tantos meses, las sensaciones y el olor característico de los sitios que llamamos casa.



Esperábamos un varadero frenético de patrones preparando sus barcos, y no lo encontramos: Artemis está silencioso y tranquilo. Sólo parecen activos los belgas del Cecilia, justo en nuestra proa, y tres o cuatro tripulaciones más, perdidas en el mar de veleros. Claramente somos los más madrugadores de la temporada.

Y ese mismo día comenzamos la cuenta atrás. D-9. Nueve días para salir. No hay tiempo que perder, nos espera una hoja Excel con mil actividades. Hay que deshacer todos y cada uno de los preparativos de la varada de julio, reparar averías pendientes, hacer el mantenimiento anual de los motores, montar velas, pintar la cadena del ancla, limpiar, limpiar, limpiar… Y, sobre todo, colocar todo en su sitio de acuerdo con el orden milimétrico que nos permite llevar media vida a cuestas en un espacio tan pequeño como el Sargantana.



El tiempo sigue pasando rápido. Los nueve días se hacen cortos, descubrimos que montar lleva mucho más tiempo que desmontar. Aparecen contratiempos. El motor de gasolina de la neumática está atascado. Trato de desmontarlo, pero no soy capaz de separar el eje de su anclaje en el motor. Algo he hecho mal o la corrosión ha hecho su trabajo. Difícil de reparar aquí y en estas condiciones. Un contratiempo inesperado y caro. Decidimos comprar un motor eléctrico que nos permita obviar las incomodidades y la suciedad de la gasolina, los cambios de aceite y las revisiones anuales.



Después del primer fin de semana en Leros, seco y agradable, el tiempo se complica. Vuelven el frío y el viento, llueve a ratos. Vivir en un barco sobre un andamio es todavía menos agradable en marzo que en el verano. Los días se hacen plomizos y acabamos hartos de subir y bajar para ir al baño los trece peldaños de la escalera que tenemos apoyada en la popa.


Una semana gris. La única nota reseñable es el mecánico de Artemis al que finalmente encargamos hacer un chequeo y prueba en seco del motor del barco. Un chaval encantador y extraordinariamente competente, rápido y preciso. Me tranquiliza salir al agua después de haber visto cómo revisa concienzudamente todos los elementos que pueden causar problemas, tanto en el motor como en el saildrive. Le regalo el motor inservible de mi neumática. Él nos corresponde con un pulpo excelente de los que pesca su familia.

Llega el día de la salida. Al final casi nos pilla el toro, todavía estamos acabando cosas cuando la cuadrilla de operarios de Artemis se acerca con el tractor y las carretillas eléctricas y desmonta en unos pocos minutos todo el entramado de pilares de acero que sostienen al Sargantana. 




A las nueve en punto la comitiva está preparada como en una procesión (al fin y al cabo estamos en Semana Santa). Delante, el gran tractor amarillo paseando el barco con los andares majestuosos de un paso por las calles de Triana. En el medio, la carretilla elevadora que parece hacer ofrecenda a Eolo de nuestra neumática (y digo a Eolo porque se ha levantado un oeste cruzado que barrunto nos puede dar problemas a la hora de sacar el barco del pantalán). Y detrás, el grupo de afanosos tripulantes al que se han añadido Santi y Enric, del Xinxu, unos colegas de Barcelona que también salen al agua esta mañana. Se nos une un par más de operarios de Artemis. Con unos velones y unos capirotes pareceríamos una hermandad en procesión por Sevilla o Cartagena. Se echa en falta una saeta.

Vamos al agua.








domingo, 22 de agosto de 2021

Etapa 18: Preveza - Catania. Cinema Paradiso (1988)



Diez de la mañana. Recorremos por última vez el canal de aproximación a Preveza, en dirección oeste, hacia Sicilia. Es viernes y el parte anuncia viento moderado del norte en la primera mitad del viaje y vientos flojos en el Jónico italiano. Nuestro rumbo será casi oeste, camino de Catania, a unas 280 millas. 



A esta hora el sol está ya alto y se va disipando la bruma de casi todas las mañanas. En principio, debería ser un primer salto tranquilo para el viaje de regreso, pero Lucía no se encuentra bien. Tos, fiebre. Una gripe o un catarro que no sería demasiado problema en época pre-COVID, pero que en estos tiempos sí intranquiliza. Un test de antígenos da negativo, así que decidimos salir.



