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viernes, 14 de julio de 2023

Santa María de Leuca. Italia is different

No son aún las siete cuando levantamos el ancla en la pequeña isla de Ereikoussa para decir adiós a Grecia. No es el punto más occidental del país: unas millas más al oeste se halla la isla de Otonoi, que quizá habría sido mejor fondeo, pero al que hubiéramos llegado demasiado tarde. 

Desde Ereikoussa el salto a Italia nos lleva doce horas. Santa María di Leuca es el punto más cercano a Grecia. Una pequeña ciudad que hace dos años obviamos, porque el viento jugó en nuestra contra y nos llevó a saltar a Grecia desde más al sur. 

Sea como sea, estamos en Italia. Me resulta difícil expresar la sensación como de vuelta a la realidad que me produce. No es sólo por dejar atrás la forma de navegar y fondear en Grecia, que inmediatamente echamos de menos al tener que pagar 10 veces más en la marina de lo que nos costaban los puertos municipales griegos. No es sólo por volver a entender lo que habla la gente por la calle, las señales, los carteles de las tiendas. Tampoco es por el desconcierto de haber atrasado la puesta de sol una hora al cambiar el reloj en mitad del cruce o por el sol plano y el calor apabullante. Es algo más, algo que está en el aire, que se nota en las calles, en los edificios, en la ropa de las tiendas, en las marcas de productos en los supermercados, en los envoltorios de las cosas, en el estilo. No sé expresarlo mejor. Pero sí sé que me asalta una mezcla de añoranza por lo que dejamos atrás  y de cierto alivio por recuperar el entorno habitual.

Pasamos dos noches en Leuca. Es una ciudad de veraneo, con casas de veraneo. No tiene nada que ver más allá del larguísimo paseo de la playa, en la que se suceden las sombrillas y las terrazas inverosímiles de los lidos, construidos sobre las rocas allí donde falta la arena. Sus calles interiores ni para pasear sirven. El lounge-bar de la marina resulta mucho más acogedor, eso sí, cuando baja el calor. 


"Freddo espresso" en el lounge-bar de la marina

Atardecer en la marina

Primera compra "gluten free" en Italia ;)

Playa de arena de acceso libre

Aspecto de otra zona del paseo

Sombrillas y tumbonas en una zona de pago

Uno de los "lidos" o terrazas para tomar el sol, con bar o restaurante. En este, la han cubierto de arena para instalar sombrillas y tumbonas




lunes, 10 de julio de 2023

Corfú. Puerta de salida

Corfú es un sitio especial para el Sargantana. La isla donde amarró al llegar a Grecia por primera vez, hace tres años, en un julio húmedo y caluroso de chicharras y vencejos.

Este año navegamos de nuevo la gran ensenada entre Corfú y el continente, esta vez entrando desde el sur. Perezosamente, con más tiempo libre que urgencias, jugando con el gennaker, evitando el motor, fondeando aquí y allá para un baño rápido.

Buscamos el fondeo de Petriti, uno de nuestros favoritos, una rada amplia y con un extraordinario fondo de arena de 3 a 4 metros, con suficiente sitio para albergar a los barcos que quieran recalar en ella. Es mi cumpleaños y volvemos a cenar en el restaurante Limnopoula, con sus mesas al borde del agua, pescado excelente (aunque algo caro) y una atención exquisita  que ya se está convirtiendo en una tradición para Lucía y para mí.

Atardecer en el fondeo de Petriti

Nos damos un baño antes de ir a cenar

Cena de cumpleaños en la "taverna" Limnopoula. Nos han reservado la misma mesa de hace tres años, en primera línea ydel agua

Vista desde la terraza-palafito de la taberna, con su pequeño pantalán en el que dejamos esta noche el dinghy y al que nos invitarán a volver mañana, con nuestras garrafas, para repostar agua


En realidad este año Corfú es para nosotros una puerta de salida y un lugar en el que dejar pasar el tiempo con calma. Pero también una base para reponer suministros de cara a las próximas etapas. Nos falta de todo: comida, agua y gasoil en los depósitos. 

