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lunes, 6 de junio de 2022

2022 18ª etapa: Iraklion - Sitia. Estado de sitio (1998)



Lunes, 6 de junio

Después de un par de días en el puerto de Heraklion, no demasiado cómodos, tenemos ganas de seguir viaje y continuar el recorrido por Creta, para luego saltar al Dodecaneso. 

Saliendo de Heraclion se aprecia lo cerca que está el aeropuerto de la ciudad


Creta se te hace larga. Es una isla con ciudades interesantes, pero monótona para navegar, sin islas, con una costa casi recta que no da resguardo del noroeste que sopla inclemente, haciéndonos difícil velear con un mínimo de comodidad.

Seguimos la costa hacia el este, con las paradas previstas en la famosa laguna de Spinalonga  y en el puerto de Sitia.

Sin novedades, a media tarde llegamos a Spinalonga, que nos recibe con rachas violentas. Según las guías, lo normal. Spinalonga es una laguna salada entre la península del mismo nombre y un gran golfo en la costa (el golfo de Elounda).

Muy bonita y muy turística. Rodeada de montes relativamente altos y con una isla fortificada guardando la entrada. Isla que sirvió hasta hace poco como lugar de confinamiento de leprosos y ahora, incomprensiblemente, se ha convertido en atracción turística. Masas de curiosos se bajan de una flotilla de barquitos que pulula por la bahía y hacen cola para ver las casas de los leprosos. Turismo de horrores. Puro morbo.  

La isla de Spinalonga y sus murallas es lo primero que se distingue al acercarse al golfo de Elounda 


Al entrar, la laguna recuerda un embalse entre montañas. Laderas con casas y urbanizaciones, y el pueblo de Elounda en la cabecera. El agua, también como la de un embalse, verdosa y ligeramente turbia, similar a otros sitios donde hemos estado en el pasado (Vathy, AmvrakikosLivadhi). Tira un poco para atrás bañarse aquí.

Además, Spinalonga tiene muy poco calado. Más que suficiente para un velero, pero hay que moverse con precaución y mantenerse en el centro de la laguna, porque la profundidad máxima son unos cuatro metros. Y otra peculiaridad: rachas espectaculares de viento catabático, marca de la casa.

Tenemos ocasión de experimentarlo. Fondeamos en una pequeña ensenada al este que, según las guías, da la máxima protección. Después de una tarde más o menos apacible, en la madrugada nos despiertan rachas bruscas de vientos que nos hacen bornear y tiran violentamente de la cadena. Una noche inquieta, en la que tengo que levantarme un par de veces para comprobar el fondeo y ajustar las drizas.

No nos impresiona Spinalonga. Por la mañana decidimos renunciar a quedarnos un par de días, como habíamos previsto. El parte no es tranquilizador para la travesía, pero sólo nos llevará cuatro horas y los 25-30 nudos que se anuncian son, en principio, manejables.

El último, y triste, destino de la isla de Spinalonga ha sido servir de leprosería. Desde primeros del siglo XX desterraban allí a los enfermos, condenándolos a llevar vidas miserables. Durante muchos años los dejaron a su suerte, sin ningún tipo de asistencia, por si el dolor de la enfermedad y el estigma social no fueran suficiente. Un indigno final para una isla que fuera un bastión colosal, la última fortaleza veneciana en rendirse a los turcos en 1715, cuando ya toda Creta llevaba en manos otomanas casi medio siglo. 

Spinalonga viene del griego “stin Elounda”, a Elounda, y no siempre fue una isla. Los venecianos le adaptaron el nombre a algo más familiar para ellos, allá por el siglo XV, cuando empezaban a explotar el golfo para extraer sal. También fueron los venecianos los que, habiendo entendido el valor estratégico de esta costa, “cortaron” un trozo del final de la península y se fabricaron una isla, que fortificaron brutalmente para hacerla inexpugnable. 

El último reducto italiano de Creta también fue el postrer refugio de sus conquistadores: los últimos turcos salieron de Spinalonga en 1903. Y, como si de un concurso se tratara, Spinalonga ostenta además el dudoso récord de haber sido una de las últimas leproserías de Europa en cerrar sus puertas, en 1957. 

