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miércoles, 17 de mayo de 2023

Ermoupoli. Mármoles y buganvillas

Ermoupoli. En griego “la ciudad de Hermes”, el dios del comercio de los antiguos griegos, el heraldo de los dioses, de las fronteras y los viajeros que las cruzan. El dios de la astucia, del engaño, de los ladrones y de los mentirosos. El que guía a las almas en el inframundo de Hades.

Ermoupoli, capital de la isla de Siros y por extensión de todas las Cícladas. Una ciudad brillante que nos aparece repentinamente por la amura de estribor, como una visión, cuando costeamos Siros por el sur en nuestro camino desde Antiparos. Una ciudad distinta a las otras que hemos visitado en el Egeo, cosmopolita, de contrastes, calles de mármol blanco y buganvillas en flor. De cafés elegantes en plazas tranquilas, a pocos metros de calles bulliciosas. tiendas y tráfico incesante.

Fachada en la calle Protopapadaki


Una de las calles que bajan al puerto

Calle Protopapadaki

Café Megaron, en la calle Protopapadaki


Un enorme puerto que alberga uno de los mayores astilleros de Grecia, casi metido en la ciudad, con ruido incesante de grúas y maquinaria. Ferries entrando y saliendo a toda velocidad. Barcos de pesca e incluso petroleros cargando y descargando combustible para distribuirlo por las islas cercanas. Una especie de maremagnum pero que de alguna forma parece tener una cierta armonía, quizá la de miles de años de práctica.

Vista de Ermoupoli con las dos colinas y el astillero

Llegamos a Ermoupoli para comprar, claro, es lo suyo en la ciudad del comercio. Llevamos ya muchos días fondeandos en islas pequeñas, con apenas alguna tiendita de suministros básicos, y necesitamos un supermercado. Además, tenemos que buscar una ferretería náutica para conseguir repuestos con los que resolver varios problemas pendientes en el Sargantana, en especial uno que nos lleva de cabeza desde hace ya muchos días. El calentador de agua tiene una pérdida que nos acaba llenando la sentina.

Parece que este es el año de los problemas de fontanería en el Sargantana. En este caso creemos que es envejecimiento de alguna de las juntas de estanqueidad del calentador. Encontrar repuestos es casi imposible en las Cícladas, pero Ermoupoli tiene una tienda de suministros náuticos en la que quizá podamos encontrar lo que necesitamos

Al llegar al puerto tenemos que decidir dónde amarrar. Una alternativa es el muelle municipal de la zona norte, junto a la zona comercial y el centro de la ciudad. A priori, lo obvio. Pero hay dos cosas que no nos gustan. La primera, que los amarres están literalmente tomados por las terrazas de los restaurantes, que plantan sus mesas al borde del muelle, casi en la popa de los barcos. Y la segunda, que la ola que provocan los ferries en sus continuas entradas y salidas sacude a los barcos amarrados haciéndolos chocar contra el muelle o entre sí.

Puerto municipal en la ciudad, con las popas en las terrazas de los restaurantes


La alternativa es una marina semiabandonada en la parte sur de la bahía. Un lugar desolado y un poco sórdido, entre ruinas de antiguas fábricas, de muelles desastrados con norays y argollas oxidados y polvorientos. Mucho más tranquilo que el muelle municipal, pero bastante lejano del centro. Parece ser usado por los locales para sus barquitas de recreo y de pesca, pero no tiene agua, electricidad o alguna mínima instalación.


Marina sur, medio abandonada. Al fondo se pueden ver los restos de una antigua fábrica


Sin embargo la marina tiene algunas ventajas. Está muy cerca de los grandes supermercados y sobre todo de la tienda de suministros náuticos que necesitamos. Y es gratis. Vamos a echar un vistazo y nos convence lo suficiente como para quedarnos al menos una o dos noches y ver qué tal se duerme allí. Eso sí, tenemos que atracar pegados al muelle exterior, con muchas amarras de protección para que el Sargantana no se empotre contra la pared con el oleaje que a veces se forma en el puerto.

