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domingo, 19 de junio de 2022

2022 21ª etapa: Rodos - Symi. Capitán Phillips (2013)




Domingo, 19 de junio

Hay gente que, por alguna razón, te cae bien nada más conocerla. Incluso, a veces, antes de conocerla, como cuando llamas por el canal 71 a la Marina Symi, en la bahía de Pedi, y te dicen que sí, que por supuesto tienen sitio para amarrar, que vayas un poco más allá del catamarán blanco abarloado al muelle, al hueco después del velero azul, que tienen guías, que no necesitas ancla, que estarán allí para ayudarte.

Al final de la fila de barcos atracados de popa, le vemos en el muelle, amarra en mano. Nos hace señas. Un tipo alto, enjuto, pelo blanco, camisa, pantalones cortos, gorra roja. Muy delgado. Mayor. O quizá no tan mayor (uno, que ya está jubilado, tiende a ver a la gente de su edad más mayores que a uno mismo). Quien nos da las amarras es el capitán del puerto. El capitán Nick.

El atraque no es fácil. La Marina Symi tiene un único muelle, casi paralelo al meltemi, que estos días sopla sin tregua. Nuestros vecinos del Lady L, sudafricanos con bandera polaca, fake como la nuestra, también ayudan. Menos mal.

Marina Symi, en Pedí

Pero, como pasa a menudo, la maniobra de coger la guía y correr para hacer firme la amarra de proa no es lo suficientemente rápida y acabamos aconchados contra el barco de sotavento. Tampoco ayuda que las amarras de proa sean cabos demasiado finos y demasiado perpendiculares al muelle. 

El caso es que nos cuesta un buen rato, y más de un esfuerzo, bajo el sol cegador del mediodía, recomponer nuestra posición. En estos casos, en cuanto el barco está seguro, el protocolo de rigor es sacar unas Mythos bien frías de la nevera y relajarse después de la batalla. Le ofrezco una al capitán Nick. Sonríe. Dice con voz grave “I never say no to a beer”. Y nos cuenta.

El capitan Nick (Nikos) es un tipo que impone. Un marino de los que, quizá, ya no quedan, como ese Capitán Phillips, duro y honrado, que interpretaba Tom Hanks en el cine. Nikos fue capitán de un mercante, y nos habla de sus escalas en España (la primera, siempre Barcelona), de Symi, del meltemi. Cordial y amigable. Orgulloso de su minúscula marina, recién inagurada, como seguro estuvo orgulloso de todos sus barcos y de sus tripulaciones. Uno de esos viejos lobos de mar, ya de regreso en tierra, en Symi, isla de marinos. Nikos ha pasado toda una vida en el mar, pero sigue viviéndolo en su jubilación, junto a su casa, en su pequeño puerto y con su pequeño equipo, con un cuidado y una dedicación que no pueden sino enternecer. Seguro que es el mismo mimo que ponía en cada uno de sus mercantes.

Nikos y sus chicos revisan constantemente todos sus barcos (diez o doce, no les caben muchos más) y cuidan personalmente de todos los detalles. Como cuando suben al barco a poner una amarra extra en cuanto el meltemi enseña las uñas, una tarde en la que hemos salido a ver Symi y su museo. Más que una marina, lo de Nikos es una guardería.

Sargantana en Marina Symi


Una marina deliciosa, de las mejores que recordamos. Nikos nos propone guardar el Sargantana allí durante en el invierno, pero no tienen marina seca y, en cualquier caso, ya estamos comprometidos con Leros. Quizá otro año.

El agua de la marina, como toda la bahía, está limpia y transparente. Nos bañamos desde la minúscula playa al lado de la puerta


Llevamos ya tantas islas que se nos agotan los adjetivos. Symi es particular, incrustada como con un calzador en una enorme bahía turca, con una historia fascinante que mezcla su tradición de buceadores/pescadores de esponjas, con las inevitables batallas y avatares de esta zona. Playas impresionantes, accesibles solo por mar, y un puerto de esos que no olvidas, con casas multicolores hasta el borde del mar, un ir y venir continuo de ferries, veleros y yates, y un ambiente difícil de igualar.

Puerto de Symi

Pasamos seis días en la isla, pero nos parecen pocos. Tres noches en Pedi, el pequeño pueblo junto a Symi, en la marina del capitan Nick. Otras tres en Panormitis, una bahía, cerrada como un puerto, en el sur de la isla, con una única edificación: un monasterio espléndido (y sus edificios anexos), lugar de peregrinación para toda Grecia. Un sitio en el que podrías fondear casi indefinidamente, y en el que esperamos con tranquilidad a que el meltemi reduzca un día su furia y nos permita saltar a Tilos o Nisyros, a por una nueva etapa.