Por la mañana, cuando salimos de Spinalonga, la isla está plagada  de turistas y, sus inmediaciones, de los barcos que los traen en excursiones de día.


La navegada hasta Sitia es incómoda, no tanto por el fuerte viento, sino por la mala mar, agitada y de olas confusas que rompen entre sí haciendo difícil el gobierno. 

Por la tarde, descubrimos que Sitia es un puerto amplio y agradable. Por fin un sitio en el que poder descansar. Encontramos hueco sin problemas en el muelle de transeúntes, casi en la bocana, no sin algunas dificultades para amarrar por el viento duro de costado. 
Vista del puerto, la playa y el pueblo desde la carretera que va al castillo


Sitia, la última ciudad del este de Creta, justo antes del estrecho de Kasos. Un lugar distinto a los que hemos visitado en esta isla. Una ciudad pequeña, tranquila, agradable, con ambiente playero pero más bien local, sin las aglomeraciones ni los excesos de Chania o Heraklion.

Playa urbana de Sitia


En el puerto sólo hay sitio para cuatro o cinco barcos transeúntes, el resto está copado por pesqueros y barquitos locales. Al llegar coincidimos con otros tres veleros más, pero zarpan tras la primera noche y nos dejan casi el resto de la semana solitarios en el muelle.


La estancia en Sitia es muy agradable. Un puerto ridículamente barato (poco más de siete euros por noche, que poca gente se molesta en ir a pagar a la oficina del ayuntamiento), con acceso a electricidad y agua dulce. Limpio, silencioso, sin chunda-chunda nocturno, junto a la playa y al centro de la ciudad. No podemos pedir más, sobre todo teniendo en cuenta que la amable funcionaria a la que voy a pagar las tasas me recibe con pastas típicas y dos botellas de aceite de promoción de una marca local, a título de bienvenida. Otra vez Grecia.

Las lanchas de pesca comparten el muelle con los veleros transeúntes 


Sitia es empinada. Ocupa una ladera de una de las tantas montañas que en Creta bajan suaves hasta el mar. Sus calles hacen cuestas imposibles o, simplemente, desaparecen y se convierten en escaleras. 




Sitia tiene un castillo en lo alto, como casi todas las ciudades aquí. Solo que el castillo de Sitia es pequeñito y humilde, no se distingue apenas desde desde abajo, salvo que te fijes bien. 

Puerta de acceso al castillo. Está acondicionado para conciertos y espectáculos al aire libre 


Sitia tiene piscifactorías de la época romana, pero no se ven. Están en el puerto, a los pies del castillo. Y están bajo el agua, porque los terremotos han hundido Creta un metro por la zona este, el mismo metro que la elevaron por el oeste.
 
En esta zona embalsada del puerto, al pie del promontorio del castillo, los romanos construyeron diez piscinas circulares en las que mantenían peces vivos para el consumo.  


Sitia tiene un museo arqueológico, pequeño y coqueto, bien cuidado, como todo en esta ciudad. Recoge muestras del arte minoico en los yacimientos cercanos de Zakros, de Petras o de Palekastro, todo lo que el museo de Iraklion no se llevó. Curiosamente, no hay ni una sola referencia al arqueológico de la capital ni al yacimiento de Knossos. Aquí la influencia de Evans no se ha dejado notar.

En la vitrina, la figura del Kuros de Palekastro, una figura minoica de marfil y oro del 1450 AC y el principal objeto del museo arqueológico de Sita

Piezas representativas del arte minoico: los cuernos de consagración y las hachas dobles 


Sitia tiene tiendas, bullicio laboral, gente amable, dos iglesias, playa con sombrillas, un paseo peatonal al borde del mar, flores, arbolado, atardeceres espectaculares, bares y tabernas, bodas con música griega en directo e invitados que bailan hassapiko.




Y Sitia tiene un poeta, el poeta más relevante de la literatura de Creta. Un poeta que en el s.XVII escribió, en dialecto cretense y en más de 10.000 versos decapentasílabos, la epopeya de Erotokritos, una especie de Romeo con final feliz.

Sitia es una ciudad de cuento.