Sargantana en el muelle exterior de la marina sur

Trayendo combustible de la gasolinera que está a la entrada de la marina


Pasamos cuatro días en Ermoupoli. Muchas compras y mucho bricolaje, pero también aprovechamos para recorrer la ciudad. No tenemos agua en el puerto y por eso no podemos ponernos con el calentador. Lo dejaremos para la próxima recalada, en la isla de Tinos.

De paseo por la ciudad





En NoForeignLand puedes leer sobre la marina abandonada de Ermoupoli y también seguir a Sargantana

martes, 16 de mayo de 2023

Agia Irini. Subiendo al norte

Strongli, Despotiko, Antiparos y Paros. Cuatro islas muy cercanas, ordenadas de oeste a este de menor a mayor. 

Nos apetece ir a Despotiko a ver el sitio arqueológico que tuvimos que obviar cuando pasamos por estas islas volviendo del oeste, hace diez días. Pero, como siempre, la "meteó" es la que manda. Ir a Despotiko nos llevaría demasiado a poniente y, con el viento que se espera para los próximos días, nos interesa subir rápido al norte, hasta Syros, y refugiarnos allí. 

Nos planteamos un fondeo intermedio para acortar en un par de horas  la subida a Syros del día siguiente y, a mediodía del martes, ponemos rumbo a Antiparos

Paros y Antiparos, están muy juntitas y el paso entre ambas tiene cierta fama. Cerca del extremo norte de Antiparos hay que ir atento a la carta controlando la ruta y las profundidades, pero a cambio ofrece un paisaje extraordinario, de costas suaves relativamente cercanas, playas, islotes desperdigados y formaciones rocosas asomando del agua como salidas de ningún sitio. 



El fondeadero previsto en el extremo norte de la isla es una maravilla, pero no podemos quedarnos: el viento es justo el contrario al esperado. Decidimos cruzar a la costa de Paros, enfrente, y probar suerte en la pequeña cala de Agia Irini, que vemos marcada en la carta pero no tiene ni una sola crítica en Navily. 




Agia Irini resulta muy bonita y un buen tenedero para el ancla. Y aunque el viento cambia de dirección unas mil veces, haciéndonos bornear 360 grados, pasamos una tarde y una noche deliciosas. Estamos completamente solos, salvo por los dos barcos turísticos que hacen allí una pequeña escala de media hora para que sus clientes se arriesguen a un baño en las aguas gélidas. Luis también se baña, a pesar de los 18 grados. Yo prefiero esperar a que llegue el verano…






domingo, 14 de mayo de 2023

Aliki. Volviendo al oeste

Salimos de nuestro semiencierro de Amorgos camino del oeste. Nuestro siguiente objetivo es la isla de Siros, justo al otro lado de las Cícladas, completando un bucle más en una trayectoria que ya tiene un punto de caótica, con tanta ida y tanta vuelta.

El viento continúa siendo fresco y del norte, pero ya más asequible que en los últimos días, y esperamos que el oleaje furioso del norte de Amorgos haya cedido un poco. Confirmado. El día es soleado y perfecto para velear, con trinqueta y toda la mayor arriba, en un descuartelar al límite del rizo. Es el viento que más gusta al Sargantana, con el que corre salvaje y feliz, saltando olas como un potrillo.


Trinqueta arriba


No tenemos claro adónde ir exactamente. Siros está demasiado lejos para llegar en una única singladura y nos pasamos la mañana trazando posibles rutas y evaluando recaladas. Lo más importante es repostar agua. Llevamos demasiados días sin entrar a puerto y estamos casi secos. Decidimos ir a probar Kalantosal sur de Naxos, que en las guías parece un pequeño puerto en medio de la nada, probablemente un refugio de barcos de pesca reconvertido en marina.

Exactamente lo que es. Hoy es domingo a primera hora de la tarde y en el puerto de Kalantos no hay un alma. No vemos barcos, sólo cuatro o cinco barquillas de pescadores y un velero fondeado afuera, en la pequeña ensenada junto a la playa, justo antes de la bocana. A lo lejos se pueden ver algunas casas blancas desperdigadas por la falda de la montaña. 

Los grifos funcionan y decidimos que quizá no merece la pena quedarse aquí. Podemos llenar depósitos y buscar un fondeo más agradable.

