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martes, 7 de mayo de 2024

Episodio 9. Sara. The Passenger (La Pasajera)

Empiezo a escribir en el aeropuerto de Corfú, desde donde voy a coger el avión que me lleve a Milán para juntarme con Irene y cumplir con el plan de aprovechar los días de “vacaciones forzadas” para pasar una semana con mamá y otra con ella. El vuelo sale a las 19:10. Son las 17:15. Se me mueve todo. Creo que es de las veces que con más tiempo llego a la puerta de embarque, que está cerrada. La gente ni siquiera ha empezado a hacer cola (¡qué fuerte!). Pero mamá y Luis no me han dejado quedarme tomando el sol en la playita que había al lado de la marina cuando ellos se han ido. “Aprovechas para escribir la experiencia”. Total, que aquí estoy escribiendo en las notas del móvil mi contribución al blog del Sargantana.

A mí se me mueve todo. Y eso que la sala de embarque tiene los asientos y el suelo negros, que dicen mamá y Luis que el mareo de tierra se nota sobre todo en sitios donde predomina el blanco.

El otro mareo, el de mar, pues ya depende de cada uno, y de cómo se mueva el barco. Ahora después me pongo con la narración cronológica del itinerario y esas cosas, pero adelanto que, para cómo se saltó, rebotó, crujió, se tambaleó y se escoró el pobre Sargantana durante la travesía de cruce a Grecia, yo diría que mis mareos han sido más bien discretos. Ha habido momentos críticos, pero he aguantado bastante bien. Y vale que la biodramina ayuda. Para quien no la haya tomado nunca: funciona más o menos como el cloroformo. Tú te la tomas y ya lo siguiente es que te despiertas unas horas (o días) después, sin saber muy bien dónde estás, con una sensación de paz muy profunda. Del mareo, ni rastro. Está genial. Y si ves que te vuelves a marear, pues te tomas otra. Yo se la recomiendo a todo el mundo, menos al capitán.


Martes 7 de mayo

Vuelo a Catania, cojo bus a Taormina sincronizada con mamá, que se ha bajado del barco en dingui, porque están fondeados, y ha cogido el bus que va justo antes del mío para subir al pueblo. ¡¡¡¡¡Reencuentro!!!!! Tenía muchas ganas de verla. Nos paseamos las dos por el pueblo de White Lotus, que se reconoce pero que en la serie mola más (aunque sigue siendo muy bonito). Yo tenía hambre así que nos sentamos en una terracita a que yo me comiera una piadina. Mamá, que se ve que lo que tenía era sed, se pidió un Spritz. Por cierto, momentazo cuando la camarera se refiere a mamá como a mi amiga. Yo me alegro por ella, porque confío en que es su edad la que la señora ha calculado mal.

Después fuimos a una ferretería y a hacer la compra. Cogimos el bus de vuelta y caminamos hasta un espigón donde Luis vino a recogernos con el dingui (adjunto fotos porque había una luz de atardecer preciosa). Después de cenar, el Sargantana puso rumbo a Roccella Ionica y yo, al camarote de popa.


Miércoles y jueves

Habíamos hecho 12 horas de travesía cuando mamá me despertó para que, por lo menos, hija, veas la llegada al puerto. La marina de Roccella está en una zona de pinos, separada del pueblo que está a media hora larga andando por un paseo marítimo. Íbamos a quedarnos dos días a esperar a que mejorara el tiempo para seguir de camino hacia las islas griegas del Jónico. El primero lo pasamos poniendo lavadoras y haciendo bricolajes en el barco (Sargantana destripado). El segundo, mamá y yo fuimos a por provisiones al pueblo. Mi nivelazo de italiano, y, sobre todo, el carácter de mamá, chafaron las intenciones del frutero que regló la balanza a un euro el kilo más alto del precio que nos había dicho el compañero que estaba fuera de la tienda con la caja de cerezas. “¡No, no. Sette no! Sei.” Ni en otro idioma se la cuelan a la mia mamma, menuda es.

