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viernes, 7 de abril de 2023

Fournoi e Ikaria. Las velas de Ícaro


Dos días atrapados en el puerto de Lipsoi y refugiados (no muy cómodamente) del temporal del sur. Casi solos. Con la única compañía de un pequeño velero austriaco con tripulación de hippies jovencitos, variante grunge  y, al otro lado, de un yatazo a motor con tripulación (decididamente no hippie) de jubilados alemanes. Representación de todo el arco parlamentario, digo, marinero.

El yate a nuestra proa


El puerto no es el más resguardado ni el más grande de todos los que hemos conocido. Un único muelle en una bahía amplia y orientada hacia el oeste, en la que el viento del suroeste levanta más ola de lo que debería. En verano tiene pinta de que es difícil encontrar hueco. A pesar de que nos hemos colocado en la parte interior del muelle, el swell nos menea sin tregua los dos días. No nos importa demasiado, todavía nos queda mucho que preparar dentro del barco y ni el viento ni la lluvia nos afectan gran cosa.

El tercer día amanece por fin luminoso, frío y con un viento mínimo que ha cambiado a norte y limpiado el cielo. Toca aprovechar esta ventana de buen tiempo para seguir rumbo hacia Ikaria, con una recalada previa de una o dos noches en la isla de Fournoi. 

Decimos adiós a Lipsoi


Aprovechamos la oportunidad para montar nuestra vela de proa. A diferencia de la etapa anterior, incómoda y un poco atropellada, en ésta el barco está ya casi listo, con sus dos velas aparejadas (génova y mayor), a son de mar y con todo más o menos en su sitio. Y lo más importante, con una tripulación que va recuperando poco a poco las sensaciones marineras. Hoy es la etapa de Ícaro y, cómo no, nos permitirá por fin velear. Porque Ícaro y su padre inventaron las velas.

Veleando por fin

Poco que reseñar en la travesía. Siete horas de una ceñida excelente contra 15 nudos de viento del noroeste. Mar plana. Con sucesión de bordos, casi como en una regata. Disfrutando de un día de vela en completa soledad.

Salvo por el ferry de Patmos, que nos adelanta con prisas, bocinazos y malos modos para que le dejemos paso expedito en lo que claramente considera su ruta privada, a la salida de la bahía. No se entiende, vamos perfectamente orillados lo más posible a estribor, dejándole el centro libre, pero parece que a su capitán no le vale, y nos tiene que pasar por estribor sí o sí. Su desplazamiento debe ser, por lo menos, de 8.000 toneladas y el nuestro de menos de ocho, así que (por esta vez) decidimos aceptrar sus argumentos y apartarnos. Pero porque queremos, ¿eh?

Llegamos a Fournoi a primera hora de la tarde. Decidimos fondear en una cala desierta y resguarda del norte (Ormos Mármaro), justo antes de llegar al paso angosto que conecta la parte sur con el norte de la isla, muy cerca del pueblo de Fournoi. Tenemos ganas de volver a las sensaciones de dormir en un barco anclado, sobre todo ahora que, vayamos donde vayamos, estaremos en la más absoluta soledad (si excluimos las cabras, por supuesto).

Ormos Mármaro, Fournoi, donde echaremos el ancla

Se está bien en Ormos Mármaro, pero no nos podemos quedar más de una noche. El buen tiempo durará uno o quizá dos dias y mañana hay que continuar hasta Ikaria, para poder seguir después hacia Mykonos aprovechando el intervalo de buenos vientos y sol. Como siempre, los tiempos los acaba marcando la meteorología...

Ikaria es una más de la lista de islas míticas del Egeo, y uno de los hitos del viaje. No es una isla muy turística. Muy alta y escarpada, de aspecto duro y rocoso. Con una costa sur recta y brumosa, famosa por sus vientos catabáticos cuando sopla el temido meltemi. 

La isla donde, según la leyenda, está enterrado Ícaro, hijo del arquitecto Dédalo, el constructor del laberinto de Creta. 

Ícaro, al que su padre enseñó a volar con alas de plumas y de cera, pero que no quiso escuchar su consejo (¿qué hijo escucha alguna vez los consejos de su padre?) de no volar demasiado alto, para evitar que el sol fundiera la cera de sus alas, ni demasiado bajo, para que las olas del mar no mojasen sus plumas en los días de meltemi. 

Ícaro, el imprudente, que cayó al agua y murió, con sus alas derretidas, como un ángel caído. 

Y Dédalo recogió desconsolado su cuerpo flotando en el mar al oeste de Samos, y dio el nombre de Ikaria, en su memoria, a esa isla desgarbada, demasiado alta para el vuelo de su hijo. 