Sin embargo, a diferencia de la última vez, preferimos evitar la capital. No tenemos demasiadas ganas de atracar en puertos caros, ni de sumergirnos en las oleadas de turistas de sus calles. Casi sin darnos cuenta, este año hemos ido cambiado progresivamente algunas de nuestras costumbres. Como muchos otros barcos “vagabundos”, nos hemos habituado a la austeridad de fondear cerca de supermercados y gasolineras. Y eso hacemos también esta vez. Encontramos un Lidl relativamente cercano al puerto comercial, con un acceso asequible con la auxiliar.  

Vista desde el sur de la antigua fortaleza de Corfú al aproximarnos a la capital, que pasaremos de largo para ir a fondear a un lugar de conveniencia que nos permita hacer compra


Superamos el muelle de cruceros y, a la vuelta, echamos el ancla en un fondeo desde el que bajamos en el dinghy a un pequeño muelle junto del varadero. El fondeo es más bien horroroso y el camino al LIdl no le queda a la zaga, pero necesitamos abastecernos para el cruce a Italia. A la vuelta, el fondeo se ha alborotado de viento y ola, haciéndolo aún más antipático


Recorremos la isla con cierta calma, pero sin abandonar el barco. Fondeamos en la ensenada que da entrada a la marina Gouvia y en la pequeña isla de Ereikoussa, casi un islote, al noroeste de Corfú.  A estas alturas estamos ya más pendientes de la evolución de la meteo para los próximos días y de tratar de encontrar las mejores ventanas de viento para el salto a Italia.

Fondeo en la ensenada de Gouvia, frente a uno de los pequeños lidos privados de las casas de veraneo que bordean la costa. Se ve una zona cuidada y de alto standing, con edificaciones que se camuflan entre la vegetación (a excepción del hotel de cinco estrellas de la punta, que rompe la armonía del paisaje). Aunque somos muchos barcos, no genera ningún agobio y el entorno hace muy agradable el fondeo

La subida hacia el norte por la costa este de Corfú es un pasillo entre la isla y el continente. La costa albanesa se ve muy clara. Vamos a vela y en más de un bordo cruzamos la frontera de las aguas territoriales


Uno de los trasbordadores ultra rápidos, con forma de avión, que hacen el trayecto entre Albania y Grecia

La pequeña isla de Ereikoussa, la última costa griega que tocamos antes de salir al día siguiente en dirección a Italia


Decimos adiós a Grecia por este 2023. Casi cuatro meses que han pasado como un suspiro, desde los primeros días de primavera, fríos y solitarios, hasta ahora, con gente por todas partes y agua templada que invita al baño.


jueves, 6 de julio de 2023

Parga y Syvota. Camino de Corfú

Dejamos Preveza costeando hacia el norte, camino de Corfú. Una zona de navegación relativamente tranquila comparada con las multitudes de veleros que se agolpan al sur del puente de Lefkas.

Cambiamos el plan de viaje sobre la marcha. La idea inicial era hacer el mismo recorrido (pero al revés) de nuestra primera travesía a Grecia en el 2021. Volver a recalar a las islas de Paxos y Antipaxos y dedicarles unos días de turismo tranquilo y relajado. Pero el viento no es el mejor para ir hacia las islas y, finalmente, preferimos explorar la costa continental de Grecia y, en especial, las zonas de Parga y Syvota, destinos famosos para el turismo de tierra, con mucho hotel de lujo y mucho fondeo.

No ha sido una mala decisión. La costa de Parga y Syvota es muy agradable. Montañosa y verde como el Peloponeso, quizá algo más húmeda. Llena de entrantes, de pequeños islotescalas y playitas. Con turistas pero sin agobios. La recorremos despacio, casi siempre ciñendo y con poco motor, en etapas cortas. Fondeamos en calas en Two Rocks Bay, en el oeste de Lichnos y en el sur de la ciudad de Syvota, con tiempo agradable y tranquilo y con pereza de bajar a tierra.