Αντίο, Ελλάδα. Hasta la vista Grecia. Queda mucho viaje todavía, pero el objetivo era Grecia y quizá es un buen momento para hacer balance. Un montón de jirones de recuerdos y de nostalgia se suceden y se superponen, como en la famosa escena de Cinema Paradiso, entretejidas con la música sublime de Ennio Morricone. Una película rodada en Sicilia, por un director siciliano (Giuseppe Tornatore), una de mis películas más queridas.

Han sido cuarenta días navegando el Jónico. Casi cincuenta contando el Jónico italiano. Más o menos lo previsto, al menos hasta que aparecieron los problemas eléctricos y de la transmisión. Seis semanas que nos han sabido a poco, han pasado como un suspiro y nos dejan muchas ganas de volver. Nos ha faltado llegar a Zakinthos y quizá una visita a la costa continental al sur del golfo de Corinto.


Tenemos que volver a Grecia, porque navegar por aquí es diferente a todo lo que habíamos hecho hasta ahora. No hay comparación posible con las costas de España o Italia. Muchísimos más barcos, sobre todo veleros (muchos de alquiler), pero en un espacio infinito para navegar y para fondear. Incontables islas, puertos, calas y playas. Han sido semanas de descubrir lugares fascinantes, de conocer gente nueva, de otra comida, otros olores, otras costumbres, de sorprendernos con algo nuevo casi cada día.



Hemos aprendido mucho. Una infinidad de habilidades, de prácticas, de técnicas y de detalles que ignorábamos y nuevas experiencias que nos servirán para futuros viajes. Esta es una forma de navegar distinta. Nuevas maniobras y prácticas que aprender, pero sobre todo hemos descubierto una nueva forma de relacionarnos con los lugares que visitamos y con la gente que nos encontramos

En realidad en Grecia no se navega, al menos en la forma en la que hemos venido navegando hasta ahora. En Grecia, en el Jónico y seguramente en el Egeo, se salta de isla en isla como una especie de rayuela infinita.


Estamos acostumbrados a travesías maratonianas, singladuras de cincuenta o sesenta millas. Días de piloto automático y de pocos barcos en el horizonte, de preocuparnos sólo por el viento y por el rumbo con la concentración de un piloto de rally. De zarpar por la mañana y fondear por la noche, de no bajar a tierra más que para repostar o comprar suministros.


En Grecia, al menos una vez que estás aquí, no planeas una travesía diaria sino más bien el fondeo al que te mueves ese día, casi siempre a dos o tres horas de distancia. En Grecia tienes más tiempo para bajar a tierra, y más tiempo para todo. Casi en cada cala hay una taverna a la que te gustaría bajar. Casi en cada puerto querrías alquilar un coche para poder sumergirte en un país diferente.




Como ya nos habían anticipado, la temporada ideal en Grecia empieza antes y probablemente deba terminar también antes de lo que hemos hecho este año. Hace demasiado calor en agosto (incluso en julio) y los vientos térmicos, secos y asfixiantes, te complican los desplazamientos y llegan a exasperarte. No puedo ni imaginarme lo que será el terrible meltemi del Egeo. En Grecia hace calor, mucho calor.





En Grecia necesitas muchos chismes para navegar que raramente usas en España. Necesitas una pasarela. Cuando amarras en un puerto la popa del barco suele estar a más de un metro del muelle (para evitar escollos y golpes por olas inesperadas). Es imprescindible tener una pasarela cómoda, ligera y fácil de instalar y estibar. Nosotros tuvimos que comprar una barata, un simple tablón de madera, a toda prisa en Preveza . Este invierno habrá que reemplazarla por una más funcional, con un buen arraigo en la popa y un sistema para elevarla.

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También necesitas cadena, mucha cadena, y un buen ancla que agarre en arena, barro y posidonia (sí, en Grecia no hay restricciones a fondear en posidonia, igual porque tienen de sobra). Necesitas un gancho para desenganchar anclas (algo que pasa regularmente y que se toma con toda naturalidad). Este es el que compramos, también en Preveza.


Necesitas cabos largos para fondear con cabo a tierra. Es interesante tener un buen sistema para anclar por popa (aunque este año no lo hemos necesitado). 