Nos ponemos a ello. A los pocos minutos vemos cómo aparece un cochecito verde, un tanto desvencijado, del que se baja Vassilis, el capitán de este puerto solitario, que nos mira con ojos desconsolados cuando le decimos que le pagamos el agua pero que no nos quedamos. Aprovecha para colocarnos un queso de cabra artesano que hace él mismo en su granja y se va para su casa, probablemente a continuar la siesta de la que le habíamos sacado.

Viendo el partido en el camino


Reanudamos nuestro camino, aprovechando el magnífico descuartelar que por fin nos ha regalado el Egeo, hasta nuestro punto de recalada. Fondeamos junto al puerto de Aliki, en el sur de la isla de Paros. Una buena y tranquila playa de arena donde apetece quedarse un par de días, ya a tope de agua y a cubierto del pertinaz norte.Y lo mejor: un lugar en el que la temperatura del mar ya no está en niveles propios de pingüino y donde cabe intentar el primer bañito en condiciones de esta temporada.

Vista del pueblo de Aliki desde el puerto

Pulpo secando al sol en uno de los restaurantes del puerto


Terraza al borde del agua en el puerto


Pequeño rincón de amarre para lanchas en el puerto, donde es fácil dejar el dinghy


La curiosa ancla sumergida a la entrada del amarre de las lanchas




jueves, 11 de mayo de 2023

Amorgos. Rock 'n' Roll

Amorgos en griego se pronuncia Amorgós, con una tilde que hace este nombre aún más sombrío

Ayer obviamos Katapola, el puerto de la isla de Amorgos, por su configuración, no apropiada para este viento, y por los comentarios en Navily de otros navegantes, alarmados por el movimiento que genera la ola de los ferries y horrorizados porque uno de ellos, el pequeño, se queda allí a pasar la noche y el fin de semana, bloqueando con la suya la cadena de los veleros atracados. 

Hoy todas estas consideraciones desaparecen de un plumazo tras pasar la noche en la bahía de Nikouria en tres metros de agua, con rachas de viento que nos hacen bornear (oscilar como un péndulo colgados del ancla) incesantemente, teniendo que estar pendientes en todo momento de que los borneos no nos lleven a aguas menos profundas y toquemos fondo. En estas situaciones la tecnología ayuda: tenemos una alarma para fondeos muy fiable que, configurada con precisión, nos deja dormir. Medio vestidos, eso sí, y con la linterna a mano, por si hay que salir a escape a mover el barco.

Nos volvemos a enfundar la ropa de abrigo y ponemos rumbo a Katapola. La travesía vuelve a ser incómoda, con viento de través, con ola y con nubes grises que amenazan lluvia. 



En Katapola nos encontramos un muelle pequeño e incómodo que responde a las descripciones, con dos zonas de atraque de ferries que prácticamente hay que adivinar para no invadir. Tres veleros, 15 nudos de amura, ningún hueco a barlovento de otro barco en el que apoyarnos en el atraque y nadie a la vista para ayudar con las amarras. 

Pronto descubrimos que los comentarios de Navily han obviado algo importante: el fondo del puerto no es un buen tenedero, al menos para nuestra ancla. Tres veces, tres, intentamos la maniobra de atraque y por tres veces la Delta garrea en la hierba del fondo. 

Sugiero a Luis desistir del puerto y fondear en la bahía del pueblo, en la que ya hay otros tres barcos que, imagino, han pasado por una experiencia parecida. No es un fondeo nada cómodo. Para evitar la hierba y pillar arena hay que echar el ancla demasiado cerca de la playa, lo que nunca es recomendable si el viento sopla del mar. Afortunadamente, nuestra ancla en arena es como una pala excavadora: se entierra y, con suficiente cadena, puede soportar este viento y muchos nudos más. Lo cual no quita para que estemos pendientes de la alarma de garreo las 24 horas. 