Monumento dedicado al poeta Vikenkios Kornaros, en el paseo marítimo de Sitia. Impresos, los últimos versos de su obra Erotokritos, en los que habla de sí mismo


Pasamos seis días en Sitia. En realidad estamos bloqueados por una gran borrasca que está afectando a toda Grecia y hace complicado cruzar el estrecho de Kasos, paso obligado hacia el Dodecaneso. Pero es una cárcel benigna, en la que volvemos a vivir sin economizar agua, con microondas, Nespresso y secador de pelo, sin preocupación por la carga de las baterías. Como en casa. Activamos el “modo turista terrestre” y volvemos a tener tiempo para leer, escribir, ver series y hasta visitar el museo arqueológico local.

En un café del paseo, viendo la vida pasar

Sala de las lárnax o sarcófagos de arcilla minoicos. Somos, literalmente, los únicos visitantes del museo

Paseo del puerto contiguo a las antiguas piscifactorías 


Una semana de tranquilidad en la que estamos solos la mayor parte del tiempo. Pasamos varios días siendo el único barco transeúnte en el puerto, y no tenemos demasiadas interacciones con los locales. Hacia el final de nuestra estancia, llegan a puerto dos Oyster 49 que viajan en flotilla y con los que podemos confraternizar: el Zebahdy (inglés) y el Unconditional (USA). Debbie, Boyd, Sarah y Tom comparten con nosotros los últimos días de espera para el cruce y nuestras próximas etapas.

Incluso en un puerto cómodo como Sitia, seis días de espera se acaban haciendo largos. Finalmente nos decidimos a salir de nuestro particular "Estado de Sitio en Sitia" (valga el juego de palabras, digno de Matías Prats). La borrasca ha pasado, pero el viento sigue duro en el estrecho y no parece que la situación vaya a cambiar a corto plazo.

La última noche en Sitia es la noche anterior a la superluna de junio, la "luna de fresa". Una luna casi llena sale por la proa del Zebahdy de Debbie y Boyd.


Salimos del puerto a las siete de la mañana. Nuestros nuevos amigos son más rápidos y prefieren no madrugar. Excepto Boyd que, amablemente, viene a ayudarnos con las amarras en la maniobra de desatraque. Y ocurre lo que nunca antes nos había pasado. Boyd empuja el barco más de la cuenta... y se va al agua. Afortunadamente sin más consecuencias que un teléfono móvil a reemplazar. Pobre Boyd.

Lucía y yo debatimos si no deberíamos cambiar la película de la etapa por Splash, pero decidimos que no. Bueno, sí. Mmm, mejor no. Pobre Boyd. 


Martes, 14 de junio






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sábado, 4 de junio de 2022

2022 17ª etapa: Chania - Iraklion. Indiana Jones y la última cruzada (1984)



Sábado, 4 de junio

Grandota, moderna, destartalada, sin carácter. Esa es Iraklion, pero con un museo arqueológico que es una joya.

Incómodo, ruidoso, desagradable. Así es su puerto, aunque la fortaleza veneciana Kaules, dominándolo, lo hace especial.

Pero empecemos por el principio. Hemos salido de Chania a las 6:15 am en un día de nuevo despejado y de cielos azules, lleno de luz.


Salimos de Chania bordeando su faro veneciano


La travesía hacia el este nos vuelve a llevar por una costa despoblada, agreste, inhóspita, con montañas que llegan literalmente al mar, sin apenas vegetación, verdosas de lo que en la distancia podrían parecer líquenes. 60 millas hasta vislumbrar nuestro destino de hoy: la capital de Creta.

Vista de la costa al este de Chania 


Para entrar en Iraklion (Heraclión en español) hay que recorrer un larguísimo dique este-oeste que protege el puerto de la violencia de los vientos del norte. Llegamos a vela, sólo con el génova, en portantes, volando a más de siete nudos y con una ola incómoda de metro y medio.
 


A las 18:30 estamos dando la vuelta al espigón, acabado en una enorme construcción cilíndrica que aloja la luz verde. 