Monasterio del Arcángel Miguel de Panormitis, del s. XVIII, con su llamativa torre de 1905

En Panormitis podemos presenciar cómo los barcos cisterna de la armada griega abastecen de agua a estas pequeñas islas del Dodecaneso. El A480 (nosotros le llamamos “el botijo”) aparece en la entrada de la rada cada pocos días con la panza llena y el trancanil casi a ras de agua. Y el pequeño pantalán frente al monasterio se moviliza para hacerle sitio y llenar las cisternas con el agua del botijo, operación que les lleva un par de días. Para alborozo de su tripulación, que acaba con las reservas locales de Mythos, tumbada en cubierta. Aquí, prisas, las justas.

El A480 no debe ser el barco más glorioso de la armada griega, pero seguro, segurísimo, que hay lista de espera para ser tripulante. Y seguro, segurísimo, que tiene un Capitan Philips al mando.

 El barco cisterna A480 llegando al muelle de Panormitis


Panormitis tiene nombre de druida de aldea gala. Pero en Panormitis no hay un druida, hay un arcángel. Y no hay galos, hay gallos. Gallos y cabras. Todo el día, desde primera hora, el canto medio desganado de los gallos y el balido de las cabras acompaña un fondeo que es muy tranquilo, a excepción de los ferries. Al pequeño muelle de Panormitis llegan, escalonados, tres ferries diarios que escupen su carga de turistas para, una hora después, recogerlos y desaparecer, dejando la bahía, el monasterio y la terraza de la cafetería otra vez en completa calma. 

Panormitis es nuestro primer fondeo al llegar a la isla de Symi, la tercera que visitamos de las doce del Dodecaneso. El salto desde Rodos ha sido curioso y muy divertido. No se puede ir en línea recta sin pasar por aguas turcas, para lo cual no estamos habilitados. Además, el viento es duro y de proa, lo que nos obliga a hacer bordos. Tenemos que prestar mucha atención para negociar con éxito el rumbo, la frontera, los cargueros y alguna que otra patrullera turca…

Camino de Symi, con la costa turca al fondo


Al llegar a Panormitis leemos que el monasterio del s. XVIII es uno de los trece (¡trece!) monasterios que hay en la isla dedicados a los arcángeles, nueve de ellos solo al arcángel Miguel, patrón de Symi. El monasterio del arcángel Miguel de Panormitis es el más importante de la isla y el segundo más grande del Dodecaneso, y atrae peregrinos de toda Grecia. Guarda un icono del arcángel de dos metros de alto que a mí me parece salido de la Casa del Terror, con esa costumbre que tienen aquí de cubrir de plata repujada toda la figura dejando al descubierto únicamente la cara pintada, que, al estar en otro plano, se tuerce en un gesto grotesco y le da un aspecto deforme y contrahecho. 

Icono del arcángel Miguel en Panormitis. El repujado en plata es de 1724 sobre una pintura más antigua. Dicen que hace milagros.


Descansamos aquí dos días del ajetreo de Rodos, con visitas esporádicas a tierra en el dinghy para ver, en completa soledad, el monasterio, tomarnos un café en la terraza del bar, contemplar, divertidos, la llegada de los turistas y las colas que forman, o dar un paseo alrededor de la bahía con las cabras. También nos bañamos: el agua está limpia, aunque bastante revuelta por el viento y, sobre todo, por los ferries, que alborotan la arena del fondo en las maniobras de atraque. Vemos un par de tortugas en el agua. 

Subiendo por la costa este de la isla de Symi se abren las calas de las playas más conocidas y frecuentadas por ferries y barcos-taxi en excursiones de día: Marathounda, Nanou, Agios Giorgios. No fondeamos en ninguna de ellas: no nos fiamos del viento racheado.

 La playa de Agios Giorgios (San Jorge), accesible solo por mar, es la más importante y la más grande de Symi. Se extiende a los pies de impresionantes paredes verticales de 300 m de altura. Es uno de los destinos más solicitados por los turistas playeros, pero el viento racheado no hace recomendable pasar la noche fondeados


En el norte se abre la bahía de la ciudad de Symi, visita obligada según todas las guías. La bahía inmediatamente anterior es la de Pedi, un puertito y un pequeño pueblo que trepa por la ladera y cuyos límites se confunden con la parte alta de Symi. Porque Symi tiene dos partes: Gialos, el puerto, al que todo el mundo llama Symi, y las casas de arriba, en la falda de la montaña, al que llaman indistintamente Ano Symi ("alto Symi") o Chorio, que significa “el pueblo”. 