El anochecer del segundo día anuncia  el final del temporal


Pasamos dos días de "rock and roll" a bordo, esperando que amaine el viento y baje la ola. No nos gusta tener la costa tan cerca, miramos continuamente la profundidad y los cambios de dirección del viento, incansable, húmedo y fríoLos borneos son de 180°. Llueve, es incómodo estar en cubierta. Hay olas con espuma que rompen en el casco y en la playa. Luis piensa que deberíamos haber intentado la marina del otro lado de la bahía, donde los pescadores. Lamenta haberme hecho caso, pero no me lo reprocha. Yo tengo el ánimo por los suelos debido a las recientes experiencias y hasta desconfío de este fondeo a pesar de que a todas luces es seguro, como constataré cuando nos vayamos de aquí y apenas consiga subir el ancla, enterrada en un fango pastoso y duro del que resultará tremendamente difícil arrancarla. 

Al tercer día, por fin, brilla el sol. El viento ha amainado y nos animamos a echar el dinghy al agua para bajar a tierra y salir por unas horas de esta prisión. Las tripulaciones de los otros tres barcos han debido pensar lo mismo y las neumáticas se juntan en el puertito de lanchas de pesca. La ola ha disminuido mucho, pero no lo suficiente como para llegar secos a tierra. Nos da igual. Necesitamos estirar las piernas y comprar algo de fruta y verdura. Hacerlo con el pantalón empapado es lo de menos.

Barca en el muelle de pescadores 


Barca en el muelle de ferries


En nuestro paseo descubrimos un pueblo chiquito, sin encanto, con una iglesia, una escuela, alguna taberna y dos o tres tiendas de comestibles diminutas, los colmados de antaño. Está en una llanura fértil, plantada de viñedos, al pie de la larga cadena montañosa que constituye esta isla.

En el pueblo

Nos llegamos hasta el puerto, donde sí se ve un puñado de tiendas de recuerdos turísticos y más tabernas. Comprobamos que los barcos allí atracados han perdido el fondeo (es como llamamos a que el ancla no les sostenga) y están aguantados como pueden, con amarras de barco a barco y al muelle lateral. Un par de ellos tiene la popa, llena de defensas, prácticamente incrustada en el muelle. Sin duda el atraque aquí es malo, lo cual me consuela en cierto modo de mis intentos fallidos con el ancla hace unos días y pienso que prefiero nuestra situación en el fondeo a la precariedad del puerto. No sé si Luis está tan de acuerdo.

Sargantana en su fondeo frente al puerto de ferries



lunes, 8 de mayo de 2023

Cícladas Menores. El día de la marmota

Salimos de Naxos en estampida a primera hora del lunes, después del temporal. Nosotros y casi todos los barcos del puerto (al menos los transeúntes). El Sargantana se desentumece después de cuatro días de aguantar estoicamente viento duro por la proa, en este puerto un tanto descabalado, incómodo y ruidoso.

El pronóstico es bueno para toda la semana. Seguirá soplando del norte, pero moderadamente y sin apenas nubes. A priori, excelente para la siguiente etapa, la de las Cícladas Menores (Little Cyclades como las llaman los ingleses), unas islas pequeñas, tortuosas y bastante solitarias situadas al sur de Naxos y que últimamente se han convertido en icono del turismo chic de saldo, que busca playas desiertas en ferry-bus de media pensión. Desiertas hasta que llegan ellos, por supuesto.

Llegamos a Schoinoussa en poco más de tres horas de navegación plácida “a la francesa” (sólo con el genova), en un día radiante pero algo frío. En el fondeadero al que nos dirigimos encontramos ya cuatro o cinco barcos (cómo se nota que estamos ya en mayo), entre ellos nuestro vecino de amarre en Naxos, Pierre-Yves, que va camino de Santorini convencido de intentar lo imposible: una plaza de amarre por una noche. Son valientes y temerarios estos chicos de Burdeos. Con esa actitud no extraña que los franceses acabasen colonizando media Polinesia.

Fondeo en Schoinoussa


Poco que contar de Schoinoussa. Sol, viento agradable y poco más. No tenemos demasiadas ganas de bajar a tierra y el mar sigue impertérrito en 18 grados, así que nadar sigue siendo una quimera. El plan del viaje se basaba en que, a estas alturas de mayo, el tiempo daría para baños en estas calas semidesiertas y espectaculares. Lo de las calas, sí, perfecto. Lo del tiempo, ya si eso… 

Hemos aprendido que el Egeo tiene viento y fresquito todo el año, incluidos primavera y verano (y no me quiero imaginar el invierno). Y que los pronósticos tienen un punto “Rappeliano”. 