Viernes y sábado

Nos levantamos a las 5 de la mañana y dio comienzo la Gran Travesía. No teníamos claro que fuéramos a poder hacer todo del tirón. A lo mejor había que hacer parada en Crottone, todavía Italia, antes de cruzar a Grecia. Dependía de las condiciones. Y al principio, bien. Mamá y Luis izaron la vela más grande. Avanzábamos rápido. Había olas y viento. El barco saltaba e íbamos en la bañera con los chalecos puestos, por si acaso. Luego subieron otra vela, la de delante, y recogieron un poco de tela de la vela grande porque, dependiendo del viento que haga, a veces conviene hacerla más pequeña. Iban así, ajustando sus cosas de marineros y a mí me parecía que controlaban mucho, la verdad. Que aunque el barco empezaba a botar bastante, iban tranquilos y dominaban la situación. Muy distinto de las primeras veces. Ahora ejecutan las maniobras de manera ordenada. Cada uno tiene asignada su parte (mamá proa: cabos, velas, ancla; Luis popa: timón, dirección, otros cabos) y se saben de memoria los pasos a seguir. Además, se gritan poco, solo para oírse cuando hay viento y están lejos. No cunde el pánico. Vamos, que muy distinto de las primeras veces. Así que yo iba tranquila y confiada.

Las olas y el viento fueron a peor y ya no se veía tierra por ninguna parte. Pero yo seguía tranquila. Mareada, incómoda y dando tumbos, pero tranquila. Como había que mantener la calma, cuando me metí en el camarote a intentar dormir, por primera y última vez en el viaje, me alegré de que Irene no hubiera podido venir.

Llegamos por fin a fondear a una isla Griega al norte de Corfú (no me acuerdo del nombre) el sábado sobre las seis de la tarde. ¡Hacía sol! Había parado el viento y Luis y yo, antes de comer, mientras mamá preparaba la comida-merienda-cena (el barco tiene su propia franja espacio-temporal) nos dimos un baño.

A mamá le gusta cocinar en el barco. Lo tiene todo pluscuamperfectísimamente colocado. Prefiere encargarse ella de todo lo que es cocina, que nada altere su orden, y se apaña muy bien, hay que decirlo. Logística, gestión de almacén, alta cocina en alta mar (con sacudidas y con inclinaciones de hasta más de 45º). Con muy poco margen de error. Con algún incidente aislado, pero solo alguno.

Domingo y lunes

No tengo la costumbre ni de escribir en un blog ni de moverme en barco, y no sé si me está quedando la entrada un poco larga. En cualquier caso, de la última parte del viaje, tengo que hablar sí o sí de la marina de Corfú, a la que llegamos el domingo sobre las tres de la tarde después de una travesía corta y de las fáciles, de las que se puede ir tranquilamente tomando el sol (¡por fin!). Mamá y Luis se habían guardado la sorpresa: el de Corfú es un puerto que está dentro de una de las dos fortalezas que tiene la ciudad, construida sobre una colina que sale hacia el mar. Es impresionante. No te cansas de mirar y no terminas de darte cuenta de lo chulo que es estar atracados allí. Duchados y vestidos casi de verano, nos fuimos a pasear la ciudad, que tiene un casco antiguo con callecitas preciosas (y muy pensadas para los turistas) y que yo me imaginaba de casas blancas y azules (como una se imagina Grecia por culpa del anuncio de yogur griego de Danone). Pero ese estilo es el de las islas del Egeo, como Santorini. El de Corfú se parece más al de los pueblos italianos del sur. Igualmente, me encantó. Y me encantó también el restaurante de la plaza llena de buganvillas en el que cenamos.

Yo ya estoy en Milán. Tuve que interrumpir la escritura que empecé en el aeropuerto porque por fin dio la hora de hacer el embarque. Hoy ya es jueves (entre unas cosas y otras, aquí con Irene he procrastinado un poco el tema blog). Me quedaba sólo contar que, antes de despedirnos, el lunes por la mañana fuimos juntos otra vez a la ciudad a pasear un poco más y a hacer la compra en los supermecados y puestos de fruta que habíamos ido localizando la tarde anterior. Comimos al sol en la bañera del barco. Después de ver alejarse al Sargantana, subí las escaleras de la fortaleza con la mochila a hombros (por cierto, que no cupo en la caja de medidas de Ryanair al subir al avión y me libré de pagar por los pelos, porque puse mucha pero mucha cara de pena, que son 60 eurazos) y me fui a coger el bus al aeropuerto, mientras se me movía todo.