Bahía de Pedi desde el camino que lleva andando a la playa de Agios Nikolaos


Cogemos el autobús que sale de Pedi cada hora, sube por Chorio y baja hasta Gialos. Por muchas fotos que veas, nada anticipa la impresión de atisbar el puerto de Symi por primera vez, cuando el autobús corona la cima, antes de iniciar el descenso. Las casitas azules, amarillas y ocres, rodeando el puerto en forma de herradura y trepando por la falda de la montaña, parecen un cuadro naif que alguien hubiera soñado y luego pintado con toda delicadeza. Y ¡el mar! Un mar azul profundo que refleja la luz de un sol inclemente y da aún más protagonismo, si cabe, a las pequeñas edificaciones de tejados rojos.

Vista del puerto de Symi desde el autobús

El puerto de Symi desde su extremo oeste.


El puerto es, una vez más en este viaje, un escaparate al turista. Además de los artilugios habituales, en Symi aprovechan su llamativa historia de pescadores de esponjas para inundar sus tenderetes de una oferta que, lamentablemente, nada tiene ya que ver con Symi: hace años que la mala gestión y la pesca abusiva acabaron con cualquier vestigio de esponjas en los fondos de la isla. Los cientos de ellas que hoy exponen en sus decenas de tiendas a saber de dónde vienen... 

Una de las tiendas de esponjas, con el reclamo del traje de buzo


Y es que Symi es Symi gracias a las esponjas. Poco antes de que, en 1522, Solimán el Magnífico lanzara el asedio de Rodos, Symi tuvo el acierto de someterse voluntariamente al sultán y ganarse un trato de favor a cambio de sus esponjas. Se compraron el derecho al autogobierno y al libre comercio marítimo. Mantuvo estos privilegios durante los siglos XVI y XVII, en los que ganaron de Creta el derecho a ondear el pabellón de San Marcos y, así, proteger sus barcos de los piratas. 

En el siglo XVIII la isla vivía por completo del comercio de esponjas; llegó a albergar más de 30 empresas familiares de armadores y comerciantes. Ya entrado el siglo XIX, llegaron los trajes de buzo y, con ellos, la sustitución de la técnica artesanal de pesca a pulmón por el arado de los fondos con rastrillos, que se llevaban por delante no sólo las esponjas, sino todo tipo de vida submarina. Fue la época más próspera de la isla, que se enriqueció con la exportación a Europa y llegó a albergar más de 25.000 habitantes. Las principales casas y calles que se conservan hoy son de aquella época. Mantuvo su prosperidad hasta el siglo XX, pero la explotación indiscriminada, la llegada de la fabricación de esponjas de material plástico y la Segunda Guerra Mundial marcaron el inicio del declive del comercio de esponjas y, por ende, de Symi, hasta que, en 1970, se abandonó por completo su pesca. Hoy, Symi vive del turismo.

Estatua en el puerto de Symi dedicada a Stathis Hatzis, el legendario pescador de esponja que, a principios del siglo XX, buceó 88 metros a pulmón durante 3 minutos y 58 segundos para enganchar a una cadena el ancla que un barco de guerra italiano, el Regina Margerita, había la perdido en una bahía de Karpathos. 


Symi no es un lugar confortable para vivir: está llena de escaleras. Las casas que no tienen la suerte de estar al borde del mar salvan la distancia con tramos de escaleras empinadísimas. No es de extrañar que, para llegar desde el puerto hasta el pueblo de arriba, los habitantes pudientes se hicieran construir, allá por el s. XVIII, una vía “cómoda”: ancha, en zigzag, alternando cuestas y peldaños, a la sombra de árboles frondosos plantados aquí y allá. Es la Kali Strata, que en griego quiere decir “buen camino”. 

Uno de los primeros tramos de la Kali Strata, que arranca de la zona este del puerto

La Kali Strata ya llegando a lo alto del pueblo


Al sol del mediodía tomamos la Kali Strata, y constatamos que de cómoda no tiene nada. Tras subir sus más de 500 escalones, que ofrecen aquí y allá espectaculares vistas del paisaje de casitas de cuento, visitamos el museo, que se esconde entre las callejas estrechas del pueblo, 


Una de las calles del pueblo, cerca del museo


El museo se ubica en la mansión Farmaki, que, además de las galerías de arqueología, arte e historia de la isla, exhibe muestras de folklore, vestimenta y vida del siglo XVIII y XIX. Desde su balcón se pueden ver, a la vez, las dos bahías: Symi a la izquierda, Pedi a la derecha


Pasamos de largo el castillo de los Caballeros de San Juan y los antiguos molinos y seguimos camino de Pedi, disfrutando de las vistas de la bahía que, a esta hora, sigue azotada por el viento inmisericorde del norte, el mismo viento que batallaremos en nuestra siguiente etapa para llegar a la isla más bonita que hayamos visto jamás (perdóname, mi querida Formentera…). Pero esa es otra historia.

