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jueves, 16 de junio de 2022

2022 20ª etapa: Karpathos - Rodos. El coloso de Rodas (1961)





Jueves, 16 de junio


Rodos, Rodhos, Rodi, Rhodes, Rodas. Como siempre, muchos nombres para una isla mítica. Mítica por la estatua del Coloso, el dios Helios, que protegía su puerto hasta que un terremoto se lo llevó por delante hace 22 siglos. Y mítica por su historia de potencia militar dominante, durante muchos siglos, en el este del Mediterráneo, y por el esplendor de una ciudadela medieval inexpugnable. Para nosotros, Rodos es uno de los hitos principales de esta travesía del 2022.

Detalle de la muralla tras la puerta de San Antonio 


Al igual que Valetta, la ciudad de Rodos es todo menos decadente. Para tener 2500 años, sorprende la actividad y la energía que transmite, y en general es bonita y está bien cuidada. Pero, lógicamente, tampoco se libra de la invasión del turismo de masas. En su ciudadela, la calle medieval más larga de Europa, en la que casi esperarías toparte con algún caballero cruzado español, francés o italiano (o, en su defecto, con Harry Potter saliendo de la boutique de varitas mágicas) se llena todos los días de cientos de turistas que bajan de dos o tres cruceros enormes y la recorren sudorosos, agrupados por nacionalidades en pequeños rebaños que caminan en procesión detrás de su correspondiente pastorcilla, siendo instruidos a través de auriculares bluetooth con letanías ininteligibles. Ora pro nobis.

La calle de los Caballeros de San Juan, 600 metros empedrados y en cuesta

La ciudadela está protegida por murallas en perfecto estado, como recién construidas con un “Exin Castillos” gigante. Pero, bajo el sol de media tarde, lo que la multitud se encuentra es una sucesión interminable de tiendas y tugurios para turistas (camisetas, gorras, flotadores, imanes y demás; incluso cotas de malla, espadas y armaduras de pega). Cada restaurante, invariablemente, con un gancho en la puerta que te da las buenas tardes en tu lengua materna (los condenados aciertan casi siempre) y trata de convencerte de que su stifado es el mejor de la ciudad. Como Scilla y Caribdis, vamos.

Afortunadamente, tenemos la posibilidad de recorrer la ciudadela cuando recupera su personalidad, al anochecer, al salir los últimos rezagados de los restaurantes, tratando de encontrar nuestro camino de vuelta hacia el barco en el laberinto de callejuelas oscuras y desiertas.

Rodos (la isla) se muestra exultante en los primeros días de un verano que, por fin, se despereza: buenas carreteras, urbanizaciones de lujo, centros comerciales y muchas, muchísimas gasolineras. Quizá porque, a diferencia de otras islas, Rodos tiene playas largas, atracciones turísticas interesantes y una orografía menos violenta.

Nuestro camino desde Karpathos hasta Rodos ha seguido el mismo patrón de navegación "al sprint" que iniciamos en Creta, como de etapa del Tour de Francia, en la que los corredores (en este caso barcos: el Zebahdy, el Unconditional, el Margarida y el Sargantana) juegan a perseguirse, a adelantarse a juntarse en "grupetos" (como dicen los comentaristas de la radio) y a separarse al poco. A toda velocidad. 

Salimos de Karpathos muy pronto, antes del amanecer. Tenemos casi 70 millas hasta la bahía de Lindos, donde queremos hacer un primer fondeo de un par de días y visitar de paso el pueblo y su acrópolis, antes de continuar hasta la ciudad de Rodos. Allí planeamos quedarnos en puerto para poder alquilar un coche y dar una vuelta por la isla con cierta tranquilidad.

El sol no ha salido y la luna aún brilla en el cielo cuando levantamos el fondeo


El viento sigue siendo asequible, muy agradable de gestionar. Aparece pronto por la mañana, veinte nudos que nos entran al descuartelar y que nos hacen volar, una maravilla volver a ceñir después de semanas de vientos de popa cerrada. Muy poca ola, nos movemos al socaire de Karpathos y, después, de la propia Rodos. Casi todo el tiempo por encima de los siete nudos, gobernando a mano. No hay otra opción, el piloto automático del Sargantana acaba por perder pie cuando alguna ola nos desplaza, en uno de esos días de adrenalina pura, de trimar al máximo. A nuestra popa, muy lejos, el Zebahdy y el Unconditional nos siguen los pasos tratando de alcanzarnos, y también el Margarida, que se ha unido al "grupeto perseguidor" a última hora. Viva la serpiente multicolor.