Me lo he pasado genial. Muchas gracias a los dos. Os quiero mucho.


Etapa Taormina - Roccella Ionica, noche del 7 al 8 de mayo
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Etapa Roccella Ionica - Othonoi (Grecia), del 10 al 11 de mayo

Etapa Othonoi - Corfú, 12 de mayo




Lunes, 13 de mayo de 2024

Episodio 8. Taormina. The Reunion (El Reencuentro)

Hoy llega Sara. Me hace muchísima ilusión pero a la vez tengo el temor de que salga mal. 

Porque nunca ha querido navegar. Al menos, no con nosotros. Al menos, no después de aquella primera experiencia, hace años, en aquel barco alquilado, cuando aún sabíamos tan poco y navegar nos quedaba aún tan grande. 

Ese año vinieron las tres, María, Irene y Sara. Era julio. Apenas había viento. Iniciamos la travesía en el Tomás Maestre con destino San José. El plan era hacer trayectos cortos, de puerto en puerto, procurando que cada noche tuvieran un escape a tierra, que el barco no se les hiciera angosto y el tiempo largo. Pero al segundo día ellas ya habían decidido que ni siquiera los delfines de la bahía de Mazarrón o tomar el sol en cubierta a todas horas les compensaba el esfuerzo. En Garrucha cogieron sus mochilas y un bus a Madrid.

Irene volvió. Se unió durante unos días a nuestra travesía de la temporada 2022 y, esta vez sí, lo disfrutó. Pero Sara no ha venido más. 

Hoy no sé qué planes trae, qué espera, qué composición se ha hecho en su cabeza de lo que supone vivir en el barco. Sabe que vamos de travesía, que no hace calor, que podemos quedarnos atrapados en puertos o fondeos por el estado de la mar o por el viento. Dice que no le importa, que se adapta a lo que venga...

Ayer llegamos a Taormina, que nos recibe como sólo Taormina sabe hacerlo, con el imponente paredón al que retrepa la ciudad y la hipnótica visión del Etna al fondo de la bahía. 

Noche de ansiedad y mucho swell

Esta mañana hemos explorado en dinghy la zona buscando un sitio cómodo donde desembarcar y dejar la lancha. No nos gusta ninguno. En un intento más bienintencionado que efectivo movemos el fondeo a la bahía, cerca del porticholo, para usarlo como base de operaciones. Error. El swell entra inmisericorde allí. Deshacemos el fondeo y volvemos a donde estábamos. 

A todo esto, se nos ha hecho tarde para comer. Devoramos algo rápido. Sara avisa de que su avión se ha adelantado y ha conseguido coger el primer bus, así que salimos a toda pastilla. Luis me deja en el puerto pesquero y me apresuro en busca del autobús que me llevará hasta la parte alta de Taormina. Caprichos del destino, consigo coger un Interbus que trae solo cinco minutos de diferencia con el Etna de Sara. 

Todo el camino hemos estado hablando por whatsapp: "por dónde vas", "mira a tu derecha", "fíjate en ese hotel", "ahora viene una carretera estrecha", "atenta a la subida". Esperándola en la estación, el tiempo no fluye. Por fin su bus aparece y la veo agitar la mano a través de la ventanilla trasera.

Recorremos Taormina. Igual que la primera vez con Luis hace un año. De Porta Messina a Porta Catania. Las iglesias, los establecimientos, la Naumachia, que para mí es el lugar más bonito de Taormina y que a Sara también le entusiasma. La catedral, la fuente, el mirador sobre la bahía en la que, esta vez, nuestro barco apenas se distingue en la lejanía. Sorprendentemente, hay mucha gente a pesar de que es mayo y a pesar de la llovizna intermitente. Es una sensación rara ir acompañando a mi hija y enseñarle los lugares que ya conozco, siempre con la impresión de que el cansancio (o el frío, o la mochila, o el día plano y gris) no le está dejando disfrutar. O quizás es que le ha decepcionado y la ciudad no se parece a su réplica en esa serie que le gusta. 