Y necesitas mucha energía. Muchas baterías y placas solares. El calor exige mucho trabajo a la nevera, y es incómodo estar permanentemente pendiente del nivel de carga y de arrancar el motor cuando baja demasiado. Si no aire acondicionado (planteable), al menos es imprescindible tener ventiladores. Además el consumo de electrónica cada vez es mayor. En nuestro caso eso implica instalar un arco en la popa para poder montar placas solares rígidas adicionales y por supuesto un parque de baterías con suficiente capacidad.



Este año hemos aprendido también que en viajes largos, sobre todo ahora que el barco tiene unos añitos, es inevitable afrontar problemas mecánicos y, en general, cosas que se rompen o dejan de funcionar. Desde el plotter, que ya no lee la tarjeta de memoria con las cartas, la radio auxiliar VHF de cubierta, que ya no se conecta, los descosidos de la capota, las roturas del enrollador del génova o los problemas con los cables de los móviles, hasta quedarnos sin baterías de servicio o sin retenes en el saildrive. 


Muchos problemas que ha habido que arreglar o soslayar. Algunos por pura fatalidad, pero otros quizá evitables con más mantenimiento preventivo. La nevera, el molinete, las velas y, en general, toda la electrónica son elementos a revisar durante el invierno para tratar de prevenir problemas.



Los griegos son gente encantadora. Los percibes cercanos, tanto en su forma de hablar como en su forma de ser y su cultura. Eso sí, el idioma hace las cosas difíciles, sobre todo el hecho de no poder leer con soltura su alfabeto. Cada cartel es un jeroglífico. Cierto, una gran mayoría de las personas con las que interaccionas habla inglés, pero vamos a tratar de acercarnos más a su idioma y su cultura (de hecho Lucía ya me lleva ventaja). Este año hemos interaccionado con mucha gente, pero no tanto con locales, y es evidente que hay muchas cosas fascinantes que descubrir en ellos.



Tenemos decido traer al Sargantana a Grecia de forma permanente. El viaje de ida y vuelta es largo y pierde bastante interés una vez que lo has hecho varias veces. Grecia es el gran aparcamiento invernal de veleros de Europa. Hay miles de ellos en las “marinas secas” que encuentras por todas partes. Sea en Preveza o en otro sitio, es mucho más práctico y más barato hacer lo que tantos ingleses, holandeses o alemanes. Tener una base en Grecia nos permitirá viajar al Egeo, a Turquía, a Creta, a tantos sitios inaccesibles desde España.


Al menos en mi caso, ya pienso en el año que viene tanto o más que en el resto del viaje, como cuando planificábamos un nuevo año fiscal con muchos meses de antelación en mi época laboral. Nada malo, todo lo contrario. Planear y preparar un viaje es casi tan fascinante como viajar, y ahora Lucía y yo tenemos todo el tiempo del mundo. Hay mucho que hacer, y abril está más cerca de lo que parece.


Ahora nos toca navegar el sur de Sicilia. Queremos tratar de ir a Malta, aunque los planes habrá que ajustarlos a la meteorología. En España el tiempo está revuelto. Tormentas en toda la península y una DANA amenazando, como siempre, al Levante a finales de agosto. Lo habitual. Sabemos que dentro de unos pocos días las borrascas se moverán hacia el este y nos las encontramos en Sicilia y luego en Cerdeña, así que habrá que estar atentos.











viernes, 20 de agosto de 2021

Etapa 17: Preveza. Groundghog's day (1993)


De nuevo en Preveza, por tercera vez en este viaje. Como en “El día de la marmota” ( o “Atrapado en el tiempo”, según la bautizaron en España), amanecemos una y otra vez en esta ciudad, casi como una maldición bíblica...

Llegamos el viernes poco después de amanecer. La travesía nocturna sin novedad. Todo lo que pudimos a vela y, cuando cayó el viento, a motor, pero mimándolo al máximo. Dedicamos la mañana a pedir presupuesto y disponibilidad a las tres marinas de la zona. Finalmente cuadramos agendas: el martes nos esperan a mediodía en Marina Ionion y un mecánico que nos han recomendado, un tal Dimitri, estará allí para revisar el saildrive.

Dicen que la vida no es más que una secuencia de sensaciones y de estados de ánimo, y, en este caso, aplica más que nunca. Nos sentimos casi a salvo, en un muelle conocido, relativamente cómodo y barato. Con la perspectiva de volver a tener el Sargantana totalmente operativo en unos días. Qué poco hace falta para cambiarlo todo.