La última noche en la isla la pasamos en Panormitis, a donde hemos ido para acortar en unas horas la navegada de mañana



Sábado, 25 de junio





jueves, 16 de junio de 2022

2022 20ª etapa: Karpathos - Rodos. El coloso de Rodas (1961)





Jueves, 16 de junio


Rodos, Rodhos, Rodi, Rhodes, Rodas. Como siempre, muchos nombres para una isla mítica. Mítica por la estatua del Coloso, el dios Helios, que protegía su puerto hasta que un terremoto se lo llevó por delante hace 22 siglos. Y mítica por su historia de potencia militar dominante, durante muchos siglos, en el este del Mediterráneo, y por el esplendor de una ciudadela medieval inexpugnable. Para nosotros, Rodos es uno de los hitos principales de esta travesía del 2022.

Detalle de la muralla tras la puerta de San Antonio 


Al igual que Valetta, la ciudad de Rodos es todo menos decadente. Para tener 2500 años, sorprende la actividad y la energía que transmite, y en general es bonita y está bien cuidada. Pero, lógicamente, tampoco se libra de la invasión del turismo de masas. En su ciudadela, la calle medieval más larga de Europa, en la que casi esperarías toparte con algún caballero cruzado español, francés o italiano (o, en su defecto, con Harry Potter saliendo de la boutique de varitas mágicas) se llena todos los días de cientos de turistas que bajan de dos o tres cruceros enormes y la recorren sudorosos, agrupados por nacionalidades en pequeños rebaños que caminan en procesión detrás de su correspondiente pastorcilla, siendo instruidos a través de auriculares bluetooth con letanías ininteligibles. Ora pro nobis.

La calle de los Caballeros de San Juan, 600 metros empedrados y en cuesta

La ciudadela está protegida por murallas en perfecto estado, como recién construidas con un “Exin Castillos” gigante. Pero, bajo el sol de media tarde, lo que la multitud se encuentra es una sucesión interminable de tiendas y tugurios para turistas (camisetas, gorras, flotadores, imanes y demás; incluso cotas de malla, espadas y armaduras de pega). Cada restaurante, invariablemente, con un gancho en la puerta que te da las buenas tardes en tu lengua materna (los condenados aciertan casi siempre) y trata de convencerte de que su stifado es el mejor de la ciudad. Como Scilla y Caribdis, vamos.

Afortunadamente, tenemos la posibilidad de recorrer la ciudadela cuando recupera su personalidad, al anochecer, al salir los últimos rezagados de los restaurantes, tratando de encontrar nuestro camino de vuelta hacia el barco en el laberinto de callejuelas oscuras y desiertas.

Rodos (la isla) se muestra exultante en los primeros días de un verano que, por fin, se despereza: buenas carreteras, urbanizaciones de lujo, centros comerciales y muchas, muchísimas gasolineras. Quizá porque, a diferencia de otras islas, Rodos tiene playas largas, atracciones turísticas interesantes y una orografía menos violenta.

Nuestro camino desde Karpathos hasta Rodos ha seguido el mismo patrón de navegación "al sprint" que iniciamos en Creta, como de etapa del Tour de Francia, en la que los corredores (en este caso barcos: el Zebahdy, el Unconditional, el Margarida y el Sargantana) juegan a perseguirse, a adelantarse a juntarse en "grupetos" (como dicen los comentaristas de la radio) y a separarse al poco. A toda velocidad. 

Salimos de Karpathos muy pronto, antes del amanecer. Tenemos casi 70 millas hasta la bahía de Lindos, donde queremos hacer un primer fondeo de un par de días y visitar de paso el pueblo y su acrópolis, antes de continuar hasta la ciudad de Rodos. Allí planeamos quedarnos en puerto para poder alquilar un coche y dar una vuelta por la isla con cierta tranquilidad.

El sol no ha salido y la luna aún brilla en el cielo cuando levantamos el fondeo


El viento sigue siendo asequible, muy agradable de gestionar. Aparece pronto por la mañana, veinte nudos que nos entran al descuartelar y que nos hacen volar, una maravilla volver a ceñir después de semanas de vientos de popa cerrada. Muy poca ola, nos movemos al socaire de Karpathos y, después, de la propia Rodos. Casi todo el tiempo por encima de los siete nudos, gobernando a mano. No hay otra opción, el piloto automático del Sargantana acaba por perder pie cuando alguna ola nos desplaza, en uno de esos días de adrenalina pura, de trimar al máximo. A nuestra popa, muy lejos, el Zebahdy y el Unconditional nos siguen los pasos tratando de alcanzarnos, y también el Margarida, que se ha unido al "grupeto perseguidor" a última hora. Viva la serpiente multicolor.

