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jueves, 12 de agosto de 2021

Etapa 16: Argostoli - Preveza. Apolo 13 (1995)



Houston, ¡tenemos un problema!

Apolo 13 es la película que mejor refleja lo que nos pasa en este momento. Tres astronautas camino de la luna en una misión casi rutinaria. Una explosión en un tanque de oxígeno del módulo de mando que les deja sin combustible y sin energía. La misión deja de ser viable. No hay posibilidad de alunizar, y todo el esfuerzo se centra en regresar sanos y salvos a la tierra, usando el módulo lunar como improvisado bote salvavidas. Frustración. Miedo. Un drama de los años 70 con final feliz (dentro de lo que cabe) y que ha dejado una frase para la posteridad: “Houston, we have a problem” (por cierto, en realidad fue “Ok, Houston, we've had a problem here”).

Bueno, lo nuestro igual no es tan dramático, pero casi. En una revisión rutinaria encuentro agua mezclada con el aceite de nuestro saildrive. El saildrive viene a ser como la transmisión en los coches, el dispositivo en el que se inserta la hélice del Sargantana y que incluye los mecanismos de transmisión con el motor. No sabemos desde cuándo puede estar así, probablemente desde hace varios días. 

Para nosotros es una avería complicada, sobre todo por dónde y cuándo la detectamos. Es justo antes de la semana que vamos a pasar en Cefalonia y Zakynthos con JaviCani y Patricia. Y estamos al sur de Cefalonia. De golpe nos damos cuenta de que las islas griegas del Jónico son un lugar apartado y remoto. No hay un astillero o un puerto con instalaciones adecuadas donde llevar a reparar el barco en 80 millas a la redonda. Un problema.

La avería consiste en que los mecanismos de enganche con la hélice (retenes) están dejando pasar (por la razón que sea) agua de mar al interior del saildrive, que está lubricado con aceite. El aceite se emulsiona con el agua y se convierte en una especie de mayonesa que pierde su función lubricante. Tenemos propulsión, pero los engranajes no están protegidos. Continuar usando el motor en estas condiciones puede provocar la corrosión galvánica de los engranajes, o, incluso, un grip de la transmisión, una avería muy grave (y muy cara de reparar) que nos podría dejar sin capacidad de gobierno del barco, limitados a lo que podamos hacer a vela.

La varilla del aceite del "saildrive" muestra la emulsión 

Y eso cambia completamente la etapa, y todo el viaje. Lo que iba a ser una agradable visita a calas y puertos de dos de las islas más bonitas del Jónico se convierte en una etapa de soledad y, sobre todo, de incertidumbre. Como en el Apolo 13. Houston, tenemos un problema. Volvemos a tirar de nuestra red de amigos, nuestro Houston. Pedimos ayuda y consejo, y es lo que recibimos. A todos, gracias.

Son cuatro días de espera. El Sargantana ya no es el barco fiable que necesitamos. Tratamos de cambiar el aceite desde dentro pero no sirve de gran cosa. Es un parche. No podemos ir a Zakynthos y, después, hacer 1500 millas hasta Cartagena en estas condiciones.

Operación de extracción con una bomba del aceite contaminado, para luego reponerlo. Esto sólo permite sacar un 60% del aceite total; para cambiarlo entero hay que hacerlo desde debajo del barco, con él fuera del agua

Hay que tomar decisiones. No queda más remedio que sacar el barco del agua cuanto antes (que es caro y complejo) para reemplazar el lubricante contaminado y reparar las juntas (retenes) dañadas.

Houston, tenemos un problema. Por un momento nos hace sentir desvalidos y vulnerables. Y eso convierte esta etapa especial en cuatro días sombríos, preocupados, de buscar en internet casos similares, de preguntar a Houston. De ponernos en el caso peor, un fallo de motor durante una travesía, que el saildrive se haya dañado irreversiblemente. De fantasmas. De miedo.

Nuestra recalada para los próximos días es Argostoli, capital de Cefalonia. Hemos dejado el fondeo de Xi a toda prisa para llegar pronto y tener sitio en el puerto. Aunque hoy es domingo y, a diferencia del resto de días que pasamos allí, sitio es lo que sobra.

Lo primero que capta la atención desde el barco, a la entrada de la bahía de Argostoli, es un faro de forma muy peculiar (el "fanari" de Agioi Theodoroi) y una construcción que parece un restaurante, y que más adelante descubriremos enmarca los famosos “Sumideros de Argostoli”.