Aún tenemos que recorrer de nuevo el dique, esta vez por dentro, hasta el final, donde se encuentra la marina, esa donde nunca hay sitio. Otra media hora. Nos quedamos en el muelle municipal que está inmediatamente antes, amarrados al ancla y con cabos de popa. Hay otros cuatro o cinco barcos, transeúntes como nosotros.

Puesta de sol desde el barco. Al fondo, la fortaleza Koules. La actual fortaleza veneciana data de la primera mitad del s.XVI, cuando se reconstruyó la antigua fortaleza, destruida por un terremoto. Tiene 26 estancias que sirvieron de cuartel y de almacén. También hizo las veces de prisión en la época otomana. 


El aeropuerto está pegado a la ciudad, a orillas del mar. Los aviones despegan cada cinco minutos en dirección oeste. Hacen un giro al norte mientras pasan por encima del puerto, aún muy bajos y con un ángulo de subida imposible. Debe ser espectacular estar en uno de ellos y mirar por la ventanilla durante la maniobra. Desde abajo, el ruido es atronador, pero el espectáculo merece la pena… las tres o cuatro primeras veces.

Aunque ya lo habíamos leído en Navily, todos los colegas de otras embarcaciones que se acercan a ayudar con las amarras, o simplemente a saludar y charlar, nos recuerdan que a las 19:30 va a llegar el ferry catamarán y formará una gran ola que agitará todos los barcos y, si están demasiado cerca, los estampará contra el muelle de cemento. Hay que dejar, como mínimo, dos metros de distancia al muelle. Dos metros es insalvable para nuestra pasarela. Venimos ya resignados a estar en el barco a esa hora para soltar un poco las amarras, alejarnos unos metros y volver a arrimarnos una vez pasado el peligro. Nuestro plan, en cualquier caso, es no quedarnos aquí más que el tiempo imprescindible. 

Y el tiempo imprescindible es el que necesitamos para visitar el palacio de Knossos (Cnossos) y el museo arqueológico de Iraklion.

El palacio de Knossos es nuestro choque violento con la realidad del turismo de masas. A pesar del madrugón (estamos allí a las 8:30 am) los cruceristas han llegado antes. Decenas de autobuses han escupido a los dos mil pasajeros que, organizados en grupos de unos 50, atiborran el lugar. 



A la sorpresa inicial sigue el espíritu práctico. El sitio es pequeño, no estarán mucho tiempo y nos entretenemos uniéndonos a uno y otro grupo y escuchando las explicaciones de los guías, mujeres en su mayoría, que se identifican por su tarjetón al cuello, sus sombrillas azules y algún que otro dispositivo moderno sustituyendo al tradicional megáfono. 

Restos de la cola que se montó para entrar, de uno en uno, en la “sala del trono” 

Cuando los cruceristas se van, recorremos los paseos y estancias a nuestro antojo. Pero la soledad dura poco: empiezan a llegar los siguientes grupos. 

¡Por fin solos!

Probablemente, la imagen más emblemática del palacio de Knossos sea el bastión oeste, con sus cinco columnas rojas y el fresco del toro embistiendo, que no deja de ser una reproducción. Los fragmentos originales están en el museo arqueológico de Iraklion

Knossos se ve en poco menos de una hora. Entiendo la decepción, que muchos vuelcan en páginas de internet, al llegar al sitio arqueológico y, después de pagar 15 euros, visitar menos de la mitad del recinto, que además tiene alguna zonas cerradas por trabajos de conservación. Y la frustración de encontrar unas restauraciones realizadas un poco “a las bravas”, columnas repintadas y frescos que nos son sino réplicas de los originales y no siempre ubicados en el lugar en que se encontraron… A mí me divierte y, más aún, la historia que hay detrás.



La excavación y restauración de Knossos es el trabajo de media vida de un señor inglés llamado Arthur Evans que nació en 1851. Como Indiana, era hijo de un arqueólogo. No era profesor de universidad, pero sí conservador de un museo inglés de la universidad de Oxford. No iba vestido de explorador con fedora, pero sí de turco, con bombachos, faja carmesí y chaqueta sin mangas, una excentricidad que se trajo de sus visitas a los yacimientos de los Balcanes. Un apasionado de la arqueología, que, a sus casi 50 años, dejó su puesto en el museo de Londres para trasladarse a Creta: habían llegado a la institución, provenientes de la isla, unos sellos con símbolos extraños, que en el museo catalogaron de fenicios y él reconoció como algo diferente, que se propuso estudiar in situ.