Y así, cada día en Preveza, a partir del viernes, será como un día de Bill Murray en "Atrapado en el tiempo". Días muy parecidos, de sol y de calor. Días de pereza, de libros y de cervezas tumbados en cubierta a la sombra de los toldos. Días de paseo y de compra en el supermercado. Pero también días de olor a sardinas a la plancha en los restaurantes del paseo y días sin hielo, porque parece que la fabrica que abastece a la ciudad ha roto stocks. 

Pero, sobre todo, días de alivio. De dejar de pensar por fin en el barco y sus problemas. Y cada día disfrutamos de la monotonía espesa de las primeras horas de la tarde, en las que nadie se aventura a caminar por el muelle y sólo unos pocos turistas se apiñan junto a los grandes ventiladores de la terraza del Metrópolis.

Y socializamos con nuestros vecinos. Amarrado a nuestro babor, el Tanga, un bonito velero de nuestro amigo Dean. Dean es consultor de startups, australiano, muy simpático y trabaja en remoto desde el barco. El solo, porque su gobierno sigue sin dejar volar a su familia, por el COVID. Quiere montar una empresa de “charter aventurero” para ejecutivos. 

Y, más allá, otro tipo simpático: Gianni, un ingeniero de Catania que pudo por fin volverse a su Sicilia natal desde Milano y que regresa con su barco Mathilde, cargado de bambini y de botellas de vino siciliano. Nos regala un tinto por haberle ayudado con la conexión eléctrica. No hacia falta, Gianni, pero se agradece. 

Y, al final del muelle, Katy y Ángel, dos exiliados del Silicon Valley que cambiaron su vida para navegar por Grecia e Italia en su Gradisca, y relatan su aventura en un blog luminoso y lleno de gracia.

Finalmente, el martes atracamos el Sargantana en Marina Ionion, con la excitación y los nervios de los padres novatos que llevan a su hijo por primera vez a un hospital. No llega ni a una milla de distancia, pero agradecemos el desperece, volver a movernos después de tantos días parados.

La marina nos causa una impresión excelente. Extraordinariamente cordiales, amables y muy profesionales. Perfecta la operación de izar el barco, colocarlo en un remolque que arrastra un tractor y montar la “cuna” o andamio en el que el Sargantana queda colocado para su reparación.


Eso sí, nos dicen que es imposible completar todas las operaciones y la reparación en un solo día, y eso nos obligará a pasar la noche en el Sargantana varado en su andamio. Toda una experiencia. 


Y Dimitri por fin llega, revisa la hélice y el saildrive, y diagnostica: hemos perdido el ánodo de sacrificio, una pieza de zinc que se coloca en la cola de la hélice para evitar la corrosión galvánica. Es extraño, porque se colocó nuevo hace unos pocos meses, en Cartagena. Pero el hecho es que en la hélice queda un hueco muy llamativo en el que se ha adherido mucho caracolillo. Según Dimitri, el caracolillo ha podido dañar los retenes.


No acaba de ser una explicación convincente, pero es lo que hay. Dimitri hace un buen trabajo y, a primera hora de la mañana, tenemos la hélice otra vez montada, con ánodo y retenes nuevos. Esperemos que eso solucione el problema definitivamente.


Decidimos iniciar nuestra primera travesía hacia el oeste. Vamos camino de Sicilia. Tenemos por delante un salto de casi 300 millas y una meteo favorable. Volvemos a navegar.

Y esto hace una semana más en Preveza. Como en la película, Grecia nos enseña que intentar anticipar, diseñar, planificar y controlar hasta el último detalle no siempre da el resultado esperado. Grecia nos enseña a dejarte llevar. La marina te hace sitio el martes, y no el lunes, como tú querías, porque no puede. Y por la tarde no trabaja porque es martes. Y el mecánico te dice que está allí a las doce y se retrasa una hora porque es el mecánico.Y se lleva tus piezas y te dice que ya volverá con ellas al día siguiente porque va a volver, y va a acabar la reparación, y lo hará muy bien. Y los operarios no te echarán el barco al agua hasta después de unas horas porque, antes, se irán a comer. Y lo van a echar, y será un trabajo de primera. Porque sí, porque esto es Grecia, y tiene su ritmo propio. Y porque para estar en armonía tienes que aceptarlo y tienes que fluir con él.