Edificio del faro de Argostoli, visto desde tierra

Restaurante en los "Sumideros de Argostoli", visto desde tierra

Ya llegando, unas inmensas construcciones en el puerto de ferries hacen entender que allí atracan también cruceros. Y de los grandes.  

Argostoli está al fondo de la bahía. Enseguida llama la atención su brillante paseo de palmeras con adoquinado en negro sobre blanco, que hace las veces de paseo y de muelle municipal. 

Vista del paseo-muelle de Argostoli, con su característico pavimento en forma de ondas

Allí se mezclan los barcos de recreo y los de alquiler, los turistas, los paseantes, los coches, las barcas de pescadores y las tortugas, las grandes tortugas marinas que acuden a las sobras que les echan de comer los pescadores, quienes las usan de reclamo para atraer potenciales compradores a su exigua oferta.


La vida se organiza alrededor del paseo y de los grandes mercados de fruta y verdura al aire libre que se extienden al final del paseo, antes del puente, entremezclados con la gasolinera, los talleres y las tiendas de pescado, en un caos llamativo de polvo, bullicio, colorido y calor.


Al caer la tarde y la noche, los turistas colonizan los bares del paseo y las calles del interior, llenas de tiendas y restaurantes. Parece imposible que una ciudad tan pequeña albergue tantísima gente como se desparrama por las terrazas de las callejuelas y, sobre todo, de la gran plaza.

La parada obligatoria nos permite tomarnos la ciudad de Argostoli con calma y pasear, pasear mucho. 

El paseo de Argostoli, increíblemente tranquilo en domingo

Paseamos el puente de Bosset, hoy peatonal, que fue construido en el sigo XIX durante la época de dominación inglesa y parece tener el récord de ser el puente de piedra sobre el mar más largo de Europa (casi 900 metros).


El puente, diseñado por el ingeniero De Bosset, construido en madera en 1812 y revestido en piedra a lo largo de los siguientes casi 30 años. Vista desde su extremo norte, con la ciudad de Argostoli al fondo

Hacia el centro del puente, un obelisco recuerda la dominación inglesa de la isla


Paseamos sus calles de iglesias, cuyo número nos sorprende, como ha venido sorprendiéndonos durante todo el viaje la abundancia de iglesias y capillas en todas las ciudades, pueblos y rincones apenas habitados. 

Iglesia Panagia, en el paseo de Argostoli frente al puente

Iglesia de San Nicolás (Agios Nikolaos)

Iglesia en la confluencia de Minos y Asklipiou

Paseamos hasta Katavothres, los “Sumideros de Argostoli, esos agujeros por donde la isla “se traga” el agua de la bahía para expulsarla al otro lado, después de catorce días de viaje por sus recovecos cársticos. Una maravilla geológica convertida en las terrazas de un restaurante y afeada por papeles, botellas y todo tipo de basura que la gente arroja a los agujeros y que, pienso, el restaurante debería estar obligado a recoger a cambio de la concesión.

Un cuidado cartel explica el fenómeno de los sumideros 

El único vestigio de los molinos de grano construidos por Mr. Stevens en 1835 para aprovechar el movimiento del agua, absorbida por los agujeros, es una pala que gira en vacío para los turistas. Los molinos originales fueron destruidos en el terremoto de 1953. Tenían el sugerente nombre de "molinos de mar".

no
Los "agujeros" se han urbanizado para albergar mesas y sillas de la terraza del restaurante

Los sumideros están en un estado de conservación cuestionable, con cantidades de basura acumulada

Paseamos hasta el "fanari", el faro de San Teodoro, donde hacemos fotos bonitas de la bahía entre sus columnas y fotos tristes de un edificio que refleja  la desidia, el abandono y la falta de educación ambiental que ya es un clásico de este viaje. 

Vistas de la bahía desde el faro de Argostoli, levantado en 1863, destruido por el terremoto de 1953 y reconstruido en 1960 fiel a su diseño original de 20 columnas dóricas en un edificio de 8 metros de alto.  

El  faro de Argostoli está vandalizado, sucio y descuidado, a pesar de que sigue en funcionamiento


Para llegar al los sumideros y al faro hay que recorrer un sendero entre pinares al borde de la carretera, en las afueras de Argostoli. El paseo nos descubre dos o tres pequeñas playitas de agua increíblemente transparente, aprovechadas por un turismo local que recuerda al turismo español de los años 60 y 70 


Cuatro días amarrados al puerto de Argostoli. Conocemos allí a unos nuevos amigos, Jordi y Cristina, del Yemayá, que nos prestan la bomba con la que tratamos se cambiar el aceite.