Y se fue a Creta. Buscó a los que, antes que él, se interesaran por el lugar: un griego, antiguo cónsul de España, y el alemán que acababa de descubrir Troya. Tuvo que comprar los terrenos al gobierno otomano. Se rodeó de un equipo de expertos y en marzo del año 1900 comenzaron a excavar

Foto de archivo de Evans y su equipo durante las excavaciones, conservada en el museo Ashmolean de Oxford, conde  trabajaba Evans


Pronto encontraron los restos de una gran construcción con más de mil estancias, y, automáticamente, pensó que habían descubierto el laberinto del Minotauro. Al aparecer un trono empotrado en una pared decidió que era un palacio. Empezó entonces a fantasear y a encontrar significados palaciegos a todo lo que hallaba. 

Detalle de la “sala del trono” frente a la pared en que se encuentra el asiento de piedra


Al principio no pensaba en preservar, sólo en desenterrar. Pero la intemperie le estaba destrozando los hallazgos, así que se ocupó de reconstruir. ¿Cómo? Con el mejor material que encontró para sostener las pesadas estructuras de piedra: el hormigón

Se pueden distinguir las planchas de hormigón usadas para restaurar la construcción


Hay que ubicar estos trabajos en su tiempo para entenderlos, pero, aún así, sus restauraciones son muy controvertidas, no sólo por los materiales empleados, sino por su falta de rigor. Así, colocaba los hallazgos “donde creía que tenían que ir”. Asignaba utilidades a los recintos (“el teatro”, “la sala del trono”, “la sala de la reina”). O hacía repintar los frescos, a los que ponía nombres delirantes (¨"la parisina", "las damas azules", "el príncipe de los lirios"), de algunos de los cuales, en la actualidad, se sospecha que fueran meras invenciones de los restauradores, un padre y un hijo suizos contratados por Evans, que, supuestamente, trabajaban a partir de los fragmentos hallados. 

El "príncipe de los lirios", o, mejor dicho, su reproducción. El original restaurado por Evans a partir de varios fragmentos inconexos se encuentra en el museo arqueológico de Iraklion. Evans determinó que la figura correspondía al rey-sacerdote de Knossos, la representación de la autoridad civil y religiosa. Sin embargo, otras escuelas sugieren una reconstrucción diferente, según la cual esta figura sería más bien la de un atleta, un boxeador o un gobernante. Y la corona de papiros y plumas de pavorreal correspondería a otra pintura diferente, probablemente de un sacerdote o una esfinge. 


Evans está omnipresente en Knossos. En todos los atriles informativos de las estancias se le menciona, en lo que parece un intento de hacerse perdonar lo que el visitante está contemplando: “según Evans”, “Evans puso aquí esta pintura”, “Evans añadió una sala”, “Evans creía que”…

Evans documenta las plumas de pavorreal adornando los tocados de los personajes de la realeza. Me da por imaginar que Evans fuera también el que introdujo los pavorreales que hoy campan a sus anchas por el palacio…

 
Con todo, la figura de Evans es fundamental. Su aportación más importante fue el estudio de los miles de tablillas grabadas encontrados en Knossos, que le permitió identificar dos idiomas, el lineal A, más antiguo, y el lineal B, posterior. Aunque nunca consiguió descifrarlos, sí supo interpretar que se trataba de inventarios y que estaban llenos de números. El lineal B es un idioma silábico que hoy se considera el precursor del idioma griego. En algunas tablillas en lineal B el palacio viene referido como ko-no-so.

Los descubrimientos de Evans sacaron a la luz una riquísima civilización de hace 4000 años, que él llamó minoica, por el rey Minos, a quien la leyenda asocia con la construcción del laberinto del Minotauro. Hoy se sabe mucho más sobre esta civilización y sobre el palacio de Knossos, sobre su origen hacia el año 2000 AC, su doble destrucción debida a sendos terremotos, su reconstrucción, su esplendor entre el 1460 y el 1650 AC y su abandono definitivo hacia el 1300 AC, cuando se cree que los propios habitantes prendieron fuego a la ciudad después de abandonarla. 

