Monolia es esa isla frente al cabo más occidental de Evia, Kavos, una lengua de arena convertida en lugar de acampada de "motorhomes" en todas las estaciones del año. Cuando doblas el cabo viniendo del sureste, el viento cambia de dirección, no tiene nada que ver con el que traías, y se producen corrientes y remolinos que no anticipas. La primera vez tuvimos que pelear contra un viento norte duro e incómodo. Están esta ocasión no tenemos problemas para recorrer las 16 millas que nos separan de Oreoí, un puerto conocido, en el que hemos atracado varias veces, como tantas tripulaciones de españoles que hacen de Oreoí una recalada habitual.
Giorgios, el griego que en su juventud de marino pasó unos años en Argentina, que habla español y que se hace llamar Jorge, nos conoce a todos. "Ya se han ido Mercedes y Rafa". "Estoy pendiente de que llegue Cuca, que necesita un mecánico". "Juan y María llegan después de Pascua". "Qué sabéis de Alberto, que hace tiempo que no lo veo". En abril nos saludó al llegar. "Sois los primeros". Hoy se excusa: tiene la visita de un amigo y no podrá venir a charlar con nosotros en español, que tanto le gusta.
Oreoí está de fin de temporada. Hay pocos barcos en el puerto, algunos locales ya han echado el cierre y en la playa ha brotado la hierba.
Los perros callejeros no cambian, siguen peleándose entre ellos por los mejores sitios al lado de los restaurantes y vienen a buscar un amigo al pie de las pasarelas de los barcos. Yo creo que conocen la historia de su compañero, caído en desgracia hace dos inviernos cuando alguien se encargó de denunciarlo. Se lo llevaron a la perrera y habría acabado allí su tiempo si Luis Sá, un navegante sabio y de extraordinario corazón, a quien conocimos en Creta, no lo hubiera rescatado en un viaje relámpago para llevárselo a su casa en Oporto, donde hoy tiene nombre y vive feliz.
Tras un par de días en Oreoí y la obligada visita a la lavandería de Irini, seguimos hacia el golfo Parasético (el de Volos). Pensamos en ir ya preparando el barco para el invierno y, en vista de las previsiones de los próximos días, se nos ha ocurrido buscar un fondeo tranquilo donde quitar las velas. El elegido es Tzasteni, al este de la península de Trikeri. Acertamos de lleno. Un fondeo en una cala deliciosa, sin viento ni ola, que nos permite desmontar mayor y génova, sin prisa, disfrutando del entorno y de los últimos baños. Los días que nos quedan hasta el varadero los haremos a motor, aunque hemos dejado instalada la trinqueta por si hubiera algún contratiempo.
Antes de abandonar el golfo, decidimos aventurarnos a visitar Pigadi. Es un sitio pintoresco del que hemos oído hablar, un puerto de pescadores pequeño, con pocas casas. Y con la particularidad de que, en marea alta, el muelle está prácticamente a ras de agua. Pensado para facilitarles la descarga a las barcas de pesca, se hace inviable para los veleros: las defensas saltan por encima del hormigón y el casco queda expuesto. Precisamente Luis Sá fue uno de los que tuvieron que salir a escape al ver subir la marea y su barco peligrar.
Por suerte encontramos hueco a sotavento del muelle. El dueño del velero del otro lado del espigón, que usa su barco para pasear a turistas en temporada, nos cuenta el "truco": añadir algunos neumáticos, que se hunden, a diferencia de las defensas, que flotan. Nos presta un par de ellos pero apenas hay viento y el que hay nos separa del muelle.
Al día siguiente salimos de nuevo hacia Oreoí. Giorgios ya tiene tiempo para nosotros. Vuelve a contarnos la historia del toro, como hizo el primer día. El enorme toro de mármol rescatado del mar del que todo Oreoí se enorgullece. "Hay otro, guardaban la entrada al puerto, un día de estos lo encontrarán", repite como un mantra. Esta vez nos acompaña hasta el lugar exacto en el que apareció, cerca de la casa familiar de la que se ve obligado a alquilar la planta de arriba para completar su pensión.
"Sois los últimos", nos dice, nostálgico. A nosotros y a Manuel, un navegante en solitario que está atracado en el puerto cuando llegamos y que seguirá allí cuando nos vayamos. Oreoí es esa clase de puerto en el que echas raíces…
Manuel es un tipo estupendo. Está escribiendo su segundo libro. Se trae a Sargantana una botella de vino español y nos da la excusa perfecta para abrir nuestro último sobre de jamón. Una velada fabulosa, de libros, vivencias, anécdotas y conocidos comunes. Siempre tanto que compartir entre gente de mar. Antes de despedirnos me trae una cerveza sin gluten que alguien se dejó olvidada en su nevera. Suspiro, es la primera que veo una en dos meses.
Tras los dos días de rigor en Oreoí toca volver al canal de Evia. De nuevo hace calor, parece que aquí también tienen su "veranillo de Agios Mijael". En Livaditis Xaris y su padre nos esperan para sacar a Sargantana del agua, por tercera vez, a su refugio de invierno.
Ya sólo quedan unos días de desmontaje en el varadero, un taxi a Limni, autobús, una noche en el hotel de Chalkida, tren a Atenas, avión a Madrid, visitas a la familia, un ALSA madrugador a Cartagena y un paréntesis invernal hasta que la primavera nos traiga de regreso al meridiano 23.
Miércoles, 29 de octubre de 2025


















No hay comentarios:
Publicar un comentario