Ícaro, al que sus habitantes recuerdan hoy con una escultura también muy alta, muy desgarbada y con una belleza extraña, como su vuelo, en el rompeolas del puerto de Agios Kirikos.

La escultura dedicada a Ícaro en el puerto


Atracamos a media tarde en la marina de Agios Kirikos. Un puerto deportivo con no muy buenas críticas en Navily, pero que nosotros encontramos cómodo y agradable. Casi totalmente vacío en esta época, sólo nos hacen compañía un par de barcos locales amarrados. Muy barato, como casi todos los puertos del Egeo, pero con instalaciones completamente nuevas y dignas de cualquier marina al uso en Italia o España.


Sargantana amarrado en Agios Kirikos

Vista de la marina de Agios Kirikos


Visitamos la ciudad, Agios Kirikos. En realidad un pueblo muy pequeño y de calles tan empinadas como la isla. Con muchos supermercados y restaurantes ya abiertos (aunque casi vacíos) porque la semana que viene es la Semana Santa ortodoxa y esperan la llegada de los primeros turistas. Con una "catedral", un tanto descangallada y cerrada, a pesar de ser sábado previo a Semana Santa. 

El pueblo desde el puerto

Escaleras para subir a la iglesia

Otra vista del pueblo


Y sobre todo, el primer pueblo que hemos encontrado en el Dodecaneso con menos iglesias que bares. No sabemos por qué.
Decidimos quedarnos sólo una noche. La idea de alquilar un coche para visitar la isla no parece muy atractiva. De hecho, abril no está siendo el mejor mes para hacer las visitas turísticas habituales de otros veranos. Mañana a primera hora salimos para Mykonos.

Saliendo por la bocana al día siguiente


Y la pregunta del millón: ¿por qué el título "Las velas de Ícaro"?

Pues porque hay una versión más prosaica de la leyenda de Ícaro, relatada por Pausanias (viajero y geógrafo griego del siglo II). Según esa leyenda, mucho menos poética que la de la cera y las plumas, Ícaro y su padre, Dédalo, tuvieron que salir por piernas (en este caso en barcas), de Creta. Algo habrían hecho... 

Para huir, Dédalo, hombre mañoso donde los haya, que te construía un laberinto, unas alas de plumas o lo que hiciera falta, inventó las velas (las de los barcos). Con un par...

Y la leyenda continúa: resulta que el tal Ícaro era un torpe navegando (como mucho patrón por el mediterráneo, damos fe), y no se apañaba mucho con el invento de su padre, resultando en el naufragio de su barca cerca de la costa de Samos. Parece que Dédalo, que estaba ya hasta los pelos del inútil de su hijo (en la antigüedad ya te salían hijos ninis), pasó de él y siguió camino, seguramente porque los cretenses les pisaban los talones.

Y la leyenda termina: un tal Heracles, vecino de Samos, que paseaba por la playa de la isla de al lado, se encontró el cuerpo de Ícaro y le dió sepultura. Y de paso llamó a esa isla Ikaria y, por extensión, Mar Ikario al mar del náufrago.

El caso es que tanto al Sargantana como a mí nos gusta más la segunda leyenda que la primera, aunque sea más chusca. Sobre todo porque nos cuenta varias cosas que nos parecen interesantes: 
  • Que un señor que se llamaba Dédalo, no muy querido por los cretenses (sus razones tendrían) inventó la navegación a vela. En un pispás.
  • Que tenía un hijo tolai que, navegar, navegaba poco y volar, lo que se dice volar, volaba menos, y que no le hacía nunca puñetero caso a su padre. Y así le iba.
  • Que en la antigua Grecia te ahogabas y le ponían tu nombre a una isla. Y a un mar.



miércoles, 5 de abril de 2023

Lipsoi. Manolis.

Lipsoi (o Lipsi) es la última isla del DodecanesoSu capital también se llama Lipsi, un pueblecito luminosoblanco y azul, que trepa por la ladera de la montaña.




Es un delicia pasear por sus calles, vacías de turistas  y llenas de gatoscon apenas tiendas abiertas, algunas de ellas en pleno ajetreo de puesta a punto para la temporada. En abril está prácticamente desierto, igual que su puerto, en el que solo hay un barco al llegar nosotros y donde nos hemos abarloado, en contra de la costumbre griega de atracar con ancla y popa al muelle. 





En Lipsoi vive Manolis, el cocinero que lleva dos años ganando el premio al mejor chef del Mediterráneo. Sorprende encontrar un lugar como Manolis Tastes en un pueblo tan apartado, auténtica alta cocina.

Igual que Manolis viene a recibirte al puerto, viene a recibirte a la mesa, con el mismo calor y el mismo encanto. Sus platos reúnen el sabor del Mediterráneo y la crudeza de estas islas azotadas por el meltemi. Degustamos en casa de Manolis el vino de Lipsi, del que más tarde haremos acopio para nuestra pequeña bodega.