Maqueta del palacio, en el museo arqueológico. El palacio no sólo era la residencia de los gobernantes, sino que aglutinaba la vida religiosa y administrativa de la ciudad-estado de Knossos. Con más de 1500 estancias, se organizaba alrededor de un gran patio central, en alas con diversos usos (aposentos reales, almacenes, viviendas, edificios religiosos y de gobierno)


El museo arqueológico de Iraklion acoge los hallazgos de Knossos y de otros palacios minoicos de Creta, ordenados en salas temáticas y con extraordinarias explicaciones en griego y en inglés. Es un museo sencillamente abrumador y delicioso, en el que puedes pasar horas y horas.  

Y este es el famoso fresco del toro repintado en el edificio del bastión oeste y que en el museo se exhibe con menos creatividad, en tres fragmentos sin armar  



La última a sala del museo está dedicada a la escultura de la época de dominación romana


El paseo por Iraklion, más allá de llevarnos al museo, nos descubre una ciudad un tanto desestructurada, con una mezcla de urbanismo moderno y construcciones de pueblo. Las últimas actuaciones tuvieron el buen criterio de hacer peatonal la zona central, la de las calles más comerciales, con sus Zaras, sus Bershkas, sus Desiguales y sus marcas locales. Pero es domingo y todas las tiendas cierran, excepto las típicas dirigidas al turista incauto.

Arranque de las dos calles comerciales peatonales y que me recuerdan a Carmen y Preciados, en Madrid


Vemos lo que toca ver: la fuente Morosini, con sus leones; la basílica de San Marcos; el edificio veneciano de la logia, que hoy alberga el ayuntamiento; la iglesia de San Titus, donde nos colamos sin querer en una misa ortodoxa,… 

La sede de la logia, el edificio veneciano más relevante de Creta. Fue construida en 1626 por Francesco Morosini (el de la fuente) como una réplica fiel de la basílica Palladio de Vicenza. Tiene una planta baja dórica y una planta alta jónica. Sirvió como lugar de reunión de los nobles venecianos y constituyó el epicentro de la vida comercial de la ciudad. Hoy acoge el ayuntamiento.

El patio interior de la logia

La iglesia bizantina de Agios Tito es considerada la catedral de Iraklion. Construida en el siglo X, fue convertida en mezquita en 1689, cuando la ciudad cayó en manos de los turcos tras 22 años de asedio (el asedio más largo de la historia). El terremoto de 1856 la destruyó, igual que gran parte de la ciudad, y fue reconstruida como mezquita. En 1929, tras la unión de Creta a Grecia y tras la expulsión de los musulmanes de la ciudad, se derribó el minarete y el edificio pasó a la iglesia ortodoxa griega. 


El iconostasio del interior de la iglesia de Agios Tito. El santo es el patrón de la isla de Creta y su supuesta calavera se conserva aquí en una urna de plata desde 1966, cuando se trajo de vuelta de Venecia, adonde se había mandado, junto con otras reliquias, para ponerla a salvo de la invasión turca.


Y volvemos por la famosa calle “25 de agosto” a comer al puerto, en una taberna de calidad discutible, pero hay que conseguir una wifi para ver a Rafa Nadal ganar su 14º Roland Garros.

Vista de la fortaleza Kaules desde la marina al final del puerto, con las barcas de pescadores en primer término.


Una curiosidad: en Iraklion nació El Greco. El parque principal de la ciudad lleva su nombre, pero sólo hay un pequeño busto que lo recuerde. 



Domingo, 5 de junio











En NoForeignLand puedes leer sobre Heraklion y sobre Knossos. También puedes seguir a Sargantana

miércoles, 1 de junio de 2022

2022 16ª etapa: Chania. Everything is illuminated (2005)



Miércoles, 1 de junio

No nos engañemos: Chania es hoy un bazar para turistas. Un bazar muy bonito, es verdad. Montañas nevadas en pleno mes de junio. Muy histórico, una de esas ciudades que no te dejan indiferente y que sabes que no vas a olvidar. Pero un bazar, que amas y odias a partes iguales. Un puerto del que cada día tienes ganas de zarpar, pero con el que cada día te reconcilias. Un sitio extraño en una isla extraña como es Creta.