MarineTraffic nos muestra en realidad virtual la posición de nuestros colegas. Margarida es el barco portugués cuyo patrón, Luis, nos ayudara con las amarras al llegar a Sitia y que se ha unido a la flotilla bordeando la isla desde el NW. Nos avisa por el 16 de que también va rumbo a Rodos 


Nos defendemos. El Sargantana les mantiena a raya (porque aunque es de naturaleza tranquila y, muchas veces, perezosa, el Sargantana, cuando se pica, se pica) y llega a la bahía de Lindos sobre las cinco de la tarde, una hora antes de lo esperado. La vista es espectacular: la ciudad de Lindos y su acrópolis aparecen de golpe detrás de los muros de piedra que guardan la entrada, como si se abriese el telón.

Vista del pueblo de Lindos, con la acrópolis y la fortaleza de los Caballeros coronándolo 


Pero, al mismo tiempo, nos encontramos con el espectáculo, mucho menos excitante, de decenas de veleros y motoras fondeados, motos de agua haciendo su trabajo (tocar las gónadas) y bañistas suicidas en sus pádel-surf, llenando completamente la bahía. Decepción. Sabemos por la guía que Lindos no es un lugar sencillo para fondear. Hay muy pocos parches de arena y muchas rocas en el fondo. Con tanta gente, y en el pico de viento de media tarde, encontrar un buen sitio para echar el ancla con seguridad y una cierta comodidad es, casi, una quimera.

La bahía de Lindos, menos concurrida al día siguiente


Estamos acostumbrados a cambiar los planes sobre la marcha y no nos lleva más de unos segundos decidir que es mejor prescindir del fondeo de Lindos. Podemos venir a visitarla por tierra, dentro de un par de días. Ponemos proa a la playa de Vlycha, dos millas más al norte, un sitio resguardado y tranquilo, con fondo de arena, en el que podrían caber con amplitud 100 barcos… y en el que estamos solos. Es difícil entender que los que navegamos por estas aguas podamos llegar a ser tan gregarios.
 
Al poco rato se nos une el Zebahdy. Han tirado la toalla tras intentar fondear, infructuosamente, en Lindos, con enroque de ancla incluido. Pero, mira tú por dónde, el Unconditional y el Margarida han conseguido sitio tras mucho intentarlo. Así que la etapa del Tour continuará a dúo al día siguiente. El Zebahdy y el Sargantana saldrán casi al unísono camino de la marina de Rodos. Los demás se quedarán, perezosos, a disfrutar de su tesoro: un fondeo decente en Lindos. 

 Zebahdy en Vlycha


Y en Rodos pasamos un par de días inolvidables junto a nuestros amigos del Zebahdy. Recorremos la isla, visitamos el famoso Valle de las Mariposas (que merece la pena). Nos acercamos a Lindos, una bonita ciudad desde fuera pero que decepciona, una vez más, por la masificación turística de sus callejuelas estrechas y blancas. Cenamos juntos en la ciudadela de Rodos, en un restaurante excelente al que llegamos tras una sucesión de casualidades casi rocambolescas. 

Y disfrutamos de la Rhodes Marinas, más cara que los puertos en los que hemos venido recalando en las últimas semanas (al fin y al cabo, es privada, y de lujo), pero con instalaciones excelentes y una atención al cliente de primera calidad.

En Rodos nos despedimos del Zebahdy. Ellos continuan hacia el oeste, camino de Chipre e Israel. Nosotros, hacia el este, siguiendo nuestra ruta prevista por el Dodecaneso. Debby y Tom, otra entrada más en la lista de nuevos amigos de esta travesía. Les echaremos de menos, esperemos que podamos coincidir otra temporada.

Bajando el Valle de las Mariposas nos topamos con Debbie y Boyd que suben


La ciudad de Rodos es Patrimono de la Humanidad por la UNESCO. Pero estoy de acuerdo con Luis en que está desvirtuada por el turismo. No tanto por los visitantes como por la oferta turística. Resulta inconcebible que, a los pies de los muros de una maravillosa iglesia en ruinas, se aposten tenderetes y tenderetes de maniquíes de ropa. Que los portales de las casas medievales estén festoneados de toldos y sombrillas de Coca-Cola y Mythos. Que las plazas cargadas de historia y de simbolismo sean intransitables por los centenares de mesas y sillas que obstruyen el paso. Me cuesta creer que esta industria sobreviva. No hay cabezas para tanto gorro, ni torsos para tanta camisa. 