El pulpo del mecánico de Leros con vino de Lipsoi para la cena de la segunda noche en Lipsoi 

Hay abierto un supermercado bastante bien surtido, con verdura y fruta fresca de temporada. Tras llenar la despensa y terminar la mayor parte de la puesta a punto que le falta al barco, esperamos pacientemente a que amaine el viento que, por dos días, nos bate como una cáscara de nuez en el puerto solitario. 


El puerto que dirige el capitán también de nombre Manolis, del que todas las reseñas en la guía destacan su antipatía y que yo creo es sólo incapacidad para comunicarse en inglés. Sea como fuere, a nosotros no tiene ocasión de ayudarnos con las amarras: se le ha adelantado la tripulación uniformada del barco alemán que zarpa al poco de llegar nosotros, no sin antes recomendarnos que no dejemos de ir al restaurante del otro Manolis











Leros - Lipsoi. No todo iba a salir bien

Hoy nos vamos por fin al agua. Hay que madrugar: los del tractor llegan a las nueve y aún nos queda un par de cosas por terminar en el barco. 

A las 6:45 ya estoy en la ducha. Es la última en los baños de Artemis y la disfruto como una despedida. Qué manía he llegado a cogerle a subir y bajar por la escalera adosada a la popa, a buscar el camino sorteando las camas de hierro de los centenares de barcos del varadero, a chapotear en los charcos de barro cuando ha llovido, al cambio continuo de calzado entre fuera y dentro para no dañar, aún más, la bañera de teca.

A las ocho pasa a despedirse el mecánico y a traernos esas cervezas que le prometió ayer a Luis cuando le regaló el viejo motor del dinghy. Vienen con pulpo, sí, un pulpo de más de dos kilos pescado por alguien de su familia. No entendemos quién, porque el inglés de este chaval tan simpático y tan competente, poco más joven que mi hija pequeña, deja bastante que desear. 

Los del tractor llegan antes de las nueve, cómo no. Y cómo no, no he preparado bien el juego de defensas que habrá que soltar por babor cuando lo amarren al pantalán. Enric, que nos acompaña con Santi a la botadura, toma nota mental, porque el Xinxu va a continuación. 

Con Santi y Enric, del Xinxu

Ellos no han puesto a punto el barco, esperan hacerlo en la marina de Lakki. Nosotros iniciamos la ruta ya mismo, aunque hayan quedado cosas por hacer, como la vela de proa, imposible de aparejar con tanto viento como ha hecho todos y cada uno de los días de varadero. Excepto uno, ese que aprovechamos para montar la mayor. El día de sol y calor con que nos recibió Artemis fue un espejismo. Me acuerdo de haber contado a la familia que aquí ya había llegado el verano. Ja. El mal tiempo en este sitio es memorable. Y sobre todo el viento, ya sea de norte o de sur, que sopla incansable y no da tregua. Por eso, por el mal tiempo, hemos retrasado la salida del lunes 3 a hoy. Y esta familia que maneja, orgullosa de su historia, el varadero y que te cobra hasta por respirar, parece ignorar los dos días extra, más de 40 euros que me consuelan de los 30 que, al parecer, hemos gastado en electricidad (!).

Sargantana está en el agua. Subimos desde el pantalán y nos apresuramos a arrancar motor, ver que todo va bien, ayudar con la amarra de proa. Las instrucciones de salida del operario me dejan helada: marcha atrás, con cuidado de no salirse del canal marcado por las boyas, hay sendos bloques de hormigón a poca profundidad; si el viento fuerte de babor nos saca del canal, no intentemos maniobrar hacia atrás, que encallaremos seguro, mejor marcha adelante y corregir el rumbo. La falta de práctica y de "toque" se nota mucho, son ocho meses en tierra. Pero Luis lo borda y, finalmente, nos libramos de las amenazas.

Corro a revisar corredera y grifos de fondo, que no entre agua. Perfecto. Pero cuando levanto las tapitas testigo del plan veo que la sentina tiene más de diez centímetros de agua. Eso no estaba ahí hace unos días. Ya no vuelvo a salir en las dos horas que tardamos en llegar a Lipsi, levantando planchas, poniendo la bomba, achicando agua. Afortunadamente, es dulce. Ya investigaré de dónde viene. Cruzo los dedos por que haya sido un escape de la manguera que usaron el mecánico del pulpo y su acompañante para la prueba del motor. 