Entrada al puerto veneciano de Chania


Llegamos pasada la media tarde y atracamos en el puerto municipal, junto a la bocana. Caben pocos barcos, pero estamos en temporada baja y podemos elegir. Un velero francés y otro alemán, uno a cada lado. En el muelle (esto es importante si es municipal) también restaurantes a ambos lados, pero ninguno enfrente. Perfecto. El sol y el noroeste pegan todavía duro en el puerto a esta hora de la tarde, hay poca gente paseando. Parece tranquilo. Ya veremos por la noche…

Chania fue un día la capital de Creta. Una ciudad decadente, construida y deconstruida sucesivas veces por venecianos y bizantinos. Uno más de esos puertos mágicos, con espinazo de murallas y de historia, como Alghero, Siracusa o Valetta, pero un poco echado a perder. Lleno hasta la asfixia de turistas (incluso en este primero de junio), con calles repletas de tiendas de souvenirs y de cuero, de helados pretendidamente artesanales y restaurantes de souvlaki y moussaka descongelada. Podría ser Roquetas.

Y, como puerto, no es muy cómodo. Está muy abierto al norte. Demasiado swell y demasiados restaurantes y bares con música hasta pasada la medianoche. El paseo marítimo habitual, con mucha parejita caminando a paso ligero, ingleses la mayoría, en sus variedades “milky” (recién llegados) y “lobster” (después de un par de días al sol, vuelta y vuelta), en modalidad “honeymoon” o “con carrito de niño”, e incluso alguno en versión “Triana” (en coche de caballos).

La OTAN nos obliga a quedarnos tres noches en Chania. Qué le vamos a hacer. Pero, en realidad, nos hace un favor. Nos permite descubrir que, debajo de las hordas de turistas, se esconde también un alma bohemia y multirracial que engancha. Un barrio antiguo (judío) de callejuelas estrechas y casas con paredes inclinadas, donde hay tiendas y tabernas pequeñas con música en directo que sí invitan a entrar.

Un puerto lleno de vida y de música, en el que conocemos a Jacobo y sus amigos. Un grupito de chavales que vive en un Gib Sea de 9 metros, atracado aquí al lado, que se acaban de comprar y que a duras penas saben navegar.

Un grupo de titiriteros que hacen música y circo, y que se ganan la vida actuando para los turistas del Egeo. Nos dicen que se quedarán una temporada aquí en Creta, y después se dejarán llevar por los vientos del este, camino de Sicilia, del Estrecho y de Canarias.

Jacobo, griego, nos regala una mañana de su música mestiza, cantada en mil idiomas: español, portugués, italiano, griego, francés, turco, rumano, húngaro, serbio… Una maravilla. Y entre otras, una de nuestras canciones favoritas (Amari Szi, Amari) de la banda sonora de "Everything is illuminated", que inmediatamente se convierte en la película de esta etapa, tanto más viendo lo que está pasando ahora en Ucrania. Amari Szi Amari, una canción zíngara de bodas. “Ella es nuestra, Ella es nuestra…”



La noche antes de que salgamos hacia Iraklion, Jacobo viene un rato a charlar, en inglés y castellano, a nuestra popa. Es sólo un chaval, más joven que nuestras hijas. Nos habla de su vida. De lo difícil que es hacer música en la calle y que a la gente le guste. Y vivir de ello, claro. De su furgoneta en la que lleva viviendo seis años, aparcada allá en algún sitio del norte de Grecia. De que acaba de enterarse de que va a ser padre, y que ni su grupo lo sabe todavía.

Dejamos a Jacobo y sus amigos, y dejamos Chania en busca de Iraklion, al amanecer del sábado. La OTAN está tranquila y no da problemas.

Adiós Chania. Amari Szi Amari




Chania es una ciudad hecha de sol. Toda ella está bañada de una luz brillante que potencia los dorados de las fortalezas, los rojos y amarillos de los edificios, el azul cobalto del agua batiendo contra la piedra. 