MarineTraffic nos muestra en realidad virtual la posición de nuestros colegas. Margarida es el barco portugués cuyo patrón, Luis, nos ayudara con las amarras al llegar a Sitia y que se ha unido a la flotilla bordeando la isla desde el NW. Nos avisa por el 16 de que también va rumbo a Rodos 


Nos defendemos. El Sargantana les mantiena a raya (porque aunque es de naturaleza tranquila y, muchas veces, perezosa, el Sargantana, cuando se pica, se pica) y llega a la bahía de Lindos sobre las cinco de la tarde, una hora antes de lo esperado. La vista es espectacular: la ciudad de Lindos y su acrópolis aparecen de golpe detrás de los muros de piedra que guardan la entrada, como si se abriese el telón.

Vista del pueblo de Lindos, con la acrópolis y la fortaleza de los Caballeros coronándolo 


Pero, al mismo tiempo, nos encontramos con el espectáculo, mucho menos excitante, de decenas de veleros y motoras fondeados, motos de agua haciendo su trabajo (tocar las gónadas) y bañistas suicidas en sus pádel-surf, llenando completamente la bahía. Decepción. Sabemos por la guía que Lindos no es un lugar sencillo para fondear. Hay muy pocos parches de arena y muchas rocas en el fondo. Con tanta gente, y en el pico de viento de media tarde, encontrar un buen sitio para echar el ancla con seguridad y una cierta comodidad es, casi, una quimera.

La bahía de Lindos, menos concurrida al día siguiente


Estamos acostumbrados a cambiar los planes sobre la marcha y no nos lleva más de unos segundos decidir que es mejor prescindir del fondeo de Lindos. Podemos venir a visitarla por tierra, dentro de un par de días. Ponemos proa a la playa de Vlycha, dos millas más al norte, un sitio resguardado y tranquilo, con fondo de arena, en el que podrían caber con amplitud 100 barcos… y en el que estamos solos. Es difícil entender que los que navegamos por estas aguas podamos llegar a ser tan gregarios.
 
Al poco rato se nos une el Zebahdy. Han tirado la toalla tras intentar fondear, infructuosamente, en Lindos, con enroque de ancla incluido. Pero, mira tú por dónde, el Unconditional y el Margarida han conseguido sitio tras mucho intentarlo. Así que la etapa del Tour continuará a dúo al día siguiente. El Zebahdy y el Sargantana saldrán casi al unísono camino de la marina de Rodos. Los demás se quedarán, perezosos, a disfrutar de su tesoro: un fondeo decente en Lindos. 

 Zebahdy en Vlycha


Y en Rodos pasamos un par de días inolvidables junto a nuestros amigos del Zebahdy. Recorremos la isla, visitamos el famoso Valle de las Mariposas (que merece la pena). Nos acercamos a Lindos, una bonita ciudad desde fuera pero que decepciona, una vez más, por la masificación turística de sus callejuelas estrechas y blancas. Cenamos juntos en la ciudadela de Rodos, en un restaurante excelente al que llegamos tras una sucesión de casualidades casi rocambolescas. 

Y disfrutamos de la Rhodes Marinas, más cara que los puertos en los que hemos venido recalando en las últimas semanas (al fin y al cabo, es privada, y de lujo), pero con instalaciones excelentes y una atención al cliente de primera calidad.

En Rodos nos despedimos del Zebahdy. Ellos continuan hacia el oeste, camino de Chipre e Israel. Nosotros, hacia el este, siguiendo nuestra ruta prevista por el Dodecaneso. Debby y Tom, otra entrada más en la lista de nuevos amigos de esta travesía. Les echaremos de menos, esperemos que podamos coincidir otra temporada.