Espera… ¿Digo que no he salido? Claro que sí. He tenido que ponerme la ropa de agua y salir en mitad del chubasco a amarrar el génova, que hemos dejado en su bolsa en proa sin ninguna sujeción. Salgo sin chaleco, sin arnés, sin la línea de vida que aún está por instalar. Improvisación. Mientras, dentro del barco las cucharillas han saltado a la sentina desde el cajón sin asegurar y las cajas del camarote de popa se han desparramado por encima de la cama en ausencia de la cincha que debería sujetarlas.

Y al llegar a fondear a Lipsi... bingo: he montado la cadena del ancla al revés. Vamos a puerto y prefiero no recordar el desastre de este primer amarre contra el viento que nos echa del pantalán, los cuatro alemanes ayudando con las amarras, los dos funcionarios del puerto mirando y el dueño del restaurante del pueblo, Manolis, que llega en su moto y se queda a contemplar el espectáculo. "Sois españoles, ¿no?" nos dirá a la noche, cuando nos sentemos a una de las mesas de su pequeño y bonito restaurante. "He estado en España y me sonaba el acento".

Sargantana abarloado en el puerto de Lipsoi


sábado, 25 de marzo de 2023

Leros. La isla de Artemis

Hoy es el Día de la Independencia y volamos a Leros, la isla de Artemis, diosa de la caza y hermana de Apolo. Leros pertenece al archipiélago del Dodecaneso, cuyo nombre hace referencia a las doce islas que lo integran (aunque entre grandes y pequeñas son, en realidad, 163).  

El Día de la Independencia conmemora la "guerra santa" contra los turcos, la revolución que culminó con el reconocimiento del estado griego en 1830. Ese estado griego no incluyó entonces el Dodecaneso, en manos turcas hasta 1912 y luego enclave estratégico en las dos guerras, con ocupaciones sucesivas de italianos, ingleses y alemanes, hasta su anexión a Grecia en 1948

No deja de ser paradójico haber elegido esta fecha para viajar a Leros. Me pregunto si en estas islas celebrarán el Día de lndependencia con la misma intensidad y fervor que el resto del país. Todo en la isla está cerrado a cal y canto en este sábado de final de marzo, pero en los pequeños pueblecitos no hay rastro de desfiles ni fuegos artificiales. Unicamente la plaza peatonal de Agia Marina aparece un tanto adornada de banderas. 

Hemos alquilado un coche que nos espera en el aeropuerto. Las distancias no son grandes, pero no hay apenas infraestructura de transporte público. Tener el cochecito nos permite abastecer el barco de comida y agua (y alcohol) para los próximos días y hacer las mil pequeñas compras para los mil pequeños contratiempos que van surgiendo. 

Cochecito alquilado


Nos permite llevar la capota anti rociones a recoser a un tapicero de Lakki recomendación de Joan, uno de los navegantes españoles en Grecia con el que coincidimos el año pasado y con el que compartimos grupo de WhatsApp. Y me permite ir a recoger mi iPad perdido, que llega a Agia Marina en barco a la oficina de Elta, el "correos" griego, y ahí se queda, a pesar de que el envío se hizo con entrega en el varadero (!).

Capota con sus plásticos nuevos, recién instalada


Vivir en el varadero es como estar en un camping. Con la diferencia de que aquí todos estamos de paso, por el mínimo tiempo posible, afanados en salir lo antes que se pueda. "Y vosotros, ¿cuándo vais al agua?" es la pregunta habitual cuando te cruzas con tus vecinos en los baños o en las lavadoras. 

Baños del varadero


Cada día vemos aterrizar y despegar al avión de hélice del único vuelo que une la isla con Atenas. El varadero está pegado al aeródromo. Hace mal tiempo después del calor casi veraniego del fin de semana y algunos días no habrá avión. Igual que el año pasado, cuando nuestro vuelo de regreso se canceló porque el comandante que venía de Atenas desistió de sobrevolar las Cícladas azotadas por el meltemi.

El avión que hace el trayecto entre Atenas y Leros, sobrevolando las piscifactorias que cada vez abundan más


Los muchos trabajos en el barco absorben toda nuestra atención y dedicamos poco tiempo a visitar la isla, más allá de los sucesivos viajes en busca de tiendas y supermercados. Lakki, la ciudad moderna construida por los italianos, dista mucho del encanto de Agia Marina, la capital, con sus calles empinadas que se hacen difíciles para un cochecillo como el nuestro. El castillo bizantino que domina la bahía atestigua el pasado de la isla, poblada ininterrumpidamente desde hace más de 5000 años. Por doquier hay restos que recuerdan su pasado militar reciente, como el cementerio de Agia Marina o los restos de naufragios de barcos de la segunda guerra mundial que plagan la isla y que hacen de ella un atracción para los buceadores.