Poco que reseñar: no siempre pasan cosas :)


El acceso a Preveza es por un canal balizado de unas tres millas de longitud. Salimos en rigurosa formación, con el Karma comandando (en la foto), seguido del Sargantana y el Sea-U cerrando filas. Al finalizar el canal nos separamos: ellos van al sur y nosotros al norte. Vamos a bordear la costa de Grecia continental

Primera parada en Two Rock Bay. La tarde en que llegamos a la cala está llena de barcos y tenemos que encontrar un sitio de compromiso. Aquí conocemos brevemente a la tripu del Sinsarabín II, que vienen a saludar al ver el pabellón de cortesía español. Ellos van hacia Corfú. Más adelante iremos coincidiendo a cierta distancia en las etapas de regreso a España

A la mañana siguiente en Two Rock Bay la mayoría de los barcos de la noche se ha ido cuando nosotros aún no hemos levantado el ancla. Podemos disfrutar de la cala para nosotros durante un par de horas, antes de continuar la ruta que nos llevará a Lichnos

Fondeo en Lichnos West. La playa de Lichnos es larga y ruidosa, poblada de hamacas y sombrillas y con mucho alquiler de motos de agua, de kayaks y de patines. Sin embargo, al oeste de la playa encontramos una cala diminuta y solitaria, de aguas cristalinas, en la que pasamos una tarde y una noche deliciosas, solos a excepción de algún visitante de día que se acerca remando a la minúscula playita de la cala



Captura de la app AnchorPro que muestra nuestro borneo en Lichnos West. Tras la noche, seguimos nuestro camino hacia Syvota.

Fondeo en una cala al este de Syvota bastante tranquila a pesar de ser sábado, en la que sólo hay dos veleros italianos al ancla cuando llegamos. Syvota es una zona con "blue lagoons", múltiples calas y playas en los que se apelotonan barcos y lanchas, la mayoría de día, incluidos los típicos barcos turísticos que van haciendo escala en los lugares estratégicos para que la gente se bañe. Este es un lugar con pocas reseñas en las cartas, alejado de las zonas concurridas. Encontramos sin dificultad un parche de arena donde tirar el ancla para las próximas dos noches

El domingo la cala amanece aún más tranquila que el día anterior, pues los barcos italianos se han ido, dejándonos solos. La falta de viento nos permite baños estupendos. El agua está fría y se notan, aún más frías, las corrientes subterráneas de agua dulce que afloran en las orillas 

Pero a la tarde del domingo llega un enorme catamarán de alquiler que, a pesar de tener decenas de metros de costa libre, decide fondear con cabo a tierra a escasa distancia de nosotros. Ni la conversación con la tripulación ni el chat con la empresa sirvió de nada... Afortunadamente no son ruidosos y nuestro borneo los evita. A la mañana siguiente recogeremos ancla y zarparemos en dirección a Corfú



lunes, 3 de julio de 2023

Preveza. La magia imposible

Para nosotros, en Grecia, Preveza es “casa”. Donde te refugiabas a la carrera, jadeando, cuando jugabas a policías y ladrones en las noches de verano y los polis te acosaban y casi te cazaban. El lugar al que llegas por un pasillo angosto y balizado que te marca el camino en un mar de bajos peligrosos y traicioneros. Donde te esperan tus compañeros y te felicitan por haber esquivado, una vez más, el agobio de los polis. Donde, hace unos años, el Sargantana volvió, renqueante y quejoso, con la transmisión averiada, reclamando un mecánico urgente para poder seguir jugando.

Preveza es como Port Royal en Piratas del Caribe, un puerto bullicioso y lleno de vida. Un refugio de barcos y de marineros que van y que vienen. Donde hay chandlers para comprar repuestos y supermercados donde comprar ouzocervezas. Una ciudad que siempre nos sorprende, donde haces amigos (o los reencuentras) de una forma mágica, inmediata, como si aquí en Preveza se cruzasen las líneas del destino de todos los patrones de la flota de veleros que navegan por Grecia.