En la segunda recalada de las Cícladas Menores, en la isla de Kato, descubrimos (de un día para otro) que lo que iba a ser una semana tranquila va a complicarse más de lo previsto: vuelve el norte duro. 

El fondeo en Kato nos permite jugar en el dinghy entre las cuevas, antes de que se líe la tormenta




Lógicamente todos salimos a escape a primera hora de la mañana. Pierre-Yves huye despavorido hacia el sur, camino de Ios y Santorini. Casi todos los demás ponen rumbo hacia el oeste, que parece más tranquilo. Nosotros decidimos ser valientes y continuar hacia el este, camino de Amorgos. Tenemos varios fondeaderos donde podemos buscar refugio, en Keros o al sur de Gramvousa. O a malas, continuar hacia Katapola, la capital de Amorgos, a pesar de su fama de isla peligrosa, con grandes olas y una leyenda negra de que su población se dedicó desde siempre al pillaje de los barcos naufragados.

El día se tuerce, como suele pasar en estos casos. Pasamos por Keros, pero el fondeo es inviable. El viento catabático ha convertido la cala (que ya de por sí es muy estrecha) en una lavadora en programa de centrifugado. La de Gramvousa, poco más o menos: un sitio precioso, pero con olas tremendas. Hay que seguir.

Mar picada cruzando a Gramvousa


El viento está ya casi en treinta nudos, amenaza lluvia y tenemos olas de más de dos metros. Nosotros navegamos de mala manera, a motor y sin vela. A estas alturas no cabe sino declarar éste como “otro día de mierda”. Benditas primaveras del Egeo…

Decidimos que Katapola no es un puerto cómodo ni abrigado con mar del noroeste. Amarrar con ancla contra una pared, con veinticinco nudos y ola por la proa no es gracioso. Probamos a seguir unas millas más al este, hacia una bahía que parece muy resguardada: Nikouria.

Llegamos ya por la tarde. Una bahía al norte de Amorgos, muy protegida por el islote de Nikouria, con forma de boomerang. Una laguna tranquila en la que el viento es manejable y que promete una noche, o varias, de cierta tranquilidad. Un lugar perfecto salvo porque la cobertura de móvil es casi nula y, sobre todo, porque el fondo no es buen tenedero, al menos para nuestra ancla.

La bahía de Nikouria nos recibe con el agua en calma. 
Un descanso después del mar embravecido de toda la jornada.

Once veces tratamos de fondear y once veces fracasamos. Nos movemos por la bahía buscando huecos de arena entre la vegetación del fondo, donde nuestra ancla garrea irremisiblemente. Se nos va ya la luz y los últimos intentos son en la oscuridad de una noche que anticipamos incierta, porque no tenemos adónde ir.

Pero a la duodécima conseguimos el bingo. El ancla agarra por fin, no sabemos muy bien cómo. Podemos irnos a dormir. Una de esas pequeñas aventuras que acaban bien, afortunadamente.

Los doce intentos de fondeo en Nikouria

De todas formas, Nikouria no es la solución. El parte anuncia al menos tres días más de temporal. Demasiado tiempo para quedarnos encerrados en el barco sin contacto con el mundo. Mañana hay que buscar mejor refugio.



jueves, 4 de mayo de 2023

Naxos. Recuerdos de infancia

En Gijón, cuando yo era pequeña, los de la pandilla teníamos un juego. Consistía en correr por turnos por la arena de la playa, desde una escalera a la siguiente, cuando la marea estaba subiendo y ya empezaba a lamer las paredes del paseo marítimo. Había que calcular, desde que se retiraba una ola, lo que tardaría en romper la siguiente para no mojarse los pies (o más que los pies). El que perdía era el objeto de las burlas del grupo esa tarde. Y de la cólera de su madre cuando llegaba a casa…Más que un juego era una bravuconada.

Hoy en Naxos me he acordado de Gijón. Y no sólo porque hayamos tenido que jugar para esquivar las olas rompientes en la estrecha pasarela de piedra que une el pueblo con el templo de Apolo. Sino porque el templo, que tiene forma de puerta y destaca sobre una elevación de la costa, se ve desde todo el pueblo y parece enmarcar el horizonte. Algo así como la escultura de Chillida en el cerro de Santa Catalina.


