Cuatro días parados en Villasimius. Demasiado. Tenemos ganas de continuar.
El parte meteorológico parece hoy algo más optimista, aunque la borrasca sigue instalada entre Cerdeña y Sicilia. Por la mañana soplará viento fuerte del norte, con chubascos hasta más allá de mediodía, y por la tarde se supone que bajará algo, pero, eso sí, con una ola de casi dos metros.
Y aciertan. La mañana se levanta justo como estaba previsto: intervalos de lluvia y viento racheado, duro y frío. Pero a mediodía las nubes ya no son tan compactas, deja de llover y el viento del norte se hace menos desagradable, por el sol tímido que se empieza a adivinar entre ellas.
Definitivamente nos vamos. Pero hay que esperar hasta las dos, porque nuestra vecina Nicky va a pasar por casa para ayudarnos con los problemas de internet que estamos teniendo. Una vez resuelto ponemos rumbo directo a la costa oeste de Sicilia.
Zarpando hacia Sicilia
Trinqueta, mayor con dos rizos y todo en el barco bien trincado. El Sargantana salta sobre las olas de casi dos metros a siete nudos, empujado por más de 20 nudos del través. Mejor gobernar a mano que dejarle la tarea al piloto. Vale, Eolo, hoy sí te has portado.
Con trinqueta y dos rizos
Hay que negociar los chubascos que descargan ocasionalmente aquí y allá. En el cielo, de un azul intenso, se ven nubes dispersas de evolución vertical que dejan agua muy visible en la distancia (y en el radar).
Virgulas del chubasco cercano por la aleta de babor
El chubasco cruza rápido a la aletazo de estribor
Si todo va bien, deberíamos estar en la costa de Sicilia mañana al caer la tarde. Pero esta noche tenemos la primera movida curiosa de la travesía.
Diez de la noche, en algún punto del canal entre Cerdeña y Sicilia. Oscuro como boca de lobo. El cielo se ha cubierto progresivamente y amenaza lluvia. El viento ha ido bajando hasta los 12 ó 14 nudos y ya no esprintamos como antes. Decidimos quitar un rizo antes de la primera guardia, que es la mía.
Pero, al acabar la maniobra, nos damos cuenta de que quitar un solo rizo no es suficiente. El viento sigue bajando y va rolando hacia la aleta. Nos estamos parando.
Habría que quitar el otro rizo y, además, desmontar la trinqueta y volver a sacar el génova… Una maniobra compleja, de noche y con esta ola, porque hay que ir a proa a cambiar las escotas y colocar la vela. Y no sabemos si durante la noche las cosas se pueden complicar. Dudamos. Lucía y yo discutimos las opciones en cubierta.
Y, mientras tanto, en la radio se sigue oyendo la farfolla habitual de mensajes de la Circomare italiana (que no se calla ni debajo del agua) y, de vez en cuando, las mamarrachadas de los operadores de radio filipinos de los cargueros cercanos, que se aburren por la noche y deben de quedar para hacer el cafre. Ya ni la oímos. Pero de repente Lucía se para y dice: “¿Han dicho Sargantana?”
Nos quedamos un momento en silencio. No mola que te llamen por el canal 16, precisamente a ti, en una noche tenebrosa entre Cerdeña y Sicilia, rodeados de borrascas. Mal momento. Al cabo de unos segundos, oigo:
“Sargantana, Sargantana, Sargantana. Here is war vessel Foxtrot Tango Lima five nine. Do you read me? Over.”
Joder, la Marina… Bajo a la cabina y cojo la radio:
“Here is vessel Sargantana. I can read you. Over."
“Sargantana, you are in collision course with one of our vessels. You need to change your course immediately. Switch to channel fifty six. Over.”
Definitivamente no suena italiano, ni filipino. Más bien del Este, digamos… OTAN. Espero que no ruso.
Muevo el dial. Dieciséis, diecisiete, dieciocho,…ventisiete, veintiocho, veintinueve, sesenta, sesenta y uno,… mmmm… ¿cincuenta y seis?… Yo no tengo canal cincuenta y seis. Mierda… ¿ha dicho cincuenta y seis?
Noto que se me ha pasado el frío. No encuentro el canal 56. ¿Los rusos tendrán canal 56?… Mierda… Decido volver al canal 16 y ver si hay alguien:
“War vessel calling Sargantana, do you read me? Over.”
Silencio radio. Imagino a la panda de operadores filipinos a la escucha, descojonaos de la risa. Mientras espero, aprovecho para llamar a Lucía, que debe seguir con sus rizos.
“Lucía, que dicen que nos llevamos por delante un barco de guerra. ¿Puedes mirar si hay luces, o el radar, o el AIS?”
Pero el ruso ya ha vuelto al canal 16. Esto es como el gato y el ratón.
“Sargantana, Sargantana, here is war vessel Foxtrot Tango Lima five nine. Go to channel six. Over.”
Estoy a punto de responder “a la orden”, pero no lo sé decir en inglés (bueno, ni en ruso), así que me conformo con un:
“Here is Sargantana, going to channel six. Over.”
Cambiemos al canal seis…., de ese sí tengo…
Allí me espera Foxtrot , que va directo al grano:
“Sargantana, you are in collision course with one of our vessels. Change you course to clear at least one mile. Over.”