Hemos estado varias veces en este puerto contradictorio, que nunca decepciona, pero que muchas veces agobia y hasta desespera. En julio y agosto, Preveza es, a menudo, un horno en el que pasas la tarde calculando el tiempo que falta hasta que el sol desaparezca tras los tejados de la hilera de restaurantes y bares del paseo y puedas respirar un poco. Sin embargo, por las mañanas, cuando el sol sale por la proa, el ambiente es fresco y tranquilo, el paseo está casi desierto y las terrazas se llenan de cappuccinos y cruasanes. Y, por las noches, Preveza es un desenfreno de souvlakis y de disco pubs, escándalo de máquinas de juegos y vocerío de pandillas de chavales, pero también charlas interminables en cubierta alrededor de rondas de ouzos o Aperol Spritz.

Preveza tiene un muelle donde los barcos se alinean en una chorus line” interminable y en la que algunas veces hay sitio de sobra y otras tienes que rezar por encontrar en el casting un último hueco milagroso. 

Y el Sargantana disfruta formando parte del decorado de ese paseo (este año remodelado) en el que las familias comen helados y empujan carritos a la hora del crepúsculo y caminan despacio. mirando la flota con curiosidad y con envidia, como se miran las jaulas de fieras del zoo o los escaparates de un centro comercial.

Preveza es una harbout master rubia y exhuberante, con un aire a Catherine Deneuve algo entrada en años, que te da la bienvenida, “Welcome Captain”, desde su bicicleta blanca y te cita en su oficinita de capitanía “in ten minutes” para el registro de entrada. La jefa de todo, la que ríe picarona, “lookso many handsome captains waiting just for me”, cuando nos ve, el grupo nutrido de captains esperándola en la puerta, los alemanes ya desesperados y despotricando sobre Grecia y la puntualidad de los griegos, porque llevan allí casi una hora (los alemanes e ingleses se creen lo de los ten minutes). Los italianos y españoles les miramos con sarcasmo y una sonrisa de medio lado. Estamos más hechos a estas cosas.

Llegamos a Preveza un lunes de julio, casi a las dos de la tarde. Después de una regata improvisada desde el puente de Lefkas, un yate inglés, el Quantum Leap, nos quita la primera posición justo en la banderola de cuadros, mientras arriamos velas, y nos birla la única plaza libre. Toca esperar y, a malas, buscar un fondeo temporal para esta noche enfrente, junto a los varaderos. 

Amarramos entre dos veleros, el Karma, un Moody 45, y el Sea-U, un Sense 50. Dos barcos enormes que parecen nuestros hermanos mayores. En ellos, dos tripulaciones, una americana y la otra israelí, que viven todo el año en sus barcos y de las que nos hacemos inseparables.



David y Yeshim, del Karma; Ilana y Rami, del Sea-U; y Luis y yo en la terraza de uno de los merenderos de la playa



Pasamos tres días en Preveza, que podrían haber sido muchos más. Disfrutamos de esta ciudad que ya consideramos un poco nuestra. Supermercados, visitas a las tiendas náuticas, comprar gas, llenar depósitos. Con nuestros nuevos amigos compartimos cenas, copas, charlas, planes de travesía, planes para otros años… antes de seguir nuestro camino.

La magia imposible de Preveza. La que nos hace y nos hará volver aquí año tras año.



jueves, 22 de junio de 2023

Mesologgi. Entre lagos

Hoy llegamos a Mesologgi. Recorremos una costa que recuerda vagamente a esa otra costa del sur de Portugal, que se abre y cierra alternativamente en arenales traicioneros. El sol y el calor crean espejismos. El agua torna al azul cloro, señal de poco calado. Hay que ir atento a la carta para no acercarse demasiado a los bancos de arena. 