Bajando el Valle de las Mariposas nos topamos con Debbie y Boyd que suben


La ciudad de Rodos es Patrimono de la Humanidad por la UNESCO. Pero estoy de acuerdo con Luis en que está desvirtuada por el turismo. No tanto por los visitantes como por la oferta turística. Resulta inconcebible que, a los pies de los muros de una maravillosa iglesia en ruinas, se aposten tenderetes y tenderetes de maniquíes de ropa. Que los portales de las casas medievales estén festoneados de toldos y sombrillas de Coca-Cola y Mythos. Que las plazas cargadas de historia y de simbolismo sean intransitables por los centenares de mesas y sillas que obstruyen el paso. Me cuesta creer que esta industria sobreviva. No hay cabezas para tanto gorro, ni torsos para tanta camisa. 

Tenderetes de ropa a los pies de las ruinas de la iglesia de Santa María del Burgo

Plaza de Alejandro el Grande


A pesar de todo, el paseo por la ciudad es una delicia. Dicen las guías que te transporta a otra época. No señores, lo siento, eso no. El turismo te lo impide. Sin embargo, sí admiras con entusiasmo la capacidad del ser humano para hacer cosas bellas que perduran en el tiempo.  

Vamos andando desde la marina a la ciudad de Rodos, que se llama como la isla. Es un paseíto de menos de 20 minutos. Nos hubiera gustado haber atracado en Mandraki, en el puerto antiguo, tan al pie de las murallas como esa otra marina Mandraki de Corfú, el año pasado. Pero no hay suerte: es fin de semana y todo está especialmente lleno. Salvo por la caminata, Rhodes Marinas es infinitamente mejor y, sobre todo, mucho más tranquila que este bullicio de paseantes y kioskos que puebla el puerto.

Rodas está encerrada en murallas imponentes con su foso, hoy transitable y en el que hasta han instalado un anfiteatro al aire libre. Hay seis puertas principales y varias más pequeñas que dan acceso a la ciudad antigua. La ciudad moderna se queda fuera del recinto, que está festoneado de parques y zonas verdes. Leo escandalizada en wikipedia que, cuando los italianos se anexionaron la isla en 1912, se cargaron todas las edificaciones otomanas que pudieron, incluidos los cementerios a los pies de las murallas, sobre los que plantaron parques.

Puerta de San Antonio


Callejeamos sin rumbo. Huyendo de las calles más transitadas, caemos en el barrio judío, que, un viernes por la tarde, está vacío y con todo cerrado a cal y canto: mañana es su día sagrado. En el s. XIV, los Caballeros relegaron a los judíos de la isla a esta zona al este de la ciudad, hasta que en 1500 expulsaron a todos los que no aceptaron convertirse al cristianismo. En tiempos de la dominación otomana, Solimán el Magnífico, con el ánimo de repoblar la isla de judíos, invitó a venir a los sefardíes que habían sido a su vez expulsados de España. Se instalaron aquí y al barrio le llamaron, familiarmente, La Judería (“La Djudería" en idioma ladino).

Calle del barrio judío. Quedan inscripciones aquí y allá en ladino 


En 1943, Alemania tomó la isla de Rodas y deportó a los judíos a los campos de concentración. Muchos de ellos murieron en Auschwitz. En la plaza principal de la judería hay un monumento que lo recuerda. Hoy queda apenas un puñado de judios en Rodas.

Monolito de seis caras, homenaje a las 1604 víctimas judías del holocausto, con la frase conmemorativa escrita en seis idiomas, uno de ellos ladino.


Recorremos calles y plazas repletas de oferta turística. Subimos a la torre del reloj (roloi). Incomprensiblemente, está desierta, con lo que podemos disfrutar a solas de las vistas de la ciudad desde lo alto. También está vacío y tranquilo el patio del bar a los pies de la torre, en el que se puede ver la maquinaria original del reloj. La entrada nos da derecho a una bebida que ayuda a aliviar el calor y el cansancio de la caminata. 

Torre del Reloj, en la zona más elevada de la ciudad. Construida por los bizantinos como una torre defensiva y reconstruida sucesivamente por los caballeros y los otomanos, fue destruida por completo por el terremoto de 1851 y la explosión de un polvorín cinco años después. La torre actual data de 1857. 


La torre está muy cerca de la mezquita dedicada a Solimán el Magnífico, quien conquistara la isla en el segundo intento del imperio otomano por hacerse con ella, en 1522. Tras un asedio de cinco meses, los Caballeros de San Juan cedieron la plaza y, en enero de 1523, salieron de Rodos y, después de pasar por Italia, acabaron instalándose en Birgu (Malta).