Ya de regreso, Luis nos recoge en el dinghy. Primera toma de contacto de Sara con la realidad del barco ("ah, pero ¿no estáis en un puerto?"). Sube al dinghy y no se queja. No parece importarle la incomodidad. Se ríe ante la posibilidad de caerse al agua con mochila y todo. Hace fotos, decenas de fotos, disfruta haciéndolas. Y ya en el barco "cómo se mueve esto, ¿no?". Pero enseguida se adapta al vaivén del pequeño oleaje que nos entra de lado y al espacio reducido en el que encajará feliz los próximos días. 

Cenamos y se va a dormir. Nosotros no. Toca levantar el fondeo y aprovechar las horas de bonanza para avanzar en nuestro camino hacia Corfú, donde Sara se despedirá de nosotros siete días después, con un tiempo espléndido y con la pena de tener que regresar al frío y la lluvia de París. Su marcha dejará tras de sí horas de cariño y confidencias, cientos de fotos y un vacío muy grande. 

¡Vuelve pronto! Je t'aime, ma fille.


lunes, 6 de mayo de 2024

Episodio 7. Messina. The Strait (El Estrecho)

Continuamos nuestro camino hacia Grecia pasando por el estrecho de Messina. Estamos replicando casi milimétricamente el recorrido de vuelta a casa del año pasado. Y, al igual que el pasado verano, planificamos una escala en Taormina para embarcar a un nuevo tripulante. En este caso una nueva tripulante que nos acompañará hasta Corfú: Sara, la hija de Lucía.

El cruce de Messina es otra vez muy tranquilo. Es ya la tercera vez que lo abordamos y nos sigue sorprendiendo que, a pesar de la fama épica de este paso y del respeto reverencial que provoca, por alguna razón desconocida el Sargantana lo encuentra siempre plácido y como dormido. Cierto, somos muy cuidadosos planificando el horario de la etapa para entrar en la parte norte del estrecho (donde las corrientes de marea son mucho más notorias) en el momento de máxima corriente a favor, pero eso no explica que tengamos siempre la fortuna de que el viento sea mínimo y la ola inexistente.

Nos hemos puesto en marcha antes de las 0600 para llegar a Mesina sobre las 1000, 
justo a tiempo para el cambio de dirección de la corriente

Messina, incluso en este tercer cruce, todavía nos provoca una emoción especial al doblar el cabo de Torre Faro, dejando por estribor la torre eléctrica (en desuso) del lado de Sicilia. Es espectacular ver cómo se abre de golpe el paso hacia el sur y cómo el indicador de velocidad se dispara como por arte de magia… cinco nudos… seis nudos… siete… ocho… nueve nudos. El Sargantana ya vuela.

Entrada al Estrecho, con la Torre Faro en la orilla de Sicilia

La corriente a favor y el escaso viento norte nos permiten quitar el motor, desenrollar el génova y resbalar por el tobogán de Messina como niños en el parque. El impulso nos dura mucho tiempo, casi hasta Taormina. Somos prácticamente los únicos bajando, aunque por el carril contrario del DST podemos ver varios veleros que suben trabajosamente, a motor, apretando los dientes a palo seco, tirando de motor para tratar de ganarle un pulso desigual a la corriente en contra que les frena inmisericorde. (Pardillos…¿no podríais haber esperado unas horitas para disfrutar del placer de una bajada del estrecho, en vez de empeñaros en subirlo?).


Todo es igual que otros años excepto una cosa. En este cruce no vemos falucas, los peculiares barcos pesqueros de altura con mástiles altísimos y largos baupreses que persiguen bancos de peces espada. Mayo no debe ser temporada de pesca. Una pena, se les echa en falta moviéndose a toda velocidad entre ambas orillas con sus vigías en lo alto y sus arponeros en proa. Messina sin falucas es menos Messina.

Uno de los pocos cruces en el Estrecho este año

Llegamos a destino, Taormina, a primera hora de la tarde. La bahía está casi desierta. Muy pocos barcos fondeados en comparación con lo que vimos en agosto del año pasado. Todos se concentran al sur de la rada, junto al muelle de Giardini-Naxos, buscando abrigo frente al ligero “swell” que esta vez entra por el sur. Sin viento. Con sol. Buen lugar y buen momento para una recalada a la espera de un nuevo tripulante.