El nombre de Mesologgi viene del italiano. "Entre lagos". La ciudad se agazapa entre la desembocadura de dos ríos. La entrada desde el mar no se ve a simple vista. Hace falta guiarse por la carta. Y con cuidado. Un par de boyas indican el comienzo del canal balizado. Lo tomamos y nos disponemos a seguir las marcas verdes y rojas que nos llevarán a través de la marisma.

El paisaje ha cambiado. De pronto no estamos en Grecia, sino en algún lugar del Mississipi. Palafitos, casas de madera con porche y embarcadero. Sol. Calor pegajoso. Muchos mosquitos. Aquí y allá, artes de pesca.

El final del canal se abre en una laguna de aguas verdes que más parece una ciénaga, un gran fondeadero lleno de barcos en el que queda sitio más que de sobra para otros tantos. Sargantana echa el ancla en el lodo negruzco y maloliente. Miramos alrededor. Una marina a la izquierda, algunas instalaciones como de puerto pesquero, restaurantes de playa y vegetación de marisma.

Nuestros amigos del Giula han llegado ayer y han preferido la tranquilidad de la marina. Desembarcamos en el dinghy a su popa, con nuestras habituales mochilas y bolsas de la compra. En la marina no se ve un alma. El camino hasta las primeras casas de la ciudad es un erial, abrasado por el sol de final de junio. Recorremos avenidas nuevas entre urbanizaciones de verano, sin una sombra, sin un árbol. No corre brisa. Cruzamos la ciudad que acogió a Lord Byron, presente en los nombres de las calles y en los carteles de asociaciones locales. Atravesamos el gran parque de la ciudad pensando sólo en llegar cuanto antes al aire acondicionado del Sklavenitis, sin reparar en que es el Jardín de los Héroes, un homenaje a los cientos de personas masacradas por los turcos en 1826 después de un año de asedio, cuando intentaban huir de la hambruna y la peste negra. Volvemos en taxi.

La contrapartida de este fondeo insalubre es un atardecer de cuento. Aún bajaremos a disfrutar de una copa nocturna en la terraza del restaurante de la marina, a la que nuestros amigos no pueden unirse en el último momento. Aquí nos separamos. ¡Buena proa, Silvia y Vincenzo!


Detalle de las construcciones de madera en el canal de Mesologgi

Vegetación a la entrada del canal

Embarcaderos para las lanchas de pesca en el canal

Atardecer en la laguna



En NoForeignLand puedes leer sobre Mesologgi y también seguir a Sargantana

En el Jónico. Imaginarium

Pasamos el puente de Río - Antirio y ya podemos decir que estamos en el Jónico. Enorme y espectacular, uno de los puentes atirantados más grandes del mundo, es como un gran pórtico de entrada al Jónico a la altura de la ciudad de Patras. Su construcción tiene una historia curiosa. Fue inagurado al paso de la antorcha olímpica de Atenas 2004 y es un orgullo para la ingeniería griega por la cantidad de problemas técnicos que tuvieron que solucionar: mucha profundidad del canal, vientos violentos e incluso terremotos, porque casi toda Grecia es una zona de mucha actividad sísmica. De hecho, las pilonas se apoyan en el fondo (en vez de clavarse) para darle flexibilidad a la estructura.

El puente de Rio - Antirio que separa el golfo de Corinto del golfo de Patrás


El paso del puente tiene la peculiaridad de que hay que llamar por radio para que la oficina de control de tráfico te asigne el ojo por el que debes pasar en función de la altura del barco. La verdad es que el algoritmo no parece muy sofisticado: por lo que oímos, los barcos de más de 20 metros de alto pasan por el ojo central y los más pequeños por los laterales. Pero supongo que si se da el caso de un cruce simultáneo de varios barcos, y en caso de temporal, mejor que haya un guardia de tráfico ordenando el asunto a golpe de silbato, que las carga el diablo

Vamos, que la puerta del Jónico viene a ser para nosotros como la puerta del Imaginarium y a nosotros nos hacen entran por la puerta de los pequeñajos.