Vista de la mezquita de Solimán el Magnífico, desde la torre


En lo alto, la torre tiene cuatro aberturas a los cuatro puntos cardinales. Por tres de ellas se puede ver el mar, incluidas las costas de Turquía al norte.


Cuando nos dirigimos a la calle de los Caballeros nos damos de bruces con Debbie y Boyd, con los que habíamos quedado más tarde para cenar. 

La calle de los Caballeros se llama así porque en ella tenían sus “casas de la lengua” y sus iglesias los Caballeros de San Juan, que se compraron la isla en 1306 y la gobernaron hasta su expulsión por los otomanos. En las “casas de la lengua”, una especie de antepasado de las casas regionales que conocemos hoy, se reunían los Caballeros de la misma nacionalidad para conversar en su idioma y dar alojamiento a los visitantes.  

La casa de Hispania (Ισπανίας) es la más grande. Fueron originalmente dos edificios que unieron por un pasaje volado en los pisos superiores. La casa de Francia es la única que hoy está abierta al público y en ella se organizan exposiciones y eventos 


La cena con la tripu del Zebahdy nos permite profundizar más en nuestras respectivas vidas y disfrutar de una terraza encantadora, con música en directo y un pescado a la brasa extraordinario.



Al día siguiente, en nuestro cochecito alquilado, visitamos la acrópolis de Rodas, que es gratis, a diferencia de los 12 euros que piden para entrar en la de Lindos. Claro que no tiene las mismas vistas…


Estadio de la acrópolis

Graderío del estadio 


El Valle de las Mariposas nos decepciona al principio: un tramo de riachuelo urbanizado en plan rústico, con caminos empinados, puentes y escaleras, en el que no hay mariposas revoloteando a nuestro alrededor, como ilusamente nos habíamos imaginado. Pronto descubrimos que la mariposa es nocturna (en realidad es una polilla, la "panaxia quadripunctuaria"), que migra en mayo por centenares desde lejos para pasar su edad adulta en este valle; que está posada prácticamente todo el día, a fin de no gastar la energía necesaria para procrearse; que en septiembre emigrará, pondrá sus huevos y morirá. Y, mientras tanto, si aprendes a mirar, la ves posada por puñados en las hojas de los arces que pueblan el valle, y en las piedras y las cortezas de los troncos, aunque todavía son pocas: es pronto en la temporada. 


Valle de las Mariposas 


Posadas son de una gran belleza, triangulares, con sus alas superiores cerradas en un manto que recuerda la piel de un tigre. Cuando echan a volar, son como pequeños destellos de color fuego. Nos reconciliamos con las mariposas, con las riadas de visitantes, con el valle y con la poca información que ofrecen, la cual hemos tenido que suplir con la ayuda de internet.

Panaxias posadas 


Comemos en la costa en el pueblecito de Faliraki, en una taberna bastante acertada. Y visitamos Lindos a pleno sol. 

Lindos desde el parking


Subida al castillo y la acrópolis, que está detrás

Lindos desde la entrada al castillo

Vista desde Lindos de la bahía de Agios Giorgios, una cala totalmente cerrada a excepción de una entrada de 30 metros que permite pasar solo a unos pocos barcos.

La parte alta del pueblo no está contaminada por la oferta turística y podemos admirar el tipismo de la construcción local: portales de piedra en casas encaladas en blanco, con patios empedrados de cantos rodados, con filigranas en blanco y negro.




Las subidas y bajadas son extenuantes. Incluso los pobres burros que cargan con los turistas hasta el castillo y la acrópolis parecen decir “basta ya”.


Llega un momento en que ya nos da todo igual y solo queremos coger el coche para volver a nuestro querido barco, eso si, pasando antes por un gran supermercado a reabastecenos: con fruta fresca y hielo, la vida te sonríe con los dientes más blancos.