Agia Marina


Muchos restaurantes no están aún abiertos, pero encontramos un pequeño local que hace nuestras delicias, con un dueño extraordinariamente amable que nos habla de los platos como si fueran hijos suyos y que no cesa de disculparse por no tener pan sin gluten porque "yesterday, Independence Day, you know". Va a ser que sí, que es su fiesta.






Leros. La llegada

Ha sido todo un invierno de preparativos, especialmente los últimos dos meses. Nada que ver con otros años.

Muchas horas de estudiar las mejores rutas para recorrer el galimatías de las Cícladas de la forma más lógica. Muchas horas calculando y cuadrando fechas, buscando y comprando billetes de avión y los mil repuestos que necesita el barco. Muchas horas planificando milimétricamente las actividades necesarias para dejarlo operativo, con sus prelaciones y sus dependencias, con estimaciones de duración y del día en el que ejecutarlas. Cualquiera diría que Lucía y yo hemos sido project managers y hemos trabajado en informática…

El tiempo pasa rápido. Y, de repente, un día de marzo en el que los griegos celebran su independencia de los turcos, te das cuenta de que el proyecto 2023 ya ha empezado. Ese día en que por fin llegamos a Leros en un vuelo desde Atenas que se hace muy corto (en esta época de la vida ya casi todo se te hace demasiado corto). Un 25 de marzo azul, tranquilo y luminoso, un día de primavera temprana.




El varadero tiene un aspecto muy distinto al que dejamos. El descampado árido y pedregoso de agosto, batido por el meltemi día y noche, se ha convertido en un bosque mágico y espeso de barcos, la mayoría veleros. Todos muy juntitos, con poco más que un pasillo angosto para que el tractor pueda maniobrar para meter y sacar barcos del agua. Los campos de los alrededores están ahora verdes, húmedos y llenos de flores. Y, sobre todo, no hay viento, es muy pronto para el meltemi. Artemis parece otro.

Foto de la cuenta Facebook del Artemis Leros Boatyard en 2019

Y allí, perdido en ese bosque, lo encontramos. Sepultado en tercera fila de una jungla de quillas, timones y soportes metálicos, como un cachorrito curioso que se aleja demasiado de casa y se pierde en la espesura. Con la cubierta inexplicablemente limpia (parece que aquí no llueve tanto barro como en Cartagena) y sin desperfectos apreciables. Un alivio. Dentro del barco nos embarga la extraña felicidad del regreso después de tantos meses, las sensaciones y el olor característico de los sitios que llamamos casa.



Esperábamos un varadero frenético de patrones preparando sus barcos, y no lo encontramos: Artemis está silencioso y tranquilo. Sólo parecen activos los belgas del Cecilia, justo en nuestra proa, y tres o cuatro tripulaciones más, perdidas en el mar de veleros. Claramente somos los más madrugadores de la temporada.

Y ese mismo día comenzamos la cuenta atrás. D-9. Nueve días para salir. No hay tiempo que perder, nos espera una hoja Excel con mil actividades. Hay que deshacer todos y cada uno de los preparativos de la varada de julio, reparar averías pendientes, hacer el mantenimiento anual de los motores, montar velas, pintar la cadena del ancla, limpiar, limpiar, limpiar… Y, sobre todo, colocar todo en su sitio de acuerdo con el orden milimétrico que nos permite llevar media vida a cuestas en un espacio tan pequeño como el Sargantana.



El tiempo sigue pasando rápido. Los nueve días se hacen cortos, descubrimos que montar lleva mucho más tiempo que desmontar. Aparecen contratiempos. El motor de gasolina de la neumática está atascado. Trato de desmontarlo, pero no soy capaz de separar el eje de su anclaje en el motor. Algo he hecho mal o la corrosión ha hecho su trabajo. Difícil de reparar aquí y en estas condiciones. Un contratiempo inesperado y caro. Decidimos comprar un motor eléctrico que nos permita obviar las incomodidades y la suciedad de la gasolina, los cambios de aceite y las revisiones anuales.



Después del primer fin de semana en Leros, seco y agradable, el tiempo se complica. Vuelven el frío y el viento, llueve a ratos. Vivir en un barco sobre un andamio es todavía menos agradable en marzo que en el verano. Los días se hacen plomizos y acabamos hartos de subir y bajar para ir al baño los trece peldaños de la escalera que tenemos apoyada en la popa.


Una semana gris. La única nota reseñable es el mecánico de Artemis al que finalmente encargamos hacer un chequeo y prueba en seco del motor del barco. Un chaval encantador y extraordinariamente competente, rápido y preciso. Me tranquiliza salir al agua después de haber visto cómo revisa concienzudamente todos los elementos que pueden causar problemas, tanto en el motor como en el saildrive. Le regalo el motor inservible de mi neumática. Él nos corresponde con un pulpo excelente de los que pesca su familia.