Tenderetes de ropa a los pies de las ruinas de la iglesia de Santa María del Burgo

Plaza de Alejandro el Grande


A pesar de todo, el paseo por la ciudad es una delicia. Dicen las guías que te transporta a otra época. No señores, lo siento, eso no. El turismo te lo impide. Sin embargo, sí admiras con entusiasmo la capacidad del ser humano para hacer cosas bellas que perduran en el tiempo.  

Vamos andando desde la marina a la ciudad de Rodos, que se llama como la isla. Es un paseíto de menos de 20 minutos. Nos hubiera gustado haber atracado en Mandraki, en el puerto antiguo, tan al pie de las murallas como esa otra marina Mandraki de Corfú, el año pasado. Pero no hay suerte: es fin de semana y todo está especialmente lleno. Salvo por la caminata, Rhodes Marinas es infinitamente mejor y, sobre todo, mucho más tranquila que este bullicio de paseantes y kioskos que puebla el puerto.

Rodas está encerrada en murallas imponentes con su foso, hoy transitable y en el que hasta han instalado un anfiteatro al aire libre. Hay seis puertas principales y varias más pequeñas que dan acceso a la ciudad antigua. La ciudad moderna se queda fuera del recinto, que está festoneado de parques y zonas verdes. Leo escandalizada en wikipedia que, cuando los italianos se anexionaron la isla en 1912, se cargaron todas las edificaciones otomanas que pudieron, incluidos los cementerios a los pies de las murallas, sobre los que plantaron parques.

Puerta de San Antonio


Callejeamos sin rumbo. Huyendo de las calles más transitadas, caemos en el barrio judío, que, un viernes por la tarde, está vacío y con todo cerrado a cal y canto: mañana es su día sagrado. En el s. XIV, los Caballeros relegaron a los judíos de la isla a esta zona al este de la ciudad, hasta que en 1500 expulsaron a todos los que no aceptaron convertirse al cristianismo. En tiempos de la dominación otomana, Solimán el Magnífico, con el ánimo de repoblar la isla de judíos, invitó a venir a los sefardíes que habían sido a su vez expulsados de España. Se instalaron aquí y al barrio le llamaron, familiarmente, La Judería (“La Djudería" en idioma ladino).

Calle del barrio judío. Quedan inscripciones aquí y allá en ladino 


En 1943, Alemania tomó la isla de Rodas y deportó a los judíos a los campos de concentración. Muchos de ellos murieron en Auschwitz. En la plaza principal de la judería hay un monumento que lo recuerda. Hoy queda apenas un puñado de judios en Rodas.

Monolito de seis caras, homenaje a las 1604 víctimas judías del holocausto, con la frase conmemorativa escrita en seis idiomas, uno de ellos ladino.


Recorremos calles y plazas repletas de oferta turística. Subimos a la torre del reloj (roloi). Incomprensiblemente, está desierta, con lo que podemos disfrutar a solas de las vistas de la ciudad desde lo alto. También está vacío y tranquilo el patio del bar a los pies de la torre, en el que se puede ver la maquinaria original del reloj. La entrada nos da derecho a una bebida que ayuda a aliviar el calor y el cansancio de la caminata. 

Torre del Reloj, en la zona más elevada de la ciudad. Construida por los bizantinos como una torre defensiva y reconstruida sucesivamente por los caballeros y los otomanos, fue destruida por completo por el terremoto de 1851 y la explosión de un polvorín cinco años después. La torre actual data de 1857. 


La torre está muy cerca de la mezquita dedicada a Solimán el Magnífico, quien conquistara la isla en el segundo intento del imperio otomano por hacerse con ella, en 1522. Tras un asedio de cinco meses, los Caballeros de San Juan cedieron la plaza y, en enero de 1523, salieron de Rodos y, después de pasar por Italia, acabaron instalándose en Birgu (Malta).

Vista de la mezquita de Solimán el Magnífico, desde la torre


En lo alto, la torre tiene cuatro aberturas a los cuatro puntos cardinales. Por tres de ellas se puede ver el mar, incluidas las costas de Turquía al norte.


Cuando nos dirigimos a la calle de los Caballeros nos damos de bruces con Debbie y Boyd, con los que habíamos quedado más tarde para cenar. 

La calle de los Caballeros se llama así porque en ella tenían sus “casas de la lengua” y sus iglesias los Caballeros de San Juan, que se compraron la isla en 1306 y la gobernaron hasta su expulsión por los otomanos. En las “casas de la lengua”, una especie de antepasado de las casas regionales que conocemos hoy, se reunían los Caballeros de la misma nacionalidad para conversar en su idioma y dar alojamiento a los visitantes.  