Sábado, 18 de junio






martes, 14 de junio de 2022

2022 19ª etapa: Sitia - Karpathos. Fuga de Alcatraz (1979)




Martes, 14 de junio

Una vez escribió Mark Twain que “no hay peor invierno que un verano en San Francisco”. Yo lo suscribo, y probablemente cualquiera que haya estado en SF en verano y haya podido ver focas en la bahía. Pues bien, este año, aquí en el Dodecaneso, el verano griego está siendo como el de San Francisco. Eso sí, sin focas, al menos de momento 

Vale, es cierto, es junio y no hemos llegado todavía al solsticio. Pero leemos los detalles de la ola de calor veraniego en España, que tampoco es tan rara a mediados de junio, y nos da un poco de envidia. A estas alturas uno ya espera en el Mediterráneo días calurosos y noches tranquilas y agradables (incluso tropicales), de copas y chillout. 

Pues no. Aquí, en el Egeo, no. Seguimos teniendo viento, mucho viento. Hace algo de calor por el día pero fresquito (mucho) por la noche. Como en Sanxenxo, pero sin marisco. Nada de cenas en cubierta, aunque es cierto que nada de noches sudorosas. El verano se resiste a llegar al Egeo, pero el meltemi ha llegado puntual, incluso antes de tiempo, y nos obliga a estar todos los días pendientes del parte meteorológico.

Nos decidimos a salir del puerto de Sitia, donde al Sargantana se le debía estar ya formando caracolillo, aunque la cosa está lejos de haberse tranquilizado. Tenemos prisa. Renunciamos a parar en Kasos, huyendo del viento. Muy a nuestro pesar porque, justo en estos días, conmemoran la “masacre de Kasos”, uno de esos episodios horrorosos de las guerras interminables de esta zona del Mediterráneo, en el que los turcos, literalmente, acabaron con toda la población civil de la isla en venganza por su resistencia a ser invadidos. 

No hace ni 200 años de esta masacre, y de otras similares en Chios o Psara. La historia que estudié en el bachillerato no recuerdo que tratara ni de refilón lo que pasó en el Mediterráneo (al menos en el este del Mediterráneo) en los últimos siglos. 

Da qué pensar. Hace que la propia historia convulsa de España de esos mismos siglos, que nos sigue emponzoñando como país a día de hoy, parezca un juego de niños al lado de esas guerras infinitas y terribles que se libraron en estas islas. Es inexplicable que hayan conseguido liberarse del odio que genera tanta invasión y tanta sangre. 

Una pena haber tenido que renunciar a Kasos. Me hubiese gustado conocer a gente de esa isla y hablar con alguno de ellos. Por ejemplo, sobre la guerra.

También huyendo del meltemi, renunciamos a recalar en el puerto de Karpathos, que no nos da mucha garantías. Preferimos una bahía deliciosa (Ormos Amorfos) en la que encontramos un inesperado oasis de tranquilidad, solos en un fondeo tranquilo frente a la playa y, al menos por un día, sin agobios de viento.

Una etapa en soledad, pero sólo hasta cierto punto. Nuestros amigos del Zebadhy y el Unconditional hacen el mismo recorrido, pero cada uno a su ritmo y cada uno con su plan de fondeos. Nos vamos siguiendo a distancia en un curioso régimen de “flotilla discontinua” que seguirá hasta Rodos, nuestra próxima isla.

El Dodecaneso nos recibe con luna llena. “Superluna de fresa”, la llaman. Estoy demasiado cansada para buscar en internet el porqué y me limito a contemplarla cuando sale, gorda y brillante como la pelota de un crío, y va retrepando poco a poco el horizonte, mientras crea un camino de fuego en el agua oscura.


Esta bahía me transporta a otra época.. Me trae a la memoria aquella primera noche en La Azohía, ese pequeño puertito a la vuelta del cabo Tiñoso, en la bahía de Mazarrón, tan lejos en el tiempo y tan lejos de aquí. Las mismas luces marcando la costa, la misma tranquilidad, la misma sensación de estar en un decorado que alguien ha pintado solo para ti. Estamos solos.