Mierda, tengo que dejarle una milla de espacio pero ¿donde coño está? Me decido a preguntar:
“I can not see you. Do you have AIS? Over.”
Cuando lo acabo de decir me doy cuenta de la estupidez. Los barcos de guerra NO EMITEN EN AIS.
A todo esto, Lucía debe de haber encendido el radar y me grita desde cubierta:
Luiiiiiis, en el radaaaaar. Nos rodeaaaan. ¡¡¡¡Están por todas parteeeeees!!!!
A Foxtrot Tango Lima se le están hinchando las gónadas:
“Sargantana, change your course to 120°, NOW.”
Ni over, ni leches.
Vale, haber empezado por ahí.
Le doy instrucciones a Lucía. Cambiamos el rumbo. A vela y con ola, lo de ir al 120º exactamente no es tan sencillo, pero supongo que Foxtrot no será tan tiquismiquis. Supongo, porque no vuelvo a saber nada de él.
Al poco vemos las luces. Efectivamente, están por todas partes. Pasa muy cerca, por babor, una luz roja como suspendida en el aire, a unos metros sobre el agua. Está demasiado oscuro para adivinar qué es.
La luz sube y baja. De repente, desaparece, para reaparecer unos metros más allá. Se aleja. Se acerca. Sube. Baja. Se desvanece… No somos capaces de averiguar qué es. Un dron no parece, aunque se oye ruido como de rotores. Un barco no es, al menos según mi temario de PER. Apostamos por periscopio.
Nunca lo sabremos con seguridad, pero hemos decidido que esa noche fue la noche en la que casi nos comemos al Octubre Rojo.
Superado el encuentro, me voy a dormir para hacer la segunda guardia. La noche es a motor y a palo seco. Por la mañana se puede sacar génova y, más adelante, mayor.
Chaleco, arnés, gancho de seguridad y radiobaliza personal
El tiempo va mejorando durante el resto del domingo y el viento va subiendo, lo que nos permite una veleada magnífica de varias horas, en portantes y con una ola divertida que invita a coger la rueda y disfrutar.
Llegamos a Trapani a las 2130, tras 170 millas y 32 horas de navegación. Es noche sin luna, pero el fondeo no tiene complicaciones y nos resulta conocido. Con precaución, sorteamos los tres únicos barcos de la bahía y echamos el hierro, esperando no engancharnos en la chatarra que reportan algunos navegantes en Navily, aunque nosotros nunca hemos encontrado otra cosa que un fango que se agarra pesadamente al ancla y cuesta limpiar.
Cena y vino en la familiar Trapani, celebrando que al día siguiente la travesía nos llevará a mares y costas completamente desconocidos.
Tras casi tres edías de trabajos en el barco, visitas a Mercanautic y, sobre todo, de reencuentros con viejos amigos como Manel y Cristina o con Marcel (quien, inesperadamente, apareció en Mallorca por sorpresa), salimos de Andratx el sábado a primera hora de la mañana.
Con Marcel, al cabo de tanto tiempo
Marcel es otro ejemplo de cómo navegar nos procura amigos para toda la vida, amigos con los que compartes mucho más que una afición: compartes un estilo de vida que te liga de forma especial. A Marcel y Yelena los conocimos en 2016 como vecinos de pantalán en Palermo. Allí vivimos junto con ellos los cinco días que nos llevaron de regreso a Cerdeña y luego hemos hecho por volver a vernos en Almería, en Canarias y hasta en Kenia. Coincidencias de la vida, hijas respectivas pasaban una temporada en Nairobi en 2017 y se nos ocurrió ir a visitarlas en las mismas fechas, sin habernos puesto de acuerdo previamente. En esta ocasión, Marcel ha convencido al grupo de amigos con el que está de marcha por la isla de cambiar sus planes e ir a pasar su última noche a Palma, para poder vernos. Parece que él y Lena se vienen definitivamente a vivir a España. Nos apena saber que hace menos de un mes han vendido el Tomskii.
Después de tres días seguidos de vientos del este, no muy aconsejables para ir precisamente hacia Cerdeña, la previsión dice que se abrirá una pequeña ventana de vientos portantes que nos debería permitir velear cómodamente.
La buena noticia es que sí, se confirma que vamos a tener vientos portantes todo el camino. La mala es que van a ser flojitos y de popa cerrada. Una desesperación. Con ese viento se hace inviable llevar las velas arriba, no hay manera de que se mueva el barco ni siquiera haciendo bordos, y la vela mayor guadralpea todo el tiempo. Es lo que hay, parece que este año Eolo no está muy a buenas con nosotros y nos manda vientos de proa y de popa cerrada alternativamente. Cabroncete...
Qué le vamos a hacer, toca motorada a palo seco. Un aburrimiento que, además, es una ruina, teniendo en cuenta precio actual del gasoil.
A primera hora de la tarde doblamos el cabo de Ses Salines y ponemos rumbo 095, directos a Carloforte. Serán al menos dos días completos de navegación. Afortunadamente, la mar es relativamente cómoda, una marejadilla casi imperceptible que entra por la aleta. Toca crema solar, piloto automático ysumergirse en el placer casi olvidado de la lectura tranquila sobre cubierta. Almudena Grandes para mí, Fernando Aramburu para Lucía. Eso sí, con el runrún continuo del motor y las noches frescas de forro polar y calcetines gordos que hacen obligatorias las guardias desde cabina.