La casa de Hispania (Ισπανίας) es la más grande. Fueron originalmente dos edificios que unieron por un pasaje volado en los pisos superiores. La casa de Francia es la única que hoy está abierta al público y en ella se organizan exposiciones y eventos 


La cena con la tripu del Zebahdy nos permite profundizar más en nuestras respectivas vidas y disfrutar de una terraza encantadora, con música en directo y un pescado a la brasa extraordinario.



Al día siguiente, en nuestro cochecito alquilado, visitamos la acrópolis de Rodas, que es gratis, a diferencia de los 12 euros que piden para entrar en la de Lindos. Claro que no tiene las mismas vistas…


Estadio de la acrópolis

Graderío del estadio 


El Valle de las Mariposas nos decepciona al principio: un tramo de riachuelo urbanizado en plan rústico, con caminos empinados, puentes y escaleras, en el que no hay mariposas revoloteando a nuestro alrededor, como ilusamente nos habíamos imaginado. Pronto descubrimos que la mariposa es nocturna (en realidad es una polilla, la "panaxia quadripunctuaria"), que migra en mayo por centenares desde lejos para pasar su edad adulta en este valle; que está posada prácticamente todo el día, a fin de no gastar la energía necesaria para procrearse; que en septiembre emigrará, pondrá sus huevos y morirá. Y, mientras tanto, si aprendes a mirar, la ves posada por puñados en las hojas de los arces que pueblan el valle, y en las piedras y las cortezas de los troncos, aunque todavía son pocas: es pronto en la temporada. 


Valle de las Mariposas 


Posadas son de una gran belleza, triangulares, con sus alas superiores cerradas en un manto que recuerda la piel de un tigre. Cuando echan a volar, son como pequeños destellos de color fuego. Nos reconciliamos con las mariposas, con las riadas de visitantes, con el valle y con la poca información que ofrecen, la cual hemos tenido que suplir con la ayuda de internet.

Panaxias posadas 


Comemos en la costa en el pueblecito de Faliraki, en una taberna bastante acertada. Y visitamos Lindos a pleno sol. 

Lindos desde el parking


Subida al castillo y la acrópolis, que está detrás

Lindos desde la entrada al castillo

Vista desde Lindos de la bahía de Agios Giorgios, una cala totalmente cerrada a excepción de una entrada de 30 metros que permite pasar solo a unos pocos barcos.

La parte alta del pueblo no está contaminada por la oferta turística y podemos admirar el tipismo de la construcción local: portales de piedra en casas encaladas en blanco, con patios empedrados de cantos rodados, con filigranas en blanco y negro.




Las subidas y bajadas son extenuantes. Incluso los pobres burros que cargan con los turistas hasta el castillo y la acrópolis parecen decir “basta ya”.


Llega un momento en que ya nos da todo igual y solo queremos coger el coche para volver a nuestro querido barco, eso si, pasando antes por un gran supermercado a reabastecenos: con fruta fresca y hielo, la vida te sonríe con los dientes más blancos.

Sábado, 18 de junio






martes, 14 de junio de 2022

2022 19ª etapa: Sitia - Karpathos. Fuga de Alcatraz (1979)




Martes, 14 de junio

Una vez escribió Mark Twain que “no hay peor invierno que un verano en San Francisco”. Yo lo suscribo, y probablemente cualquiera que haya estado en SF en verano y haya podido ver focas en la bahía. Pues bien, este año, aquí en el Dodecaneso, el verano griego está siendo como el de San Francisco. Eso sí, sin focas, al menos de momento 

Vale, es cierto, es junio y no hemos llegado todavía al solsticio. Pero leemos los detalles de la ola de calor veraniego en España, que tampoco es tan rara a mediados de junio, y nos da un poco de envidia. A estas alturas uno ya espera en el Mediterráneo días calurosos y noches tranquilas y agradables (incluso tropicales), de copas y chillout. 

Pues no. Aquí, en el Egeo, no. Seguimos teniendo viento, mucho viento. Hace algo de calor por el día pero fresquito (mucho) por la noche. Como en Sanxenxo, pero sin marisco. Nada de cenas en cubierta, aunque es cierto que nada de noches sudorosas. El verano se resiste a llegar al Egeo, pero el meltemi ha llegado puntual, incluso antes de tiempo, y nos obliga a estar todos los días pendientes del parte meteorológico.