Hemos salido de Sitia al amanecer, como presos que ya no soportan más su encierro y prefieren aventurarse en un mar sin garantías. Debbie y Boyd saldrán tres horas después, con sus amigos del Unconditional. Ellos se quedan en Kasos, que a nosotros no nos ha convencido como fondeo. Al día siguiente nos contarán que la noche fue tranquila y el fondeo suficientemente bueno. A veces pecamos de precavidos… 

Pasamos Kasos de largo: la previsión no da una buena protección para esta noche

Han sido solo dos días en Sitia con ellos, pero Debbie y Boyd se han colado un poquito en nuestra vida. Ingleses, joviales, divertidos, con muchas millas a sus espaldas, son la compañía perfecta para las charlas de café que tanto nos gustan. Tienen un magnífico Oyster 49 y llevan una impresora 3D a bordo con la que fabrican todo tipo de cachivaches para el barco. La gente no deja de sorprenderte. También escriben un blog, en el que nos hemos colado, igual que ellos se han colado en el nuestro. 

Es tan delicioso este fondeo que decidimos quedarnos una noche más. Pasamos un día indolente de sol y chapuzones, de “freddo expresso” en la taberna de enfrente, de explorar la playa de Amoopi y la pequeña iglesia Ag. Apostolou que domina la bahía. Debbie me dice por WhatsApp que se nos unirán. 

Sin embargo, esta noche volveremos a estar solos: el Zebahdy y el Unconditional, cuando ya distinguimos sus velas entrando en el golfo, cambian de planes, dan un golpe de timón y deciden continuar hacia el norte de la isla, para ganarle millas al cruce de mañana a Rodos. Su fondeo no ha sido tan tranquilo como el nuestro y han tenido que soportar rachas de 25 nudos, nos cuentan después.

No siempre se acierta. 

Playa de Amoopi, en Ormos Ámorfos, con la iglesia al fondo

Desde la playa se ve bien que el fondo va bajando de forma regular y no hay obstáculos, al contrario de lo que figura en las cartas. No son muy fiables en esta zona.

Sargantana es el único barco de la bahía


Miércoles, 15 de junio







lunes, 6 de junio de 2022

2022 18ª etapa: Iraklion - Sitia. Estado de sitio (1998)



Lunes, 6 de junio

Después de un par de días en el puerto de Heraklion, no demasiado cómodos, tenemos ganas de seguir viaje y continuar el recorrido por Creta, para luego saltar al Dodecaneso. 

Saliendo de Heraclion se aprecia lo cerca que está el aeropuerto de la ciudad


Creta se te hace larga. Es una isla con ciudades interesantes, pero monótona para navegar, sin islas, con una costa casi recta que no da resguardo del noroeste que sopla inclemente, haciéndonos difícil velear con un mínimo de comodidad.

Seguimos la costa hacia el este, con las paradas previstas en la famosa laguna de Spinalonga  y en el puerto de Sitia.

Sin novedades, a media tarde llegamos a Spinalonga, que nos recibe con rachas violentas. Según las guías, lo normal. Spinalonga es una laguna salada entre la península del mismo nombre y un gran golfo en la costa (el golfo de Elounda).

Muy bonita y muy turística. Rodeada de montes relativamente altos y con una isla fortificada guardando la entrada. Isla que sirvió hasta hace poco como lugar de confinamiento de leprosos y ahora, incomprensiblemente, se ha convertido en atracción turística. Masas de curiosos se bajan de una flotilla de barquitos que pulula por la bahía y hacen cola para ver las casas de los leprosos. Turismo de horrores. Puro morbo.  

La isla de Spinalonga y sus murallas es lo primero que se distingue al acercarse al golfo de Elounda 


Al entrar, la laguna recuerda un embalse entre montañas. Laderas con casas y urbanizaciones, y el pueblo de Elounda en la cabecera. El agua, también como la de un embalse, verdosa y ligeramente turbia, similar a otros sitios donde hemos estado en el pasado (Vathy, AmvrakikosLivadhi). Tira un poco para atrás bañarse aquí.

Además, Spinalonga tiene muy poco calado. Más que suficiente para un velero, pero hay que moverse con precaución y mantenerse en el centro de la laguna, porque la profundidad máxima son unos cuatro metros. Y otra peculiaridad: rachas espectaculares de viento catabático, marca de la casa.

Tenemos ocasión de experimentarlo. Fondeamos en una pequeña ensenada al este que, según las guías, da la máxima protección. Después de una tarde más o menos apacible, en la madrugada nos despiertan rachas bruscas de vientos que nos hacen bornear y tiran violentamente de la cadena. Una noche inquieta, en la que tengo que levantarme un par de veces para comprobar el fondeo y ajustar las drizas.