Llegan Javi, Cani y Patricia. No podemos movernos y eso aborta muchos planes y la posibilidad real de unas vacaciones conjuntas. Adiós Zakynthos. Una pena.

Así que nos convertimos de nuevo en terrícolas. Visitamos en coche la isla y descubrimos sus secretos. Que Myrthos es una playa espectacular en la distancia, pero incómoda, llena de gente, con el agua bastante turbia y colapsada por coches mal aparcados.

Playa de Myrthos, desde el mirador

No es una exageración. Al dejar la playa nos encontramos en un bloqueo absoluto de la carreterita estrecha que baja hasta casi la misma arena, con coches aparcados a ambos lados y solo un estrecho carril que los que subían y bajaban luchaban por conquistar, hasta producir un embotellamiento sin solución. Luis se bajó del coche y, desde lo alto de la cuesta, con su sombrero y su pantalón de guarda forestal, dando órdenes en inglés y sin encontrar ninguna resistencia, sacó hacia arriba uno a uno a los vehículos que intentaban bajar, hasta desbloquear la parte alta para los que subían.

Descubrimos que Fiskardo, a las tres de la tarde de un día de agosto, es como un campo de batalla en la que hordas de turistas se alejan en sus ferries dejando un rastro de mesas llenas de platos y vasos sucios en las tavernas.

Los barcos que no caben en el muelle de Fiscardo fondean con cabo a tierra

Pero también descubrimos que Cefalonia, como Ítaca, es una isla bella, aunque quizá algo deslucida por tanto turismo de agosto.

Los turistas hacen cola para fotografiarse en el cartelón de Argostoli (excepto en domingo)


Finalmente dejamos Argostoli un miércoles a mediodía. Ha entrado por fin un poco de viento sur y en esta situación queremos aprovecharlo para velear, y usar el motor lo menos posible. Navegamos hacia el norte, otra vez camino de Preveza, en busca de un travelift y un mecánico. Muy a nuestro pesar nos despedimos de Javi, Cani y Patricia en la playa de Xi. Este año no llegaremos a Zakynthos como los astronautas del Apolo 13 no llegaron a la Luna. 

Aprovechamos el ligero viento sur para recorrer la costa oeste, desierta, descarnada, sin un alma, sin cobertura, en rumbo norte. Son casi 80 millas y navegamos día y noche, aprovechando al máximo el viento vespertino y arrancando el motor sólo en la encalmada de la noche, muy, muy despacio, mimando al Sargantana.

Lucía y yo hablamos poco. Tengo una sensación de mal sueño, de desaliento, de preocupación por todo lo que puede pasar y que, felizmente, no pasa.

En mi guardia sigo leyendo a Gómez-Jurado hasta que casi amanece sobre el canal de Preveza. Lucía duerme arrebujada en cubierta, después de la suya. Huele a tierra y a pino mientras las luces de la ciudad se acercan poco a poco.

Atracamos en el puerto que tan bien conocemos poco después de amanecer. Sin contratiempos. El Sargantana está algo maltrecho pero ahí sigue y nos ha dado un viaje tranquilo hasta nuestro refugio en el muelle municipal de Preveza, donde esperamos encontrar un travelift y un mecánico que le vuelvan a convertir en el barco que nos devuelva a casa sanos y salvos. Como el Apolo 13.

Houston, over and out.







viernes, 20 de agosto de 2021

Etapa 17: Preveza. Groundghog's day (1993)


De nuevo en Preveza, por tercera vez en este viaje. Como en “El día de la marmota” ( o “Atrapado en el tiempo”, según la bautizaron en España), amanecemos una y otra vez en esta ciudad, casi como una maldición bíblica...

Llegamos el viernes poco después de amanecer. La travesía nocturna sin novedad. Todo lo que pudimos a vela y, cuando cayó el viento, a motor, pero mimándolo al máximo. Dedicamos la mañana a pedir presupuesto y disponibilidad a las tres marinas de la zona. Finalmente cuadramos agendas: el martes nos esperan a mediodía en Marina Ionion y un mecánico que nos han recomendado, un tal Dimitri, estará allí para revisar el saildrive.

Dicen que la vida no es más que una secuencia de sensaciones y de estados de ánimo, y, en este caso, aplica más que nunca. Nos sentimos casi a salvo, en un muelle conocido, relativamente cómodo y barato. Con la perspectiva de volver a tener el Sargantana totalmente operativo en unos días. Qué poco hace falta para cambiarlo todo.