Como niños dentro del Imaginarium, nuestra trayectoria en el Jónico se hace errática y caprichosa. Tenemos mucho tiempo, más de un mes antes del cruce hacia Sicilia, y ya conocemos de otros años algunos de los puertos y fondeos “obligatorios” de esta zona. Planeamos nuestro recorrido diario en función de los vientos de cada día, o de la necesidad de ir al supermercado o la lavandería. Al no tener prisa, ni una trayectoria marcada, nos dedicamos sobre todo a navegar a vela.

Volvemos a perdernos en la multitud de veleros con todo el trapo al viento, llenando el gran estanque que delimitan el continente y las islas de Meganisi, Lefkada, Ítaca y Cefalonia. Casi como un campo de regatas, una delicia para la vista comparada con las flotillas a palo seco del Argosarónico.

Veleando en el Jónico 

Nuestra entrada al Jónico comienza por Mesologgi, una zona de marismas de lo más curioso.

Atardecer en el fondeo de Mesologgi


Fondeamos en la playa de Oxia, con agua no muy transparente pero tranquila y mucho espacio libre, muy recomendable. 

Un par de veces echamos el ancla en la playa de Mytikas, enfrente de la isla de Kalamos, al norte, muy amplia y protegida, perfecta para refugiarnos de algún día en el que el viento y el swell entraron desde el sur. 

La isla de Kalamos, verde, alta, imponente

Casas de Mytika, justo en el cabo que da entrada al pasillo que separa la costa de la isla de Kalamos.

El puerto de Mytika. A continuación del puerto comienza una playa larguísima en la que caben innumerables embarcaciones. No está en las rutas turísticas y hay pocos barcos, aunque es un fondeadero razonablemente protegido  

Luna creciente en el fondeo de la playa de Mytika 


También fondeamos, cabo a tierra, en la magnífica isla de Atokos, en su cala sur (Cliff Bay), con el agua más azul y transparente que recordamos, además de una pareja de jabalíes curiosos retozando en la playa. 

Fondeo con cabo a tierra en Cliff Bay, en la isla de Atokos

Jabalíes en la playa de Cliff Bay  

Agua azul y turquesa en Cliff Bay. Sólo somos dos barcos


Recalamos en Palairos, un puerto pequeñito, barato y muy agradable, al norte, otra vez en el continente.

El puerto y la marina de Palairos 
 
Nuestro amarre en la marina de Palairos en un pantalán recién inaugurado por una empresa de chárter


Volvemos otra vez a Vathy (Ítaca) para lavandería y logística, y un par de noches a la bahía de Abelike en la isla de Meganisi. También en Vathyavali, de camino al puente levadizo de Lefkada. Sitios que ya conocemos y que encontramos algo más tranquilos que lo que esperábamos para estar ya en plena temporada alta.

Bahía de Vathi. Celebran una boda en la iglesita del Lazareto y uno de los barcos turísticos hace viajes para llevar y luego traer a los invitados y a los novios 

Bahía de Vathi, Itaca





Fondeo en Meganisi, en una bahía entre Atherinós y Abelaki que está muy poco concurrida a diferencia de sus vecinas

Atardecer en el fondeo en Meganisi. La primera noche estamos solos


Cuando nos vamos, un gran yate toma posición en la bahía y la ocupa por completo

Fondeo en Vathiavali, donde ya estuvimos hace tres veranos

La tranquilidad del fondeo la rompe la música del chiringuito. Hay maquinaria pesada y signos de estar construyendo, pero hoy es domingo

Luna casi llena en el fondeo de Vathiavali


Pocos puertos, casi todo fondeos, muy tranquilos y con etapas muy cortas. En el Jónico hemos vuelto a la sensación de calor húmedo y un poco pegajoso, cielos neblinosos y viento más bien escaso (solo térmico por la tardes) que ya vivimos hace dos años, aunque este 2023 la temperatura es, en general, mucho más tolerable y está lejos de los cuarenta y tantos grados que llegaron entonces a romper los stocks de las fábricas de hielo.