Llegando a Taormina, que nos espera a la vuelta del cabo

Eso sí, la tregua de buen tiempo de los últimos días está llegando ya a su fin. Se acercan borrascas y tendremos que zarpar lo antes posible hacia el este, mañana mismo por la noche. No es lo ideal, no tendremos viento y habrá que tirar de motor, pero es la única opción si queremos evitar navegar con las lluvias y vientos de proa que se aproximan.

Sólo disponemos de un buen refugio contra el nuevo temporal que llega a Calabria: la Marina de Roccella Iónica, a unas 60 millas de Taormina. Una recalada familiar, casi un descanso obligatorio en la costa monótona e interminable del sur de Italia, un puerto acogedor con todo lo que necesitamos: gasoil, agua dulce (muy buena), instalaciones cuidadas, lavadoras y una atención siempre excelente. Hay que pagarlas, claro, pero cuando el temporal y la lluvia lo hacen imprescindible es un placer ocultarse en un lugar como éste en el interminable juego del escondite que es navegar en primavera.

Sara tendrá que comenzar su travesía de una semana  en el Sargantana con una motorada nocturna de más de doce horas y un par de días aburridos de espera en un puerto agradable aunque con pocas diversiones. Pero así de traicioneros y juguetones son el mar y los elementos, y así deciden organizar las novatadas a los marineros noveles.

A dormir, que mañana nos espera un día largo

Etapa Vulcano - Taormina, 6 de mayo

Lunes,6 de mayo de 2024



En NoForeignLand puedes leer sobre el estrecho de Messina y también seguir a Sargantana

miércoles, 1 de mayo de 2024

Episodio 6. Eólicas. The Vulcano

El tiempo sigue un poco loco, supongo que es lo que cabe esperar en primavera. Las previsiones cambian continuamente de día en día. Lo que anteayer parecía anunciar poco menos que el fin del mundo se ha quedado en una tormenta intensa, pero cortita. Los avisos de temporal desaparecen y en los días sucesivos se anuncian cielos azules y vientos moderados del noroeste, justo en la dirección que nos conviene para velear cómodos hacia las islas Eólicas.

Vista de Salina, la isla central del archipiélago, con sus dos conos volcánicos casi gemelos

Decidimos hacer una parada a medio camino, en Cefalú, que tiene un excelente fondeo muy resguardado del oeste. Es el único refugio libre, amplio y tranquilo de la costa norte de Sicilia. Mañana el viento y la ola suben y apetece un día tranquilo, de standby, después de la precipitación de las últimas etapas. Otros cuatro o cinco veleros parecen tener la misma idea. Aunque tenemos una pasajera que embarcar dentro de seis días en Taormina, ya estamos en Sicilia; con buenas perspectivas meteorológicas podemos permitirnos una navegación sin tantos agobios.

Atardecer en el fondeo de Cefalú

Recorremos esta costa que nos resulta tan familiar. Si cabe, más verde ahora en primavera. Cruzamos el corredor formado por la cadena imponente de montañas de Sicilia al sur y la sucesión ordenada de las islas Eólicas en el norte. A diferencia de otros años, podemos navegarlo totalmente a vela, con el viento en nuestra aleta, surfeando las olas. La navegación costera es extraordinaria con vientos portantes.

Otra curiosidad de este año: estamos viendo mucha más vida marina. Nos hemos cruzado con un grupo de ballenas enormes, del tamaño del Sargantana, resoplando a menos de cien metros de nuestra amura de babor e ignorándonos completamente. También nos hemos topado con varios grupos de delfines, que normalmente se acercan a curiosear, nadan unos cuantos metros junto a la proa del Sargantana en plan de “a ver quién corre más” y dan un par de saltos de despedida antes de volver a sus quehaceres (cualesquiera que sean). 

Delfines entre Cefalú y las Eólicas

También tenemos la sensación de ver más barcos que otros años por estas fechas. En Sicilia comenzamos a encontrarnos ya veleros de charter, quizá por las festividades del primero de mayo y del Corpus en varios países de Europa. No es buen síntoma, anticipa las multitudes del verano. Cuando nos quejamos del tiempo revuelto y del frío de abril y mayo, nos olvidamos de lo agradable que es navegar casi en solitario durante estos meses.