Se despierta al salir el sol, como todas las ciudades que hemos ido visitando en Grecia. A esa hora es una ciudad moderna ajetreada, sus comercios más turísticos aún cerrados, las terrazas recogidas y el puerto dormido, solo alterado por las furgonetas de reparto. Chania es enteramente para sus habitantes.

Pero todo cambia a media mañana. La ciudad empieza a agitarse, los restaurantes abren, las tiendas de souvenirs despliegan su expositores callejeros, los turistas comienzan a echarse a la calle y a atiborrar aceras y paseos, bares y tiendas.

Al caer la tarde, la ciudad volverá a transformarse, alrededor de la puesta de sol, cuando los comercios cierren sus puertas y todos los visitantes se den cita en el puerto. Y el bullicio ya no parará hasta bien entrada la noche.

Chania es estridente. Tienes continuamente la sensación de estar en otro sitio, en otros sitios, en todos los sitios. Te entra por los sentidos y te abruma, te marea, te desconcierta. Hay que aprender a quererla. 

Sargantana en el muelle municipal, con los toldos. Hace mucho sol y calor. Al fondo se puede ver la construcción veneciana que cierra el puerto y que es lugar de paseantes durante todo el el día 

Nosotros también vamos a pasear el puerto veneciano al caer la tarde

Decenas de turistas tratan de retratarse al atardecer, con el sol poniéndose por detrás del faro

Los más afortunados han pillado sitio en una de las mil terrazas del paseo del muellle

Otros en un banco.


La plaza del puerto es su centro neurálgico


En ella está la mezquita más antigua de Grecia, conocida como "la mezquita de los jenízaros". Hoy se dedica a otros usos. Alberga una sala de exposiciones y también las oficinas del puerto.

Enfrente de la mezquita se pueden contratar paseos en carruaje

Fuera del puerto y de la ciudad vieja, Chania es una ciudad moderna, con oferta comercial al uso


Con muchas calles amplias y peatonales

Y plazas y zonas verdes, Y construcciones heredadas de los venecianos y los otomanos. En estos antiguos baños turcos hoy se ubica una tienda de ropa de diseño 

El edificio más emblemático de Chania es su mercado municipal, un edificio de primeros de siglo pasado, con planta en forma de cruz y una entrada en cada brazo. Se construyó como parte de las actuaciones de expansión de la ciudad, que también derribaron parte de las murallas venecianas que delimitaban la ciudad vieja. Permitió adecentar y dar un aspecto más cuidado y moderno a una zona limítrofe de la ciudad en la que se habían instalado tenderetes de frutas, verduras, pescado, carne,...
En este mes de junio lo encontramos cerrado por obras de rehabilitación.

La ciudad vieja se considera la que está abarcada por la muralla veneciana. Como en un zoco árabe, las calles parecen organizarse por gremios. En esta el olor a cuero es casi asfixiante 

Dentro de la ciudad vieja, rodeando la ciudadela, estaba la antigua muralla bizantina. Los venecianos la abandonaron en favor de la muralla exterior. En los siglos que siguieron fue siendo devorada por el crecimiento de la ciudad y las necesidades de acceso: se construyeron casas incorporadas en la muralla y se desbarataron muros y puertas. Hoy se ha hecho un esfuerzo por darle el protagonismo que merece. Está bien conservada y se ha restaurado en parte. 

Durante la dominación otomana, en el siglo XVII, los cristianos y los judios fueron obligados a vivir en el oeste de la ciudad, mientras los turcos se ubicaban en la zona este. En el barrio judío, al oeste del puerto, las calles son probablemente las más bonitas de Chania. El barrio está plagado de tabernas y pequeños hoteles que han reconvertido las antiguas casas.

El jueves es día de mercado. No hay apenas turistas. Nosotros vamos hacer compra bien temprano, mezclándonos con los locales.

También aprovechamos la estancia para hacer la colada de las últimas semanas... 



Y nos iremos de Chania con los ojos llenos de su luz y de su magia


Sábado, 4 de junio




En NoForeignLand puedes leer sobre el puerto de Chania y también seguir a Sargantana