Nada reseñable hasta casi llegar a la costa de Cerdeña. Dos días planos y dos noches igual de planas, con guardias tranquilas en las que apenas vemos barcos. Tampoco avistamos delfines o tortugas como otros años. Durante el camino, hacemos varios intentos de sacar velas cuando el viento amaga llegar a los 10 nudos, pero, una y otra vez, desistimos al rato o a las pocas horas. Demasiado lento, demasiado incómodo, demasiado ruidoso con la botavara y la vela mayor dando golpes.
Al caer la tarde del lunes entramos en cobertura, ya a la vista de la costa de la Isola de San Pietro, donde se encuentraCarloforte. Momento de ponernos al día de lo que ha pasado en el mundo en las últimas 48 horas. Parece que Putin no ha apretado el botón, menos mal, pero lo de Ucrania sigue con mala pinta. El Atlético ha hecho el ridículo en Bilbao, eso también tiene mala pinta. En la costa mediterránea sigue cayendo agua a espuertas (seguramente con barro) como si no hubiese un mañana. En el fondo todo, bastante previsible. Y bastante descorazonador, dicho sea de paso.
Consultamos las previsiones meteorológicas para Cerdeña y -sorpresa- tampoco pintan nada bien:el temporal del NE parece que nos alcanzará al día siguiente y nos va a bloquear durante muuuuchos días. Hay mañanas que uno duda si volverse a la cama (o darse la vuelta hacia alta mar). Tenemos que replantear nuestra planificación del viaje (casi a las primeras de cambio, como siempre). Quedarnos cinco días atrapados en puerto en Carloforte es caro y aburrido, y no hay buenas alternativas de fondeo en la zona. La única opción razonable es, quizá, Villasimius, otro de nuestros fondeos fetiche en la punta sudeste de Cerdeña. Junto a la marina de Villasimius hay una ensenada muy abrigada con playas como Campulongu, donde ya hemos recalado varias veces los últimos años.
Decidimos olvidarnos de Carloforte y seguir hacia Villasimius. Pero hay que llegar rápido, antes de que nos pille el temporal que ya se anuncia. Nos preparamos a continuar navegando en esta tercera noche de mar en calma absoluta y viento cero.
Martes, 3 de mayo
Y, por fiin llegamos a Villasimius poco después del amanecer. Fondeo y a dormir hasta mediodía, que llevamos más de 70 horas seguidas navegando.
Amanecer a la vista de Villasimius
Al día siguiente, cuando el viento es todavía razonable, nos acercamos a repostar. Nos sorprende que, precisamente este año, el precio del gasoil en esta marina no se ha disparado (el año pasado era un 50% más caro que en el resto del mundo).
Amarrado Sargantana en la marina, nos vamos la compra
El marinero, extraordinariamente amable, nos permite dejar el barco unas horas en un muelle de espera vacío para acercarnos al pueblo (cuatro kilómetros de paseo muy agradable), porque la tiendecita de la marina todavía no ha abierto esta temporada. Y lo mejor: el muelle en el que nos atraca tiene los grifos abiertos y podemos llenar los depósitos de agua.
El camino hasta Villasimius está urbanizado y bien cuidado.
Se nota el nivel de esta zona de veraneo
Pasamos casi todo el resto de la semana encerrados en el barco, fondeados frente a una playa vacía y desangelada, dando tumbos junto a otros tres barcos vecinos en medio del temporal, como presos en una pequeña celda. Los días y las noches se suceden con el ulular del viento, siempre presente; los chaparrones intermitentes; los crujidos del barco; y los estrechonazos de la cadena cuando el barco bornea de un lado para otro, como un péndulo. Hogar, dulce hogar. Para nosotros es algo parecido a cuando el confinamiento COVID nos pilló en Cartagena hace dos años, pero con más meneíto. Desde fuera puede parecer claustrofóbico e incómodo y, no nos engañemos, lo es. Pero te acabas acostumbrando; en un barco uno se acostumbra a casi todo.
Las olas vienen ¡de la playa! Son olas de viento
Los días de enclaustramiento pasan rápidos y sin muchos problemas. En el barco siempre hay algo que hacer, y teniendo agua y gasoil a tope el Sargantana es un refugio relativamente cómodo, incluso en medio de un temporal de viento y agua como el que nos está pasando por encima.
El plotter conectado muestra el fondeo y la velocidad del viento.
30 nudos son más de 50 Km/h
Mucho tiempo para leer, actualizar el blog, cocinar con calma, ver series... no nos aburrimos. Pero, por las noches, el sueño es agitado y confuso cuando los rociones y las rachas de 40 nudos hacen que todo cruja en cubierta, y que el Sargantana tire rabiosamente de la cadena del ancla.
Nuestra vista desde dentro de Sargantana, día tras día
Y para colmo el último día el viento cambia antes de amanecer. Vuelve a soplar poniente en la bahía y los pocos barcos del fondeadero desaparecen como por encanto. La ola del oeste lo hace impracticable. No hay alternativa, acabamos por claudicar y entramos a dormir a puerto por primera vez en todos estos años.