Y así, cada día en Preveza, a partir del viernes, será como un día de Bill Murray en "Atrapado en el tiempo". Días muy parecidos, de sol y de calor. Días de pereza, de libros y de cervezas tumbados en cubierta a la sombra de los toldos. Días de paseo y de compra en el supermercado. Pero también días de olor a sardinas a la plancha en los restaurantes del paseo y días sin hielo, porque parece que la fabrica que abastece a la ciudad ha roto stocks. 

Pero, sobre todo, días de alivio. De dejar de pensar por fin en el barco y sus problemas. Y cada día disfrutamos de la monotonía espesa de las primeras horas de la tarde, en las que nadie se aventura a caminar por el muelle y sólo unos pocos turistas se apiñan junto a los grandes ventiladores de la terraza del Metrópolis.

Y socializamos con nuestros vecinos. Amarrado a nuestro babor, el Tanga, un bonito velero de nuestro amigo Dean. Dean es consultor de startups, australiano, muy simpático y trabaja en remoto desde el barco. El solo, porque su gobierno sigue sin dejar volar a su familia, por el COVID. Quiere montar una empresa de “charter aventurero” para ejecutivos. 

Y, más allá, otro tipo simpático: Gianni, un ingeniero de Catania que pudo por fin volverse a su Sicilia natal desde Milano y que regresa con su barco Mathilde, cargado de bambini y de botellas de vino siciliano. Nos regala un tinto por haberle ayudado con la conexión eléctrica. No hacia falta, Gianni, pero se agradece. 

Y, al final del muelle, Katy y Ángel, dos exiliados del Silicon Valley que cambiaron su vida para navegar por Grecia e Italia en su Gradisca, y relatan su aventura en un blog luminoso y lleno de gracia.

Finalmente, el martes atracamos el Sargantana en Marina Ionion, con la excitación y los nervios de los padres novatos que llevan a su hijo por primera vez a un hospital. No llega ni a una milla de distancia, pero agradecemos el desperece, volver a movernos después de tantos días parados.

La marina nos causa una impresión excelente. Extraordinariamente cordiales, amables y muy profesionales. Perfecta la operación de izar el barco, colocarlo en un remolque que arrastra un tractor y montar la “cuna” o andamio en el que el Sargantana queda colocado para su reparación.


Eso sí, nos dicen que es imposible completar todas las operaciones y la reparación en un solo día, y eso nos obligará a pasar la noche en el Sargantana varado en su andamio. Toda una experiencia. 


Y Dimitri por fin llega, revisa la hélice y el saildrive, y diagnostica: hemos perdido el ánodo de sacrificio, una pieza de zinc que se coloca en la cola de la hélice para evitar la corrosión galvánica. Es extraño, porque se colocó nuevo hace unos pocos meses, en Cartagena. Pero el hecho es que en la hélice queda un hueco muy llamativo en el que se ha adherido mucho caracolillo. Según Dimitri, el caracolillo ha podido dañar los retenes.


No acaba de ser una explicación convincente, pero es lo que hay. Dimitri hace un buen trabajo y, a primera hora de la mañana, tenemos la hélice otra vez montada, con ánodo y retenes nuevos. Esperemos que eso solucione el problema definitivamente.


Decidimos iniciar nuestra primera travesía hacia el oeste. Vamos camino de Sicilia. Tenemos por delante un salto de casi 300 millas y una meteo favorable. Volvemos a navegar.

Y esto hace una semana más en Preveza. Como en la película, Grecia nos enseña que intentar anticipar, diseñar, planificar y controlar hasta el último detalle no siempre da el resultado esperado. Grecia nos enseña a dejarte llevar. La marina te hace sitio el martes, y no el lunes, como tú querías, porque no puede. Y por la tarde no trabaja porque es martes. Y el mecánico te dice que está allí a las doce y se retrasa una hora porque es el mecánico.Y se lleva tus piezas y te dice que ya volverá con ellas al día siguiente porque va a volver, y va a acabar la reparación, y lo hará muy bien. Y los operarios no te echarán el barco al agua hasta después de unas horas porque, antes, se irán a comer. Y lo van a echar, y será un trabajo de primera. Porque sí, porque esto es Grecia, y tiene su ritmo propio. Y porque para estar en armonía tienes que aceptarlo y tienes que fluir con él.