Llega el día de la salida. Al final casi nos pilla el toro, todavía estamos acabando cosas cuando la cuadrilla de operarios de Artemis se acerca con el tractor y las carretillas eléctricas y desmonta en unos pocos minutos todo el entramado de pilares de acero que sostienen al Sargantana. 




A las nueve en punto la comitiva está preparada como en una procesión (al fin y al cabo estamos en Semana Santa). Delante, el gran tractor amarillo paseando el barco con los andares majestuosos de un paso por las calles de Triana. En el medio, la carretilla elevadora que parece hacer ofrecenda a Eolo de nuestra neumática (y digo a Eolo porque se ha levantado un oeste cruzado que barrunto nos puede dar problemas a la hora de sacar el barco del pantalán). Y detrás, el grupo de afanosos tripulantes al que se han añadido Santi y Enric, del Xinxu, unos colegas de Barcelona que también salen al agua esta mañana. Se nos une un par más de operarios de Artemis. Con unos velones y unos capirotes pareceríamos una hermandad en procesión por Sevilla o Cartagena. Se echa en falta una saeta.

Vamos al agua.








Atenas. Abre los ojos

Atenas. Sábado. Siete y cuarto de la mañana. Es el gran día, hoy volamos hacia Leros y en unas pocas horas estaremos (con suerte) en el Sargantana.

Hay que correr. Nuestro hotel está muy cerca de la plaza Syntagma, la de las manifestaciones de Syriza, el centro-centro de esta ciudad sorprendente y embriagadora. El próximo autobús X95 hacia el aeropuerto sale en cinco minutos desde la plaza.

Dejamos a toda prisa el hotel después de un desayuno express y de hacer checkout. El sol asoma en este momento en Syntagma, justo enfrente, y nos deslumbra. No hace frío.

La calle Mitropoleos sube recta hacia la plaza. Llevo una bolsa pesada a la espalda y una mochila en el pecho. Otra bolsa en la mano. Pesan. Lucía resopla detrás de mí, con otra mochila a la espalda y arrastrando trabajosamente una bolsa enorme con ruedas.

La calle está desierta. Ahora me doy cuenta. Algo no cuadra. Esta calle es siempre un maremagnum de coches, de gente, de tiendas, de restaurantes. De día y de noche. Como la Gran Vía en Madrid. Un momento…

Abre los ojos… No hay absolutamente nadie, ni coches, ni personas. Abre los ojos…  Todo está cerrado a cal y canto en este sábado luminoso de marzo. Abre los ojos… Es Eduardo Noriega en el amanecer de la Gran Vía. 

No hay tiempo para pararse y tratar de entender lo que está pasando. La plaza está muy cerca y las mochilas pesan mucho, demasiado. Y el tiempo va pasando. Si perdemos este autobús tendremos que esperar al menos media hora. Mal asunto, vamos justos.

No hay nadie, pero Syntagma no está en silencio. Se oye un murmullo sordo, un retumbar extraño, que crece y crece. Inconcebible a esta hora de la mañana.

Llegamos a la plaza. Está totalmente vacía. Acordonada con cintas blancas. En el cruce, un policía que nos mira inquisitivo. Nos acercamos. Le pregunto lo que ya sé: “Where is the bus stop?”. Me responde: “No buses”. No entiendo… Me señala hacia la izquierda de la plaza. “Stop. You must wait”.

Aparecen por el extremo de la plaza, por donde indica el policía, y vienen hacia nosotros. Van a cruzar justo por delante. Una fila compacta de carros de combate. Interminable. A toda velocidad. Con soldados que nos miran muy serios y muy erguidos desde las cimas de las torretas. El policía se cuadra y les saluda. 

En un minuto me da tiempo a pensar en Tianammen, en Zelenski reclamando leopards, en Putin bombardeando Kiev, en la cabra de la Legión trotando por la Castellana en un doce de octubre y en Milans del Bosch recorriendo Valencia…

El policía se ha aburrido de saludar. Demasiados blindados que pasan y pasan sin hacerle mucho caso. Nos mira. Creo que le caemos simpáticos, con nuestras mochilas enormes y nuestra cara de turistas espantados. Me dice: “You go to airport? Bus closed. Better take the metro…”.

Se me queda mirando. Intuye la pregunta que casi prefiero no hacerle (no vaya a ser). Me responde.

“Independence Day”.

jueves, 23 de marzo de 2023

Atenas. Más allá del Partenón

En las ciudades que visitamos nos gusta callejear. Y Atenas no iba a ser una excepción. 