El despertar ha sido a base de tumbos, bien temprano. El cambio de la viento hace que el barco se agite violentamente de lado a lado. Imposible dormir. Imposible estar mínimamente cómodo adentro. Afuera hace frío, aunque, al menos, ya no llueve. Vemos en las predicciones que, a la noche, el viento bajará prácticamente a cero, para luego volver a subir. Nos planteamos mover el fondeo a la playa del extremo NE, pero no se consigue protección de la ola que entra pertinaz en la bahía; y son muchas horas hasta que baje el viento.
Nos acogen en el puerto, esta vez en el pantalán G. En temporada baja, la tarifa es significativamente más barata, un alivio teniendo en cuenta que Villasimius es una marina cara, de alto nivel.
Marina de Villasimius
El personal es muy profesional y amable. La instalaciones, bonitas, bien cuidadas y limpias. Jardines, paseos y un buen número de restaurantes, bares y tiendas, la mayoría cerrados en este mes de mayo recién comenzado.
Vista de la marina de Villasimius desde la carretera
Aprovechamos para endulzar el barco y hacer limpieza, al igual que nuestro vecino alemán, que lleva los tres dias de borrasca aquí refugiado y mañana sale pronto para visitar Cagliari antes de saltar, él también, a Sicilia.
La primera guardia nocturna de una travesía es siempre la más mágica. Es el momento en el que finalmente eres consciente de que vuelves a navegar después de tanto tiempo. Aunque notes que el cuerpo todavía no se ha hecho al barco, aunque te duela un poco la cabeza y las articulaciones. Cierto, estás torpe, todavía no estás cómodo cuando te mueves por la cabina (y ya no digamos por cubierta) mientras navegas. Pero es el momento en el que vuelves a revivir la extraña sensación de vagabundear por el mar, como cada año. Y eso te hace sentir que estás más vivo que nunca, y que eres un poco más libre. Y, quizá por eso, es el primer momento en el que tienes la necesidad (y la calma) de volver a escribir.
Este año volvemos a Grecia. Como en Tenet, volvemos a una realidad paralela en la que se puede andar hacia atrás en el tiempo, al menos en las primeras etapas. Volveremos sobre nuestros pasos del año pasado, cuidadosamente, como cuando caminas hacia atrás en la nieve húmeda. De nuevo recorreremos Mallorca, Cerdeña y Sicilia camino de Grecia. Probablemente los mismos lugares, los mismos fondeaderos, incluso la misma gente. Un ejercicio de nostalgia, un dèja-vu.
Pero después iremos hacia adelante, adonde nunca hemos llegado. Malta, Zakinthos, la costa del Peloponeso, Creta, Rodas, las islas del Dodecaneso, al borde de la frontera con Turquía. Tenemos un plan larguísimo de recaladas, fondeos, idas, venidas y revueltas. Un plan que hemos diseñado cuidadosamente durante el invierno, lleno de fechas, de horarios, recaladas, singladuras,... pero que con seguridad será papel mojado y tendremos que ir rehaciendo día a día.
Al final de la travesía volveremos a Cartagena en avión. Y el Sargantana se quedará, al menos un invierno, en Grecia (¿o en Turquía?). Queremos navegar un par de años por el Egeo. Grecia es enorme, nos quedan decenas, quizá centenares de islas por visitar, y las idas y vueltas son demasiado largas para hacerlas todos los años.
Este año vamos a salir antes. Ya sin obligaciones laborales ni de vacunación COVID, podemos zarpar temprano, en la primavera. Queremos llegar a Grecia antes de que lleguen los turistas, el bochorno del verano y, sobre todo, el meltemi. También queremos tener la experiencia de recalar en los puertos y fondeaderos que ya conocemos durante la temporada baja. Sin prisas. Sin agobios. Es muy posible que pasemos algo de frío y que la meteo sea mucho más cambiante, pero la experiencia será nueva con toda seguridad.
Y por fin hoy, a las 16:00 del lunes de la última semana de abril, zarpamos. Nos vienen a despedir Andrés y José, los marineros de turno ese día en el Yacht Port, para nosotros ya viejos amigos. Saben que la ocasión no es para menos. Luce un sol tibio más propio de primeros de marzo que de finales de abril, pero que vemos por primera vez en un día azul, tras semanas interminables de lluvias de barro y de viento sin pausa en Cartagena.
¡Hasta la vista, Cartagena!
Los preparativos para el viaje son interminables. Compartimos una hoja de cálculo en la que hemos ido anotando las tareas; unas, largas y complicadas (“montar placas nuevas”) y, otras, breves y sencillas (“revisar la luz de los chalecos”). Mitxel dice que perdemos el tiempo con tanto escribir, pero a nosotros nos ayuda a organizarnos y a llevar la cuenta de las más de 180 cosas, grandes y pequeñas, que nos obligamos a hacer antes de zarpar.
Soltamos amarras, felices pero, al menos yo, con hormiguitas en el estómago
La primera noche de travesía podrá ser mágica, pero también es dura. El viento ligero de la salida se ha vuelto descarnado y levanta olas de espuma que rompen en la proa y que el Sargantana trata de negociar lo mejor que puede. Vamos a motor a 2.000 vueltas y mayor arriba, a casi seis nudos. Motor y mayor, como casi siempre. Mal augurio.