En Preveza toca “slow living”. Nos hacemos amigos de Dean por las circunstancias. Navega solo y cualquier invitación a una cerveza es para él una oportunidad de hacer amigos. Pero, y sobre todo, porque nos han unido las carcajadas a costa de la maniobra de atraque más chusca que he visto en toda mi vida náutica. Un grupo de tíos españoles, maduritos, primera vez en Grecia, primer amarre al ancla, con solo 35 metros de cadena, una sola estacha, muchos nervios y muy poca destreza. La combinación no es buena. Son tres intentos en los que acaban por dos veces abarloados violentamente a nuestro estribor, golpeando nuestra amura, enredados en la cadena del australiano y barriendo las proas de media docena de barcos amarrados en el muelle de la ciudad; con derrota y huida posterior a la marina, donde marineros profesiones les cobrarán por la ayuda y los consejos que nosotros les prestamos gratis, aunque hayan servido de tan poco. El mundo náutico es un mundo unido, en el que empatizamos y nos ayudamos los unos a los otros como si nos fuera la vida en ello. Pero tiene un límite. Y estos españolitos de barco dominguero alicantino supieron bien cómo cruzarlo. 

La preocupación por la integridad de nuestros respectivos barcos y las apuestas sobre cuál iba a ser el siguiente episodio de los Benny Hill del día nos acercaron al Tanga y a su armador. Pasamos una agradable velada compartiendo, delante de una botella de "metaxa", historias náuticas y de vida. Todo en Grecia es una oportunidad para disfrutar de nuevas compañías. Solo hay que saber atraparla.


Aprovecho estos días para empezar a estudiar griego. De entrada, me conformo con aprender el alfabeto y familiarizarme con diptongos y letras compuestas. Practico caligrafía. Vuelve a mi memoria el recuerdo vibrante de mi madre enseñándome a leer siendo yo pequeña, en casa, por las tardes, después de comer. Siento la misma excitación de entonces cuando por la calle me paro delante de todos los carteles y voy pronunciando despacio: la χ con la ε, “che”; la λ con la ώ, “lo”; la ν con la α,”na” .

- ¡Chelona! ¡Ahí dice chelona! ¡Tortuga se dice chelona!


En nuestro deambular por la ciudad, nos acercamos al castillo de San Jorge y constatamos que Preveza es algo más que el paseo del muelle y las bonitas y cuidadas calles peatonales del centro. Como ya descubriéramos en nuestra primera estancia, las aceras se acaban de repente, dando paso a una sucesión sin orden de casas a orillas de calzadas, caminos y carreteritas, más rurales en la zona norte, más residenciales en la parte sur. Es en esta zona sur donde se encuentra el castillo de San Jorge, cerrado y semiabandonado, frente a una sucesión de playitas urbanas entre arboledas que hacen las veces de merenderos. 




Toca ir al varadero. Ionion es la más chiquita de las tres marinas que se alinean en la costa de enfrente de la ciudad y tiene el travelift más ligero, pero es suficiente para nuestro pequeño velero. En la recepción, Matina, con quien hemos intercambiado tantos correos y llamadas telefónicas, me emociona con su español perfecto, el español cantarín y un poco rasposo de los griegos que lo aprenden en el colegio. 

Es la primera vez que dormimos en el barco en tierra. El vértigo de subir por la escalera de mano, apoyada precariamente en el espejo de popa, y la sensación de que cualquier movimiento un poco brusco va a desestabiliza el barco en su cuna los tengo grabados a fuego. El edificio de los baños, limpísimo y apenas transitado, está cerca, aunque hay que bajar y subir la escalera cada vez. Los inodoros del barco tienen un depósito de aguas negras, pero la bomba funciona con agua de mar, así que no se pueden usar. Tengo que poner cosas bloqueando el paso a los baños, para acordarme, por si me levanto de noche, medio dormida.




Tras la reparación, volvemos del varadero al muelle de la ciudad. Volvemos a amarrar al lado del Tanga. Volvemos a la compra en los pequeños supermercados locales, en los que no saben lo que es el gluten. Volvemos al olor de las sardinas, que no nos resucitan como al gato de la canción, sino que nos retrotraen al día de la marmota en que se ha convertido este sitio. A la mañana siguiente, 20 de agosto, ya no suena “I got you babe” en la radio y zarpamos con buen ánimo, aunque esta sea nuestra despedida de Grecia. 






sábado, 10 de junio de 2023

Poros. Welcome to the jungle

Poros es el puerto más famoso del Sarónico y uno de los más importantes de Grecia. Una gran ensenada natural en la que cabrían cientos de barcos y que difícilmente podría tener mayor protección. Se abre entre la isla de Poros y la costa del Peloponeso, con sólo dos entradas muy estrechas que no dejan pasar ningún oleaje exterior y la convierten casi en una laguna.