No nos impresiona Spinalonga. Por la mañana decidimos renunciar a quedarnos un par de días, como habíamos previsto. El parte no es tranquilizador para la travesía, pero sólo nos llevará cuatro horas y los 25-30 nudos que se anuncian son, en principio, manejables.

El último, y triste, destino de la isla de Spinalonga ha sido servir de leprosería. Desde primeros del siglo XX desterraban allí a los enfermos, condenándolos a llevar vidas miserables. Durante muchos años los dejaron a su suerte, sin ningún tipo de asistencia, por si el dolor de la enfermedad y el estigma social no fueran suficiente. Un indigno final para una isla que fuera un bastión colosal, la última fortaleza veneciana en rendirse a los turcos en 1715, cuando ya toda Creta llevaba en manos otomanas casi medio siglo. 

Spinalonga viene del griego “stin Elounda”, a Elounda, y no siempre fue una isla. Los venecianos le adaptaron el nombre a algo más familiar para ellos, allá por el siglo XV, cuando empezaban a explotar el golfo para extraer sal. También fueron los venecianos los que, habiendo entendido el valor estratégico de esta costa, “cortaron” un trozo del final de la península y se fabricaron una isla, que fortificaron brutalmente para hacerla inexpugnable. 

El último reducto italiano de Creta también fue el postrer refugio de sus conquistadores: los últimos turcos salieron de Spinalonga en 1903. Y, como si de un concurso se tratara, Spinalonga ostenta además el dudoso récord de haber sido una de las últimas leproserías de Europa en cerrar sus puertas, en 1957. 

Por la mañana, cuando salimos de Spinalonga, la isla está plagada  de turistas y, sus inmediaciones, de los barcos que los traen en excursiones de día.


La navegada hasta Sitia es incómoda, no tanto por el fuerte viento, sino por la mala mar, agitada y de olas confusas que rompen entre sí haciendo difícil el gobierno. 

Por la tarde, descubrimos que Sitia es un puerto amplio y agradable. Por fin un sitio en el que poder descansar. Encontramos hueco sin problemas en el muelle de transeúntes, casi en la bocana, no sin algunas dificultades para amarrar por el viento duro de costado. 
Vista del puerto, la playa y el pueblo desde la carretera que va al castillo


Sitia, la última ciudad del este de Creta, justo antes del estrecho de Kasos. Un lugar distinto a los que hemos visitado en esta isla. Una ciudad pequeña, tranquila, agradable, con ambiente playero pero más bien local, sin las aglomeraciones ni los excesos de Chania o Heraklion.

Playa urbana de Sitia


En el puerto sólo hay sitio para cuatro o cinco barcos transeúntes, el resto está copado por pesqueros y barquitos locales. Al llegar coincidimos con otros tres veleros más, pero zarpan tras la primera noche y nos dejan casi el resto de la semana solitarios en el muelle.


La estancia en Sitia es muy agradable. Un puerto ridículamente barato (poco más de siete euros por noche, que poca gente se molesta en ir a pagar a la oficina del ayuntamiento), con acceso a electricidad y agua dulce. Limpio, silencioso, sin chunda-chunda nocturno, junto a la playa y al centro de la ciudad. No podemos pedir más, sobre todo teniendo en cuenta que la amable funcionaria a la que voy a pagar las tasas me recibe con pastas típicas y dos botellas de aceite de promoción de una marca local, a título de bienvenida. Otra vez Grecia.

Las lanchas de pesca comparten el muelle con los veleros transeúntes 


Sitia es empinada. Ocupa una ladera de una de las tantas montañas que en Creta bajan suaves hasta el mar. Sus calles hacen cuestas imposibles o, simplemente, desaparecen y se convierten en escaleras. 




Sitia tiene un castillo en lo alto, como casi todas las ciudades aquí. Solo que el castillo de Sitia es pequeñito y humilde, no se distingue apenas desde desde abajo, salvo que te fijes bien. 

Puerta de acceso al castillo. Está acondicionado para conciertos y espectáculos al aire libre 


Sitia tiene piscifactorías de la época romana, pero no se ven. Están en el puerto, a los pies del castillo. Y están bajo el agua, porque los terremotos han hundido Creta un metro por la zona este, el mismo metro que la elevaron por el oeste.
 