Ya pasado Cabo de Palos, cuando la oscuridad y la distancia difuminan la costa, Lucía duerme en el camarote mientras yo oigo podcasts y leo en la cabina, arrebujado en una manta que nos intercambiamos como testigo en el relevo, y siempre con un ojo en las pantallas del plotter y del radar. Nada que ver con las noches de verano en cubierta, pero ya llegarán, hay tiempo.
En el barco todo parece ir bien. El Sargantana volvió el año pasado bastante perjudicado. Problemas con las baterías (provisionales después del fiasco de las AGM), con la electrónica, con la nevera, con el radar, las luces, la veleta, el molinete. Un desastre. Pero el invierno de trabajo casi sin pausa en infinitas reparaciones parece que ha dado sus frutos.
Mucho trabajo y muchas compras. Nueva batería de litio de fabricación casera. Nuevas placas solares sobre una estructura de tubos acoplada al bimini. Nuevas velas gris marengo, que le dan al Sargantana un aire como de ir de boda. Casi un barco nuevo. No se quejará.
Placas nuevas y pabellón recosido que habrá que cambiar pronto
Primera noche sin novedad. Rutina. Cumplimos los horarios previstos, aunque quizá con demasiado motor. Dejamos atrás los FreusdeFormentera casi al caer la tarde. El parte anuncia una ventana de ventolina hacia Mallorca. Decidimos no parar y continuamos otra noche en rumbo directo hacia Andratx. Allí nos encontraremos con Manel, y esperamos pasar un par de días. Salir a cenar, pasar por Mercanautic a negociar repuestos pendientes. Volver a la vida. Casi como en septiembre del año pasado. Desandando el tiempo.
Miércoles, 27 de abril
Como en septiembre pasado, iremos a fondear a Cala Egos para hacer tiempo mientras nos permiten atracar en el puerto que Ports IB tiene en Andratx. Como en septiembre pasado, la cala está solitaria y tranquila y el agua verde esmeralda incita al baño, sin bien esta vez hace demasiado frío.
Cala Egos, Mallorca
Después de los ya familiares problemas para hablar con los funcionarios del puerto, conseguimos atracar en el pantalán de transeúntes. Las obras del año pasado no han terminado aún. Al menos son pocas horas al día y no hacen demasiado ruido.
Pantalán de transeúntes, Port Andratx
Estrenando pasarela
Manel está pendiente de nuestra llegada. Tengo ganas de verle. Es un tío fenomenal, que se desvive por sus amigos y con el que siempre te sientes a gusto. Como en la fiesta del verano pasado. Como este invierno, cuando nos dejó su casa el fin de semana largo en el que vinimos con los amigos del Ambroz, Ana y Fernando, para competir en una regata como tripu del Teseo. La regata era una excusa, lógicamente. El objetivo era compartir unos días con este grupito de amantes de la vela y los barcos Dufour.
Manel nos presta su coche y nos ayuda con la logística, pues hemos de dejar nuestras velas viejas y nuestro dinghy en el outlet de Palma. También nos quedamos su semirrígida, ya que quiere cambiarla por otra mayor.
Pertrechos listos para ir al outlet
Seguimos trabajando en Sargantana, cambiando la maniobra de rizos, limpiando la teca, estibando el dinghy. También nos reabastacemos de productos frescos en el fantástico y recién descubierto Agromart de Andratx. Pero no faltan momentos de relajo, de buena comida, de conversación y de camaradería con Manel y con Cristina.
Asiáticos en recuerdo de otro fin de semana juntos en Cartagena
Como en septiembre, es una delicia recalar en Andratx y sentirse tan en casa. Querido Manel, espero que te recuperes rápido, amigo. La mar te está esperando.
Y ya sólo nos queda esta etapa para regresar adonde empezamos, si bien la verdadera vuelta a casa ha sido en Andratx.
No podíamos imaginar que, tras las evasivas y excusas de todo el día, nuestros amigos estaban atareados organizando la fiesta sorpresa más emotiva que nunca hemos tenido.
Manel nos viene a buscar al puerto al caer la tarde y nosotros dejamos en el barco a Teo, tomando medidas para las velas nuevas que pretendemos hacer este invierno. Manel me recuerda que lleve el iPhone conmigo. Vamos a su casa y allí están todos: Olga y Mitxel, cansados, pero contentos, puesto que han conseguido echar a andar su nevera; Dani y Tona, a quienes nunca antes hemos visto pero que resultan tan familiares por las historias de Manel con Mercanautic; Cristina, amiga de Manel, a quien no conocemos todavía, pero tiempo habrá; Nando, navegante empedernido y regatero de pro. Han montado una mesa larguísima que invade parte de terraza de Manel, en ese enclave extraordinario frente a la bahía. Hace una noche magnífica. Manel ha pensado en todo. Somos los invitados de honor y ocupamos el mejor sitio. Chuletones espectaculares, vino, camaradería, historias desternillantes de Dani, relatos griegos, fotos, música, cava… Nunca antes había tenido una fiesta de bienvenida y la recordaré en el futuro con cariño y admiración hacia estos locos de los barcos con los que tan sencillo es formar una pequeña familia.
Nos quedan tres días y nuestra aventura de este año habrá tocado a su fin. Tres últimos días, con fondeo en Formentera la primera noche para hacer un pequeño descanso y tomar impulso para el tramo final.