Llegamos a Poros en una travesía larga y tranquila desde Kilada, recorriendo lugares por los que ya hemos navegado estas últimas semanas, como el paso de la isla de Speltzes, el Golfo de Ydra y el norte de la isla de Dokos. Viento más bien poco, sólo a ratos, y más motor del que nos gustaría. Bastantes barcos a nuestro alrededor durante todo el camino, veleros y motoras, ésta es una zona de mucho tráfico.

Vista de la llegada a Poros por el este, con su característica torre del reloj destacando en lo alto

Entramos a la bahía a media tarde. Mala hora para encontrar amarre y, después de la experiencia de Ermioni, no estamos muy por la labor de volver a pasar la noche en un muelle previsiblemente ruidoso y lleno de flotillas. Preferimos buscar un fondeo tranquilo, o quizá una boya de pago, como nos recomienda un conocido.

La llegada a Poros por su entrada sur no puede ser más caótica. Un canal estrecho y poco profundo, enmarcado por un muelle larguísimo a estribor (hacia la isla) y una fila de balizas que delimitan la zona de aguas someras a babor (hacia el continente). En el muelle atraca una fila de veleros, popa a tierra. Por el otro lado del canal, más allá de las balizas, fondea una multitud de barcos, se supone que de poco calado.

Entrada en Poros con la hilera de barcos atracados en el larguísimo muelle

Campo de boyas detrás de las balizas que marcan el canal de Poros

Por el canal cruzan continuamente veleros y yates, pescadores y barquitas a motor. Y para rematar, ferries levantando ola incluso al pasar a marcha lenta. Un totum revolutum que impresiona y divierte, sobre todo cuando las maniobras de atraque de los veleros provoca atascos. En agosto esto debe ser como El Rastro en domingo por la mañana.

Una de las decenas de lanchas-taxi que unen las dos orillas de la bahía, Poros y Galata

Visto lo visto decidimos hacer caso a nuestro colega. Encontramos una libre en una zona tranquila de boyas de pago y dejamos pendiente la decisión de qué hacer mañana, porque necesitamos pasar por el supermercado y repostar agua.

Vista de Poros desde nuestro amarre en el campo de boyas del oeste

La duda nos la resuelve un simpático porense que decide embestirnos con su barca el día siguiente, a eso de las siete de la mañana. Afortunadamente, el tipo nos da el topetazo con relativa suavidad y con las defensas puestas, pero el despertar sobresaltado no nos lo quita nadie.

Cordial pero firmemente nos explica en inglés macarrónico que estamos en su boya de amarre y nos pregunta “amablemente” cuándo nos vamos. Asumíamos que alguien vendría a cobrarnos los cinco euros de rigor, no que acabarían desalojándonos a empujones como okupas involuntarios.

Obviamente, el desahucio implica buscar sitio en el muelle, al menos por una noche. A primera hora de la mañana quedan huecos libres y no será problema. De hecho nos permite elegir el lugar que a priori parece el más tranquilo: justo en la puerta de la iglesia local. La única zona del muelle no invadida por bares de copas y terrazas de restaurantes.

Poros no tiene demasiado que visitar. Una capilla en lo alto de la colina, al final de las calles empinadas, con la famosa torre del reloj que parece marcar el tiempo en el pueblo. Una sola calle comercial que concentra el tráfico de coches y personas a lo largo del muelle. Mucha gente. Turistas que pasean de acá para allá curioseando la fila de barcos amarrados. Y, para completar la estampa, una multitud de marineros de la armada griega vestidos de domingo, con su curioso traje a medio camino entre pijama, kimono japonés y marinero de anuncio de colonia.

Poros desde el paseo del muelle

Subimos las empinadas calles y escaleras hasta la torre del reloj

Vista desde la colina de la torre del reloj


La iglesia en la parte alta, al lado de la torre


Marineros de la escuela en su día libre

Poco más que contar de esta visita. Sólo la incidencia mecánica de la etapa (que parece que este año se está convirtiendo casi en lo habitual).