Nos decidimos a salir del puerto de Sitia, donde al Sargantana se le debía estar ya formando caracolillo, aunque la cosa está lejos de haberse tranquilizado. Tenemos prisa. Renunciamos a parar en Kasos, huyendo del viento. Muy a nuestro pesar porque, justo en estos días, conmemoran la “masacre de Kasos”, uno de esos episodios horrorosos de las guerras interminables de esta zona del Mediterráneo, en el que los turcos, literalmente, acabaron con toda la población civil de la isla en venganza por su resistencia a ser invadidos. 

No hace ni 200 años de esta masacre, y de otras similares en Chios o Psara. La historia que estudié en el bachillerato no recuerdo que tratara ni de refilón lo que pasó en el Mediterráneo (al menos en el este del Mediterráneo) en los últimos siglos. 

Da qué pensar. Hace que la propia historia convulsa de España de esos mismos siglos, que nos sigue emponzoñando como país a día de hoy, parezca un juego de niños al lado de esas guerras infinitas y terribles que se libraron en estas islas. Es inexplicable que hayan conseguido liberarse del odio que genera tanta invasión y tanta sangre. 

Una pena haber tenido que renunciar a Kasos. Me hubiese gustado conocer a gente de esa isla y hablar con alguno de ellos. Por ejemplo, sobre la guerra.

También huyendo del meltemi, renunciamos a recalar en el puerto de Karpathos, que no nos da mucha garantías. Preferimos una bahía deliciosa (Ormos Amorfos) en la que encontramos un inesperado oasis de tranquilidad, solos en un fondeo tranquilo frente a la playa y, al menos por un día, sin agobios de viento.

Una etapa en soledad, pero sólo hasta cierto punto. Nuestros amigos del Zebadhy y el Unconditional hacen el mismo recorrido, pero cada uno a su ritmo y cada uno con su plan de fondeos. Nos vamos siguiendo a distancia en un curioso régimen de “flotilla discontinua” que seguirá hasta Rodos, nuestra próxima isla.

El Dodecaneso nos recibe con luna llena. “Superluna de fresa”, la llaman. Estoy demasiado cansada para buscar en internet el porqué y me limito a contemplarla cuando sale, gorda y brillante como la pelota de un crío, y va retrepando poco a poco el horizonte, mientras crea un camino de fuego en el agua oscura.


Esta bahía me transporta a otra época.. Me trae a la memoria aquella primera noche en La Azohía, ese pequeño puertito a la vuelta del cabo Tiñoso, en la bahía de Mazarrón, tan lejos en el tiempo y tan lejos de aquí. Las mismas luces marcando la costa, la misma tranquilidad, la misma sensación de estar en un decorado que alguien ha pintado solo para ti. Estamos solos.


Hemos salido de Sitia al amanecer, como presos que ya no soportan más su encierro y prefieren aventurarse en un mar sin garantías. Debbie y Boyd saldrán tres horas después, con sus amigos del Unconditional. Ellos se quedan en Kasos, que a nosotros no nos ha convencido como fondeo. Al día siguiente nos contarán que la noche fue tranquila y el fondeo suficientemente bueno. A veces pecamos de precavidos… 

Pasamos Kasos de largo: la previsión no da una buena protección para esta noche

Han sido solo dos días en Sitia con ellos, pero Debbie y Boyd se han colado un poquito en nuestra vida. Ingleses, joviales, divertidos, con muchas millas a sus espaldas, son la compañía perfecta para las charlas de café que tanto nos gustan. Tienen un magnífico Oyster 49 y llevan una impresora 3D a bordo con la que fabrican todo tipo de cachivaches para el barco. La gente no deja de sorprenderte. También escriben un blog, en el que nos hemos colado, igual que ellos se han colado en el nuestro. 

Es tan delicioso este fondeo que decidimos quedarnos una noche más. Pasamos un día indolente de sol y chapuzones, de “freddo expresso” en la taberna de enfrente, de explorar la playa de Amoopi y la pequeña iglesia Ag. Apostolou que domina la bahía. Debbie me dice por WhatsApp que se nos unirán. 

Sin embargo, esta noche volveremos a estar solos: el Zebahdy y el Unconditional, cuando ya distinguimos sus velas entrando en el golfo, cambian de planes, dan un golpe de timón y deciden continuar hacia el norte de la isla, para ganarle millas al cruce de mañana a Rodos. Su fondeo no ha sido tan tranquilo como el nuestro y han tenido que soportar rachas de 25 nudos, nos cuentan después.

No siempre se acierta. 

Playa de Amoopi, en Ormos Ámorfos, con la iglesia al fondo

Desde la playa se ve bien que el fondo va bajando de forma regular y no hay obstáculos, al contrario de lo que figura en las cartas. No son muy fiables en esta zona.

Sargantana es el único barco de la bahía


Miércoles, 15 de junio