¿Pensábamos que ya habíamos colmado nuestra dosis de averías de este año? La respuesta la tiene la nevera, que nada más abandonar Andratx decide dejar de funcionar.
En el puerto de La Savina cargamos gasoil y Luis se hace con dos bolsas de hielo que esperamos nos duren hasta Cartagena. Vemos anochecer en uno de nuestros fondeos más familiares y nos vamos a dormir con la certeza de que pasarán muchos meses hasta que volvamos a estas aguas.
Anochecer en el fondeo frente al Beso Beach, Formentera
Al día siguiente salimos bien temprano, lo que nos permite llegar en poco más de 24 horas.
A las 7:10 amanece a la altura de Cabo de Palos.
Amanecer frente a las costas de Cabo de Palos
A las 11:30 Cartagena nos recibe con una mañana clara. Recorremos la bahía de formas ya familiares y la figura del castillo de la Concepción, que no se ve, pero se adivina detrás del verde de los pinos, nos da la bienvenida como se la dio antaño a navegantes de todas las culturas.
Cartagena y el castillo de la Concepcion
En el Yacht Port nos espera José, uno de nuestros marineros favoritos, quien nos recibe calurosamente y no consiente en marcharse hasta que la última amarra está perfectamente asegurada.
Y así, con Sargantana, al fin, callado y quieto, descansando de los esfuerzos de estos últimos meses, termina nuestra primera aventura griega.
Pero el final no es el final, es solo el principio.
Cartagena, 10 de septiembre de 2021
Última etapa y llegamos a casa. Queda muy poco después de 82 días de navegación y más de 3500 millas recorridas.
Llevo ya bastantes días en modo vuelta, pero sólo hasta hoy. Hoy empieza la travesía del 2022. Ya hago listas mentales de la cantidad de cosas que tengo que hacer para prepararla. El Sargantana llega algo maltrecho, sin nevera, corto de baterías, con problemas en la electrónica. Mucho que hacer durante mi primer invierno de prejubilado.
También tengo ganas de recuperar la vida "terrícola". De regresar a la comodidad del aire acondicionado después de este verano asfixiante, de volver a la amplitud de una casa y de olvidarme por un tiempo de guardias y baterías.
Gracias a todos los que habéis cuidado de nuestra casa durante nuestra ausencia: Satur, Nuria, nuestras chicas. Y a todos los amigos con los que hemos mantenido permanente contacto por WhatsApp y han estado allí cuando les hemos necesitado y, por supuesto, para celebrar la vida en nuestro primer verano de libertad absoluta. Gracias por la fiesta de Andratx, que nos emocionó como pocas cosas en los últimos meses.
Como título de "película de la etapa", nada mejor que Regreso al Futuro. Un clásico que podría ver mil veces y que es la que mejor refleja nuestro estado de ánimo. Estamos en 2021, pero nuestra cabeza ya bulle con lo que seguro haremos el año que viene.
El salto entre Cerdeña y Baleares, da igual el sentido, es la etapa de la excitación, de los nervios de noche de Reyes, de las mariposas en el estómago
Es la etapa del Golfo de León, en la que la meteo puede cambiar al repentinamente. Es en la que sustituyes tu pabellón de cortesía en la cruceta de estribor. Donde cambias los mensajes de la costera española, tan familiares, a veces en un inglés tan macarrónico, por la cháchara continua del Circomare italiano. O al revés. Es en la que sales de casa por primera vez, y es en la que vueles a tu entono conocido,
Una etapa de emociones, en la que anticipas el olor a pino en Cap de Salines o el fondeo en Es Trenc o en Cabrera.
Zarpamos de Carloforte a las 7:20
Son las tres de la mañana de la primera noche en el mar de Cerdeña. El día ha ido bien. Viento perfecto, través de unos 15 nudos desde el principio. El que le gusta al Sargantana, con el que puede galopar furiosamente, con rizo y trinqueta, a siete nudos, saltando la olas.
Lucía y yo leemos y, sobre todo, escribimos. Este blog exige horas, muchas horas, y etapas largas y solitarias como ésta te dan margen para ponerte al día.
Después de cenar, habitualmente, hago yo la primera guardia. Me gusta la primera porque prefiero irme a dormir cuando (literalmente) me caigo de sueño.
A las tres de la mañana el viento ha ido reduciéndose mucho, Según el parte, durante la noche bajará a cero y habrá que seguir a motor.
Despierto a Lucía y le propongo arriar velas antes del cambio. El viento ya es casi nulo, la noche oscura y sin luna. Lucía va hacia la proa con su arnés, enganchada a la línea de vida y con la luz del frontal. Yo preparo las drizas para bajar trinqueta y mayor. Reduzco revoluciones, aproo el barco. Como siempre. Rutina. A ver si acabamos pronto, que tengo sueño.
De repente, un grito. 60 decibelios por encima del zumbido suave del motor.
“Aaaaaarggg, Luiiiiisss, ¿qué es esto? Un bichoooooooo.”
Lucía bate su propio récord de desplazamiento entre proa y bañera. “Yo ahí no vooyyyyy.”
“Pero ¿qué clase de bicho?”
“No séee. Uno muy grandeeeee. ¡Hace ruidooo!"