Salimos de Poros el lunes por la mañana, camino de Epidauros. Un día soleado pero revuelto. Una motora de unos locales se ha colocado muy pegada a nosotros por babor. Al salir del amarre, el viento cruzado nos empuja contra sus defensas.

Lucía está en la proa recuperando cadena y no me puede ayudar. Dejo el timón con marcha adelante mientras me veo obligado a ir a babor, porque nuestro aro salvavidas se ha enganchado con algún saliente de la motora y se va al agua.

Mal asunto. Salimos del amarre de mala manera, casi empotrados en el vecino. Por alguna razón, el ancla no nos sostiene tirando de la proa hacia el centro, contra el viento.

A trompicones llegamos al canal y nos quedamos atravesados. Lucía tiene su propia pelea con el molinete donde parece que se ha atascado el cabo y me pide dar atrás.

Todo está pasando demasiado rápido. No soy consciente de que nuestra amarra de babor está en el agua después de la lucha por zafarnos de la motora. Al dar atrás, las leyes de Murphy se cumplen inexorablemente. El cabo se enreda en la hélice y el motor se para.

Estamos sin motor en el medio del canal. No podemos maniobrar. Nuestro vecino griego está en la proa con cara de circunstancias, jurando en arameo y temiendo por su fondeo. Las tripulaciones de los barcos contiguos toman posiciones en proa para disfrutar del espectáculo inesperado y gratuito.

En varias ocasiones hemos pillado un cabo en la hélice. A veces por mala suerte y otras por pura impericia. Siempre hemos acabado teniendo que llamar a un buzo, que llega con su botella de aire comprimido, se sumerge tranquilamente, te libera, cobra y se va. Con suerte, puedes seguir navegando sin más problema, salvo que en ocasiones el cabo puede haber estropeado el eje o los retenes del saildrive. Y en ese caso la avería es importante, hay que sacar el barco del agua. No quiero ni pensarlo.

Pero conseguir un buzo en Poros un domingo por la mañana puede llevar horas, así que toca intentar la heroica. Me tiro al agua con mis gafas de snorkel y bajo a mirar el estropicio, Afortunadamente el agua aquí no está demasiado turbia. El cabo se ha enrollado como un ovillo en el eje de la hélice.

No me paro a pensar, me muevo por puro instinto. Consigo encontrar el extremo del cabo en la maraña de vueltas y voy desenredando, nudo a nudo. hasta que se me acaba el aire. Subo a respirar y vuelvo a bajar varias veces para seguir liberando el cabo.

El extremo está muy pillado entre el eje y la hélice. No hay manera de sacarlo a tirones, casi lo doy por imposible. Pero en un último intento, un poco a la desesperada, consigo que ceda por fin un tanto y acabe soltándose. Eso sí, de recuerdo me queda el brazo izquierdo dolorido para unas semanas. Creo que empiezo a estar demasiado mayor para este tipo de movidas.

Subo al barco. Arrancamos motor y el Sargantana por fin se mueve y puede maniobrar. Somos capaces de recuperar nuestra ancla y salir del canal sin levantarle el fondeo a ningún vecino. Buscamos un lugar para detenernos y chequear el saildrive. Todo parece funcionar bien. El aceite de la transmisión está limpio, los retenes no se han roto.

Esta vez las balas han pasado muy cerca.






En NoForeignLand puedes leer sobre Poros y también seguir a Sargantana

sábado, 25 de marzo de 2023

Leros. La llegada

Ha sido todo un invierno de preparativos, especialmente los últimos dos meses. Nada que ver con otros años.

Muchas horas de estudiar las mejores rutas para recorrer el galimatías de las Cícladas de la forma más lógica. Muchas horas calculando y cuadrando fechas, buscando y comprando billetes de avión y los mil repuestos que necesita el barco. Muchas horas planificando milimétricamente las actividades necesarias para dejarlo operativo, con sus prelaciones y sus dependencias, con estimaciones de duración y del día en el que ejecutarlas. Cualquiera diría que Lucía y yo hemos sido project managers y hemos trabajado en informática…

El tiempo pasa rápido. Y, de repente, un día de marzo en el que los griegos celebran su independencia de los turcos, te das cuenta de que el proyecto 2023 ya ha empezado. Ese día en que por fin llegamos a Leros en un vuelo desde Atenas que se hace muy corto (en esta época de la vida ya casi todo se te hace demasiado corto). Un 25 de marzo azul, tranquilo y luminoso, un día de primavera temprana.