En Preveza toca “slow living”. Nos hacemos amigos de Dean por las circunstancias. Navega solo y cualquier invitación a una cerveza es para él una oportunidad de hacer amigos. Pero, y sobre todo, porque nos han unido las carcajadas a costa de la maniobra de atraque más chusca que he visto en toda mi vida náutica. Un grupo de tíos españoles, maduritos, primera vez en Grecia, primer amarre al ancla, con solo 35 metros de cadena, una sola estacha, muchos nervios y muy poca destreza. La combinación no es buena. Son tres intentos en los que acaban por dos veces abarloados violentamente a nuestro estribor, golpeando nuestra amura, enredados en la cadena del australiano y barriendo las proas de media docena de barcos amarrados en el muelle de la ciudad; con derrota y huida posterior a la marina, donde marineros profesiones les cobrarán por la ayuda y los consejos que nosotros les prestamos gratis, aunque hayan servido de tan poco. El mundo náutico es un mundo unido, en el que empatizamos y nos ayudamos los unos a los otros como si nos fuera la vida en ello. Pero tiene un límite. Y estos españolitos de barco dominguero alicantino supieron bien cómo cruzarlo. 

La preocupación por la integridad de nuestros respectivos barcos y las apuestas sobre cuál iba a ser el siguiente episodio de los Benny Hill del día nos acercaron al Tanga y a su armador. Pasamos una agradable velada compartiendo, delante de una botella de "metaxa", historias náuticas y de vida. Todo en Grecia es una oportunidad para disfrutar de nuevas compañías. Solo hay que saber atraparla.


Aprovecho estos días para empezar a estudiar griego. De entrada, me conformo con aprender el alfabeto y familiarizarme con diptongos y letras compuestas. Practico caligrafía. Vuelve a mi memoria el recuerdo vibrante de mi madre enseñándome a leer siendo yo pequeña, en casa, por las tardes, después de comer. Siento la misma excitación de entonces cuando por la calle me paro delante de todos los carteles y voy pronunciando despacio: la χ con la ε, “che”; la λ con la ώ, “lo”; la ν con la α,”na” .

- ¡Chelona! ¡Ahí dice chelona! ¡Tortuga se dice chelona!


En nuestro deambular por la ciudad, nos acercamos al castillo de San Jorge y constatamos que Preveza es algo más que el paseo del muelle y las bonitas y cuidadas calles peatonales del centro. Como ya descubriéramos en nuestra primera estancia, las aceras se acaban de repente, dando paso a una sucesión sin orden de casas a orillas de calzadas, caminos y carreteritas, más rurales en la zona norte, más residenciales en la parte sur. Es en esta zona sur donde se encuentra el castillo de San Jorge, cerrado y semiabandonado, frente a una sucesión de playitas urbanas entre arboledas que hacen las veces de merenderos. 




Toca ir al varadero. Ionion es la más chiquita de las tres marinas que se alinean en la costa de enfrente de la ciudad y tiene el travelift más ligero, pero es suficiente para nuestro pequeño velero. En la recepción, Matina, con quien hemos intercambiado tantos correos y llamadas telefónicas, me emociona con su español perfecto, el español cantarín y un poco rasposo de los griegos que lo aprenden en el colegio. 

Es la primera vez que dormimos en el barco en tierra. El vértigo de subir por la escalera de mano, apoyada precariamente en el espejo de popa, y la sensación de que cualquier movimiento un poco brusco va a desestabiliza el barco en su cuna los tengo grabados a fuego. El edificio de los baños, limpísimo y apenas transitado, está cerca, aunque hay que bajar y subir la escalera cada vez. Los inodoros del barco tienen un depósito de aguas negras, pero la bomba funciona con agua de mar, así que no se pueden usar. Tengo que poner cosas bloqueando el paso a los baños, para acordarme, por si me levanto de noche, medio dormida.




Tras la reparación, volvemos del varadero al muelle de la ciudad. Volvemos a amarrar al lado del Tanga. Volvemos a la compra en los pequeños supermercados locales, en los que no saben lo que es el gluten. Volvemos al olor de las sardinas, que no nos resucitan como al gato de la canción, sino que nos retrotraen al día de la marmota en que se ha convertido este sitio. A la mañana siguiente, 20 de agosto, ya no suena “I got you babe” en la radio y zarpamos con buen ánimo, aunque esta sea nuestra despedida de Grecia.