Lógicamente pienso en algo como el alien de la película.
La teniente Ripley me pasa el frontal. “Hala majo, a proa vas tú.”
Y para allá voy yo, asumiendo el riesgo de ser devorado. Enfoco la trinqueta con el frontal. La muevo. De entre los pliegues a medio bajar aparece el bicho, nuestro alien. Lamentablemente no tenía el móvil a mano para hacer una foto, pero lo que salió de allí se parecía mucho a... una libélula. Grande, muy grande, pero libélula.
El bicho se pierde entre la sombras de la cubierta. Creo que tanto él como yo sólo necesitábamos unas horas de sueño esa noche.
El caso es que nuestro alien no se ha ido. Varios días después del “incidente” le seguimos viendo de vez en cuando revoloteando por el barco. Sospechamos que nos ha adoptado. Ya veremos lo que hacemos al llegar a Cartagena. No nos hemos puesto de acuerdo en un nombre, así que la llamamos “el bicho”. Y hemos conseguido (algún día después) grabar algún vídeo cuando sale a pasear por el barco. No tenemos ni idea se dónde se ha hecho su camarote, esperamos que sea fuera, o cualquier noche tendremos otra movida.
Lo bueno de la segunda guardia es, a pesar del frío, el amanecer, que ahora en septiembre se produce cerca de las 6am. Mucho antes empieza a clarear por popa y, poco a poco, se van dejando de ver las estrellas hasta que rompe la luz en el horizonte.No me canso de anocheceres y amaneceres en alta mar, siempre iguales pero siempre distintos.
Amanecer a mitad del cruce.
Llegamos a Andratx a las 9 de la mañana, después de sortear con ansiedad anticipatoria el cabo de la Mola, un imponente bastión detrás del cual se abre la bahía de Andratx.
Cap de sa Mola
Ya en la bahía, nos acercamos despacio a la zona de boyas y fondeo donde sabemos que están, desde hace un par de días, nuestros amigos del Mekatxis. Los buscamos con sigilo entre los veleros silenciosos que atestan la ensenada.
Y, de repente, lo oímos. El estruendoso y larguísimo toque de una bocina de niebla. Y allí está ella, Olga, sobre la cubierta del Mekatxis, agitando la mano al grito de "Bienvenidos, Sargantana, ¡bienvenidos a España!". A pesar del pudor de haber despertado a la mitad de las tripulaciones del puerto, me pueden las emociones. Me doy cuenta de golpe de que estamos ya en casa, después de tantas semanas de otros mares, de otras costas, de otros idiomas. Y el cansancio acumulado de la última travesía se desborda en lágrimas.
No hay sitio para fondear en la bahía. Hemos llamado a Ports IB y nos ofrecen plaza en el puerto, pero no podemos entrar antes de las 12:00h. Nos vamos a Cala Egos a hacer tiempo y a dormir unas horas con la tranquilidad y la ilusión de sabernos casi en casa.
Fondeo en Cala Egos
Ya instalados en el puerto, fracasamos en nuestros intentos de quedar a comer con Manel o con la tripu del Mekatxis. Tienen la nevera averiada, les hace falta ir a Mercanautic a por un repuesto, necesitan tiempo para intentar la reparación. Nos dan largas. Todos parecen absortos en la tarea y no encuentran un momento para nosotros. Ofrecemos ayudar y no necesitan más manos. Qué se le va a hacer. Nos resignamos a pasar el día solos, esperando ver a alguno de ellos antes de partir al día siguiente para Cartagena.Y vaya si les vemos...
Como siempre en los viajes de retomo desde Cerdeña, nos planteamos recalar en Carloforte para el salto a las Baleares. Carloforte es una ciudad bonita y animada, en la isla de Santo Antioco, al SW de Cerdeña. Uno de nuestros puertos favoritos, amplio y bien cuidado, metido dentro de la ciudad (a diferencia de la mayoría de los puertos, casi siempre en zonas portuarias o industriales, cutres y alejadas del centro).
Y además este año comprobaremos que se han solucionado las dos únicas carencias que siempre echamos de menos: el hielo y el gasoil.
Para llegar hasta Carloforte nos planteamos inicialmente una parada intermedia cerca del cabo de Teulada, el más meridional de Cerdeña. La travesía nos llevará probablemente dos días y dos noches.
La previsión no es mala, el primer día tendremos vientos del NE que esperamos nos permitirán velear a velocidad máxima. Más adelante, el viento podría aumentar y rolar al este. Eso puede ser un problema, porque ir con el viento de popa cerrada no es nada cómodo.
De momento, en la salida de Trapani, se confirma el pronóstico. El viento es más o menos el esperado. Pero en el cielo se pueden apreciar otra vez síntomas de inestabilidad, sobre todo el segundo día, ya cerca de Cerdeña. Mal presagio, está acabando nuestra ventana de paz y vuelven las nubes y los vientos duros.
No hay mucho que reseñar de la travesía. Pocos barcos, un par de veleros en nuestro rumbo y velocidad. Vista la evolución de la meteo decidimos acortar la etapa y recalar en Villasimius en lugar de Teulada. De esta forma eliminamos la segunda noche, a cambio de dar un rodeo de unas 15 millas y de añadir un día más de travesía. Nos lo podemos permitir.
