No, el título no se refiere al resultado de un partido de fútbol sin goles en la isla Monolia.
Supongo que, si hay algún lector ajedrecista (improbable), habrá entendido ya el brillantísimo acrónimo telegráfico del título (un poco cogido por los pelos, pero a estas alturas de temporada uno tira ya de lo que puede).
Para el resto de mortales, aclaro: 0-0 es la notación ajedrecística del enroque corto.
Es decir, hemos venido a fondear a esta isla (Monolia) y hemos enrocado. Nunca antes nos había pasado. Supongo que para todo en la vida hay siempre una primera vez.
Decidimos pasar la noche en este lugar remoto (una especie de callejón sin salida en el canal norte de Evia) después de comprobar que el pequeño puerto de Loutra Edipsou no es exactamente el sitio idílico y encantador que buscábamos.
Para empezar, porque el muelle donde atracamos, en el único hueco practicable junto a la bocana, está lleno de pescadores de caña que pescan (o eso intentan) mientras hablan entre ellos a voz en grito. Igual por eso no pescan mucho, los peces tendrían que estar sordos.
Además, porque el escándalo que montan los enormes barcos de pesca que nos rodean cuando van llegando, uno a uno, a altas horas de la madrugada, es peor que el de cualquier discoteca playera en temporada alta.
Y para terminar porque Loutra Edipsou no nos dice nada. Como su nombre indica, es una especie de gran balneario, decadente, lleno de hoteles decimonónicos tipo “Muerte en Venecia” (pero un tanto descangallados). Es famosa por su playa con curiosos manantiales y pequeñas piscinas naturales de aguas termales. Muy pocos usuarios en estos días brumosos y frescos de finales de octubre, pero en verano imagino que los hoteles deben estar atestados de familias griegas “de las de toda la vida”.
“Not our cup of tea”, como dirían los ingleses, aunque encontramos algunas cosas positivas, como por ejemplo una lavandería con buena pinta, tiendas y supermercados. Igual sí volvemos en el futuro.
En consecuencia, a media mañana, habiendo pagado los preceptivos 9,31 euros de tasas a la proba funcionaria del ONLE, llenamos los depósitos y nos ponemos en marcha.
El día es gris y lluvioso, pero no demasiado frío. Uno de esos días en los que la meteorología avisa: “Chicos, el verano se acaba os pongáis como os pongáis”. Uno de esos días tristones en los que anticipas un invierno de comidas calientes y lluvia detrás de los cristales. Uno de eso días en los que apetece más un té que una cerveza.
Buscamos el resguardo de la costa este de Monolia. Una isla colonizada por hordas de lanchitas de turistas durante el verano y en la que parece vivir una pareja de focas monje (asumimos que sorda). No vemos a nadie, ni humano ni foca. El día no está para salir de casa.
Necesitamos un fondeo. Es tarde y sigue lloviendo. El viento arrecia y se hace molesto. No se ve el fondo, incluso con cinco o seis metros de sonda. Habrá que echar el ancla un poco a ciegas.
Afortunadamente ahora hay aplicaciones móviles como Navily en la que la comunidad navegante comparte experiencias y referencias sobre puertos y fondeos. Bastantes opiniones sobre el lugar en el que estamos, la mayoría positivas. De hecho, una tal Anastasia comparte orgullosamente las coordenadas exactas de un fondeo perfecto en arena bajo cuatro metros de agua. ¡Bien por Anastasia! Vamos para allá.
Algo no cuadra del todo. La zona parece ser un pequeño montículo (que no vemos, sólo intuimos con la sonda). No es lo normal. Al llegar al punto exacto, Lucía, la experta en fondeos del Sargantana, deja caer el ancla y comienza a largar cadena. Yo doy marcha atrás hacia el nordeste, suavemente, para ir extendiendo la cadena.
Algo sigue sin cuadrar. Pasamos por una profundidad de 2,6 metros. Aguas demasiado someras. El Sargantana cala 1,9 metros y nos inquieta estar en sondas de menos de tres metros. De repente algo nos detiene y nos mueve hacia un costado. El ancla debe haber agarrado, pero quizá demasiado pronto, quizá demasiado violentamente. Quieres creer que todo está bien, que el ancla aguanta, que ya es hora de meterse en la cabina y preparar una buena cena, con vino blanco griego y una copa de mastikha.
Demasiadas cosas no cuadran. Nuestra app de fondeo (Anchor Pro) nos dice que estamos casi encima del ancla, apuntando al nordeste. El viento amaina y rola al sudeste, pero nosotros seguimos quietos. No hay duda, la corriente nos empuja. Y la cadena hace ruidos. Cruje bajo nuestra quilla.
Blanco y en botella. Hemos enrocado. Lo que tenemos debajo no es arena sino rocas. Pero ya es de noche y no tiene sentido tratar de cambiar el fondeo. De hecho el ancla puede estar entrizada en las rocas. O la cadena. O ambas. Hay que esperar a mañana.
La noche es larga. La incertidumbre no ayuda a dormir. Yo duermo a ratos, Lucía probablemente menos que yo. Sigue lloviendo y en la oscuridad el viento sube de nuevo y ulula. Oímos crujir a la cadena bajo el casco.
Por la mañana la cosas tienen mejor pinta. El cielo sigue encapotado pero ya no llueve y los rayos de sol se filtran de vez en cuando entre las nubes y permiten entrever el fondo. Veo nuestra ancla (pintada de amarillo) descansando tranquilamente sobre una gran roca, justo debajo de nuestra popa, a poco más de dos metros de profundidad. Un problema menos, sacar el ancla de entre rocas a veces es complicado.
La maniobra evasiva no es demasiado compleja pero tiene su aquel. Hay que ir desplazando el barco suavemente a lo largo de la cadena que zigzaguea en el campo de rocas. Recogiendo cadena, pero a veces soltándola para liberarla de las vueltas y revueltas que ha provocado el movimiento del barco durante la noche. Lucía me da instrucciones desde la proa para movernos con precisión en el campo minado.
Todo va bien, mejor de lo esperado. Algún que otro estrechonazo pero muy ligero. En pocos minutos estamos libres.
Decía al principio que no habíamos jugado un partido de fútbol con la isla de Monolia, pero quizás me equivocaba. Enrocamos en corto, si, pero también jugamos un partido. Eso si, lo ganamos. No empatamos a cero. Celebramos la libertad del Sargantana como dos delanteros que se abrazan después de un gol decisivo que vale un campeonato
Vamos camino de Orei. Ya no llueve, ha salido el sol. Anastasia, bonita, ya te vale...
Viernes, 17 de octubre de 2025



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