El varadero tiene un aspecto muy distinto al que dejamos. El descampado árido y pedregoso de agosto, batido por el meltemi día y noche, se ha convertido en un bosque mágico y espeso de barcos, la mayoría veleros. Todos muy juntitos, con poco más que un pasillo angosto para que el tractor pueda maniobrar para meter y sacar barcos del agua. Los campos de los alrededores están ahora verdes, húmedos y llenos de flores. Y, sobre todo, no hay viento, es muy pronto para el meltemi. Artemis parece otro.

Foto de la cuenta Facebook del Artemis Leros Boatyard en 2019

Y allí, perdido en ese bosque, lo encontramos. Sepultado en tercera fila de una jungla de quillas, timones y soportes metálicos, como un cachorrito curioso que se aleja demasiado de casa y se pierde en la espesura. Con la cubierta inexplicablemente limpia (parece que aquí no llueve tanto barro como en Cartagena) y sin desperfectos apreciables. Un alivio. Dentro del barco nos embarga la extraña felicidad del regreso después de tantos meses, las sensaciones y el olor característico de los sitios que llamamos casa.



Esperábamos un varadero frenético de patrones preparando sus barcos, y no lo encontramos: Artemis está silencioso y tranquilo. Sólo parecen activos los belgas del Cecilia, justo en nuestra proa, y tres o cuatro tripulaciones más, perdidas en el mar de veleros. Claramente somos los más madrugadores de la temporada.

Y ese mismo día comenzamos la cuenta atrás. D-9. Nueve días para salir. No hay tiempo que perder, nos espera una hoja Excel con mil actividades. Hay que deshacer todos y cada uno de los preparativos de la varada de julio, reparar averías pendientes, hacer el mantenimiento anual de los motores, montar velas, pintar la cadena del ancla, limpiar, limpiar, limpiar… Y, sobre todo, colocar todo en su sitio de acuerdo con el orden milimétrico que nos permite llevar media vida a cuestas en un espacio tan pequeño como el Sargantana.



El tiempo sigue pasando rápido. Los nueve días se hacen cortos, descubrimos que montar lleva mucho más tiempo que desmontar. Aparecen contratiempos. El motor de gasolina de la neumática está atascado. Trato de desmontarlo, pero no soy capaz de separar el eje de su anclaje en el motor. Algo he hecho mal o la corrosión ha hecho su trabajo. Difícil de reparar aquí y en estas condiciones. Un contratiempo inesperado y caro. Decidimos comprar un motor eléctrico que nos permita obviar las incomodidades y la suciedad de la gasolina, los cambios de aceite y las revisiones anuales.



Después del primer fin de semana en Leros, seco y agradable, el tiempo se complica. Vuelven el frío y el viento, llueve a ratos. Vivir en un barco sobre un andamio es todavía menos agradable en marzo que en el verano. Los días se hacen plomizos y acabamos hartos de subir y bajar para ir al baño los trece peldaños de la escalera que tenemos apoyada en la popa.


Una semana gris. La única nota reseñable es el mecánico de Artemis al que finalmente encargamos hacer un chequeo y prueba en seco del motor del barco. Un chaval encantador y extraordinariamente competente, rápido y preciso. Me tranquiliza salir al agua después de haber visto cómo revisa concienzudamente todos los elementos que pueden causar problemas, tanto en el motor como en el saildrive. Le regalo el motor inservible de mi neumática. Él nos corresponde con un pulpo excelente de los que pesca su familia.

Llega el día de la salida. Al final casi nos pilla el toro, todavía estamos acabando cosas cuando la cuadrilla de operarios de Artemis se acerca con el tractor y las carretillas eléctricas y desmonta en unos pocos minutos todo el entramado de pilares de acero que sostienen al Sargantana. 




A las nueve en punto la comitiva está preparada como en una procesión (al fin y al cabo estamos en Semana Santa). Delante, el gran tractor amarillo paseando el barco con los andares majestuosos de un paso por las calles de Triana. En el medio, la carretilla elevadora que parece hacer ofrecenda a Eolo de nuestra neumática (y digo a Eolo porque se ha levantado un oeste cruzado que barrunto nos puede dar problemas a la hora de sacar el barco del pantalán). Y detrás, el grupo de afanosos tripulantes al que se han añadido Santi y Enric, del Xinxu, unos colegas de Barcelona que también salen al agua esta mañana. Se nos une un par más de operarios de Artemis. Con unos velones y unos capirotes pareceríamos una hermandad en procesión por Sevilla o Cartagena. Se echa en falta una saeta.

Vamos al agua.