Y menos mal, porque a media tarde llegamos a Villasimius con una tormenta en preparación, y ya con una ventolera que nos complica incluso las maniobras de arriar velas y fondear.
Llegando a Villasimius
Por la noche, una gran tormenta de agua y rayos que cae durante toda la noche. Qué distinta la intranquilidad y el temor que provoca una tormenta en el mar, navegando lejos de la costa, a cuando la tormenta te pilla en un lugar resguardado y te fías del fondeo. Te arrebujas bajo la sábana y duermes como un bebé, aunque oigas fuera las rachas de viento, el repicar de la lluvia en la cubierta y los flashes de los relámpagos. Home, sweet home.
Atardecer en Spiaggia dei Riso, Villasimius
Salimos del Villasimius un poco tarde. Hay una regata de barcos espectaculares que tenemos que sortear, procurando no estorbar. Navegamos dos días más hasta Carloforte. El primero atravesando el golfo de Cagliari hasta el cabo Malfatano, con cielo plomizo, mar color tinta china y viento fuerte del este.El segundo, treinta millas contra un norte incómodo hasta Carloforte.
Cabo Teulada
Carloforte nos recibe luminosa como siempre. Este año hemos reservado en Marina Sifredi, la más grande y concurrida del puerto. Es la que nos ofrece mejores precios. Y, para nuestra sorpresa, una calidad de servicio extraordinaria: instalaciones recién estrenadas, personal competente y muy eficaz.
En Carloforte en 2021 hay hielo. Otros años lo hemos buscado por todas partes y lo más que llegamos a conseguir fueron botellas de agua congelada. Esta vez nos encontramos con un flamante arcón congelador lleno de bolsas de hielo en el supermercado de enfrente.
Marina Sifredi también nos sorprende con un gracioso y gratuito "servicio de carrito con bidón y con bomba" que nos permite repostar gasoil de la gasolinera (terrestre) contigua a la marina: el único surtidor del puerto no tiene calado para veleros (!).
El tiempo cambia, por fin, y desaparecen los vientos oeste que nos han bloqueado durante días. Uno nunca sabe lo que van a durar la ventanas favorables y replanteamos nuestras próximas etapas mirando los partes a corto y a medio plazo. Tenemos al menos cuatro o cinco dias de vientos a favor, o, al menos, no de cara. Un lujo a estas alturas.
Decidimos descartar Malta por este año. Son muchas millas hacia el sur y una visita a Malta requeriría al menos cuatro o cinco días extra que no tenemos ya que vemos una buena ventana para saltar a Cerdeña desde Trapani dentro de tres días. Si la dejamos pasar no tenemos garantías de que no se vuelva a complicar. Somos conservadores, claramente estamos ya en “modo regreso”. No hay dudas.
Así que, como los Hermanos Marx, y al grito de “GoWest”, salimos a todo trapo hacia el oeste. Iremos hasta Trapani sin paradas, prescindiendo de recaladas en sitios como Empedocle o Agrigento.Habrá tiempo el año que viene
La costa sur siciliana tiene poca cosa que reseñar. A diferencia de la costa norte, alta, escarpada, verde, enmarcada por la espectacularidad de las Islas Eólicas, la costa sur es como el pariente pobre. Una larga recta como las de una autopista. Playas, muchas playas, que se suceden unas a otras como en nuestro Levante. Mucha edificación. Podríamos estar perfectamente frente a Gandía.
Encontramos pocos barcos cerca de la costa, pero nos acompaña una procesión de siluetas de cargueros que se recortan en el horizonte, lejos, a más de cinco millas. Es la fila interminable que recorre el Mediterráneo, desde Suez a Gibraltar.
Navegamos a motor y vela siguiendo el veril de los 50 metros. El viento dio para velear un par de horas al principio del día, justo después del cabo, pero no ha durado mucho. Por la noche la línea de costa se convierte en un festival de luces que se sucede sin interrupción. Mucho neón y fuegos artificiales.
Cabo Passero
Y, cómo no, aparecen de vez en cuando los inevitables grupitos de pesqueros (con y sin AIS), como grupos de niños que juegan a policías y ladrones en el patio del colegio. Sus luces se mueven de acá para allá en un caos de cruces que obliga a estar muy pendiente. La guardia se hace todo menos aburrida, esquivando pesqueros mientras escucho podcasts, hasta que Lucía me releva frente a Porto Empedocle.
Trapani es el punto final de esta etapa. Es una ciudad pequeña en el extremo oeste de Sicilia, frente a la islas Égadas y al norte de Marsala. En la entrada al puerto comercial hay una zona de fondeo amplia y muy protegida de los vientos del norte y oeste. Una parada obligada para los veleros que van y vienen entre Cerdeña y las costas norte y sur de Sicilia.
La recalada es rápida, con glamour bastante justito, como una parada en una estación de servicio de autopista: Llegada al puerto. Gasolinera. Amarre. Carrerita en chanclas buscando un cubo donde deshacerme de las bolsas de basura, mientras Lucía, que suele ejercer de ayudante de gasolinero, llena el depósito. Salida del puerto. Fondeo. Cena en cubierta con la puesta de sol. Aperol Spritz. Miradita al parte y, si se tercia, escribir aquí en el blog. Dormir. Over and out