Portara, el templo de Apolo


Del antiguo templo queda apenas un par de columnas con su dintel, de ahí que lo llamen Portara. Leo en una guía de Naxos lo extraordinario que es y cómo deja una impresión imborrable en quien visita esta ciudad (sic). Así lo deben creer las decenas de visitantes que salen corriendo de los muchos ferries que cada día llegan al puerto y, a pesar de la lluvia y las olas, se apresuran a ser los primeros en hacerse la foto.


La pasarela que une Portara con el pueblo

Hay dos muelles para los ferries incesantes, uno de ellos en el puerto de pescadores en donde hay un par de pantalanes para los barcos de recreo. A nosotros nos colocan en el tercero, un muelle que compartimos con los barcos de pesca que estos días se dedican a remendar redes, esperando a que pase el temporal.



Muelle de pescadores donde está nuestro amarre


Muelle de ferries


El paseo del pueblo está tomado por barcos turísticos que ofrecen salidas de día a los destinos típicos, compitiendo por demostrar quién lleva el capitán más experimentado de la ciudad. Y también por enormes catamaranes y monocascos de alquiler que esperan pacientemente a que arranque la temporada. Este año venimos observando cómo, sobre todo en las ciudades más conocidas, estas flotas de alquileres locales están desplazando a los veleros de paso que solían atracar en el pueblo, un modelo que no hay en España y que nos gusta tanto desde que lo descubriéramos en Preveza hace tres años.


Vista de Naxos desde nuestro amarre


Paseo de Naxos

Los días retenidos en Naxos nos permiten hacer compra en abundancia para reponer la despensa y llevar la colada a una de esas lavanderías de puerto que, además de lavar la ropa, se han especializado en ofrecer a los navegantes todo tipo de servicios, desde hielo hasta duchas.

Deambulamos sin prisa por las calles del “kastro”, visitamos el museo arqueológico, paseamos por el muelle, llegamos hasta el rompeolas donde se concentran todas las gaviotas de la ciudad y vemos la enorme playa de Agios Georgios que parece ser el paraíso del “kite surf”.

Naxos visto desde su extremo sur

"Kastro" se traduce del griego como "castillo" y así he venido usando el término en este blog. Sin embargo, los "kastros" de estas ciudades son mucho más que un castillo. Son antiguas fortificaciones que abarcan viviendas, barrios enteros, y una o más iglesias, con la particularidad de estar la mayoría en alto y tener pocas puertas de acceso y calles estrechas y laberínticas. Creo que sería mejor llamarlos "castros", aunque en español el término esté reservado para los poblados fortificados romanos o los prehistóricos de Asturias y Galicia.

El "kastro" de Naxos es de lo más bonito, aunque esté parcialmente en obras. Aquí también hay tiendas, pero son todas muy discretas, camufladas detrás de las puertas de las casas, como si se tratara de una vivienda más. Y no son las típicas tiendas de recuerdos de producción en masa, sino pequeños centros de artesanía, la mayoría con el término "galería de arte" en el nombre. Muchas de ellas reproducen o toman como inspiración las estatuillas de mármol del 2500 a.C. que podemos ver en el museo y que se han convertido, junto con los "kouros", en la imagen de la isla.

Pequeña taberna en la subida al kastro



Una de las puertas de acceso al kastro


Una calle del kastro

La última tarde de domingo oímos desde el barco música en el puerto. Nos echamos a la calle, como siempre que escuchamos estos acordes griegos con reminiscencias turcas que parecen ejercer un imán sobre nosotros. Esta vez no es una celebración comunitaria del pueblo, sino un festival de grupos folclóricos de chavales y chavalas, ataviados con trajes típicos, que cantan y bailan frente a sus emocionadas familias y unos pocos lugareños. Nos quedamos a aplaudirlos un rato, pero regresamos pronto: hay que poner el barco a punto para salir mañana rumbo a un nuevo destino desconocido.