Llegamos a las islas Eólicas sin muchas novedades, navegando deprisa y casi siempre sólo con génova (a la francesa, que dicen). Decidimos volver al mismo lugar en el que ya estuviéramos el año pasado, la marina de Vulcanello, en la isla de Vulcano. El mejor sitio para quedarse con vientos del oeste, justo debajo del volcán y muy cerca del pueblo. A estas alturas de la temporada todavía no han montado el pantalán flotante del que disponen en verano y Andreas, quien ya nos recibió el año pasado, serio, tranquilo y extraordinariamente cortés, nos ayuda de nuevo a tomar una de sus boyas.

Paso entre Lípari (la más grande de todas las islas y la menos volcánica) y la de Vulcano, con un viento excesivo que nos hace difícil bajar la vela mayor

Todo es muy distinto en Vulcano en primavera, la isla está verde y tranquila, sin las multitudes del verano. Lo que no ha cambiado es el peculiar olor a azufre, ni el vaivén que provoca la sucesión continua de ferries entrando y saliendo del puerto. Tampoco el precio de las boyas (cincuenta euros por noche), que se hace un poco caro teniendo en cuenta que no hay todavía pantalán para desembarcar, ni wifi, ni baños, ni nada más que la pura boya. Por lo que se ve Andreas es fan del precio único y por supuesto en cash. Eso sí, nos lleva y nos trae al puerto en su neumática, cosa que se agradece en un puerto con tan pocos espacios para amarrar.

Silueta de la isla de Vulcano mientras la rodeamos para acceder a la marina situada en su parte este

Nos quedamos un día adicional en la isla para poder subir al volcán. El año pasado estábamos en plena ola de calor y lo desaconsejaban (al menos durante el día) porque las temperaturas llegaban a los 50 grados. Este año las fumarolas que coronan el cráter destacan aún más sobre los colores amarillos del azufre de las rocas y la arena negra. La imagen de la isla es más bonita, si cabe, que la del año pasado, y la casi total ausencia de turistas y de barcos fondeados en la bahía nos da una sensación totalmente distinta de paz y tranquilidad. Nada que ver con el calor asfixiante que ya es sólo un mal recuerdo.

Inicio de la subida al cráter
Las horas de subida están reguladas.
Nuestro recorrido

Subimos al cráter el domingo, justo el Día de la Madre. Coincidimos con varios grupos de turistas italianos, y también muchos alemanes y franceses que dan la impresión de estar de puente o de vacaciones por la semana del Corpus. El ascenso es muy asequible, no más de una hora de camino por un sendero que serpentea entre la arena negra de las laderas. Bastante gente en una cima amplia y con vistas extraordinarias.

La primera parte de la ascensión es por un sendero de arena negra entre vegetación en flor, cuyo aroma se impone al olor sulfuroso del volcán
Cuando se acaba la vegetación, la arena negra da paso a una piedra clara, muy resbaladiza, en la que han construido con piedra volcánica negra algunos tramos a modo de calzada romana, como ayuda a los cientos de turistas que hacemos la subida cada día
Último tramo antes del cráter 
El cráter con los penachos blancos de las fumarolas
Foto de rigor con el cráter
Desde lo alto del volcán se distinguen, alineadas hacia el norte, las islas de Lípari y Salina. 
Más al fondo, Panarea y Stromboli
Y mirando al sur, hacia Sicilia, la silueta lejana del Etna

Esta etapa nos devuelve la tranquilidad y el placer de navegar, como una mañana soleada que te hace olvidar un sueño tormentoso. Volver a notar el viento en las velas y el barco que se desliza ligero sobre el agua, sin el ruido del motor, nos hace recuperar las sensaciones que buscamos cuando hacemos estas travesías. Casi sin darnos cuenta el frío ha cesado y podemos comer y cenar en cubierta, y bañarnos. Llega el verano…

Etapa de San Vito lo Capo a Cefalú, 2 de mayo
Travesía de Cefalú a Vulcano, 4 de mayo. El domingo 5 por la tarde nos movemos a un fondeo en el sur de la isla para desde ahí salir al día siguiente hacia Mesina


Domingo, 5 de mayo de 2024



En NoForeignLand puedes leer sobre marina di Vulcanello y Vulcano. También puedes seguir a Sargantana