En esta zona embalsada del puerto, al pie del promontorio del castillo, los romanos construyeron diez piscinas circulares en las que mantenían peces vivos para el consumo.  


Sitia tiene un museo arqueológico, pequeño y coqueto, bien cuidado, como todo en esta ciudad. Recoge muestras del arte minoico en los yacimientos cercanos de Zakros, de Petras o de Palekastro, todo lo que el museo de Iraklion no se llevó. Curiosamente, no hay ni una sola referencia al arqueológico de la capital ni al yacimiento de Knossos. Aquí la influencia de Evans no se ha dejado notar.

En la vitrina, la figura del Kuros de Palekastro, una figura minoica de marfil y oro del 1450 AC y el principal objeto del museo arqueológico de Sita

Piezas representativas del arte minoico: los cuernos de consagración y las hachas dobles 


Sitia tiene tiendas, bullicio laboral, gente amable, dos iglesias, playa con sombrillas, un paseo peatonal al borde del mar, flores, arbolado, atardeceres espectaculares, bares y tabernas, bodas con música griega en directo e invitados que bailan hassapiko.




Y Sitia tiene un poeta, el poeta más relevante de la literatura de Creta. Un poeta que en el s.XVII escribió, en dialecto cretense y en más de 10.000 versos decapentasílabos, la epopeya de Erotokritos, una especie de Romeo con final feliz.

Sitia es una ciudad de cuento.

Monumento dedicado al poeta Vikenkios Kornaros, en el paseo marítimo de Sitia. Impresos, los últimos versos de su obra Erotokritos, en los que habla de sí mismo


Pasamos seis días en Sitia. En realidad estamos bloqueados por una gran borrasca que está afectando a toda Grecia y hace complicado cruzar el estrecho de Kasos, paso obligado hacia el Dodecaneso. Pero es una cárcel benigna, en la que volvemos a vivir sin economizar agua, con microondas, Nespresso y secador de pelo, sin preocupación por la carga de las baterías. Como en casa. Activamos el “modo turista terrestre” y volvemos a tener tiempo para leer, escribir, ver series y hasta visitar el museo arqueológico local.

En un café del paseo, viendo la vida pasar

Sala de las lárnax o sarcófagos de arcilla minoicos. Somos, literalmente, los únicos visitantes del museo

Paseo del puerto contiguo a las antiguas piscifactorías 


Una semana de tranquilidad en la que estamos solos la mayor parte del tiempo. Pasamos varios días siendo el único barco transeúnte en el puerto, y no tenemos demasiadas interacciones con los locales. Hacia el final de nuestra estancia, llegan a puerto dos Oyster 49 que viajan en flotilla y con los que podemos confraternizar: el Zebahdy (inglés) y el Unconditional (USA). Debbie, Boyd, Sarah y Tom comparten con nosotros los últimos días de espera para el cruce y nuestras próximas etapas.

Incluso en un puerto cómodo como Sitia, seis días de espera se acaban haciendo largos. Finalmente nos decidimos a salir de nuestro particular "Estado de Sitio en Sitia" (valga el juego de palabras, digno de Matías Prats). La borrasca ha pasado, pero el viento sigue duro en el estrecho y no parece que la situación vaya a cambiar a corto plazo.

La última noche en Sitia es la noche anterior a la superluna de junio, la "luna de fresa". Una luna casi llena sale por la proa del Zebahdy de Debbie y Boyd.


Salimos del puerto a las siete de la mañana. Nuestros nuevos amigos son más rápidos y prefieren no madrugar. Excepto Boyd que, amablemente, viene a ayudarnos con las amarras en la maniobra de desatraque. Y ocurre lo que nunca antes nos había pasado. Boyd empuja el barco más de la cuenta... y se va al agua. Afortunadamente sin más consecuencias que un teléfono móvil a reemplazar. Pobre Boyd.

Lucía y yo debatimos si no deberíamos cambiar la película de la etapa por Splash, pero decidimos que no. Bueno, sí. Mmm, mejor no. Pobre Boyd. 


Martes, 14 de junio






En NoForeignLand puedes leer sobre Sitia y seguir a Sargantana