viernes, 16 de junio de 2023

Delfos. El ombligo del mundo

Delphi, o Delfos, como la hemos españolizado, es la del oráculo, la de Apolo, la del monte Parnaso, la omnipresente en la literatura de mitos y leyendas de la antigua Grecia que devoraba siendo sólo una cría. Y ahora estoy aquí, a los pies del Parnaso, extasiada ante el que puede ser el sitio arqueológico más bello que hayamos visitado.

La UNESCO lo ha declarado Patrimonio de la Humanidad y lo llama “sitio mágico”. Lo es. Embutidas entre dos formaciones rocosas del monte, las edificaciones se acoplan perfectamente al relieve y se funden con él, creando un paisaje único.

Delfos es el centro de universo. Cuenta la leyenda que Zeus soltó dos águilas doradas a recorrer el mundo conocido, una desde cada extremo, y en el punto en que se encontraron dejó caer una gran piedra con forma cónica para marcar el que, desde ese momento, se conocería como el “omfalós” (oμφαλός), el ombligo del mundo.

Debajo de la piedra se cuenta que Apolo enterró a la Pitón, el ser mitad serpiente mitad dragón que vivía en las profundidades de la tierra en el centro del mundo Apolo mató a la Pitón para vengar a su madre, Leto. Hera había enviado a la Pitón para hostigar a Leto y evitar que diera a luz en la Tierra a los mellizos Apolo y Artemisa (verdad es que, al matarla, Apolo desató la cólera de Gea, pero esa es otra historia).

Una de las muchas copias del “omfalós” que había diseminadas por el santuario. El auténticor estaba en el templo de Apolo y lo cubrían con una red de lana entretejida con gemas y piedras preciosas


Nuestra visita a Delfos es el final de un viaje por la mitología griega que comenzó dos meses atrás en Delos, la isla en la que nació Apolo, y termina en el lugar que Apolo escogió para establecerse con su oráculo.

Llegamos a Delfos en autobús, coincidiendo sin planearlo con la tripu del Giula. Es sábado y los sábados sólo hay una línea desde Itea que haga el recorrido de ida y vuelta, dejándonos poco más de dos horas para la visita. Estando allí convenimos con nuestros vecinos de pantalán que no nos apresuraremos y volveremos en taxi. No hará falta, porque el autobús pasará tan retrasado que lo cogeremos al vuelo cuando salgamos del museo y vayamos camino del pueblo.

La visita es un puro ascenso en zigzag por el monte. Recorremos los caminos que serpean entre las ruinas, procurando no pisar muchos charcos y evitando en lo posible los numerosos grupos organizados y sus guías, a los que los paraguas de colores, esta vez, les resultan doblemente útiles.

Porque llueve. El cielo tiene un tono plomizo, las nubes definen el relieve, y el sol, que asoma a ratos, destaca los contornos y arranca un brillo especial a la piedra mojada de las ruinas. El paisaje es de vértigo, sobrecoge el ánimo.

Es fácil imaginarse la devoción de los miles de peregrinos que llegaban al centro de mundo desde todo el Mediterráneo para consultar el oráculo más famoso de la historia. Apolo les hablaba a través de la Pitia, la sacerdotisa mayor del templo. Nadie en la antigua Grecia tomaba una iniciativa relevante, desde una decisión doméstica hasta lanzarse a una batalla, sin oír lo que Apolo tenía que decir.

Al parecer, el trance divino de la pitia se debía a los vapores que emergían de una grieta del suelo sobre la que estaba instalado el trípode en el que se sentaba. Y sus profecías eran más bien alucinaciones y delirios que los sacerdotes se encargaban de traducir, asegurándose siempre de ser ambiguos y dejar suficiente margen a la interpretación de cada cual.