El primer día decidimos ir a la Acrópolis, visita obligada. Pero el segundo nos dedicamos literalmente a vagabundear por las calles y los barrios y, si entramos en el Ágora Antigua, es porque nos la tropezamos en nuestro deambular y nos parece que el recinto es un sitio magnífico para pasearlo.


Primera vista que tienes del Partenón cuando accedes al recinto de la Acrópolis por su lado oeste


A la Acrópolis vamos a última hora de la mañana, cuando hay menor afluencia de gente según las guías. Para ser marzo está bastante concurrido. Grupos organizados de diferentes nacionalidades y, lo más divertido, varios "instagrammers” y "youtubers" retransmitiendo la visita con sus equipos fotográficos y sus ayudantes. 

Acceso a la Acrópolis por las escaleras del Propileo


Luis había venido hace unos años y nota el avance en las obras de reconstrucción del Partenón, que fuera literalmente destruido en el siglo XVII, en una de las interminables guerras que ha vivido este país. Los turcos lo usaban como santabárbara cuando, en un ataque de los venecianos, un proyectil cayó accidentalmente en él, volándolo por los aires. La verdad es que visitar un sitio arqueológico en donde sabes que la mayor parte de las piezas son "de pega" deja un sabor de boca un tanto agridulce. Aun así, disfrutamos la experiencia en esta jornada de primavera loca, en la que hay que ir quitándose y poniéndose ropa, alternativamente, al pasar del sol a la sombra o al atravesar las zonas azotadas por el viento. 
Fachada oeste del Erecteion, con la Tribuna de las Cariátides mirando hacia el Partenón. Las cariátides son copias de las originales, cinco de ellas expuestas en el museo de la Acrópolis y, oh sorpresa, la sexta en el Museo Británico


Bajamos de la Acrópolis y, ahora sí, nos perdemos callejeando por las barrios que rodean la colina. Es en este primer recorrido cuando consigo por fin situar mentalmente nuestro hotel Amazon (sí, Amazon), ubicado cerca de Syntagma, en la calle Mitropoleos que corre paralela a Ermou, la calle peatonal famosa por sus tiendas. Y empiezan a encajar en mi cabeza los diferentes barrios del centro de Atenas, las principales calles, iglesias y plazas.

La bulliciosa calle Pandrossou, en Monastiraki, con un aspecto totalmente diferente hoy, fuera de temporada: sin sus característicos toldos y con la mayoría de los comercios cerrados.


La famosa calle Ermou de las tiendas, en el barrio de Plaka, poco concurrida en esta época del año

A mitad de la moderna y comercial calle Ermou se abre inesperadamente una plaza y te tropiezas con la iglesia ortodoxa de Panagia Kapnikarea, una de las más antiguas de Grecia


El viernes amanezco con los labios hinchados. Mi urticaria sigue extendida y molestando, pero no me inhabilita, así que nos echamos a la calle. El recinto del Ágora Antigua está prácticamente vacío, se conoce que los turistas prefieren apelotonarse en la Acrópolis. Disfruto enormemente del paseo, que me recuerda al de hace casi un año por Olimpia. Si aquella era la cuna de los juegos olímpicos, esta lo es de la democracia

Stoa de Attalos, en el Ágora Antigua. Reconstruida en los años 50, en su interior alberga el museo


Un ejemplo de democracia: Kleroterion, en el museo del Ágora. En las ranuras se introducían plaquitas (pinakion) con los nombres de los atenienses. En el tubo a la izquierda se introducían bolitas negras y blancas. Dependiendo de si la bola que salía era de un color u otro, una fila de ciudadanos era o no llamada a formar parte de un jurado. 


Es un parque enorme que parece fuera del tiempo, te olvidas de estar en el centro de una ciudad de 700 mil habitantes. A lo lejos, en lo alto, el imponente templo de Hefesto, uno de los mejor conservados de Grecia, domina el recinto y atrae la vista. Lo dejamos para lo último, como ese trocito de pastel que esperas paladear despacio al final de la comida.

El recinto del ágora con el tempolo de Hefesto al fondo

Templo de Hefesto


El resto del día nos da para recorrer de nuevo con calma los barrios que atisbamos ayer, pasear más despacio por las calles del "flea market", entrar en las tiendas de antigüedades del "rastro" de Atenas y volver a reírnos y hacernos fotos en el mercado central entre las cabezas de cerdo y los entresijos de cordero colgados de ganchos. 

Puestos y tiendas en el mercadillo de antigüedades de la plaza Avissinias


Carnicería en el mercado central de Atenas


Casquería en el mercado central de Atenas


Nos sumergimos en Psiri, una mezcla estrambótica de edificios avejentados plagados de grafiti, y de cafés y tiendas con fachadas adornadas profusamente con flores de plástico multicolor. No es la primera vez que vemos plantas, flores y hasta árboles de plástico adornando las terrazas y tabernas de la ciudad pero, aquí, en Psiri, el famoso café temático Little Kook ha batido todos los records. 

