Raramente nos quedamos en un puerto más de dos o tres días. En Myrina, este año, es diferente. En Myrina se nos para el reloj.
Ya conociamos Myrina, o eso creíamos. El año pasado hicimos una larga excursión a la fortaleza que vigila las dos bahias, aunque no llegáramos a ver a los famosos ciervos que viven allí. Y nos adentramos en su centro histórico de influencia otomana. Denso, de calles estrechas y empedradas, con casas pequeñas de dos plantas y balcones de madera, donde se asentaban artesanos y pescadores.
Este año descubrimos el barrio al norte de la fortaleza, que por alguna razón habíamos obviado el pasado. Quizás porque la playa, los restaurantes y los bares de copas estaban aún desiertos, cerrados, sin montar. Hoy el paseo marítimo y la playa hierven de vida y bullicio. Inexplicablemente, la infinidad de hamacas, sombrillas y terrazas no afean el entorno. Parecen encajar a la perfección con la serenidad de las casas señoriales y las mansiones neoclásicas del siglo XIX de este distrito acomodado que mira a la puesta de sol. Es Romeikos Gialos, el barrio de los armadores adinerados y de los griegos que regresaban enriquecidos de Egipto. Es la playa rica.
Y también caminamos por esa otra playa más humilde, al otro lado del puerto, en un barrio popular, de arquitectura simple y funcional. Un barrio de expansión que se edificó a toda prisa tras la firma del tratado de Lausana de 1923 para el intercambio de poblaciones entre Grecia y Turquía. Lemnos recibió a 4.500 refugiados de Madytos. A su nuevo barrio, y a su playa, los llamaron así, Nea Madytos.
Lemnos nos atrapa. Los fondeos solitarios en el golfo de Moudros antes de llegar aquí. El bullicio del puerto, en el que no pasa una tarde sin que aparezca alguien en nuestra popa con quien charlar y compartir unas horas. Esa visita al museo, que nos sumerge en el misterio de la isla, pura magia. El recorrido en coche, que nos transporta a lugares fascinantes, a medio camino entre la historia y el mito.
Sin apenas darnos cuenta, dejamos de contemplar Myrina como un decorado y empezamos a vivir la ciudad, y a interaccionar con ella y con sus gentes.
Mi incidente de Mestá me lleva hasta Dora. Me hablan de ella los amigos del Cala Mara, que llevan unos días fondeados en la bahía para que Josefin se trate de un ataque de lumbago.
Dora es fisioterapeuta, una fisioterapeuta extraordinaria que va mucho más allá de su título y se convierte para mí en confidente, en apoyo, en esa mano amiga que, sin pedir nada a cambio, me guía y me abre puertas. Como la de su dentista, que me hace un hueco entre dos pacientes y sigue hablando con Dora días después, dictándole instrucciones y recomendaciones para que me las traduzca a su excelente inglés. Como la del estrambótico médico radiólogo, que me recibe a las nueve de la noche y parece feliz de contarme su vida y de practicar conmigo el italiano aprendido en el “interrail” de su época adolescente.
Le doy las gracias a Dora. Se encoge de hombros. “¿Qué quieres? Somos lemnios, todos nos conocemos y todos nos ayudamos. No puede ser de otra forma. Somos así”.
Decido volar brevemente a Madrid, un paréntesis que me sumerge por unos días en un mundo que ya no me pertenece, que contemplo con cariño pero sin nostalgia. Y la vida continúa para Luis en Myrina, donde sigue creando amistades y estrechando lazos con la isla.
Y regreso. Myrina me está aguardando, con su energía y el ajetreo habitual del puerto, en el que Angelika y Theo también me esperan, tan cariñosos, para continuar el viaje juntos.
Viernes, 19 de junio de 2026









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