Sea como fuere, Delfos se convirtió en el centro del mundo para la antigua Grecia y más allá de sus confines. Se pobló de peregrinos. Los visitantes llevaban ofrendas votivas al dios Apolo, buscando sus favores o agradecidos por su ayuda. Las ciudades-estado competían entre ellas por enviar a Delfos los mayores y mejores tesoros. El recinto se llenó de edificios y obras de arte. En el teatro se representaban obras y musicales. Y se organizaban cada cuatro años los "Juegos Píticos", una de las cuatro celebraciones sagradas de la antigua Grecia.

El oráculo de Delfos funcionó durante casi mil años, hasta que la presión del cristianismo en el imperio bizantino del s.IV acabó con él, por considerarlo un ritual pagano: el emperador decretó su cierre y ordenó la destrucción del lugar y de las obras de arte.



Edificio del tesoro de los atenienses, construido para albergar las ofrendas envidas por la ciudad-estado y de Atenas. Situado en la vía sacra para que todos los visitantes que se acercaran al templo de Apolo pudieran contemplar el poder de Atenas. La reconstrucción data de 1903

El asombroso muro de bloques poligonales milimétricamente perfectos que soportaba la terraza del templo de Apolo. Delante, las columnas del pórtico ateniense, construido contra el muro en un período posterior para albergar los tesoros conquistados en las batallas marítimas. Una curiosidad del muro es que en varios de sus bloques se encontraron grabados decenas de manumisiones, contratos de liberación de esclavos.

El templo de Apolo visto desde la vía sacra. Las ruinas que hoy quedan son de la construcción del s. IV a.C. sobre otros templos más antiguos. Era de planta rectangular, estilo dórico, con 6 columnas en los lados cortos y 15 en los largos. Fue destruido por el emperador Teodosio I en el s. IV en nombre de la cristiandad

Columna jónica en la explanada del templo de Apolo

Columna de las serpientes, 
de 8 metros de altura
. Representaba tres serpientes entrelazadas cuyas cabezas sostenían a modo de trípode de sacrificios un caldero de oro. Era la escultura más importante del santuario, al haber sido ofrecida por las 31 ciudades griegas tras la batalla de Platea, en la que vencieron definitivamente a los persas. La que aquí se ve es una reconstrucción de 2015. La columna original se exhibe en Estambul desde que fuera "reubicada" por Constantino I El Grande en Constantinopla en el 324. Varios siglos después fue víctima de saqueos en los que se perdieron el caldero y las cabezas de las serpientes


Con Sylvia y Vincenzo fotografiándonos en una terraza con el templo al fondo

Otra vista del templo de Apolo desde arriba. Se documentan hasta 147 máximas o aforismos inscritas en los muros del templo, de autores desconocidos, la más famosa "Conócete a ti mismo"


Frente al teatro , que formaba parte integral del recinto del santuario y tenía cabida para 5.000 personas


El teatro visto desde el último nivel del recorrido. Se construyó aprovechando la pendiente de la montaña y en una ubicación que permitía a todos los espectadores contemplar el templo


Un poco más adelante llegamos al estadio, ya fuera del recinto del santuario. Aquí se celebraban cada cuatro años los Juegos Píticos, dos años después de los Olímpicos


Una de las principales obras que se exponen en el museo, la impresionante esfinge de mármol que, instalada sobre una columna de 10 m de altura en la zona sur del santuario, protegía el templo de Apolo


La esfinge es de mármol de Naxos y fue donada por la ciudad como ofrenda. Inmediatamente nos recuerda a esas otras esculturas hechas por los habitantes de Naxos un siglo antes y también enviadas como ofrenda a Apolo: las leonas de Delos que, instaladas en la terraza que lleva su nombre, vigilaban el templo de Apolo


Reconstrucción del santuario de Apolo en Delfos según Albert Tournaire, Museo Arqueológico de Delfos (foto Wikimedia Commons)



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