Calle Aristofanos, en Psiri. Como todas en este barrio hippie, llena de pintadas 


Sumergida en el cuento de Alicia creado por Little Kook en el callejón Karaiskaki 


Fachada principal de Little Kook. Toda la decoración cambia en función del cuento elegido, menos el dragón del tejado, que lleva ahí desde el primer día. Está en restauración :(


En una de sus peculiares calles consigo localizar, escondida y sin apenas un letrero que la anuncie, la pequeña cafetería "gluten-free" de la que había leído una reseña. Como recordaba de las gentes de Grecia, la dueña es afable, cercana, simpática, y compartimos curiosidades sobre la vida en el mar. Me doy el capricho de comprar un tiramisú que tomaré luego con un café en una de los centenares de terracitas en las que, al sol, ya se puede estar. 

Cafetería gluten-free Nudie Foodi, en Psiri


Mañana nos vamos temprano. Cenamos pronto y, con una copa en uno de los bares nocturnos de Plaka, nos despedimos de esta ciudad de mezclas, demasiado grande, demasiado caótica, demasiado turística, pero encantadora y subyugante

Vista de Atenas desde la Acrópolis





martes, 21 de marzo de 2023

Cartagena. Comienza el viaje

Hoy viajamos. Hoy empieza la aventura de 2023. Sargantana está en Leros, en el varadero Artemis, al norte de la isla. Lo dejamos allí en julio pasado, cuando terminamos la temporada. Vamos a buscarlo.

Es la primera vez que invernamos el barco en tierra y la primera vez que nos separamos de él durante tanto tiempo. Cuando oyes de otros navegantes que tiene el barco en Grecia no llegas a entender lo que significa, no imaginas el negocio, tan extendido y tan habitual en aquel país, de las marinas secas que guardan centenares (si no miles) de barcos en tierra, en camas de hierro, perfectamente colocados unos junto a otros, como si de un inmenso parking se tratara.

Los barcos han sido diseñados para estar en el agua, no para que su orza y una decena de puntos en el casco soporten sus ocho toneladas. No acabas de estar convencido de que sea una buena idea. Además, en Leros hace mal tiempo en invierno, con mucha lluvia y vientos fuertes de hasta 100 km/h. No dejas de pensar en que puede entrar agua, o en que el viento puede jugar una mala pasada. De hecho, conocemos una pareja que perdió el velero, estrellado contra el suelo en Valencia en una mala tarde de varadero. 

Sea como sea, ya han pasado los casi ocho meses que habíamos planeado en tierra y toca volver a Grecia. Completamos todos los preparativos con antelación y los últimos días se convierten en una espera rara, anticipatoria, con la casa prácticamente desmontada, sintiendo que los lazos que te unen a tu rutina de Cartagena se desvanecen. 

Haremos el trayecto nocturno en autobús hasta la T4 de Barajas, para coger un vuelo a la mañana siguiente a Grecia. Las combinaciones Madrid-Atenas-Leros en esta época del año no son demasiado buenas, así que planeamos tres días de turismo en Atenas. 



El viaje resulta accidentado: me ha brotado una urticaria muy molesta por todo el cuerpo y me he dejado olvidado el iPad en el autobús. La urticaria y la posterior hinchazón de la cara tardará unos días en irse, previo paso por la sala de urgencias de un hospital en Atenas y por la consulta en remoto con una alergóloga de España. El iPad tardará unos días más en llegar: Jesús lo habrá dejado en Correos y yo iré rastreando desde el móvil su periplo, primero en avión hasta Atenas y luego en barco desde el Pireo hasta al puerto de Agia Marina en Leros.


Así que la primera media jornada en Atenas tiene poco que contar y muchas horas perdidas entre el larguísimo trayecto en autobús desde el aeropuerto hasta la plaza Syntagma, el registro en un hotel modernizado pero en los mínimos más absolutos, la búsqueda de un hospital por internet y con la ayuda como intérprete de la recepcionista, el trayecto en metro, el tiempo eterno en el box...


Nos desquitamos del cansancio del largo día con una buena cena al sur de Plaka, con vistas a la Acrópolis. Entre que se nos hace tarde para los horarios griegos y no hay casi clientes y que hace frío en la terraza a pesar de las estufas, el lugar resulta un tanto desangelado. Pero es un restaurante "gluten free" con muy buenas recomendaciones, el camarero habla español, sirven especialidades que nos reconectan con la gastronomía que aprendimos a apreciar el año pasado y tienen cerveza sin gluten. Qué más se puede pedir.