Festival folklórico en el puerto





En NoForeignLand puedes leer sobre el puerto de Naxos y sobre la puerta de Apolo. También puedes seguir a Sargantana

martes, 2 de mayo de 2023

Antiparos y Naxos. En la tormenta

Tenía que ocurrir, claro. En primavera llueve y ya tocaba. Hemos pasado un abril quizá más frío de lo esperado, pero muy seco.

Llega la primera gran borrasca de la travesía. Una baja que ha estado estacionada en Italia los últimos días ha decidido moverse lentamente a través del Egeo en su camino hacia Turquía y Asia Menor. Y hace que los mapas de previsión de viento se tiñan de rojo y que empecemos a escuchar por VHF las alertas de temporal.

Hacemos los correspondientes análisis sobre dónde conviene estar y cuándo. Y la respuesta es Naxos, que tiene un puerto deportivo relevante. La cuestión no es sólo estar protegido (algunas veces es más cómodo pasar el temporal en una cala resguardada que en puerto) sino también tener agua, poder comprar suministros y, sobre todo, poder bajar del barco y evitar la claustrofobia de varios días encerrados.

Tenemos que llegar a Naxos antes del diluvio y eso implica saltarse una recalada en Antiparos, una isla que merecería una parada de varios días. Qué le vamos a hacer, otro año será. 




En realidad el mal tiempo ha comenzado cuando todavía estamos en Sifnos. Nos movemos desde Vathi a la pequeña marina de Platys Gialos para repostar agua y diésel y ya allí vemos cómo el puerto se llena de barcos que buscan refugio. De hecho, salimos al día siguiente con mar muy formado e incómodo hacia Naxos, con una parada breve (para dormir) en la cala desierta de Livadi, al norte de Antiparos.


El puerto de Platys Gialos antes de que lleguen los barcos de la tarde


En Platys Gialos repostamos diesel y llenamos depósitos de agua


Nos preocupa, por primera vez este año, llegar a puerto y que no haya sitio. Se va terminando el placer de encontrarlos todos vacíos en estas primeras semanas. Las Cícladas, a diferencia del Dodecaneso y Creta, sí tienen una flota importante de veleros de alquiler, tanto con base en Atenas como en la mayoría de las islas grandes. Y la primera remesa que se pone en marcha coincide, lógicamente, con la semana de puente del primero de mayo.

Da pereza. Tener competencia en los puertos supone madrugar y llegar a destino muy pronto para pillar al vuelo alguno de los huecos que queden en el día. Salimos del fondeo de Antiparos antes de las siete para llegar a Naxos sobre las once de la mañana y tocamos madera. No nos equivocamos, a esa hora quedan sólo un par de plazas libres. De hecho, tenemos que elegir la menos mala, un hueco en el que nos comeremos por proa los cuarenta nudos del norte que pronostican. Qué le vamos a hacer. Lo que importa es que hemos esquivado el temporal que comienza en 3, 2, 1… y que nos recibe con una chupa de agua poco amistosa mientras recogemos velas en la bocana.


Justo antes de llegar a Naxos nos cae un chaparrón


Nos esperan cuatro noches de viento ululante. De estar pendientes de las amarras y de que los tumbos que pega el barco con tanto viento y tanta ola de los ferries no le empotren contra el pantalán o contra la motora semiabandonada que nos ha tocado como vecino. De visitar la capital (Naxos) y de expediciones de reabastecimiento a nuestros supermercados favoritos en Grecia: Masoutis y AB. Y de internet en la cabina del Sargantana porque el puerto nos ofrece una WiFi excelente.


Sargantana amarrado en Naxos


El tiempo, gris y lluvioso, y el viento, que no nos dan un poco de tregua hasta bien entrado el domingo, desdibujan un tanto nuestra visita a esta isla. Naxos es grande y tiene una ciudad amurallada espectacular. Y un monumento conspicuo, el Templo de Apolo, junto al puerto. Y, según dicen las guías, mucho que ver en el interior de la isla, alquilando un coche. Pero preferimos quedarnos tranquilamente en la ciudad, eso sí, mirando el parte casi compulsivamente, deseando que pase ya de una vez esta tormenta y que llegue el buen tiempo y el calor. Que ya toca.


Naxos desde nuestro muelle